Archivos de la categoría ‘Literatura argentina’

LA CAPITAL DEL OLVIDO de Horacio Vázquez-Rial

El hecho de que cada uno de los capítulos de La capital del olvido (2004) esté encabezado por una cita de algunos de los grandes de la novela negra y que el primero de esos capítulos sea un homenaje explícito a El sueño eterno de Chandler y Hawks puede hacernos pensar de entrada que estamos simplemente ante un sencillo, sincero y entretenido homenaje a los clásicos, en la línea de la también chandleriana Triste, solitario y final (1973) de Osvaldo Soriano. Pero, aunque dicho homenaje siempre está presente, esa primera impresión no tarda en desaparecer. En cuanto la trama nos transporta al pasado, a la época de la dictadura militar en Argentina, de las desapariciones y de la venta de niños secuestrados, la novela se endurece y nos adentra en la búsqueda del pasado y, a la vez, en el intento de olvidarlo, a través de unos personajes que buscan el silencio, el perdón, la justicia o la venganza, y que vuelven de entre los muertos para remover la conciencia de los vivos.

        Sin apenas descripciones, sin la presencia constante de un narrador, sus extraordinarios y vertiginosos diálogos y escenas hacen de La capital del olvido, ganadora del V Premio Fernando Quiñones, una novela eminentemente cinematográfica, de las que agradecemos tener a mano en una larga noche de verano.

“Ah, claro, es de eso que no querés acordarte, Guido. No es que no te acordés de ella, no. Pero estabas en casa, yo lo sé, oí llegar el coche y a los tipos que bajaron armando despelote para que vos y yo y los demás cerráramos los ojos o no los cerráramos pero hiciéramos como si. Yo miré por entre los listones de la persiana, que estaba bajada, pero no del todo, y vi la calle, y vi tu persiana, exactamente enfrente de la mia, y vi cómo apagabas la luz y estuve seguro de que estabas ahí igual que yo, mirando sin hacer nada, como una vaca detrás de la alambrada, que ve pasar el tren y sigue rumiando. Y la sacaron a la Myriam. El viejo Paley se arrastró detrás de ellos, pedía a gritos que no se la llevaran, hasta que uno le dio con algo, no sé, un palo o una culata, en la cabeza le dio y lo dejó sangrando tirado en la vereda y cerraron con tres portazos, porque el chófer no se había movido y salieron rajando con la piba a cuestas. Cuando vino el chico, que algún alma buena lo habría llamado, el pibe, Isaac, digo, el hermano de la Myriam, que ya estaba casado, se encontró a la madre arrodillada en el suelo, mirando a su marido, que seguía como muerto. Estaba vivo, pero como muerto. Vos lo viste a Isaac, Guido, lo viste igual que yo, porque te quedaste igual que yo detrás de la persiana, esperando algo, que pasara algo, que bajara del cielo un ángel, o Perón, quién sabe, o un hada, y arreglara todo lo desarreglado. A lo mejor, el que manejaba el coche era Mardones. O Mardones se reunió con ellos en otro sitio. De la Myriam nunca más se supo. Bueno, sí, se supo, porque cuando salió el informe, cuando los juicios, lo leímos, Guido. Vos y yo lo leímos. Leímos que la habían visto en un chupadero y que la habían trasladado. Y ahora te olvidaste. ¿Cómo podés haberte olvidado? ¿Tampoco te acordás de que te conté que lo había vuelto a ver a Mardones? Viejo y pelado, pero bien vestido. En la plaza lo vi. En la plaza de Mayo, el día en que Alfonsín nos tuvo esperando mientras él arreglaba con los milicos y después vino y dijo que la casa estaba en orden y que felices pascuas. Yo no había entendido lo que había dicho, y miré a la gente que tenía alrededor y pregunté qué dijo y una vieja dijo felices pascuas y yo no me lo creí y seguí mirando, y de pronto vi una cara conocida, la del único hijo de puta que sonreía en ese momento, y era la de Mardones. Te lo conté, Guido, aquella misma noche. ¿No te acordás de eso? ¿Tampoco de eso? No, no te lo reprocho, no sos el único que no se acuerda de esas pascuas. A lo mejor, es que aquel día empezó el olvido y la Myriam entonces desapareció de verdad, definitivamente.”

                 Publicada por Alianza.

ELOGIO DE LA SOMBRA. 25 años sin Borges

Hoy se cumplen 25 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges, uno de los habituales, como no podía ser menos, de este blog. Para recordarlo, esta vez, un poema, incluído en el libro de 1969 al que da título, uno de los muchos que demuestran que también fue uno de los grandes poetas de nuestra lengua. La vejez y la ceguera, y la memoria, en unos pocos versos que ponen la piel de gallina.

