Archivos de la categoría ‘Literatura’

TODO ES VERDE de David Foster Wallace

Aprovechando que es bastante breve, aquí os dejo íntegramente un relato que me gusta mucho del escritor estadounidense David Foster Wallace. Se titula Todo es verde, y pertenece al libro La niña del pelo raro (Girl with Curious Hair, 1989).

TODO ES VERDE

Ella dice me da igual que me creas o no, es la verdad, puedes creer lo que quieras. Por tanto está claro que está mintiendo. Cuando dice la verdad se vuelve loca intentando que la creas. Por tanto creo que la he pillado.

        Enciende un cigarrillo y aparta su mirada de mí, tiene un aspecto perverso con el cigarrillo encendido y mirando por la ventana mojada, y no sé muy bien qué decir.

        Le digo Mayfly, no sé muy bien qué hacer ni qué decir y ya no me creo nada de ti. Pero hay cosas que sí sé. Sé que soy mayor y tú no. Y te doy todo lo que tengo que darte, con las manos y con el corazón. Todo lo que tengo dentro te lo he dado. He estado aguantando y trabajando duro todos los días. Te he convertido en la razón por la cual hago todo lo que hago. He intentado construir una casa para dártela, para que vivas en ella, y he intentado que sea un sitio agradable.

        Enciendo otro cigarrillo y tiro la cerilla en el fregadero junto con otras cerillas, platos sucios, una esponja y cosas de esas.

        Le digo Mayfly, mi corazón las ha pasado canutas por ti, pero ya tengo cuarenta y ocho años. Ya es hora de que no me deje arrastrar por las cosas. Tengo que tomarme una parte del tiempo que me queda para intentar sentirme bien conmigo mismo. Tengo que intentar sentirme como debería. Dentro de mí tengo necesidades que tú ya ni siquiera puedes ver, porque tú tienes demasiadas necesidades que te las tapan.

        Ella no dice nada y yo miro por su ventana y noto que ella sabe que yo sé la verdad, y cambia de postura en mi sofá de jardín. Lleva unos pantalones cortos y se sienta encima de las piernas.

        Le digo no importa en realidad lo que he visto o lo que he creído ver. Esa ya no es la cuestión. Sé que soy mayor y tú no. Pero ahora me siento como si yo te lo diera todo y tú ya no me dieras nada.

         Tiene el pelo recogido con un pasador y varias horquillas y la barbilla apoyada en la mano, es muy temprano, parece que ella está fantaseando con salir afuera a la luz brillante que hay al otro lado de la ventana mojada junto a mi sofá de jardín.

         Todo es verde dice ella. Mira qué verde es todo Mitch. Cómo puedes decir que sientes todo eso cuando fuera todo es tan verde.

        La ventana que hay junto a mi cocinilla se ha limpiado gracias a las lluvias torrenciales de anoche y muestra una mañana soleada, todavía es temprano y fuera todo está muy verde. Los árboles son verdes y la hierba más allá de los badenes es verde y está empapada. Pero no todo es verde. Las demás caravanas no son verdes, y mi mesa de cámping que está ahí fuera toda llena de agua y de latas de cerveza y de colillas flotando en los ceniceros no es verde, ni tampoco mi camión, ni la gravilla del aparcamiento, ni ese juguete de ruedas enormes tirado de lado bajo una cuerda de tender vacía de ropa junto a la caravana de al lado, en donde vive un tipo con unos críos.

        Todo es verde dice ella. Lo dice en un susurro y yo sé que ese susurro ya no es para mí.

        Tiro mi cigarrillo y le doy la espalda a la mañana con el regusto en la boca de algo que es del todo cierto. Me giro y la miro sentada bajo la luz en mi sofá de jardín.

        Ella está mirando fuera, sentada en el sofá, y yo la miro a ella, y hay algo en mí que no consigue cicatrizar cuando la miro. Mayfly tiene un cuerpo hermoso. Y ella es mi mañana. Digo su nombre.

                          Publicado por Mondadori.

                          Traducción de Javier Calvo.

