Archivos de la categoría ‘Literatura británica’
EL COLECCIONISTA de John Fowles
Frederick es un tipo introvertido, solitario y sin cultura cuyas aficiones son cazar mariposas y hacer fotografías. Una quiniela millonaria le permite comprar una gran casa alejada de la ciudad y llevar a cabo el plan que tiene en mente desde hace tiempo: secuestrar a Miranda, una joven estudiante de arte a la que ama y admira, encerrarla en el sótano de la casa sin ningún contacto con el exterior y colmarla de favores hasta que, con el tiempo, consiga que se enamore de él.
A partir del parcial punto de vista de ambos, de la voz narrativa de Frederick y del diario que
escribe Miranda durante su cautiverio -pleno de referencias pictóricas, musicales y literarias que enriquecen la caracterización de los dos personajes, sobre todo a partir de La tempestad de Shakespeare- iremos conociendo el pasado de ambos, los intentos de fuga de Miranda y su creciente desesperación, sus diferencias de clase y cómo evolucionan los sentimientos de ambos, hasta llegar a un terrible y abierto final que justifica por sí solo la lectura de la novela, y su título, y que desnuda ante nuestros ojos al personaje de Frederick a través de sus propias palabras.
John Fowles interrumpió la redacción de su proyecto más ambicioso, la desigual pero apasionante El mago (The Magus, 1965) -llevada al cine, y se lo podía haber ahorrado, por Guy Green en 1968- para escribir El coleccionista (The Collector, 1963), su debut como novelista. William Wyler realizó una magistral adaptación, estrenada en 1965, con Terence Stamp y Samantha Eggar como protagonistas, y su influencia se ha dejado notar en multitud de películas hasta la fecha, incluidas la particular lectura que hizo de la historia Pedro Almodóvar en Átame (1990), que me parece tan mala como la mayoría de sus películas (qué le voy a hacer, no sé apreciar la genialidad del cineasta manchego), y esa fabulosa vuelta de tuerca que es, o a mí me lo parece, Hard Candy (2005) de David Slade.
“Solía verla cuando regresaba a casa desde el colegio en que estaba internada, a veces hasta varios días seguidos, porque sus padres vivían frente al Anexo del Ayuntamiento. Ella y su hermana menor iban y venían muy a menudo, acompañadas con frecuencia por muchachos, lo cual, evidentemente, no me gustaba. Cada vez que los archivos y las carpetas me dejaban un momento libre, me acercaba a la ventana para mirar hacia la calle cubierta de escarcha y, aunque no siempre, algunas veces conseguía verla. Todas las noches consignaba el hecho en mi diario de observaciones. Al principio, en aquellas anotaciones, ella era X; pero después, es decir, desde que supe cómo se llamaba, se convirtió en M. También la vi varias veces en la calle. Un día estuve un buen rato detrás de ella, en una cola de la biblioteca pública de la calle Crossfield. No me miró ni una sola vez, pero yo no aparté ni un instante la mirada de su nuca y de su pelo, que peinaba en una larga trenza. Sus cabellos eran de un rubio muy pálido, sedosos, como capullos de seda. Los llevaba recogidos en una larga y gruesa trenza que le llegaba a la cintura, algunas veces le caía por la espalda, y otras, a un costado del pecho. Pero de vez en cuando la trenza desaparecía, reemplazada por un moño alto. Sólo una vez, antes de que viniera a esta casa como mi huésped, tuve la suerte de verla con el pelo suelto, lo que me dejó casi sin aliento. ¡Estaba tan hermosa como una sirena!”
Traducción de Federico López.
Publicada por El Aleph Editores.
VIAJE de Robert Louis Stevenson
Los poemas de Stevenson probablemente sean la parte menos reconocida de su obra, quizá porque su imponente y tan popular narrativa haya conseguido que nos olvidemos de ellos o porque, simplemente, la crítica no los considere a la altura de sus novelas y cuentos. Para mí poseen la misma magia y el mismo poder de ensoñación.