ELOGIO DE LA SOMBRA

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)

puede ser el tiempo de nuestra dicha.

El animal ha muerto o casi ha muerto.

Quedan el hombre y su alma.

Vivo entre sombras luminosas y vagas

que no son aún la tiniebla.

Buenos Aires,

que antes se desgarraba en arrabales

hacia la llanura incesante,

ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,

las borrosas calles del Once

y las precarias casas viejas

que aún llamamos el Sur.

Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;

Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;

el tiempo ha sido mi Demócrito.

Esta penumbra es lenta y no duele;

fluye por un manso declive

y se parece a la eternidad.

Mis amigos no tienen cara,

las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,

las esquinas pueden ser otras,

no hay letras en las páginas de los libros.

Todo esto debería atemorizarme,

pero es una dulzura, un regreso.

De las generaciones de los textos que hay en la tierra

sólo habré leído unos pocos,

los que sigo leyendo en la memoria,

leyendo y transformando.

Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,

convergen los caminos que me han traído

a mi secreto centro.

Esos caminos fueron ecos y pasos,

mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,

días y noches,

entresueños y sueños,

cada ínfimo instante del ayer

y de los ayeres del mundo,

la firme espada del danés y la luna del persa,

los actos de los muertos,

el compartido amor, las palabras,

Emerson y la nieve y tantas cosas.

Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,

a mi álgebra y mi clave,

a mi espejo.

Pronto sabré quién soy.

ECOS de Ángel Bonomini

Crítico de arte, poeta y cuentista, Ángel Bonomini (1929-1994) no es un escritor demasiado conocido en nuestro país, a pesar de que la literatura argentina siempre ha contado entre nosotros con numerosos seguidores. Admirado, al parecer, por Borges y Bioy, sus relatos suelen participar por igual de lo fantástico y lo real, introduciendo a menudo un componente onírico que los hace perfectamente reconocibles.

       Ecos es uno de los mejores relatos del libro Los lentos elefantes de Milán (1978). El autor-narrador nos recuerda en sus páginas algunos episodios de su infancia, para terminar preguntándose si la memoria recupera realmente lo ocurrido o no es más que otra herramienta para crear una ficción.

        El primer fragmento del relato es suficiente para mostrarnos el gran talento de un autor por descubrir. Creo que merece la pena, así que aquí os lo dejo.

“A la hora de la siesta iba a lo de las Berro, que vivían al lado. La madre, Georgina, era francesa y tocaba el violín por las tardes. Las chicas, Nélida y Amalia, tendrían unos veinte años, yo diez. Me querían mucho en esa casa, me ayudaban a hacer los deberes del colegio y entraba y salía de allí cuando quería.

        En lo de las Berro, en un patio central, había una escalera de caracol que conducía al cuarto de costura. Subí. Golpeé la ventana.

        Nélida contestó. Me dijo que estaban durmiendo y que volviera más tarde. Oí que Amalia le decía a la hermana que me dejara entrar. A mí la idea de tener que esperar me disgustaba tanto como la de irme. Pero, en seguida oí los pasos de unos pies descalzos y un cerrojo que se descorría.

        Entrá, me dijo Amalia, desnuda, con un triángulo de vello oscuro debajo del vientre y sus pechos culminados en dos puntas violetas. Y agregó: desnudate y metete en la cama.

        Todo fue muy rápido, como cuando a uno le muestran y le esconden una fotografía en un mismo ademán. Mareado de peligro no atiné más que a obedecer. Me desnudé y me metí en la cama.

        Nélida simulaba dormir y dejaba ver su espalda, la cintura, los muslos, el pelo revuelto. Amalia se acomodó y empezó el suplicio del silencio. Al pie de la cama estaba amontonada, como una cordillera de flores, la colcha de cretona.

        En un rincón del cuarto había otra forma de mujer, también desnuda, que siempre me causaba zozobra. Era un maniquí sin cabeza sostenido por una barra que terminaba en un trípode.

        A medida que pasaban los segundos mis ojos se iban acostumbrando a la penumbra. Había una luz tenue que a todos nos envolvía. A mi derecha, Nélida tenía la espalda quebrada en la cintura y las nalgas sombreadas, y todas esas formas de piel nacarada se ondulaban levemente con la respiración. A mi izquierda, Amalia había volcado sus pechos hacia mí y una de las puntas violáceas me rozaba el brazo.

        Yo sabía que nadie dormía en ese cuarto. Hasta el maniquí era como un vigía atento. La máquina de coser tenía una cabeza negra y cromada parecida a la de un dragón alerta.