AMARILLO de Félix Romeo

       

Chusé Isué (1968-1992), periodista, crítico literario y escritor en ciernes, se suicidó tras una ruptura sentimental que no pudo superar, tirándose por una ventana de su piso en Barcelona. Sus relatos, influidos por esa separación, fueron publicados póstumamente en 1994 bajo el título Todo sigue tranquilo.

        Félix Romeo (1968-2011), también periodista, crítico y escritor, director y presentador durante varios años del programa de Televisión Española La Mandrágora, publicó en 2008 Amarillo, un homenaje a su amigo Isué, un ajuste de cuentas consigo mismo, una liberación. Un libro desnudo y valiente que no nos pide juicios literarios, tan sólo hacerlo nuestro, sentirlo nuestro, emborracharnos con él e, incluso, recobrar nuestros propios recuerdos, nuestras lecturas y películas de juventud, nuestra propia visita al cine Capsa de Barcelona, en 1992, para ver Delicatessen

        Aquí os dejo mi fragmento preferido del libro, que define perfectamente la personalidad del joven Isué:     

        “En la contraportada pusimos un texto que escribiste con bolígrafo negro en los márgenes de la hoja de promoción de Delicatessen del cinema Capsa de Barcelona.

        Vimos Delicatessen unos días antes del 27 de febrero de 1992.

         Éste es el texto:

           ”Puede que me equivoque, pero existe un momento en la vida, sólo un momento, en que somos conscientes de que somos genios o enamorados. La cuestión es sencilla, ridícula. O una cosa u otra, imposible ambas. Y cuando ese momento llega tenemos la vaga certeza de que arrastraremos nuestra carga, sea la que fuere, hasta el final de los días. Yo superé ya el momento. Sé que nunca alcanzaré las cimas de la genialidad y, lo más abrumador, acongojante aún, sé que el momento del amor se escurrió entre mis dedos para siempre. Así, ni tengo nada ni espero nada.”

             Publicado por Plot Ediciones.

EL SALARIO DEL MIEDO de Georges Arnaud

Contemporáneo de Sartre, Camus y Malraux, Georges Arnaud, de nombre real Henri Girard, no es precisamente uno de los escritores franceses más prestigiosos del pasado siglo. Activista político a favor de la independencia de Argelia, conoció el éxito gracias, sobre todo, a su novela El salario del miedo (Le salaire de la peu, 1950). Escrita tras su estancia en Sudamérica, cuenta la historia de unos exiliados que malviven esperando un trabajo que les permita ganar lo suficiente para largarse. A cuatro de ellos les llega la oportunidad: deberán conducir un camión cargado de nitroglicerina que al menor descuido les hará saltar por los aires.

        Con cierta crítica hacia la explotación capitalista, la novela es ante todo un estudio sobre el miedo a morir, sobre los límites que puede llegar a soportar la condición humana (que diría Malraux) para conseguir aquello que se desea por encima de todo, sin saber que las paradojas del destino esperan a la vuelta de cualquier curva. Sin recurrir a golpes de efecto ni a parafernalias estilísticas, el gran logro de Arnaud es hacernos sentir de la manera más directa cómo la angustia de los personajes va creciendo a cada minuto, a cada segundo de un trayecto que les hará descubrirse a sí mismos.

        La popularidad de la novela fue aún mayor tras el estreno en 1953 de la extraordinaria adaptación cinematográfica de Henri-Georges Clouzot, mucho mejor, desde luego, que el remake de 1977 titulado Carga maldita (Sorcerer), dirigido por William Friedkin y con nuestro Paco Rabal formando parte de un reparto internacional.

        El siguiente fragmento corresponde a la que es, posiblemente, la escena más terrible de la novela y de la película de Clouzot, protagonizada por unos estupendos Ives Montand y Charles Vanel.

