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LOS ADIOSES de Juan Carlos Onetti

Onetti ya estuvo por aquí con sus relatos, pero a un escritor de su envergadura es obligado volver una y otra vez. Los adioses (1954), que no pertenece al más conocido Ciclo de Santa María, me parece, sencillamente, una de las mejores novelas en nuestro idioma, apenas sesenta páginas a las que la etiqueta de imprescindibles se les queda pequeña.

        Dedicada a uno de los grandes amores de su vida, la poetisa uruguaya Idea Vilariño, es una obra maestra de la ambigüedad narrativa y de lo que supone la técnica del punto de vista en la novela. La historia de los tres personajes principales, el enfermo que llega al sanatorio y las dos mujeres que le visitan, lo que ocurre entre ellos o lo que quizá ocurre, lo conocemos sólo a través de la mirada de un observador, de un testigo que no sabe pero imagina, supone y chismorrea, obligando al lector a ponerse en su piel, a convertirse en otro personaje asomado a la ventana indiscreta. Onetti nos manipula a su antojo, nos hace partícipes de la culpabilidad moral del narrador, y ni siquiera se apiada de nosotros ofreciéndonos la resolución completa del enigma.

        El inicio de esta novela portentosa es suficiente para atraparnos definitivamente y para recordarnos, por si hacía falta, que nadie ha escrito como Onetti.

        “Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara -sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años- hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.

        Quisiera no haberle visto nada más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.” 

              Publicada por Barral, Bruguera y otras.

LA BUENA TINIEBLA de Mario Benedetti

Geografías, publicado en 1984, es uno de los libros en los que Mario Benedetti mezcla poesía y cuentos. En él aparece el poema La buena tiniebla, uno de mis preferidos del autor uruguayo.

LA BUENA TINIEBLA

Una mujer desnuda y en lo oscuro

genera un resplandor que da confianza

de modo que si sobreviene

un apagón o un desconsuelo

es conveniente y hasta imprescindible

tener a mano una mujer desnuda

entonces las paredes se acuarelan

el cielo raso se convierte en cielo

las telarañas vibran en su ángulo

los almanaques dominguean

y los ojos felices y felinos

miran y no se cansan de mirar

una mujer desnuda y en lo oscuro

una mujer querida o a querer

exorcisa por una vez la muerte.

               Publicado por Alfaguara.

CUENTOS de Juan Carlos Onetti

“Estábamos en San Francisco con Mario (Vargas Llosa). Él me dijo que escribía de tal hora a tal hora, y ese tipo de cosas. Al final yo le dije: mirá, lo que pasa es que vos tenés con la literatura relaciones conyugales. Para mí es una puta. Si viene, viene. Mario se sienta a escribir, y si no le salen bien las cosas, putea y sigue. Yo no. Yo me pararía, me iría a pasear, y volvería al otro día para ver si la cosa estaba a punto.”     

        Quien así hablaba, en una entrevista de 1973 con Jorge Barnechea, incluida en el libro Peregrinos de la lengua (Alfaguara, 1997), es Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909- Madrid, 1994), uno de los más grandes escritores de la literatura hispana y aún de todas las literaturas. Galardonado en 1980 con el premio Cervantes, nunca llegó a tener la fama de un García Márquez o un Vargas Llosa, en parte porque rehuía la popularidad, las entrevistas y las opiniones públicas, y en parte porque su literatura no participa de grandes argumentos, no usa traje y corbata, sino que lleva la ropa sucia, huele a alcohol y a tabaco, odia, ama, sueña, siente piedad y, a veces, tira de pistola o de navaja.

      Onetti escribió la que para mí sigue siendo, junto a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, la mejor novela corta en castellano : Los adioses (1954), apenas cien páginas deslumbrantes, y algunos de los mejores relatos que uno haya tenido ocasión de leer.

      En Un sueño realizado, la portadora de ese sueño es descrita así por Onetti: “… aquel aire de jovencita de otro siglo que hubiera quedado dormida y despertara ahora un poco despeinada, apenas envejecida pero a punto de alcanzar su edad en cualquier momento, de golpe, y quebrarse allí en silencio, desmoronarse roída por el trabajo sigiloso de los días”.

     En La cara de la desgracia, no se puede narrar mejor la gratitud por el amor que redime: “Nos ayudamos a desnudarla en lo imprescindible y tuve de pronto dos cosas que no había merecido nunca: su cara doblegada por el llanto y la felicidad bajo la luna, la certeza desconcertante de que no habían entrado antes en ella”.

     En Bienvenido, Bob se nos muestra la forma más cruel e infinita del odio y el desprecio: “Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro”.

     Tan triste como ella es una historia de amor y resentimiento, acaso la más terrible: “De pronto vio la enorme luna que se alzaba entre el caserío gris, negro y sucio; era más plateada a cada paso y disolvía velozmente los bordes sanguinolentos que la habían sostenido. Paso a paso, comprendió que no avanzaba con la valija hacia ningún sitio, ninguna cama, ninguna habitación. La luna ya era monstruosa. Casi desnuda, con el cuerpo recto y los pequeños senos horadando la noche, siguió marchando para hundirse en la luna desmesurada que continuaba creciendo”.

     De la lectura de Onetti se sale con un regusto amargo, salpicado como si hubiéramos paseado junto a sus personajes. Sus historias son pequeñas, cotidianas, las más universales en el fondo. De hecho, el único tipo de historia que nos pertenece a todos.

     Los Cuentos Completos de Onetti están publicados en Alfaguara.

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