        Yo estaba inmóvil. Las dos mujeres irradiaban un calor que casi quemaba. Y de pronto, como un ruido de súbita tormenta, oí que Nélida y Amalia estallaban en una risa que borraba la vida.

        Tuve la sensación de que las escaleras de caracol nunca terminan.”

                              Publicado por Reverso Ediciones.

CLAUDIA EN LA BIBLIOTECA de Andrés Neuman

A sus treinta y cuatro años, el novelista, cuentista y poeta Andrés Neuman es ya uno de los grandes escritores de nuestra lengua. Uno de los numerosos premios que ha recibido es el Hiperión de Poesía del año 2002, por el libro titulado El tobogán. Aquí os dejo uno de sus poemas, dedicado al también joven poeta cordobés Rafael Espejo.

CLAUDIA EN LA BIBLIOTECA

                            Para Rafael Espejo

Rebuscas en los libros

con un extraño afán de jardinera.

Delicada y ansiosa, de perfil me pareces

distinta cuando curvas las rodillas

y se tensan tus muslos

debajo del vaquero. Muerte lenta

contemplar, sin tocado,

el pequeño tatuaje en tu cintura.

Será mejor sufrir que describir los pechos:

¿quién se atreve a cruzar los toboganes

que unen la palabra con su tema?

Así que huyo

y finjo distracción.

Si volvieras la vista a quien te escribe

desaparecerías, y es demasiado pronto.

Sigue leyendo, Claudia.

Haces bien en amarte.

PALABRAS INICIALES de Roberto Fontanarrosa

De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: “Me cagué de risa con tu libro.”

Aquí os dejo el inicio de uno de los relatos más divertidos de Roberto Fontanarrosa, un grande de la literatura cómica y de la literatura sin adjetivos. Quien quiera continuar riendo puede encontrar el relato en el libro Usted no me lo va a creer (2003) -uno de los últimos del autor, fallecido en 2007-, y de ahí pasar a cualquier otra de las obras del escritor argentino: diversión asegurada.

PALABRAS INICIALES

“Puto el que lee esto.”

        Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

        Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.”

                  Publicado por Ediciones de la Flor.

 

EPISODIO DEL ENEMIGO de Jorge Luis Borges

Aquí os dejo una pequeña e inconfundible maravilla escrita por Borges. No es uno de sus cuentos más conocidos, supongo que por estar incluido en el poemario El oro de los tigres (1972). Los símbolos, los libros, el propio Borges como personaje, el tema del doble, la novela policiaca, los sueños…y una manera única de alcanzar la mejor literatura. Hala, a disfrutar.

EPISODIO DEL ENEMIGO

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con el torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido.

Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.

-Uno cree que los años pasan para uno -le dije- pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:

-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

-Es verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

-Puedo hacer una cosa -le contesté.

-¿Cuál? -me preguntó.

-Despertarme.

Y así lo hice.

TODOS LOS FUNES de Eduardo Berti

Todos los funes (1994), finalista del XXII Premio Herralde de Novela, cuenta dos historias de amor, de amor por la literatura y de amor por una mujer, los cuales, como es bien sabido, pueden llegar a ser el mismo. Jean-Yves Funès, el protagonista de la novela, es un profesor de literatura jubilado que viaja a Lyon para asistir a un ciclo de conferencias. Durante su estancia allí, a través de las conversaciones con los enigmáticos personajes que va conociendo y mientras se agrava su larga enfermedad, Funès rememora su gran amor por Marie-Hélène - la esposa fallecida años atrás-, bucea en el misterio sobre su propia identidad que siempre le ha acompañado, y recuerda el proyecto nunca realizado de escribir un libro sobre todos los Funes de la literatura hispanoamericana, desde el protagonista de Funes el memorioso -uno de los más impresionantes cuentos de Borges-, hasta los que aparecen en El examen, Bestiario y Sobremesa de Julio Cortázar, pasando por los que crearon Horacio Quiroga o Augusto Roa Bastos.

        De lectura amable y fácil, con los diálogos intercalados en la voz del narrador, lo que consigue que fluya mejor la historia sin entorpecerla en ningún momentoy con un personaje central al que enseguida cogemos cariño, Todos los Funes guarda desde sus primeras páginas un aire de irrealidad, de que estamos leyendo algo soñado más que sucedido, sensación inevitablemente acentuada por la sucesiva aparición de personajes improbables. La maravillosa escena final nos aporta algunas claves sobre la historia, pero su ambigüedad, afortunadamente, nos sigue acompañando.