        “Johnny sigue retrocediendo delante de los faros. Como en un sueño, resbala y tropieza en esa pesadilla de fango; como en un sueño, tropieza y cae de espaldas. Pero no es un sueño, porque no se despierta al gritar. Con la cabeza fuera del líquido que cubre por completo su cuerpo caído, grita una y otra vez. El camión continúa avanzando implacablemente hacia él. Gerard lo ha visto todo, pero no levanta el pie para frenar; lo importante es pasar. La rueda delantera llega al pie del rumano, lo pisa, lo aplasta contra el fango que se solidifica bajo la enorme presión. Johnny forcejea, grita, siente cómo le trituran la pierna, aúlla como si lo mataran. Sturmer, con la mirada fija en lo alto de la cuesta que va a subir, no presta atención a ese cuerpo desarticulado que está aplastando, o tal vez ahogando, quién sabe, bajo las ruedas; qué importa, hay que pasar. Hay que pasar.”

               Traducción de Encarna Castejón.

               Publicada por Editorial Debate.

CARTA DE UNA DESCONOCIDA de Stefan Zweig

Hace unos veinte años vi por primera vez, en la Filmoteca de Barcelona, Carta de una desconocida (Letter from an Unknown Woman, 1948), la obra maestra del gran Max Ophüls. Recuerdo que al terminar la película los espectadores continuaron en silencio durante unos instantes para, de repente, levantarse de sus asientos y comenzar a aplaudir, en una ovación que duró varios minutos y que supuso el mayor homenaje espontáneo que he visto en una sala de cine. Siempre me he alegrado especialmente de asistir a ese momento, ya que tras volver a verla varias veces en dvd, tras haber visto otras muchas obras maestras, Carta de una desconocida sigue siendo mi película preferida de la historia del cine.

        La breve novela en que se basa el film de Ophüls, publicada en 1927 por Stefan Zweig, no me parece, ni mucho menos, a la altura de su adaptación cinematográfica (al contrario de lo que suele decirse, muchísimas películas superan con creces a sus originales literarios), pero sin sus personajes y situaciones, sin sus preciosas palabras, no habría existido la insuperable puesta en escena de Ophüls, el carrusel de imágenes deslumbrantes que ilustran la trágica historia de amor entre Lisa y Stefan (Joan Fontaine y Louis Jourdan en los papeles de su vida), razón más que suficiente para que ocupe un lugar de privilegio en la biblioteca.

        El fragmento que os dejo es el inicio de la carta que Lisa le escribe a Stefan. Mientras lo transcribo, ya me dan ganas de ver de nuevo la película, de volver a Viena, en el 1900…

        “Mi hijo murió ayer. Durante tres días y tres noches estuve luchando con la muerte, tratando de salvar su frágil vida. Durante cuarenta horas consecutivas, mientras la fiebre abrasaba su pobre cuerpo, le velé al pie de su cama. Le puse compresas fría sobre la frente; día y noche, noche y día. Sostuve sus manitas inquietas. La tercera noche, mis fuerzas se quebraron. Se me cerraron los ojos sin darme cuenta y debí de dormir tres o cuatro horas en aquella dura silla. Mientras tanto, me lo arrebató la muerte. Y ahí yace mi pobre, mi querido pequeño, en su estrecha cama, tal como murió. Sólo sus ojos, sus inteligentes ojos oscuros, han sido cerrados; sus manos están cruzadas sobre el pecho, sobre su blanca camisa. Arden cuatro cirios, uno en cada esquina de la cama.

        No me atrevo a mirarle, tengo miedo de moverme. Las llamas, al oscilar, hacen vagar sombras extrañas sobre su rostro y sus labios cerrados. Se diría que sus rasgos se animan y, por un momento, casi llego a imaginar que en realidad no está muerto, que va a despertar y a decirme con su clara voz algo adorablemente infantil.

        Pero sé que está muerto; no quiero volver a mirarle, para no sentir, una vez más, esta loca esperanza y una vez más sufrir el desengaño. Mi hijo murió ayer, ahora lo sé. Ya no me queda nadie en el mundo más que tú; sólo tú, que no me conoces; tú, que vives alegre jugando con los hombres y las cosas. Sólo tú, que nunca me has conocido y a quien yo nunca he dejado de amar.”

            Publicada por Editorial Juventud.

ESCALOFRÍO EN LA TARDE de Eugénio de Andrade

Del poeta portugués Eugénio de Andrade (1923-2005), seudónimo de José Fontinhas, los versos de Escalofrío en la tarde, poema que pertenece al libro Los surcos de la sed (Os sulcos da sede,2001) y que puede encontrarse en la antología Todo el oro del día, a cargo de Ángel Campos Pámpano y publicada por Pre-Textos.

