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LA PASAJERA (1963) de Andrzej Munk y Witold Lesiewicz
Andrzej Munk, uno de los cineastas polacos más prometedores de la generación a la que también pertenece Andrzej Wajda, falleció a los 39 años en un accidente de circulación. Su prematura muerte dejó inconclusa La pasajera (Pasazerka), una de las grandes obras sobre la vida y
la muerte en los campos de exterminio nazis. Filmada en Auschwitz, cuenta la historia de Liza (Aleksandra Slaska), una de las encargadas de la vigilancia en el campo. Al regresar en barco a Alemania, años después de los hechos, cree descubrir en el rostro de otra pasajera a una de sus antiguas prisioneras, Marta (Anna Ciepielewska), a la que creía muerta. Liza recuerda entonces los días pasados en el campo de concentración y la inusual relación que entabló con Marta, a la que supuestamente ayudó y protegió. Ese recuerdo, ese flash-back que ocupa casi todo el metraje, nos muestra, por un lado, el escalofriante y vejatorio trato que se les daba a los prisioneros y, por otro, a una Liza en parte también víctima de las circunstancias, pero el hecho de que la película esté inconclusa nos impide terminar de saber cómo fue realmente la relación entre las dos mujeres, si la memoria de Liza es fiel a lo que ocurrió o es traicionada por la vergüenza e, incluso, si la pasajera es o no Marta.
Para dotar a las imágenes filmadas por Munk de una cierta estructura, su amigo y colaborador Witold Lesiewicz recurrió al añadido de voces en off y, en los fragmentos que transcurren en el barco, de fotos fijas que el propio Munk había realizado, recurso que Chris Marker había explotado al máximo en su cortometraje de ciencia-ficción La jetée (1962) y que incluso Sidney Lumet utilizó para el terrible final de la estupenda Punto límite (Fail-Safe, 1963).
Los apenas 60 minutos del resultado final componen un film sobre la imposibilidad de librarse de los fantasmas del pasado imposible de valorar en su conjunto, pero que sin duda nos dejan la maravillosa interpretación de dos actrices superlativas y las estremecedoras imágenes de lo que podría haber sido una obra maestra.
Editada en DVD por Versus.
NO AMARÁS (1988) de Krzysztof Kieslowski
Es de suponer que Kieslowski tuviese muy presente La ventana indiscreta de Hitchcock a la hora de realizar No amarás (Krótki film o milosci), uno de los dos largometrajes incluidos en su Decálogo, aunque en su película no hay ni suspense, ni crimen por resolver, ni una mirada sobre el propio cine, sino una historia de y sobre el amor.
Kieslowski comienza el film dándole todo el protagonismo a Tomek, el chico que observa con un telescopio a Magda, su vecina de enfrente. Cuando le confiesa a Magda lo que hace, el protagonismo de la historia pasa a esta mujer fria y que ya no cree en el amor, y que se burlará de los sentimientos de Tomek iniciándole en sus juegos eróticos. Sólo cuando el chico intenta suicidarse y pasa varios días en el hospital, Magda tomará conciencia de su soledad y de cuánto le echa le menos.
No amarás huye del morbo y del mal gusto y no nos presenta la perversión de Tomek como tal, sino como un acto de amor y devoción hacia alguien a quien no cree poder conseguir. A partir de esta premisa y a través del personaje de Magda, el film se irá transformando en una historia sobre la necesidad de ser amados y, como muestra la extraordinaria escena final, sobre la necesidad de observarnos, descubrirnos y conocernos, de ser mirones de nosotros mismos.
La exposición nada exhibicionista de los sentimientos, tan presente en el cine de Kieslowski, tiene una parada imprescindible en esta película a la que, un año después, se le unió una inmejorable compañera de viaje con Monsieur Hire, otra historia de mirón enamorado dirigida por Patrice Leconte, más dramática e igual de conmovedora.
Editada en DVD por Cameo.
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