Aquí os dejo el poema Viaje (Travel), de su libro de 1885 A Child´s Garden of Verses. La infancia, la imaginación, la aventura…están también en estos versos.
VIAJE
los países donde hay manzanas de oro;
donde bajo otro cielo existen islas
con papagayos, y las cacatúas
y las cabras jamás pierden de vista
a Robinsón haciéndose una barca;
donde el sol ilumina las lejanas
ciudades del Oriente, con mezquitas
y alminares en medio de jardines
de arena, y las preciosas mercancías
que vienen de muy cerca o de muy lejos,
cuelgan para venderse en el bazar;
donde la Gran Muralla cerca a China,
y a un lado está el viento del desierto,
y al otro con campanas y tambores
zumban estrepitosas las ciudades;
donde hay selvas ardientes como el fuego,
grandes como Inglaterra, y además
altísimas, con monos, cocoteros
y chozas de los negros cazadores;
el cocodrilo de rugosa piel
en el Nilo a sus víctimas acecha,
y alza el vuelo el flamenco color rojo
persiguiendo a los peces; en la jungla
hay tigres que devoran a los hombres,
muy quietos, al acecho y esperando
que la presa se acerque, por ejemplo
un viajero al que mece el palanquín;
donde entre las arenas del desierto
hay ciudades desiertas con sus niños
príncipes o mendigos, hechos hombres
desde hace mucho tiempo, sin que se oiga
en las calles y casas ni un ruido
de ratones o niños, y al caer
suavemente la noche, en la ciudad
ni un destello de luz rompe las sombras.
Cuando crezca hasta allí emprenderé el viaje
con una caravana de camellos;
encenderé la lumbre en las tinieblas
de un salón polvoriento, miraré
las pinturas que adornan las paredes,
guerras, héroes, fiestas; y buscando
en un rincón encontraré juguetes
de los niños de aquel antiguo Egipto.
Traducción de Carlos Pujol.
Selección de poemas publicada por Editorial Comares (Colección La Veleta).
EN MI OFICIO U HOSCO ARTE de Dylan Thomas
Fallecido a los 39 años víctima del alcoholismo, el galés Dylan Thomas es una de las figuras literarias más legendarias del pasado siglo. Junto a su poesía, posiblemente la parte más popular de su obra, nos dejó también unos cuantos magníficos cuentos, reunidos algunos de ellos bajo el título Retrato del artista cachorro (Portrait of an artist as a young dog, 1940), inspirándose en la novela de Joyce Retrato del artista adolescente (Portrait of an artist as a young man, 1916). Como curiosidad, parece ser que Bob Dylan, que en realidad se llama Robert Allen Zimmerman, adoptó su nombre en señal de admiración.
Aquí os dejo el poema En mi oficio u hosco arte (In my craft or sullen art), toda una declaración de intenciones acerca de su poesía.
EN MI OFICIO U HOSCO ARTE
En mi oficio u hosco arte
cuando sólo rabia la luna
y los amantes descansan
con sus penas en los brazos,
trabajo a la luz cantora
no por ambición ni pan
lucimientos o simpatías
en los escenarios de marfil
sino por el común salario
de su recóndito corazón.
de la rabiosa luna escribo
en estas páginas rociadas
por las espumas del mar
ni para los encumbrados muertos
y sus ruiseñores y salmos
sino para los amantes, sus brazos
abarcando las penas de los siglos,
que no elogian ni pagan ni
hacen caso de mi oficio o arte.
Traducción de Esteban Pujols.
LA BESTIA DEBE MORIR de Nicholas Blake
El poeta irlandés Cecil Day-Lewis, padre del actor Daniel Day-Lewis, escribió además una serie de novelas policiacas, protagonizadas por el detective Nigel Strangeways, bajo el seudónimo de Nicholas Blake. La bestia debe morir (The beast must die, 1945) es la más popular de la serie.
