Archivos de la categoría ‘Cine británico’
EVASIÓN EN LA GRANJA (2000) de Peter Lord y Nick Park
Qué poco podía imaginar John Sturges que muchos años después de filmar La gran evasión (The Great Scape, 1962), el campo de concentración en el que transcurría aquella obra maestra acabaría convertido en un gallinero. Y seguro que Steve McQueen nunca pensó que su impasible careto acabaría adquiriendo los rasgos de una gallina de plastilina llamada Ginger, tan insistente como él, eso sí, en intentar fugarse una y mil veces, para acabar inevitablemente encerrada en la “nevera” jugando con su pelota de tenis. Pero seguro que, de haberlo visto, se lo habrían pasado tan bien como nosotros.
Evasión en la granja (Chicken Run), repleta de fugaces detalles absolutamente geniales y con un final trepidante que homenajea al mejor cine de aventuras, nos devuelve aquella gran película con un nuevo elenco de divertidos personajes: el variopinto grupo de gallinas de toda pluma y condición liderado por Ginger, el gallo veterano que recuerda sus hazañas en la guerra contra los nazis, el gallito norteamericano más bien cobarde que acabará convertido en héroe y quedándose con la chica, un par de ratonzuelos traficantes de huevos, y una mala malísima que nos recuerda a las madrastras y las brujas de tantos cuentos.
Sin llegar a la excelencia cinematográfica de las obras mayores del género como Wall-e o Up, cosa que tampoco pretende ya que va dirigida principalmente al público infantil, Evasión en la granja es diversión asegurada para los niños y para los que aún se permiten, de vez en cuando, el lujo de volver a serlo.
Editada en DVD por Sogepaq Video.
AMENAZA EN LA SOMBRA (1973) de Nicolas Roeg
El cineasta Nicolas Roeg, bastante olvidado a estas alturas, vivió su momento de gloria en los años 70 y 80, gracias especialmente a Amenaza en la sombra (Don´t Look Now), su película más popular, basada en una historia de Daphne du Maurier (la autora de Rebeca). Para hacernos una idea de hasta dónde llegó ese prestigio basta este dato: en la lista de las cien mejores películas de la historia confeccionada por la revista Time Out en 1989 a partir de las votaciones de profesionales del cine de todo el mundo, Amenaza en la sombra aparecía nada menos que en el puesto 27. La cosa puede sonarnos hoy a cachondeo, pero también nos da una idea de la novedad que supuso en su momento para el cine de terror y de su influencia posterior en el género.

Venecia es el lugar donde transcurre el grueso de la historia, una ciudad que se muestra gris y triste, misteriosa y decadente, un laberinto de canales y callejuelas y esquinas tras las que una pequeña figura con capa roja acecha dispuesta a rebanarte el gaznate, y vaya si lo hace. Aunque suene a tópico, un personaje más de la trama (ninguna película se rueda en una ciudad como Venecia porque sí). Hasta allí se traslada el matrimonio Baxter (tras la escena de arranque de la película, crucial en todo su desarrollo, en la que vemos a su hija, vestida con un chubasquero rojo, morir ahogada), ya que John (Donald Sutherland) ha de encargarse de la restauración de una iglesia. Mientras John realiza su trabajo y la misteriosa figura de rojo sigue con sus correrías nocturnas, Laura (Julie Christie) conoce a dos extrañas hermanas que dicen poder comunicarse con su hija muerta y que la advierten de un gran peligro…
A pesar de un par de escenas en las que la cámara lenta no aporta nada, de cierta influencia del giallo (es una coproducción británico- italiana) que no le sienta nada bien, y de algún que otro plano en el que Roeg quiere dejar clara su autoría de manera poco sutil, la historia es tan inteligente y desasosegante, y posee un final tan sorprendente, que no sólo te atrapa sin dificultad desde su inicio, sino que al poco tiempo deseas ya volver a verla. Un film de culto que no ha envejecido del todo bien en algunas de sus imágenes pero que en otras muchas sigue resultando fascinante y cuyo argumento mantiene intacto todo su atractivo.
Editada en DVD por NO .LIMITS .FILMS.
DETECTIVE SIN LICENCIA (1971) de Stephen Frears
Las películas que son un claro homenaje al cine negro clásico, al universo de Hammett y Chandler, suelen deparar, aunque no sean ninguna maravilla, suficientes elementos (un personaje secundario, una línea de diálogo, una buena canción en el momento oportuno) como para que el aficionado al género dé por bueno el tiempo empleado en la visita y quede agradecido. Detective sin licencia (Gumshoe), el primer largometraje de Stephen Frears, sin ser una cima del género ni pretenderlo, nos ofrece mucho más que eso.
