Archivos de la categoría ‘Literatura española’

AMARILLO de Félix Romeo

       

Chusé Isué (1968-1992), periodista, crítico literario y escritor en ciernes, se suicidó tras una ruptura sentimental que no pudo superar, tirándose por una ventana de su piso en Barcelona. Sus relatos, influidos por esa separación, fueron publicados póstumamente en 1994 bajo el título Todo sigue tranquilo.

        Félix Romeo (1968-2011), también periodista, crítico y escritor, director y presentador durante varios años del programa de Televisión Española La Mandrágora, publicó en 2008 Amarillo, un homenaje a su amigo Isué, un ajuste de cuentas consigo mismo, una liberación. Un libro desnudo y valiente que no nos pide juicios literarios, tan sólo hacerlo nuestro, sentirlo nuestro, emborracharnos con él e, incluso, recobrar nuestros propios recuerdos, nuestras lecturas y películas de juventud, nuestra propia visita al cine Capsa de Barcelona, en 1992, para ver Delicatessen

        Aquí os dejo mi fragmento preferido del libro, que define perfectamente la personalidad del joven Isué:     

        “En la contraportada pusimos un texto que escribiste con bolígrafo negro en los márgenes de la hoja de promoción de Delicatessen del cinema Capsa de Barcelona.

        Vimos Delicatessen unos días antes del 27 de febrero de 1992.

         Éste es el texto:

           ”Puede que me equivoque, pero existe un momento en la vida, sólo un momento, en que somos conscientes de que somos genios o enamorados. La cuestión es sencilla, ridícula. O una cosa u otra, imposible ambas. Y cuando ese momento llega tenemos la vaga certeza de que arrastraremos nuestra carga, sea la que fuere, hasta el final de los días. Yo superé ya el momento. Sé que nunca alcanzaré las cimas de la genialidad y, lo más abrumador, acongojante aún, sé que el momento del amor se escurrió entre mis dedos para siempre. Así, ni tengo nada ni espero nada.”

             Publicado por Plot Ediciones.

EL DESENCANTO (1976) de Jaime Chávarri

A pesar de que, al parecer, la censura aún tuvo tiempo de actuar sobre algunos fragmentos en los que aparece Leopoldo María, Jaime Chávarri consiguió con El desencanto el documento más descarnado de nuestro cine, un álbum de fotos al desnudo en el que Juan Luis, Leopoldo María y José Moisés (apodado “Michi” por sus hermanos) Panero, junto a su madre Felicidad Blanc, pasan revista a los años negros de la época franquista que pasaron conviviendo con su autoritario padre Leopoldo, poeta cercano al Régimen y fallecido en 1962, con quien saldan cuentas alejándose de las falsas apariencias y la hipocresía, con una terrible sinceridad y una total ausencia de pudor que muestran sin tapujos sus particulares y enfrentadas personalidades.

        Poesía y autodestrucción como formas de vida, pornografía de los sentimientos, antecesora en cierta forma, y salvando las abismales distanciales, de las innumerables paradas de montruos que circulan por televisión, El desencanto es una película de culto con todas las letras, una rara avis de nuestro cine que tuvo su continuación, ya fallecida Felicidad Blanc, en Después de tantos años (1994), dirigida por Ricardo Franco.

              Editada en DVD por Manga Films.

DEDICATORIA de Leopoldo María Panero

Dedicatoria

Más allá de donde

aún se esconde la vida, queda

un reino, queda cultivar

como un rey su agonía,

hacer florecer como un reino

la sucia flor de la agonía:

yo que todo lo prostituí, aún puedo

prostituir mi muerte y hacer

de mi cadáver el último poema.

         Del libro Last River Together (1980)

Y DE PRONTO ANOCHECE de Juan Luis Panero

Y de pronto anochece

Vivir es ver morir, envejecer es eso,

empalagoso, terco olor de muerte,

mientras repites, inútilmente, unas palabras,

cáscaras secas, cristal quebrado.