La primera parte de la novela, la mejor y una obra maestra por sí sola, es el diario del protagonista Frank Cairnes, escritor de novelas policiacas firmadas como Felix Lane, cuyo hijo ha sido atropellado y muerto por un conductor que se ha dado a la fuga. A partir de ese momento su único objetivo será encontrar al homicida y matarlo. Su inicio me recuerda al de Beltenebros (1989) de Antonio Muñoz Molina: “Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca.” La segunda parte toma una estructura más convencional, con la aparición del detective Strangeways, encargado de averiguar quién ha asesinado realmente a George Rattery, el conductor homicida, ya que Cairnes, el principal sospechoso, reconoce que planeó matarle, pero que no pudo hacerlo.
Que yo sepa, la novela ha sido llevada al cine en dos ocasiones. La primera es una adaptación argentina casi desconocida, protagonizada por Narciso Ibáñez Menta; la segunda, Accidente sin huella (Que la bête meure, 1969), es una de las mejores películas de Claude Chabrol.
“Voy a matar a un hombre. No sé cómo se llama, no sé dónde vive, no tengo idea de su aspecto. Pero voy a encontrarlo, y lo mataré…
Amable lector: usted debe perdonarme este comienzo melodramático. Parece la primera frase de una de mis novelas policiales, ¿no es cierto? Sólo que esta historia nunca será publicada, y el amable lector es una cortés convención. No, tal vez no sea una cortés convención. Estoy decidido a cometer lo que la gente llama “un crimen”. Todo criminal, cuando carece de cómplices, necesita de un confidente: la soledad, el espantoso aislamiento y la angustia del crimen son demasiado para un solo hombre.”
Traducción de J. R. Wilcock.
Publicada por Emecé Editores.
LA NOCHE DEL DEMONIO (1957) de Jacques Tourneur
Montague Rhodes James fue, además de profesor, arqueólogo, historiador y otras cuantas cosas, uno de los grandes escritores de terror de finales del siglo XIX y principios del XX. Sus relatos, publicados en español por Ed. Siruela, tienen siempre que ver con lo fantasmagórico, lo sobrenatural y las fuerzas ocultas. Uno de esos relatos, el titulado Casting the runes (1904), nos cuenta la demoníaca historia de un manuscrito maldito que lleva la muerte a quien lo posee.
A partir del cuento de James, el guionista Charles Bennett escribe, introduciendo múltiples variaciones, La noche del demonio (estrenada en Inglaterra como Night of the demon y en Estados Unidos, en 1958, con el título Curse of the demon), y el encargado de llevar el guión a la pantalla será Jacques Tourneur, con el siempre eficiente Dana Andrews como protagonista. El resultado es una de las grandes obras del género (para muchos, la mejor y más tenebrosa del realizador), pero que podía haber sido aún mejor si el productor Hal E. Chester (quien, al parecer, también metió mano en el guión) se hubiese estado quietecito y no hubiese obligado a Tourneur a visualizar la imagen del demonio al inicio y al final del film, lo cual le resta gran parte del misterio que tenían las grandes películas que el director realizó en Hollywood, a las órdenes de Val Lewton, en los años cuarenta.
A pesar de todo, el resto de la película siempre opta por insinuar antes que por mostrar, su desasosegante ambientación es de quitarse el sombrero, y varias de sus escenas, como la del protagonista perseguido por una misteriosa nube de humo a través del bosque, están en cualquier antología del cine de terror que se precie. Una lástima que el productor no estuviese a la altura del bueno de Val Lewton para haber conseguido una absoluta obra maestra.
Editada en DVD por 39 Escalones Films.
MUERTE EN LA RECTORÍA de Michael Innes
Los que somos aficionados a la literatura criminal, o de misterio, o como se le
quiera llamar, a menudo nos sentimos decepcionados con el desenlace de muchas novelas. Nos han obligado a robarle horas al sueño, a pasar una página más, y otra, buscando nuevas pistas y aceptando caer en nuevas trampas, deseosos de descubrir por fin el quién, el cómo y el porqué. Pero entonces llega la desilusión, porque el autor parece haber elegido al culpable al azar, eliminando al resto de personajes y escogiendo uno a dedo, sin una razón que nos satisfaga. La maquinaria perfecta que deberían ser las novelas y relatos del género comienza entonces a hacer aguas, y a los cinco minutos de haberla terminado nos olvidamos de esa historia que tanto prometía y del buen rato que nos ha hecho pasar.