        “Inútilmente Funès revisó hasta su último bolsillo. Nada, dictaminó, me temo que no me queda ni una pero, a ver, ¡ya lo tengo!, y se aflojó la correa del reloj. Si cae boca arriba paseamos junto al Rhône, si cae boca abajo paseamos junto al Sâone, ¿estás de acuerdo?, sugirió. Estoy de acuerdo, aseguró ella, ¿pero puedo hacerlo yo?

        Funès le entregó algo dubitativo el reloj, ella lo puso en el hueco de su mano y luego lo envió por los aires, con tal fuerza, con una fuerza más allá de lo posible, que el reloj se elevó sobre los tejados, sobre las copas de los árboles, siguió a la manera de un pájaro intrépido, volando, ascendiendo, volando, y no sólo eso: ya arriba empezó a crecer, a inflarse, a ocupar más y más cielo, hasta taparles el sol, como una piedra inconmensurable que en su inminente caída fuese a hacer mil pedazos el remanso de un lago dormido.

        Marie-Hélène no decía palabra.

        Entretanto Funès tosía, tosía.”

                        Publicada por Anagrama.

        Acudiendo a  los enlaces podéis encontrar una entrevista con Eduardo Berti en el blog Internacional microcuentista, así como el blog del propio Berti, titulado Bertigo.

Literatura con balón (y 2): ARQUEROS, ILUSIONISTAS Y GOLEADORES de Osvaldo Soriano

Periodista, novelista, escritor de cuentos, futbolista en su juventud y seguidor de San Lorenzo de Almagro, el argentino Osvaldo Soriano escribió a lo largo de su vida un buen puñado de relatos con el deporte rey como protagonista. Recopilados en el libro Arqueros, ilusionistas y goleadores (1996), nos ofrecen una visión del fútbol muy alejada de la que impera hoy en día, atendiendo siempre a su lado más humano, entre lo cómico y lo nostálgico, mostrando generalmente las dificultades, la derrota y el olvido por encima de las victorias y el éxito. Por sus páginas desfilan los recuerdos del niño que comenzaba a dar patadas a un balón, los inicios del club San Lorenzo, las alucinantes aventuras del hijo del forajido Butch Cassidy como árbitro aficionado a punta de pistola, la derrota de Brasil ante Uruguay en el Mundial de 1950 recordada por el jugador uruguayo Obdulio Varela, las divertidas memorias del Míster Peregrino Fernández, el gol de Maradona con la mano en el Mundial del 86 ante Inglaterra, la crónica del penalti más largo del mundo (relato adaptado al cine en 2005 por Roberto Santiago, con Fernando Tejero como protagonista), y un largo etcétera.

        Mi preferido de entre todos estos relatos posiblemente sea el titulado Arístides Reynoso, la historia del goleador que, en su último partido y antes de hacer definitivamente las maletas, le marca a Boca el gol inolvidable con el que había soñado. Aquí os dejo un fragmento.

        “Años después mostraba con orgullo la cicatriz y juraba no haber abierto la boca para quejarse. No hizo otra cosa que levantarse y seguir porque la pierna lo sostenía todavía y Musimessi, el Arquero Cantor, ya salía a enfrentarlo. Eran tiempos del Glostora Tango Club: tipos de traje y gomina Brancato que escuchaban las charlas de Discépolo; damas y damitas con pollera hasta abajo de la rodilla. Una década insulsa que preludiaba las tormentas que cantarían Beatles y Stones. Cine, radioteatro, salón de té, hipódromo, tango… ¡Cuánto había que esperar a que las chicas se decidieran! ¡Cuánto amor y cuánto odio despertaban Evita y Perón! Todo eso y Arístides Reynoso que pisa el área con las valijas hechas y el pasaje comprado. Viene medio desacomodado y Musimessi ya abre el tren de aterrizaje, cae a sus pies con la camiseta que le marca las costillas. A Arístides le queda una sola: frenar de golpe, tirarla con los talones por encima de la espalda e ir a buscarla, si llega, por la rendija que se abre detrás del arquero. Siente el golpe en la rodilla, sabe de qué se trata, pero escapa y antes de caer por última vez en un estadio porteño, le pega de punta y cierra la valija.”

               Publicado por Seix Barral.