Ver morir a los otros, a aquellos,

pocos, que de verdad quisiste,

derrumbados, deshechos, como el final de este cigarrillo,

rostros y gestos, imágenes quemadas, arrugado papel.

Y verte morir a ti también,

removiendo frías cenizas, borrados perfiles,

disformes sueños, turbia memoria.

Vivir es ver morir y es frágil la materia

y todo se sabía y no había engaño,

pero carne y sangre, misterioso fluir,

quieren perseverar, afirmar lo imposible.

Copa vacía, tembloroso pulso, cenicero sucio,

en la luz nublada del atardecer.

Vivir es ver morir, nada se aprende,

todo es un despiadado sentimiento,

años, palabras, pieles, desgarrada ternura,

calor helado de la muerte.

Vivir es ver morir, nada nos protege,

nada tuvo su ayer, nada su mañana,

y de pronto anochece.

             Del libro Antes de que llegue la noche (1985)

EL SEÑOR DE LA GUERRA (1965) de Franklin J. Schaffner / BRONWYN de Juan Eduardo Cirlot

Antes de realizar El planeta de los simios (The Planet of the Apes, 1968) y Patton (1970), sus dos obras maestras más populares, Franklin James Schaffner ya nos había dejado otra joya para la historia del cine titulada El señor de la guerra (The War Lord), casi más conocida por historiadores que por cinéfilos, ya que según dicen es la película que muestra con mayor fidelidad lo que fue la Edad Media, algo a lo que supongo que no es ajena la extraordinaria fotografía de Russell Metty, colaborador en varias de las mejores películas de Douglas Sirk, entre otras maravillas.

        Basada en la obra de teatro de Leslie Stevens The Lovers -título que ya da una idea de por dónde van los tiros-, cuenta la historia de Chrysagón de la Cruz (Charlton Heston), un caballero normando que es enviado por su Señor a proteger a unos vasallos suyos de los ataques de los frisios. Al llegar ve lo que acabará siendo su perdición, a la hermosa campesina Bronwyn (Rosemary Forsyth) bañándose en las aguas del pantano. Perdidamente enamorado, ejercerá su derecho de pernada tras la boda de Bronwyn con uno de los campesinos, ganándose el odio de los vasallos. Pero Chrysagón no renunciará a ella, lo cual le costará el favor de su Señor, su honor y su vida.

        Película histórica, bélica, de aventuras o de lo que se quiera, El señor de la guerra es en realidad una de las más apasionadas historias de amor que nos haya dado el cine, y también de las más contenidas, sin una palabra ni un gesto de más, a la que asistimos en parte a través de las miradas y los silencios de Bors (enorme, como siempre, Richard Boone), el hombre de confianza de Chrysagón. Como muestra de esa contención, el momento en que Bors cura una herida a Chrysagón mientras Bronwyn intenta sujetarle por los brazos, hasta que sus rostros quedan casi unidos: una antológica escena de amor sin palabras que ni siquiera lo parece.

                  Editada en DVD, con el formato alterado, por Filmax.

El caso del poeta barcelonés Juan Eduardo Cirlot (su hija Victoria, por cierto, fue mi profesora de Literaturas Románicas en la Universidad de Barcelona, y tuvo el detalle de aprobarme) es el mayor ejemplo que conozco de cómo el cine, o una película, o sencillamente un personaje, puede influir en nuestra vida o incluso alterarla completamente. Tras ver El señor de la guerra, Cirlot debió de sentir el mismo embrujo que sintió Chrysagón al ver a Bronwyn emerger de las aguas, ya que comenzó a dedicarle lo que acabarían siendo 16 libros de poemas, escritos entre 1967 y 1971, reunidos finalmente bajo el título Bronwyn. El breve poema que aquí os dejo, uno de mis preferidos, creo que resume perfectamente la esencia de ese ciclo poético.