ESCALOFRÍO EN LA TARDE        

No sé quién, ni en qué lugar,

pero alguien se me debe haber muerto.

He sentido esa muerte en un escalofrío de la tarde.         

Algún amigo, uno de los varios

que no conozco y sólo la poesía

sustenta. Quizá la muerte fuese

otra: un pequeño reptil                                                 

al sol súbito y caliente de marzo

aplastado por un golpe certero;

un perro atropellado por un bruto

que, al volante, se cree un dios

de arrabal, con éxito seguro

entre las tres o cuatro putas de turno.

Quizá la de una estrella, porque también

ellas mueren, también ellas mueren.

 

ARREPIO NA TARDE

Não sei quem, nem em que lugar,

mas alguém me deve ter morrido.

Senti essa morte num arrepio da tarde.

Qualquer amigo, um dos vários

que não conheço e só a poesia

sustenta. Talvez a morte fosse

outra: un pequeno réptil

no sol súbito e quente de março

esmagado por pancada certeira;

um cão atropelado po um bruto

que, ao volante, se julga um deus

de arrabalde, com sucesso garantido

junto de três ou quatro putas de turno.

Talvez a de uma estrela, porque também

elas morrem, também elas morrem.

EL DÍA DEL JUICIO de Salvatore Satta

Después de tantas lecturas “imprescindibles” que a menudo resultan no serlo, de tantos autores prestigiosos a los que cualquier buen lector debe conocer, de tantos suplementos literarios y tantas campañas publicitarias que intentan o consiguen convencernos de que la última novela de Fulanito es la hostia en vinagre, de repente encontramos al azar, por pura suerte, porque ese día nos fijamos en ella como podíamos no haberlo hecho, una novela completamente desconocida, de un autor del que nunca habíamos oído hablar, y tras leerla y considerarla inmediatamente una de las lecturas de nuestra vida comenzamos a preguntarnos cuántos escritores permanecen en el olvido sin merecerlo, o incluso cuántas grandes novelas, por una u otra razón, ni siquiera llegan a ver la luz.  

        A Salvatore Satta, jurista de profesión, le dio un buen día por echar la vista atrás, pasar cuentas con su Nuoro natal y llenar de recuerdos una novela titulada El día del juicio (Il giorno del giudizio, 1979). Por sus páginas desfilan los poderosos y los humildes, las prostitutas y las beatas, los maestros, los curas, los políticos y los que emigran en busca de una vida mejor para volver poco después a enclaustrarse en esa Nuoro testigo impasible del paso de los años, personajes tratados por el Satta narrador con dureza no exenta de ternura y humor, igualados en el momento del juicio y de la muerte, reunidos para siempre en el omnipresente cementerio.   

        Comparada con El gatopardo (Il gattopardo, 1958) de Lampedusa (a mí me recuerda también a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y a Cien años de soledad (1967) de García Márquez, y la sitúo sin rubor a su misma altura), El día del juicio es una obra maestra de la literatura sobre el discurrir inexorable del tiempo, que parece levantar polvo al pasar sus páginas pobladas por pobres difuntos a la espera de que el narrador los resucite por un instante. Cada una de sus frases, cada uno de sus portentosos fragmentos, merece la lectura más atenta y pausada, incluso volver de vez en cuando sobre nuestros pasos a medida que vamos avanzando, a fin de poder apreciar por completo la maestría de este novelista ocasional, que ni siquiera pudo ver publicada su novela, ya que falleció en 1975. 

        Aquí os dejo un fragmento, uno de los innumerables que podría haber escogido. Probablemente no venga a cuento, pero sus últimas líneas me recuerdan a la escena final de otra obra maestra, esta vez del cine, titulada Ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) de Federico Fellini. Cosas mías. En cualquier caso, si alguien emplea unos minutos en leerlo quizá se decida a descubrir una de las más grandes novelas (esta vez sí) de la literatura del siglo xx.