Uno de los autores a los que me refiero es la francesa Fred Vargas, una magnífica escritora que consigue mantenernos en vilo durante horas sin que tengamos que esforzarnos, pero a la que le suelen fallar las últimas quince páginas, el momento de redondear el círculo. Seguiré leyéndola, porque pocos escritores del género consiguen como ella hipnotizarte desde la primera página, pero sabiendo de antemano que no es oro todo lo que reluce.
En
la otra liga, en la que juegan los autores que hacen honor a lo que se ha llamado novela-problema y cuyos desenlaces acostumbran a ser la guinda que corona el entretenidísimo pastel, están mis autores preferidos. El imprescindible Chesterton, Gaston Leroux, o John Dickson Carr son algunos de ellos. Incluso la tantas veces subestimada Agatha Christie se cuela a veces en el equipo, sobre todo con la magnífica El asesinato de Roger Ackroyd (The murder of Roger Ackroyd, 1926).Y, desde luego, el escocés Michael Innes, profesor universitario, editor de Montaigne, y escritor de novelas y relatos en los que, como diría Gila, “aquí alguien ha matado a alguien”.
La primera novela que escribió Michael Innes es Muerte en la rectoría (Death at the President´s lodging, 1944). El rector de la Facultad de San Antonio es asesinado en su habitación, cerrada con llave. Los demás profesores son los sospechosos, y todos pueden tener una razón para cometer el crimen, y todos tienen algo que ocultar. Se establece entonces, durante unos días y en un espacio cerrado, un juego de inteligencias, una batalla intelectual entre el detective Appleby y los profesores, que no se lo pondrán nada fácil al investigador. Entretenimiento asegurado y un final que responde a las espectativas.
Y si alguien decide seguir la pista del crimen, en la selección realizada por Borges y Bioy Casares Los mejores cuentos policiales puede volver a encontrarse con Innes, esta vez con el magnífico relato La tragedia del pañuelo (Tragedy of a handkerchief).
Traducción de María Celia Velasco.
Publicada por Punto de Lectura.
FILOSOFÍA A MANO ARMADA de Tibor Fischer
Si nos ciñéramos estrictamente a los cánones podríamos quedarnos con la sensaci
ón de que la buena literatura ha de ser necesariamente triste, como si el oficio de escritor llevara incorporado un unamuniano sentimiento trágico de la vida. Las novelas del británico Tibor Fischer se empeñan en llevarle la contraria a esta regla no escrita -como habrá comprobado quien haya leído su reciente última obra, Quién fuera Dios (Good to be God, 2008)-, y nos deparan a la vez el placer de la lectura y el sano ejercicio de echarnos unas risas.
Filosofía a mano armada (The thought gang, 1994) cuenta las andanzas del ex profesor de filosofía Eddie Féretro (¿homenaje a los detectives “Ataúd” Johnson y “Sepulturero” Jones, creados por Chester Himes?), holgazán, borracho, pervertido, y ciudadano modelo, que ha de huir a Francia al ser perseguido por la policía. Allí conoce al estrafalario ex convicto Hubert, y juntos deciden dedicarse a robar bancos, aunque siempre de la manera más educada y divertida posible. Y entre atraco y atraco (llegan a robar tranquilamente en el mismo banco dos veces), Eddie nos va recordando su hilarante pasado -las semblanzas de sus abuelos no tienen desperdicio-, e intenta encontrarle explicaciones a los disparates que le ocurren mediante una filosofía de andar por casa.
Fishe
r no deja en la novela títere con cabeza, y con las armas de la ironía, el absurdo y el humor más grueso -sobre todo en el descacharrente fragmento en que Eddie es objeto de las atenciones del pervertido camionero que le recoge cuando hace autostop, y en la sesión de espiritismo, con el espíritu del filósofo Hipónax despachándose a gusto a través de la médium Madame Lecercle-, y toda la tradición de la novela picaresca a las espaldas, arremete contra la educación universitaria, la policía, la banca, y demás estamentos que consiguen que cada vez sea más difícil encontrarle una explicación al mundo en que vivimos.
