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SIN CONCIENCIA (1951) de Bretaigne Windust y Raoul Walsh
Firmada en los créditos por el cineasta de origen francés Bretaigne Windust y, al parecer, dirigida en gran parte por Raoul Walsh, Sin conciencia (The Enforcer) es la única película que recuerdo de las protagonizadas por Humphrey Bogart en la que su presencia y su personaje no son de lo más destacable. Y no es que con cualquier actor de medio pelo en su lugar el resultado hubiese sido el mismo, pero creo que los mayores atractivos que nos depara el film hay que buscarlos, en esta ocasión, en otro sitio.
Su inicio parece situarnos ante un policiaco en el que la labor de los agentes de la ley va a ser el centro de la historia y que va a derivar en un juicio con recital a cargo de Bogart, pero enseguida la película se mete de lleno en el cine negro gracias a una alambicada estructura repleta de continuos flash-backs que nos van descubriendo un argumento mucho más retorcido y siniestro de lo esperado, a una ambientación y una fotografía en blanco y negro claustrofóbicas, y a una retahíla antológica de personajes secundarios a los que la cámara define perfectamente sin apenas palabras y a los que prestan sus impagables caretos, entre otros, Zero Mostel y el gran Ted de Corsia. Estos personajes y sus malas artes (fabulosa la escena en que se dispone el asesinato en la barbería) se llevan sin dificultad el gato al agua a la espera de que aparezca de una vez el jefe de la banda, el misterioso Mendoza. A la manera del Mabuse de Fritz Lang o del Dimitrios Makropoulos escrito por Eric Ambler, Mendoza se erige en rey de la función sin necesidad de estar presente, simplemente atemorizando a todos sólo con nombrarlo, y cuando por fin se nos muestra con los rasgos de un gigante como Everett Sloane, por supuesto, no defrauda.
Lástima que el gran duelo interpretativo entre Bogart y Sloane no aparezca por ningún lado para haber redondeado una magnífica y no muy conocida película. Y, puestos a pedir, la banda de asesinos sin escrúpulos dirigida por Mendoza podían haberle dado al menos un susto al tipo que le puso título al film en nuestro país. La única falta de conciencia que hay aquí es la suya.
Editada en DVD por Suevia.
EL MERODEADOR (1951) de Joseph Losey
Para mí, The prowler siempre fue una película sobre los valores falsos, sobre los medios que justifican el fin y el fin que justifica los medios: “cien mil dólares, un Cadillac y una rubia” era el no va más de la vida americana de la época y poco importaba cómo se obtuvieran, quitándole la chica a otro hombre, robando o cobrando el precio de la corrupción. (Joseph Losey a Michel Ciment en Le livre de Losey, 1979)
El merodeador (The prowler) participa de la misma premisa argumental que otras obras norteamericanas del género negro mucho más conocidas: un hombre y una mujer se conocen y se hacen amantes, pero la mujer, faltaría más, está casada, y casualmente es el marido el que tiene la pasta, con lo cual el pobre hombre ya puede ir pidiendo cita para que le tomen las medidas. El tipo acaba inevitablemente en el hoyo, pero el destino, la fatalidad o las casualidades harán que los amantes tampoco se vayan de rositas.
La novedad en el film de Losey es que aquí será el policía Webb (Van Heflin) quien planifique el asesinato para quedarse con la chica y el dinero, engañando a Susan (Evelyn Keyes): aprovechando que ella ha llamado a la policía para denunciar a un merodeador que la acosa (así se conocen), Webb organiza una puesta en escena para asesinar al marido haciéndolo pasar por un accidente. Susan no es la típica femme fatale que arrastra al amante a su perdición, sino otra víctima de la ambición de un perdedor que envidia la vida de otros y que encuentra de repente la posibilidad de conseguir todo lo que siempre ha ambicionado, valiéndose del amor y el sexo para ello. En su trágico final, provocado por un giro del destino que no ha previsto, no aparece en ningún momento la compasión o el arrepentimiento, y en la forma como lo filma Losey se nota su desprecio por el personaje. Webb aparece en escena por la denuncia contra un merodeador al que nunca vemos, y se convierte en el auténtico merodeador del título, en el mirón que vigila cualquier posibilidad de lograr lo que siempre ha deseado.
Además de El merodeador, Losey estrenó en 1951, antes de verse obligado a exiliarse a Europa víctima de la caza de brujas en Hollywood, otras dos películas, también dentro del género negro: M, un remake del film de Fritz Lang que empieza muy bien pero se va desinflando, y The big night. El merodeador, para la que contó como ayudante de dirección con Robert Aldrich y como guionistas con Hugo Butler y Dalton Trumbo (éste sin acreditar), perseguidos ambos también por el macartismo, me parece la mejor de las tres y una de las joyas de una filmografía que demasiadas veces resulta decepcionante.