“En un radio de cien metros podría señalar desde aquí los límites de los viejos y húmedos muros. Basta seguir todo lo que aparece ennegrecido por el tiempo, descascarillado, olvidado, lo que ha muerto por segunda vez. Y más allá de estas pobres tumbas se extiende todavía un breve pedazo de tierra, breve e infinito, con algún resto de cruces inclinadas, alguna cruz derribada, como si hubiera agotado su función. Me pregunto si hay más esperanza en todas aquellas tumbas donde los muertos están solos o en esta tierra bajo la cual los huesos de infinitas generaciones se acumulan y se confunden, se han hecho tierra también ellos. En este remotísimo rincón del mundo, ignorado por todos salvo por mí, siento que la paz de los muertos no existe, que los muertos están libres de todos los problemas, menos de uno, del de haber estado vivos. En las tumbas etruscas rumian los bueyes, las mayores se han convertido en establos. Sobre los lechos de piedra dejan las ollas y los cestos, los humildes instrumentos de la vida pastoril. Nadie recuerda que sean tumbas, ni siquiera el ocioso turista que se encarama por el sendero excavado en la roca, y se aventura en la profunda oscuridad donde resuena su voz. No obstante, ellos siguen estando allí, desde hace dos mil, tres mil años, porque la vida no puede vencer a la muerte, ni la muerte puede vencer a la vida. La resurrección de la carne comienza el mismo día en que se muere. No es una esperanza, no es una promesa, no es una condena. Pietro Catte, el que se colgó de un árbol la noche de Navidad, en la tanca de Biscollai, creía que podía morir.Y ahora también él está aquí (porque los curas, haciéndole pasar por loco, lo sepultaron en la tierra consagrada) con don Pasqualino y Fileddu, don Sebastiano y el ziu Poddanzu, el canónigo Fele y el maestro Ferdinando, los campesinos de Sèuna y los pastores de San Pietro, los curas, los ladrones, los santos, los ociosos del Corso; todos en una mezcla inextricable, aquí debajo.

        Como en una de aquellas absurdas procesiones del paraíso dantesco desfilan en hileras interminables, pero sin coros ni candelabros, los hombres de mi estirpe. Todos se dirigen a mí, todos quieren dejar en mis manos el hatillo de su vida, la historia sin historia de su haber existido. Palabras de oración o de ira susurran con el viento entre los matorrales de tomillo. Una corona de hierro se balancea sobre una cruz desprendida. Y tal vez mientras pienso su vida, porque escribo su vida, me ven como un dios ridículo que les ha llamado a congregarse en el día del juicio, para liberarles para siempre de su memoria.” 

             Traducción de Joaquín Jordá.

             Publicada por Anagrama (colección Otra vuelta de tuerca).

CANCIÓN PARA BILLIE HOLIDAY de Langston Hughes

Langston Hughes (1902-1967) fue, en palabras del gurú de la crítica literaria Harold Bloom, “la figura más representativa de la cultura de la América negra”. Dramaturgo, narrador, ensayista y, sobre todo, poeta, sus versos fueron traducidos por Borges y por Nicolás Guillén en los años treinta. Durante la Guerra Civil trabajó de corresponsal en nuestro país, al que dedicó varios poemas, y aquí conoció a nuestros mejores poetas del momento y se enamoró del flamenco. Su poesía, de verso libre y sencillo, se inspiró tanto en la obra de Walt Whitman como en la música popular negra.

 

        El poema Canción para Billie Holiday (Song for Billie Holiday), dedicado a su amiga y gran dama del jazz, cuya vida estuvo trágicamente marcada por su adicción al alcohol y las drogas, pertenece al libro Billete de ida (One Way Ticket, 1949). En España se incluyó en la antología titulada Blues (2004), publicada por Pre-Textos, en edición a cargo de Maribel Cruzado.

CANCIÓN PARA BILLIE HOLIDAY          

¿CÓMO aliviar a mi corazón                                 

     De la canción                                                                

     Y de la tristeza?                                                           

¿Cómo aliviar a mi corazón                                    

     Sino con la canción                                                 

     De la tristeza?                                                              

¿Cómo aliviar a mi corazón                                    

     De la tristeza                                                                 

     De la canción?                                                          

No me habléis de la pena                                       

Empolvada en su pelo,                                            

O el polvillo en los ojos                                           

Que al azar sopló el viento.                                    