“Tuve un instante de elevación y medité introspectivamente acerca de tantos otros grupos de deshonestidad y perjuicio que eluden la atención policial: agentes inmobiliarios, políticos, albañiles, presidentes de organizaciones internacionales, dentistas: los sospechosos más obvios. Es indudable que, por ejemplo, si reunidos en una pradera se acordonara a todos los vendedores de autos usados y se los ametrallara debidamente, el mundo sería un lugar más habitable. Una conducta como ésa está relativamente mal vista en los círculos académicos, pero no deja de ser un mejoramiento de lo más efectivo si uno ametralla a la gente apropiada.
El robo de bancos, si se lleva adelante filosóficamente, no hace daño a nadie. Emocionamos. Entretenemos. Estimulamos la economía. Aceleramos los corazones. Provocamos pensamiento. Y además, incuestionablemente, es una mera ilusión. Uno se lleva el dinero, pero ¿dónde va a parar? A un banco. Como el agua, el dinero está atrapado en un ciclo, se mueve de banco en banco. Sólo lo sacamos fuera para que le dé un poco el aire fresco.”
Pura filosofía.
Traducción de Cecilia Absatz.
Publicada por Tusquets Editores.
AUTOBIOGRAFÍA de Gilbert Keith Chesterton

Borges y Bioy Casares, en su antología Los mejores cuentos policiales (1943 y 1956), incluyen dos escritos por Chesterton: Los tres jinetes del Apocalipsis y El honor de Israel Gow. El primero, una pequeña obra maestra, forma parte del libro Las paradojas de Mr. Pond (The paradoxes of Mr. Pond, 1937); el segundo es uno de los relatos protagonizados por el Padre Brown, el personaje más popular de Chesterton, y aparece en El candor del Padre Brown (The innocence of Father Brown, 1911), el primer libro de la serie dedicada al famoso sacerdote-detective. Es esta faceta de creador de breves ficciones detectivescas, en las que la deducción impera sobre la acción, junto a la admiración que por él sintió Borges, la que sin duda más prestigio ha dado al escritor londinense, sin olvidar que es también el autor de una fabulosa novela, El hombre que fue Jueves (The man who was Thursday, 1908). Pero en Chesterton hay mucho más.
En
su Autobiografía, publicada tras su muerte en 1936, más que narrarnos los hechos y las fechas que marcaron su vida Chesterton nos presenta al poeta, al periodista, al pensador, al polemista que le acompañó toda su vida. Nos ofrece sus opiniones sobre la corrupción en la política inglesa de la época, sobre la Gran Guerra o sobre el conflicto de los Bóers, sobre el conflicto religioso (Chesterton se convirtió al catolicismo), y pasa revista a las numerosas enemistades (llegaron incluso a caricaturizarle) que esas opiniones le grangearon. Aparecen también en el libro las semblanzas de muchos personajes públicos de la época, políticos, periodistas, y escritores como H.G.Wells, Bernard Shaw o Henry James. Y nos descubre a su amigo el padre O´Connor, en quien se inspiró para crear al Padre Brown.
Pero aun siendo el libro un magnífico muestrari
o de la Inglaterra pública de principios del siglo xx, lo que sobre todo consigue que resulte una lectura fascinante es, junto al sentido del humor que recorre sus páginas, que siempre logra una sonrisa y muchas veces una carcajada, la presencia del Chesterton más humano, el que exalza la compañía de sus amigos y de una buena conversación que, acompañada de un buen vino, podía durar horas y horas. Hablando de uno de sus más queridos amigos, un tal Hillaire Belloc también escritor y muy presente a lo largo del libro, Chesterton escribe:
“…el propio Belloc frecuentaba especialmente un grupo mucho menor llamado el Club Republicano. Por lo que he podido deducir, el Club Republicano no tuvo nunca más de cuatro miembros y, generalmente, menos; uno o más de ellos había sido solemnemente expulsado por conservadurismo o por socialismo. Este era el club que Belloc glorificaba en la hermosa dedicatoria de su primer libro, de la que dos líneas se han hecho célebres: “El cansancio de la victoria no vale la pena salvo por la risa y el amor de los amigos”, y en el que también describía con más detalle los ideales de esta exigente camaradería:
El plan de Rabelais mantuvimos,
los melindrosos claustros honramos,
con la Ley Natural, Canciones, Estoicismo
los Derechos del Hombre, Ostras y Vino
enseñamos el arte de escribir
sobre hombres que desearíamos estrangular,
y dónde encontrar sangre de reyes
a sólo media corona la botella.”