DE RICARDO PIGLIA A CESARE PAVESE

En el relato Un pez en el hielo, añadido posteriormente por Ricardo Piglia a su libro La invasión (1967), el personaje Emilio Renzi -protagonista de otros cuentos del autor y de la extraordinaria novela Respiración artificial (1980)- viaja a Turín para escapar de un desengaño amoroso, siguiendo los pasos del diario que dejó escrito el narrador y poeta Cesare Pavese, indagando en sus últimos días y en las causas que le llevaron al suicidio, en una habitación de hotel, el sábado 26 de agosto de 1950. La ficción y la historia más íntima de la literatura se unen en un gran cuento con el cual Ricardo Piglia nos recuerda al gran escritor italiano, cuyos últimos versos que conocemos fueron alguien que intentó / pero no supo.

        Aquí os dejo el poema Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, uno de los últimos que escribió Pavese en 1950.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos-                  

esta muerte que nos acompaña

de la mañana a la noche, insomne,

sorda, como un viejo remordimiento

o un vicio absurdo. Tus ojos

serán una palabra vana,

un grito acallado, un silencio.

Así los ves cada mañana

cuando te inclinas sola ante el espejo.

¡Oh querida esperanza,

también nosotros aquel día

sabremos que eres la vida y la nada!

La muerte tiene una mirada para todos.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como abandonar un vicio,

como ver que emerge de nuevo

un rostro muerto en el espejo,

como escuchar un labio cerrado.

Descenderemos al remolino, mudos.

                La invasión está publicada en Anagrama.

                La poesía de Cesare Pavese está publicada en Visor.

TIGRES AZULES de Jorge Luis Borges

De Borges ya se ha dicho prácticamente todo: es uno de los escritJorge_Luis_Borges_1ores más reverenciados de siglo xx y el máximo exponente de la literatura hispanoamericana; los gurús de la crítica literaria lo sitúan junto a los omnipresentes Proust, Joyce, Kafka, Faulkner o Navokov, y sus dos colecciones de relatos más conocidas, Ficciones (1944) y El Aleph (1949), siempre tienen su sitio en las listas de la mejor literatura de la historia.

        El tigre es uno de motivos recurrentes en la obra de Borges. Aparece, por ejemplo, en el cuento Dreamtigers y en el poema El otro tigre, que forman parte de su miscelánea El hacedor (1960). Aquí dejo un fragmento del poema:  Cunde la tarde en mi alma y reflexiono / Que el tigre vocativo de mi verso / Es un tigre de símbolos y sombras, / Una serie de tropos literarios / Y de memorias de la enciclopedia / Y no el tigre fatal, la aciaga joya / Que, bajo el sol o la diversa luna, / Va cumpliendo en Sumatra o en Bengala / Su rutina de amor, de ocio y de muerte.

        En 1983 se publicó La memoria de Shakespeare, el último libro de relatos de Borges. De los cuatro cuentos para mí destaca  Tigres azules, a la altura de los mejores del autor y cuyo origen creo que se puede rastrear en anteriores relatos como El Aleph, El disco, o El libro de arena.

        La historia que cuenta Borges es la de un profesor obsesionado con la figura del tigre que viaja a la región del delta del Ganges porque le han informado de que allí había sido vista una variedad azul del animal. No encuentra al tigre, pero en su lugar halla unas pequeñas piedras circulares del mismo azul que el tigre con el que sueña, todas exactamente iguales, y que se multiplican y dividen ajenas a cualquier ley matemática. Finalmente, pide ser liberado de esa carga, y su plegaria es contestada. Librarse de las piedras representa renunciar a lo fantástico, a lo maravilloso y desconocido que puede aparecer en nuestras vidas, y abrazar la rutina, la seguridad y todo lo cotidiano que se nos ofrece cada día: 

        No oí los pasos, pero una voz cercana me dijo:

        -He venido.

        A mi lado estaba el mendigo. Descifré en el crepúsculo el turbante, los ojos apagados, la piel cetrina y la barba gris. No era muy alto.

        Me tendió la mano y me dijo, siempre en voz baja:

        -Una limosna, Protector de los Pobres.

        Busqué, y le respondí:

        -No tengo una sola moneda.

        -Tienes muchas -fue la contestación.

        En mi bolsillo derecho estaban las piedras. Saqué una y la dejé caer en la mano hueca. No se oyó el menor ruido.

        -Tienes que darme todas -me dijo-. El que no ha dado todo no ha dado nada.

        Comprendí, y le dije:

        -Quiero que sepas que mi limosna puede ser espantosa.

        Me contestó:

        -Acaso esa limosna es la única que puedo recibir. He pecado.

        Dejé caer todas las piedras en la cóncava mano. Cayeron como en el fondo del mar, sin el rumor más leve.

        Después me dijo:

        -No sé aún cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.

        No oí los pasos del mendigo ciego ni lo vi perderse en el alba.

 

                         Publicado por Alianza Editorial (Biblioteca Borges).

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