La pena de la que hablo                                          

La empolva el desconsuelo.                                  

Trompeta con sordina,                                          

Aire caliente y frío cobre.                                     

Amarga televisión enturbiada                              

Por un sonido que oscila…                                     

      ¿Dónde?       

                                                                    

SONG FOR BILLIE HOLIDAY

WHAT can purge my heart

    Of the song

    And the sadness?

What can purge my heart

    But the song

    Of the sadness?

What can purge my heart

    Of the sadness

    Of the song?

Do not speak of sorrow

With dust in her hair,

Or bits of dust in eyes

A chance wind blows there.

The sorrow that I speak of

Is dusted with despair.

Voice of muted trumpet,

Cold brass in warm air.

Bitter television blurred

By sound that simmers-

    Where?

A SANGRE FRÍA (1967) de Richard Brooks

El asesinato de la familia Clutter a manos de Perry Smith y Dick Hickock se convirtió, en manos de Truman Capote, en una de las cimas de la narrativa norteamericana y en una novela que abrió nuevos caminos a seguir por el cine, la televisión y, por supuesto, la literatura. Por citar sólo otra novela policiaca basada en un caso real, inspirada claramente en A sangre fría (In Cold Blood, 1965) y elogiada por el mismo Capote, ahí está la magnífica Campo de cebollas (The Onion Field, 1973) de Joseph Wambaugh, llevada al cine por Harold Becker en 1979.

        La adaptación homónima realizada por Richard Brooks -uno de los grandes a la hora de llevar al cine la mejor literatura- es una tremenda película que deja de lado la melancolía y el tono elegíaco que acaba cobrando la novela de Capote para centrarse en las razones que acaban llevando a Perry y Dick al crimen y en la crítica, sin obviar los aspectos más horrorosos del múltiple asesinato (imposible olvidar el flash-back que recrea la matanza, casi de película de terror), a una sociedad que contribuye a crear monstruos para acabar luego con ellos. Así, mientras Capote termina emocionándonos al pensar cómo podría ser la joven Nancy Clutter de seguir con vida, Brooks opta por impactarnos y hacernos reflexionar, poniendo el punto final con el cadáver de Perry colgando de la soga y un fundido sobre el que vuelve a aparecer el título del film, equiparando claramente la sangre fría con la que fueron asesinados los Clutter a la que muestran las instituciones a la hora de aplicar la pena de muerte.

        Con un reparto sin grandes nombres pero en el que estan espléndidos Robert Blake, Scott Wilson, John Forsythe y dos de los más grandes secundarios de siempre como Paul Stewart y Charles McGraw -quien no se acuerde de él puede recurrir, entre otras muchas, a su interpretación del instructor de gladiadores Marcellus en Espartaco (Spartacus, 1960) de Stanley Kubrick-, quien da vida al padre de Perry, y una sobrecogedora fotografía en blanco y negro de Conrad Hall, A sangre fría me parece no sólo una de las mayores joyas de la filmografía de Brooks sino también, y sobre todo, uno de los primeros films norteamericanos que trataron la violencia de la forma más cruda, directa y real, alejándose de la imagen que de ella dieron los géneros clásicos y anticipando el cine moderno que revolucionó Hollywood pocos años después, con los Coppola, Scorsese o Schrader a la cabeza. No hay más que compararlo con la otra gran adaptación de Capote al cine, Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany´s, 1961) de Blake Edwards, maravillosa e inolvidable pero que edulcoraba al gusto de la época los aspectos más sórdidos del texto original, para darse cuenta de que los tiempos estaban cambiando.

              Editada en DVD por Columbia.

ALMAS GRISES de Philippe Claudel

Si un escritor actual reconoce como una de sus grandes referencias la literatura de Georges Simenon y, además, ese buen gusto se ve reflejado en sus propias novelas, ahí me tendrá como asiduo lector. Es el caso de Philippe Claudel, profesor, guionista, director de cine (debutó en 2008 con Hace mucho que te quiero (Il y a longtemps que je t´aime), un film que no estaba nada mal, protagonizado por Kristin Scott Thomas) y, sobre todo, uno de los grandes novelistas de la última literatura francesa.