No me importaría nada leer la autobiografía, si es que existe, del tal Belloc; un tipo que se preocupa de realizar un Ensayo sobre los puentes, en el cual escribe: “Ha llegado la hora de hablar detenidamente sobre puentes. El puente más largo del mundo es el Forth Bridge y el más corto es un tablón sobre una zanja en el pueblo de Loudwater.”, seguro que no tiene desperdicio.
La Autobiografía de Chesterton es, en fin, la obra imprescindible para conocer a este autor clave de las letras inglesas, que cultivó todos los géneros y se sintió ante todo periodista, y cuya elegancia y sentido del humor a la hora de escribir deberían ser visita obligada en cualquier escuela de periodismo. Un lujo.
Traducción de Olivia de Miguel.
Publicada por Acantilado.
MOONFLEET de John Meade Falkner / HURACÁN EN JAMAICA de Richard Hughes
Robert Louis Stevenson ya había logrado una obra fundamental del género de aventuras y d
e iniciación narrándonos las andanzas de John Silver y del pequeño caballero Jim Hawkins en La isla del tesoro (Treasure island, 1883). Años más tarde otras dos novelas, mucho menos conocidas que la del escritor escocés pero con poco que envidiarle, nos devolvieron lo mejor del género, y ambas también con niño a bordo.
Heredera directa de la creación de Stevenson es Moonfleet (1898), obra del poco prolífico autor inglés John Meade Falkner (no confundir con el norteamericano Faulkner, perdón por la aclaració
n) que en su primera edición española se tituló El diamante. En ella John Trenchard nos cuenta, con la nostalgia del que sabe que algo es irrecuperable, la parte de su infancia que pasó junto a Elzevir, dueño de la posada de Moonfleet y contrabandista, quien se convierte en su padre adoptivo, su amigo y su maestro, le enseña los valores en los que cree, le guía hacia la edad adulta a través de aventuras y peligros y, finalmente, le salva la vida a costa de la suya.
En 1955 se estrenó la adaptación homónima al cine (en España se tituló Los contrabandistas de Moonfleet, y continúa sin estar disponible en dvd), dirigida por Fritz Lang, quien consiguió realizar
una de sus mejores películas, una obra maestra con uno de los más ambiguos y hermosos planos finales que nos haya dejado el cine.
De 1929 data Huracán en Jamaica (A high wind in Jamaica), escrita por el también inglés Richard Hughes. Disfrazada de novela de aventuras, la historia del capitán Jonsen y su tripulación, de la pequeña Emily y los demás niños que se encuentran en el barco que abordan, deriva, gracias a un crimen absurdo por el que son condenados injustamente los piratas, en una de las grandes obras sobre la maldad inconsc
iente de la infancia, sobre la pérdida de la inocencia y la entrada en el mundo de los adultos, dentro de una sociedad naciente en la que los piratas y la aventura ya han perdido su lugar.
Alexander Mackendrick, director hoy no demasiado recordado pero que ya nos había regalado joyas como El quinteto de la muerte (The ladykillers, 1955)- objeto de un infumable remake cortesía de los hermanos Cohen-, y Chantaje en Broadway (Sweet smell of success, 1957), trasladó a imágenes la novela de Hughes en Viento en las velas (High wind in Jamaica, 1965), logrando una bella y terrible obra de arte.