DE REPLICANTES CINÉFILOS
Pocas películas en la historia del séptimo arte han alcanzado el estatus de mito
cinematográfico, de película de culto, de referencia artística, tan rápidamente como Blade Runner (1982), de Ridley Scott. Quizá sea la única que lo consiguió en tan poco tiempo tras pasar de puntillas por las salas de cine, fracasar en taquilla, y ser vapuleada por gran parte de la crítica.
Ya en 1988, tan sólo seis años después de su estreno, cuando ya había sido revitalizada pero aún no gozaba de la inmunidad que lograría más tarde, fruto en gran parte del nuevo montaje estrenado en 1992, (que a muchos les gusta menos que el primero pero que, indudablemente, aporta elementos esenciales a la historia), se le dedicaban al film monográficos como el que llevó a cabo un grupo de escritores, críticos, diseñadores, arquitectos, etc, cinéfilos y admiradores de la película todos ellos, bajo el título Blade Runner AA.VV.
Lejo
s de pretender ser un estudio exhaustivo, los artículos y piezas de ficción que, con la firma de Cabrera Infante, José Luis Guarner, Rafael Argullol, Fernando Savater, entre otros (presentándose a sí mismos como replicantes),componen la obra, suponen un personal homenaje que nos descubre muchas de la claves de la película: sus referencias mitológicas y religiosas; su filosofía sobre el tiempo y la inmortalidad, sobre la vida y la muerte; su concepción de la arquitectura y el diseño futuros; las influencias literarias y cinematográficas que recoge (la novela negra, el cine expresionista alemán de Fritz Lang), etcétera.
Por supuesto, la posibilidad (o seguridad) de que Deckard sea un replicante, y la enorme huella que ha ido dejando el film posteriormente en el cine y la publicidad, son elementos que llegarían tiempo después para hacer correr más litros de tinta.
Publicado por Ed. Tusquets (Fábula)
MOONFLEET de John Meade Falkner / HURACÁN EN JAMAICA de Richard Hughes
Robert Louis Stevenson ya había logrado una obra fundamental del género de aventuras y d
e iniciación narrándonos las andanzas de John Silver y del pequeño caballero Jim Hawkins en La isla del tesoro (Treasure island, 1883). Años más tarde otras dos novelas, mucho menos conocidas que la del escritor escocés pero con poco que envidiarle, nos devolvieron lo mejor del género, y ambas también con niño a bordo.
Heredera directa de la creación de Stevenson es Moonfleet (1898), obra del poco prolífico autor inglés John Meade Falkner (no confundir con el norteamericano Faulkner, perdón por la aclaració
n) que en su primera edición española se tituló El diamante. En ella John Trenchard nos cuenta, con la nostalgia del que sabe que algo es irrecuperable, la parte de su infancia que pasó junto a Elzevir, dueño de la posada de Moonfleet y contrabandista, quien se convierte en su padre adoptivo, su amigo y su maestro, le enseña los valores en los que cree, le guía hacia la edad adulta a través de aventuras y peligros y, finalmente, le salva la vida a costa de la suya.
En 1955 se estrenó la adaptación homónima al cine (en España se tituló Los contrabandistas de Moonfleet, y continúa sin estar disponible en dvd), dirigida por Fritz Lang, quien consiguió realizar
una de sus mejores películas, una obra maestra con uno de los más ambiguos y hermosos planos finales que nos haya dejado el cine.
De 1929 data Huracán en Jamaica (A high wind in Jamaica), escrita por el también inglés Richard Hughes. Disfrazada de novela de aventuras, la historia del capitán Jonsen y su tripulación, de la pequeña Emily y los demás niños que se encuentran en el barco que abordan, deriva, gracias a un crimen absurdo por el que son condenados injustamente los piratas, en una de las grandes obras sobre la maldad inconsc
iente de la infancia, sobre la pérdida de la inocencia y la entrada en el mundo de los adultos, dentro de una sociedad naciente en la que los piratas y la aventura ya han perdido su lugar.
Alexander Mackendrick, director hoy no demasiado recordado pero que ya nos había regalado joyas como El quinteto de la muerte (The ladykillers, 1955)- objeto de un infumable remake cortesía de los hermanos Cohen-, y Chantaje en Broadway (Sweet smell of success, 1957), trasladó a imágenes la novela de Hughes en Viento en las velas (High wind in Jamaica, 1965), logrando una bella y terrible obra de arte.
Moonfleet, publicada por Ed. Anaya, traducción de Ramón García Fernández.
Huracán en Jamaica, publicada por Alba Editorial, traducción de Amado Diéguez.
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