        Almas grises (Les âmes grises, 2003), su quinta novela, fue la primera que leí. Su narrador es un policía que recuerda los hechos ocurridos veinte años atrás, durante la I Guerra Mundial, en un pequeño pueblo francés donde apareció asesinada una niña llamada Belle. Estamos pues, en principio, ante una novela policiaca, pero al igual que ocurre tantas veces con Simenon (y ahí está La muerte de Belle, una de sus mejores novelas, reseñada aquí hace tiempo, como inmejorable ejemplo) el crimen y su investigación son sólo un punto de apoyo para ir más allá, para adentrarse en la compleja y sorprendente naturaleza humana. A medida que avanza la crónica, escrita con una prosa que parece susurrada como un pudoroso secreto y que es capaz de sugerir toda la terrible tristeza que esconde la historia, van apareciendo las mentiras y las sombras sobre las que se sustentan las vidas de esas almas que nunca son blancas o negras, que pueden cargar, en silencio, con los pecados más imperdonables, y que son, al mismo tiempo, víctimas y culpables.

        “Cuando pienso en las manos de Destinat, largas, finas, cuidadas, salpicadas de manchas, todo tendones; cuando las veo, un atardecer de invierno, apretando el delgado y frágil cuello de Belle de Jour, mientras en el rostro de la niña la sonrisa se borra y una gran pregunta asoma a sus ojos; cuando imagino todo eso, esa escena que ocurrió, esa escena que no ocurrió, me digo que Destinat no estaba estrangulando a una niña, sino un recuerdo, un dolor; que, de pronto, lo que tenía entre las manos, bajo los dedos, era el fantasma de Clélis, y el de Lysia Verhareine, a los que intentaba retorcer el cuello para deshacerse de ellos definitivamente, para no volver a verlos, para no seguir oyéndolos, para no acercarse a ellos durante la noche sin poder alcanzarlos jamás, para no seguir amándolos en vano.

        Qué difícil es matar a los muertos, hacerlos desaparecer…Cuántas veces lo habré intentado yo…Qué sencillo sería todo si no fuera así.

        Así pues, otros rostros debieron de asomar al de la niña, de aquella niña encontrada por casualidad, al final de un largo día de nieve y hielo, cuando empezaba a llegar la noche y, con ella, todas las sombras dolorosas. De pronto, el amor y el crimen debieron de confundirse, como si, allí, sólo pudiera matarse aquello que se ama. Nada más.

        He vivido mucho tiempo con la idea de Destinat como asesino por error, por espejismo, por esperanza, por recuerdo, por terror. Me parecía hermosa. No atenuaba el crimen, pero lo hacía resplandecer, lo arrancaba de la sordidez. Asesino y víctima se transformaban en mártires, cosa poco frecuente.”

                 Traducción de José Antonio Soriano.

                 Publicada por Ediciones Salamandra.

CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN de Paul Auster

El día de Navidad de 1990, el cineasta Wayne Wang leyó en el New York Times un relato de Paul Auster titulado Cuento de Navidad de Auggie Wren, y enseguida pensó que, a partir de él, podría hacerse una buena película. Al año siguiente conoció a Auster y le convenció para que escribiera el guión. El resultado no fue una película sino dos: Smoke y Blue in the Face, codirigidas por ambos y estrenadas en 1995. De lo mejorcito del cine norteamericano de la década de los 90.  

 

         El cuento que originó dicha colaboración se lo cuenta Auggie (Harvey Keitel) a su amigo escritor Paul (William Hurt) al final de Smoke. En él, Auggie finge ser el nieto de una anciana ciega y pasa con ella el día de Navidad, a la postre el último de la anciana, que morirá al poco tiempo.

        “-¿Eres tú, Robert? -dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

        Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

        -Sabía que vendrías, Robert -dice-. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

        Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

        Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

        -Está bien, abuela Ethel -dije-. He vuelto para verte el día de Navidad.

        No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así, y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

        No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.”

                  Traducción de Maribel De Juan.

                  Publicado por Anagrama.

                 ¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!

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