Moonfleet, publicada por Ed. Anaya, traducción de Ramón García Fernández.
Huracán en Jamaica, publicada por Alba Editorial, traducción de Amado Diéguez.
LA MÁSCARA DE DIMITRIOS de Eric Ambler
La literatura negra de Eric Ambler ha sido una de las mayores influencias
en colegas de profesión como Graham Greene o John le Carré, y en cineastas de la talla de Hitchcock ( los personajes que, de repente y sin saber cómo, se meten en toda clase de líos). En 1939 se publicó la novela más famosa de Ambler, La máscara de Dimitrios ( The Mask of Dimitrios), una obra maestra del género negro, de espionaje, de la literatura por encima de engorrosas etiquetas. Llevada magníficamente al cine con el mismo título en 1944 por Jean Negulesco (no existe edición española en DVD), la novela muestra no sólo el enorme talento de Ambler para crear situaciones que atrapen al lector, sino también para la narración y el diálogo – nada que envidiar a grandes escritores de otros géneros “mayores”-, y para la invención de enormes personajes que permanecen en la memoria literaria.
Sin duda el mayor de ellos es el propio Dimitrios Makropoulos, c
ontrabandista, espía y asesino, personaje- espectro al que se alude durante toda la novela sin que aparecezca (o casi). Si el magisterio de Ambler ha sido notorio y reconocido, la influencia de Dimitrios en posteriores personajes de la literatura y el cine es más ambigua, pero qué le voy a hacer si a uno le gustan estos juegos de rastreo cinéfilo-literario y cree que las sombras, como la del ciprés de Delibes, son más alargadas de lo que parecen. Veamos.
En 1943 el director Norman Foster llevó al cine, con el mismo título, la novela de Ambler Viaje al miedo (Journey into fear, 1940). En España se tituló, en un derroche neuronal, Estambul, ya qu
e la trama se desarrolla en dicha ciudad. Caracterizado como el coronel Haki, uno de los personajes de la película, nos encontramos con Orson Welles- otro cuya sombra podría tapar varios soles-, al parecer gran lector de novela negra en general y de Ambler en particular. Diez años más tarde Welles comienza a trabajar en su novela Mister Arkadin (1955), que él mismo adaptaría al cine con el mismo título. Arkadin es un personaje misterioso, al que casi nadie conoce, con un pasado oscuro
, que ha ido apareciendo y desapareciendo en diferentes países, y cuyas dedicaciones suelen situarse al margen de la ley. No me parece descabellado aventurar que el personaje de Gregory Arkadin pueda tener su génesis en el de Dimitrios Makropoulos.
Más. En 1995 nos llega el film de Bryan Singer Sospechosos habituales (The usual suspects), una historia algo tramposa pero repleta de talento, con giros continuos e imprevistos y un ritmo que te deja clavado a la butaca. Un elenco de actores en estado de gracia, en especial Kevin Spacey en un papel por el que muchos matarían, acaba por redondear la función. De entre la galería de magníficos personajes que puebla
n la película destaca uno que está en boca de todos, un maestro del crimen que nadie sabe si realmente existe o no, un tal Keyser Soze a medio camino (como diría John Ford) entre la realidad y la leyenda. Cada vez que veo la película y, especialmente, el flash-back en el que se narra la historia de Keiser Soze, me viene a la mente la figura de Dimitrios.
Hace pocas semanas llegó a las librerías el segundo volumen de la celebérrima trilogía Millenium, escrita por Stieg Larsson : La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Aquí nos encontramos con otro personaje oculto, cuyo pasado ha sido borrado, y que guarda en él la clave de varios asesinatos y de la vida de Lisbeth Salander, uno de los principales personajes de la trilogía. Un tal Zalachenko que, al igual que Dimitrios, sólo aparece al final de la novela, y que, en mi opinión, también tiene alguna deuda pendiente con el personaje creado por Eric Ambler, personaje de cuya sombra, probablemente, volvamos a tener noticias en el futuro.
Traducción de Ana Goldar.
Publicada por Ed. Edhasa.
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