Ahora sí que ya sé por qué te vi

sobre las grises aguas del pantano,

loto de las entrañas de la luz,

sin pétalos ni rayas de relámpago.

Te vi para saber que soy eterno.

No importa que esté muerto junto al mar.

                     Publicado por Siruela.

ESE NIÑO QUE MIRO Y QUE ME MIRA de Antonio Pereira

Hoy se cumple el segundo aniversario del fallecimiento, a los 85 años, del poeta leonés Antonio Pereira. Para recordarlo aquí os dejo uno de sus más hermosos poemas.

ESE NIÑO QUE MIRO Y QUE ME MIRA

Hizo falta este agosto sin orillas

en la mañana que no mueve el viento,

estar en vacación desde la nube

hasta la paz tendida de los huesos.

El sol parece quieto en su camino.

Ningún latido en el compás del tiempo.

Repliego la mirada hacia mi hondura

y es un niño sin voz lo que contemplo.

Torpe para nadar, le duele el agua.

Torpe para los saltos y los juegos.

-Torpe, torpe… -le dicen.

Y él me mira.

Tiembla una luz delgada entre sus dedos.

Nunca se alzó bastante hasta los nidos.

Torpe, si no era en alcanzar los sueños.

Agua miope y dulce va a sus ojos.

Yo me conozco naufragando en ellos.

EL DÍA DE MAÑANA de Julio Llamazares

El último libro del escritor leonés Julio Llamazares es una recopilación de relatos titulada Tanta pasión para nada (2011). Al final del libro encontramos una pequeña fábula que seguramente no hará ninguna gracia a los vendedores de planes de pensiones, pero a mí, que por suerte o por desgracia no me preocupo mucho de esas cosas, me ha gustado, así que aquí os la dejo.

EL DÍA DE MAÑANA (Una fábula)

        Mis padres se pasaron la vida pensando en el día de mañana. Tú piensa en el día de mañana; tú ahorra para el día de mañana, me decían. Pero el día de mañana no llegaba. Pasaban los meses y los años y el día de mañana no llegaba.

        Hoy, de hecho, mis padres ya están muertos y el día de mañana aún no ha llegado.

ADIÓS de Claudio Rodríguez

ADIÓS

Cualquier cosa valiera por mi vida

esta tarde. Cualquier cosa pequeña

si alguna hay. Martirio me es el ruido

sereno, sin escrúpulos, sin vuelta

de tu zapato bajo. ¿Qué victorias

busca el que ama? ¿Por qué son tan

derechas estas calles? Ni miro atrás ni puedo

perderte ya de vista. Esta es la tierra

del escarmiento: hasta los amigos

dan mala información. Mi boca besa

lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma

del labio es la del viento. Adiós. Es útil

norma este suceso, dicen. Queda

tú con las cosas nuestras, tú, que puedes,

que yo me iré donde la noche quiera.

LÍNEA DE SOMBRA de Manuel Rivas

Línea de sombra es el primer poema de la magnífica miscelánea de relatos y poesía Un millón de vacas (1989), del autor gallego Manuel Rivas. Supongo que el título homenajea a su admirado Joseph Conrad y a su novela La línea de sombra (The shadow line, 1917). Aquí os lo dejo, traducido del gallego por Basilio Losada.

Línea de sombra

Mai, tú sabes que es un luchador,

no lo hagas volver sobre sus pasos.

Desde Bilbao y Brest llegaron cartas,

y de Hamburgo, Berlín y de Viena.

Iba por tierra

y se aseaba en los museos,

en los destrozados espejos de los museos.

Lo vieron mis amigos cruzar Europa.

Pasear algo pálido.

Se podría pasear y morir sobre los ríos.

Mai, sabes que es un luchador.

Volverá, volverá viejo.

Como quien tiene 30 años.