El gran Albert Finney interpreta a Eddie Ginley, animador de un club nocturno y aficionado a las novelas policiacas que un buen día decide darle un giro a su vida, emular a sus héroes de ficción y anunciarse en la prensa como detective privado. Al poco tiempo recibe una llamada de su primer cliente para ocuparse de un caso que, como siempre, no es lo que parece y acaba complicándose. ¿De qué va el asunto? Eso es lo de menos. Aquí lo que importa es tener delante, durante hora y media, a un tipo soñador, romántico y socarrón, a un vivalavirgen que ha de habérselas con unos magníficos secundarios (incluidos un tipo gordo que podría haber sido, treinta años antes, Sidney Greenstreet y un pistolero a sueldo, bastante inútil por cierto, que es la viva imagen del mismísimo Dashiell Hammett) mientras suena la magnífica música de Andrew Lloyd Webber y no nos dan tregua los rotundos y divertidísimos diálogos (más que dichos, disparados) escritos por Neville Smith.
Y para que quede claro que estamos de homenaje y nos sintamos como en casa, nos regalan la escena en la libreria, Eddie coqueteando con la dependienta. Los aficionados recordarán enseguida la escena de El sueño eterno (The Big Sleep, 1946) de Howard Hawks, aquella en la que saltaban chispas entre Bogart y una jovencísima Dorothy Malone. Vive le noir!
Editada en DVD por Columbia.
FRANKENSTEIN CREÓ A LA MUJER (1967) de Terence Fisher
Desde finales de la década de los cincuenta, la productora británica Hammer comenzó un ciclo de películas en las que actualizaba los personajes ya míticos que había llevado al cine la Universal en los años treinta. A las desventuras de Drácula, Frankenstein, El Hombre Lobo y La Momia les añadió su fotografía en color, sus maravillosos decorados de cartón piedra y su ambientación inconfundibles, unas gotas de sangre y un punto de erotismo, y con Terence Fisher como director estrella consiguió unas cuantas magníficas películas y algún que otro churro. Frankenstein creó a la mujer (Frankenstein created woman) es una de las mejores y más transgresoras, y lleva a límites alucinantes que podrían haber caído en el ridículo, y no lo hacen, las posibilidades del original de Mary Shelley.
Con un título quizás tomado del film de Roger Vadim Y Dios creó a la mujer (Et Dieu…créa la femme, 1956) y con el clásico de James Whale La novia de Frankenstein (The bride of Frankenstein, 1935) como claro referente, el film de Fisher añade a los mitos de Prometeo y Pigmalión, ya presentes en la novela y en anteriores adaptaciones, el de Orfeo y Eurídice, para contarnos la historia de una venganza que llega de entre los muertos. Un joven ayudante del Doctor Frankenstein (Peter Cushing, quién si no) es juzgado por el asesinato del padre de su novia y guillotinado. La novia, una chica coja, con el rostro desfigurado y una mano deforme, al ver la ejecución sin poder evitarla, se suicida. Y al bueno del doctor no se le ocurre otra cosa que resucitar a la chica añadiendo a su cuerpo el alma del joven. Pero la cosa se le va de las manos, y la resucitada, ahora guapísima y sin una sola tara, lleva a cabo la venganza contra los verdaderos asesinos de su padre guiada por el alma de su novio. Casi nada.
Desde la magistral primera escena que sirve de prólogo a la película hasta ese final en el que casi sentimos lástima por la asesina, el talento narrativo de Fisher y los elementos tan característicos de la Hammer consiguen que un argumento totalmente salido de madre llegue a ser una gran película, a medio camino entre el terror y el romanticismo, sobre el odio y la burla hacia lo diferente. Y, sobre todo, una fiesta del más puro entretenimiento.
Editada en DVD por Manga Films.
EL ESPÍA QUE SURGIÓ DEL FRÍO (1965) de Martin Ritt
Los más veteranillos del lugar quizá recuerden un par de magníficas series de televisión que tuvimos la suerte de ver en los años ochenta: Calderero, sastre, soldado, espía (Tinker, taylor, soldier, spy, 1979) y La gente de Smiley (Smiley´s people, 1981). Ambas adaptaban novelas de John le Carré, uno de los grandes de la literatura de espionaje, y estaban protagonizadas por Alec Guinness en el papel del espía George Smiley. A día de hoy me siguen pareciendo las mejores adaptaciones que se han hecho de la narrativa de le Carré.