LAS TRES DAMAS MISTERIOSAS de Pere Gimferrer

En este texto, incluido en la antología poética y narrativa Noche en el Ritz (1996), Pere Gimferrer recuerda a tres de los más fascinantes personajes femeninos que nos ha dejado el cine y a las actrices que les dieron vida. Ellas son Gene Tierney en Laura (1944) de Otto Preminger, Kim Novak en De entre los muertos (Vertigo, 1958) de Alfred Hitchcock, y Ava Gardner en La condesa descalza (The barefoot contessa, 1954) de Joseph Leo Mankiewicz.

LAS TRES DAMAS MISTERIOSAS

        Todo está oscuro. El cine ¿no es el arte de la imagen? Una pantalla negra, una pantalla en tinieblas, niega la imagen. O quizá, a veces, también puede anunciarla.

        La pantalla está a oscuras de la misma manera que la memoria prepara la venida de las imágenes del recuerdo. Y esta voz, en la negrura de la sábana de la pantalla, nos habla de un verano lejano, del bochorno de aquel verano, cuando murió aquella mujer. Ahora sí que todo puede empezar; ahora sí que ha sido pronunciado el nombre que abrirá el cerrojo pesadísimo, tenebroso y áureo del recuerdo. Podremos ver la pesadez encortinada de los salones y de las estancias, y los cuartos de baño de mármol negro, y las cenas en las terrazas bajo las estrellas que aclaran el relampagueo de la calígine. Podremos ver el reloj de pared, y el péndulo grave y ceremonioso como la guadaña del Tiempo.

        Podremos ver el retrato de Laura, que murió en aquel verano tan ardiente. Esos ojos nos miran. Laura no está muerta; Laura vuelve del reino de los muertos, en el cuerpo y en los ojos y en la voz de Gene Tierney.

        He aquí otra historia que comienza. La pantalla no está oscura; al contrario, está toda llena del rostro de una mujer, o, más exactamente, de una parte del rostro. No podemos llegar a discernir las facciones, pero hay un ojo que nos mira; todos nosotros somos ojos mirando a un ojo, como si la pantalla fuese un espejo retador. ¿El cine está hecho para mirar, el cine está hecho para que nos miren? Desde el fondo del ojo, nace una espiral. Y cuando pasen los minutos de proyección y veamos por primera vez a aquella mujer, sentiremos que hemos entrado dentro de la espiral, como el nauclero del relato de Poe, que bajaba hasta el fondo horripilante y exaltador de un remolino oceánico. Nada de turbión ni de viento mistral: claridad luciferina, tapizados rojizos, música suave. Un restaurante de lujo puede ser una metáfora del país de los muertos. Nosotros, espectadores, miramos cómo un hombre mira a una mujer; de lejos, pero sin perderla de vista. Ahora, ella se levanta de la mesa y pasa con un roce rápido y leve, el pelo rubio recogido en un moño en la nuca. ¿Una mujer muerta, una mujer viva? Para entrar en la espiral, basta con mirar, en la fastuosidad rojiza de un restaurante nocturno, los ojos de esfinge de una mujer que pasa. Es Kim Novak, en Vértigo.

        La mañana se ha alzado desapacible e impía. La lluvia es insidiosa y regular; tiene la claridad de bronce grisáceo de un escudo que oscurece el mundo. En el cementerio, hay estatuas solemnes y barrocas: la muerte como teatro. Simulacros del recuerdo, sólo. El otro recuerdo, el más profundo, lo podréis ver en la mente de este hombre. Un hombre como cualquier otro, quizá más flaco, quizá con un pliegue más amargo en sus labios: Humphrey Bogart. También él verá ahora la vida y la muerte de una mujer en la memoria herida y destrozada. ¿Estatuas? Hay algo de estatua, de esfinge imperial, en esta “condesa descalza”, en esta condesa con los pies desnudos que tiene resplandor de mármol y de cobre de Ava Gardner. Es así como el cine, como Orfeo, reclama, una y otra vez, las imágenes perdidas en Eurídice, que vive ya en comarcas más lejanas. Las imágenes que triunfan de la muerte.

            Publicado por Anagrama.

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