A poca distancia se sitúa El espía que surgió del frío (The spy who came in from the cold), basada en la espléndida novela del mismo título publicada en 1963 y que probablemente siga siendo la más popular de su autor. Aquí Smiley es un personaje secundario, y el protagonismo recae en Alec Leamas, otro espía al que presta su rostro y, sobre todo, su voz Richard Burton, al frente de un gran reparto de habituales secundarios.
La película, cuya acción transcurre durante la guerra fría, muestra algunas de sus mejores cartas, que no abandonará durante todo el metraje, ya desde la gran escena inicial que sirve de prólogo a la historia: la preciosa música de Sol Kaplan, la gélida fotografía en blanco y negro de Oswald Morris y el magnífico aprovechamiento de la pantalla ancha y de la profundidad de campo.
Sirviéndose de estos elementos, a menudo secundarios pero que aquí me parece que cobran especial importancia, y de unos diálogos que ya querrían para sus novelas escritores de mayor prestigio literario y que dibujan de manera escueta y precisa a los personajes, Ritt consigue una película de espionaje que nos mantiene en todo momento en vilo incluso conociendo la novela, con un argumento que apenas recurre a escenas de acción (no estamos en territorio James Bond) y sí al aspecto más humano de unos protagonistas que, alejados de los típicos héroes con mil recursos, son utilizados como marionetas de una compleja trama que nos ofrece varias vueltas de tuerca.
Editada en DVD por Paramount.
LA NOCHE DEL DEMONIO (1957) de Jacques Tourneur
Montague Rhodes James fue, además de profesor, arqueólogo, historiador y otras cuantas cosas, uno de los grandes escritores de terror de finales del siglo XIX y principios del XX. Sus relatos, publicados en español por Ed. Siruela, tienen siempre que ver con lo fantasmagórico, lo sobrenatural y las fuerzas ocultas. Uno de esos relatos, el titulado Casting the runes (1904), nos cuenta la demoníaca historia de un manuscrito maldito que lleva la muerte a quien lo posee.
A partir del cuento de James, el guionista Charles Bennett escribe, introduciendo múltiples variaciones, La noche del demonio (estrenada en Inglaterra como Night of the demon y en Estados Unidos, en 1958, con el título Curse of the demon), y el encargado de llevar el guión a la pantalla será Jacques Tourneur, con el siempre eficiente Dana Andrews como protagonista. El resultado es una de las grandes obras del género (para muchos, la mejor y más tenebrosa del realizador), pero que podía haber sido aún mejor si el productor Hal E. Chester (quien, al parecer, también metió mano en el guión) se hubiese estado quietecito y no hubiese obligado a Tourneur a visualizar la imagen del demonio al inicio y al final del film, lo cual le resta gran parte del misterio que tenían las grandes películas que el director realizó en Hollywood, a las órdenes de Val Lewton, en los años cuarenta.
A pesar de todo, el resto de la película siempre opta por insinuar antes que por mostrar, su desasosegante ambientación es de quitarse el sombrero, y varias de sus escenas, como la del protagonista perseguido por una misteriosa nube de humo a través del bosque, están en cualquier antología del cine de terror que se precie. Una lástima que el productor no estuviese a la altura del bueno de Val Lewton para haber conseguido una absoluta obra maestra.
Editada en DVD por 39 Escalones Films.
MUCHAS GRACIAS, MR. SCROOGE (1970) de Ronald Neame
Cuento de Navidad, de Charles Dickens, es probablemente uno de los textos literarios que más veces han sido llevados a la pantalla, acercándolo a la comedia o al terror, respetando la época que muestra o adaptándolo a nuestros tiempos, mediante la animación digital o, incluso, con los Teleñecos como protagonistas.
Desde que la vi siendo un enano, siempre le he tenido cariño a Muchas gracias, Mr. Scrooge (Scrooge), la versión musical dirigida por Ronald Neame. Antes la pasaban por televisión casi tanto (igual es imposible) como ¡Qué bello es vivir! (It´s a wonderful life!, 1946), la obra maestra de Frank Capra, pero ya hace años que se han olvidado de ella, así que no estaría mal recuperarla para estos días. En ella encontraréis buenas canciones, una ambientación espectacular -como suele ocurrir, por otra parte, en el cine británico-, el espíritu navideño acompañado de unas gotas de miedo, y las ganas, al terminar de verla, de ser un poquito mejores. Todo ello con las enormes presencias de dos monstruos como Alec Guinnes, en el papel del fantasma de Jacob Marley, y Albert Finney, dando vida al avaro Ebenezer Scrooge.
Editada en DVD por Paramount.
¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!
AMIGOS APASIONADOS (1949) de David Lean
La historia del cine está repleta de grandes injusticias cinéfilas, de películas relegadas a un olvido tan grande como el talento de quienes las filmaron. Amigos apasionados (The passionate friends), una absoluta maravilla del cine romántico, es una de las muchas obras maestras que realizó David Lean a pesar de su corta filmografía y, a la vez, una de las menos vistas y aún menos citadas. Quizá la razón de ese olvido sea que tiene varios aspectos en común con su hermana mayor Breve encuentro (Brief encounter, 1946), una de las mejores películas de siempre y cuya mención, como ocurre demasiado a menudo con otros films, suele barrer de un plumazo todo el cine de Lean anterior a sus grandes superproducciones.
Adaptación de la novela homónima de Herbert George Wells (sí, el mismo de La máquina del tiempo o El hombre invisible) a cargo del gran Eric Ambler, con Ann Todd y Trevor Howard como protagonistas, el film cuenta, al igual que hacía Breve encuentro y con el mismo actor, una historia de amor adúltero, aunque aquí cobra mucho mayor protagonismo la figura del marido (inmenso, como siempre, Claude Rains), hacia quien, curiosamente, irá dirigida nuestra simpatía, y su estructura es mucho más compleja, narrando el romance a través de varios años con continuos saltos en el tiempo. Repleta de pequeños detalles memorables y de escenas de una elegancia insuperable (Ann Todd despidiéndose de Trevor Howard desde el balcón, observada por nosotros y por Claude Rains a través de las cortinas, o el instante en que ella piensa en el suicidio en el andén del metro), con tiempo incluso para un momento de puro suspense, protagonizado por Claude Rains y unos prismáticos, que habría filmado sin dudar el mejor Hitchcock, Amigos apasionados demuestra de nuevo que, desde sus inicios hasta su testamento cinematográfico con Pasaje a la India (A passage to India, 1984), David Lean fue, sencillamente, uno de los más grandes.
Quizá sólo el nuevo aficionado al cine que viera ahora Breve encuentro y Amigos apasionados, sin tener ni idea del enorme prestigio de la primera y del absurdo olvido de la segunda, podría valorar realmente si existe tanta diferencia entre ambas y hasta qué punto se ha sido injusto con esta maravillosa película.
Editada en DVD por Filmax.
OCHO SENTENCIAS DE MUERTE (1949) de Robert Hamer
En la literatura británica el asesinato y el humor han ido frecuentemente de la mano. Son muchas las novelas de misterio en las que la comedia aparece para aligerar las situaciones dramáticas y, sin ir más lejos, un grande del género como Chesterton siempre recurría a la ironía y a la paradoja para sazonar sus crímenes. El mayor ejemplo que podemos encontrar al respecto probablemente sean los dos primeros textos (el tercero ya no tiene nada de divertido), escritos en 1827 y 1829, incluidos en Del asesinato considerado como una de las bellas artes de Thomas De Quincey. El título ya da una idea de por dónde van los tiros, pero valga también como ejemplo uno de sus fragmentos más populares:
“Si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a no tener presente el Día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente.”
Los estudios Ealing, abanderados de la comedia británica en loa años 40 y 50, dieron su particular versión del crimen con humor en Ocho sentencias de muerte (Kind hearts and coronets), la historia del repudiado Louis Mazzini, quien decidirá convertirse en el décimo Duque de Chalfont llevándose por delante a los ocho parientes de su difunta madre con mayor derecho que él al título.
Lejos del tipo de comedia que no da tregua al espectador, de las persecuciones alocadas y los gags que invitan a la carcajada, los diálogos y las situaciones de la película buscan la sonrisa y la complicidad del espectador mediante la ironía y la doble lectura no exenta de crítica. Aquí los personajes mienten, chantajean, buscan su propio interés y hacen gala de su hipocresía sin ningún tipo de vergüenza, pero siempre con una tranquilidad, un buen gusto y una educación exquisitos. Louis Mazzini, ayudado por la providencia, consigue su propósito sin que se sospeche de él, y sólo las paradojas del destino consiguen ponerle en aprietos, pero sin dejar nunca de lado los buenos modales. Ambición y crimen, pero con estilo y guardando las apariencias.
Y por encima de todo ahí está Alec Guinnes, uno de los más grandes actores de la historia, interpretando a los ocho miembros de la familia D´Ascoyne sentenciados a muerte. Un tour de force al alcance de muy pocos.
Editada en DVD por Universal.
Comentarios (1)

















