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25 años sin Cary Grant
El pasado 29 de noviembre se cumplieron 25 años desde que nos dejó el actor inglés Cary Grant, nacido Archibald Alexander Leach, para muchos y muchas el más grande que se haya puesto ante una cámara. Aquí lo recuerdo en las que para mí son sus mejores películas: La pícara puritana (The Awful Truth, 1937) y Tú y yo (An Affair to Remember, 1957) de Leo McCarey, Sólo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings, 1939) y Luna nueva (His Girl Friday, 1940) de Howard Hawks, Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, 1940) de George Cukor, Encadenados (Notorious, 1946), Atrapa a un ladrón (To Catch a Thief, 1955) y Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock, y por último Charada (Charade, 1963) de Stanley Donen, mi preferida de todas ellas.
Cary Grant
(Bristol, 18 de enero de 1904 – Davenport, Iowa, 29 de noviembre de 1986)
UN LUGAR EN EL MUNDO (1992) de Adolfo Aristarain
Casi todas mis películas preferidas pertenecen a una época en la que yo aún no había nacido. Las he visto en pases por televisión (a menudo de madrugada, el mejor momento para el cine), gracias al vídeo y al dvd, en larguísimas sesiones de Filmoteca o en algún cine de reestreno por desgracia ya desaparecido. Así, desde que comencé a darme el gustazo de ir al cine, a finales de la década de los 80, he visto un buen puñado de obras maestras en el momento de su estreno, pero pocas están entre mis absolutamente imprescindibles. Una de esas pocas es, sin duda, Un lugar en el mundo. La vi un par de veces en el cine, unas cuantas más en formato doméstico a pesar de la horrorosa edición disponible, y sigue teniendo, cada vez que vuelvo a ella, la magia de la primera vez, la que sólo conservan las más grandes.
En Un lugar en el mundo confluyen historias de aprendizaje, de amor, de amistad, de orgullo por mantener los ideales y hacer, contra viento y marea, aquello que debe hacerse. Historias que pertenecen por derecho propio al mejor cine norteamericano clásico y, en especial, al western. El mejor film de Aristarain es, desde luego, un western pampero, como lo son muchos otros sin pertenecer de manera explícita al género. Aquí no son necesarios los duelos entre pistoleros porque los hay entre un caballo y un tren, entre una forma de entender la vida que desaparece y otra que lo arrasa todo a su paso.
Las referencias son muchas e inmejorables: la camaredería y el humor del cine de Howard Hawks; el paralelismo con los personajes de Raíces profundas (Shane, 1953) de George Stevens, en la que un extranjero conoce a una familia con problemas, mantiene una relación especial con el hijo, se hace amigo de un hombre que representa todo lo que él ya no será y se enamora de su esposa; y por encima de todo, las películas de John Ford. Después de muchos infructuosos intentos de continuar su escuela por parte de varios cineastas norteamericanos, tuvo que llegar un director argentino para recuperar el cine del gran tuerto. La borrachera que agarran Mario y Hans, que comienza siendo divertidísima y culmina en uno de los momentos más hermosos de la película, es digna heredera de las muchas que aparecían en los films de Ford. La escena en que Mario quema la lana de la cooperativa, el trabajo y la ilusión de tanto tiempo, me recuerda aquella en que Tom Doniphon (John Wayne) hace arder la casa que había construído para Hallie (Vera Miles) en El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962): ambos personajes son derrotados y renuncian a su sueño. Y ambas películas nos cuentan una pequeña historia, importante sólo para unos pocos, que es necesario recordar, y vaya si lo haremos. En esta historia Mario, Hans, Ana, la monja Nelda y el joven Ernesto comparten diálogos maravillosamente escritos mientras, como aquellos personajes a los que Ford dotó de la mayor humanidad, ven, sienten y comprenden, y nosotros con ellos, todo aquello que de verdad importa sin decir una sola palabra.
Con la ayuda de unos prodigiosos Federico Luppi, José Sacristán, Cecilia Roth, Leonor Benedetto y Gastón Batyi, que más que interpretar parece que son sus personajes, Aristarain consigue una obra maestra para la historia, y firma con ella una declaración de amor a un cine que ya apenas existe.
Editada en DVD por Tesela.
LA COSA (1982) de John Carpenter
No es nada habitual que un remake supere a la película original, y menos cuando ésta ya era tan buena como El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, 1951), dirigida por Christian Niby y producida por Howard Hawks, quien al parecer también colaboró en la dirección. John Carpenter lo consiguió con La cosa (The Thing), su mejor película junto a Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13, 1976), que también actualizaba otro clásico de Hawks, Río Bravo (1959). Y es que el universo hawksiano ha estado muy a menudo presente en el cine de Carpenter, y La cosa no es una excepción.
La primera parte del film es un prodigio narrativo y de elipsis cinematográfica, una obra maestra por sí sola. Cada una de las escenas protagonizadas por ese perro que huye por la nieve de un helicóptero desde el que le disparan, que observa a través de una ventana a los humanos, que entra en una habitación en la que sólo vemos la sombra de una persona y un fundido en negro, y que, finalmente, es encerrado con los demás perros para mostrarse realmente tal y como es, produce mucho más desasosiego que los sangrientos fragmentos en los que aparece el monstruo alienígena.
Aún así, el resto de la película sigue siendo un magnífico ejemplo de narrativa clásica al servicio del terror comercial, sin una sola concesión al susto palomitero y que encima se permite un final absolutamente singular. La alternancia de música y silencios claustrofóbicos, la impresionante utilización de la pantalla ancha (aspecto en el que Carpenter ha sido siempre un maestro), los pequeños homenajes al western, la dosificada tensión que va aumentando entre los componentes de la expedición (¿el montruo como metáfora?), nos muestran a un cineasta heredero de los grandes, que sabe sacar el mismo partido a cuatro paredes que a los grandes exteriores. A pesar de los muchos altibajos de su filmografía y de haberse dedicado casi por completo a un género no siempre bien visto por buena parte de la élite cinéfila, Carpenter me parece, junto a Eastwood, Erice, Aristarain o Shyamalan, uno de los últimos clásicos del cine.
Editada en DVD de manera lamentable por Universal.
LA CAPITAL DEL OLVIDO de Horacio Vázquez-Rial
El hecho de que cada uno de los capítulos de La capital del olvido (2004) esté encabezado por una cita de algunos de los grandes de la novela negra y que el primero de esos capítulos sea un homenaje explícito a El sueño eterno de Chandler y Hawks puede hacernos pensar de entrada que estamos simplemente ante un sencillo, sincero y entretenido homenaje a los clásicos, en la línea de la también chandleriana Triste, solitario y final (1973) de Osvaldo Soriano. Pero, aunque dicho homenaje siempre está presente, esa primera impresión no tarda en desaparecer. En cuanto la trama nos transporta al pasado, a la época de la dictadura militar en Argentina, de las desapariciones y de la venta de niños
secuestrados, la novela se endurece y nos adentra en la búsqueda del pasado y, a la vez, en el intento de olvidarlo, a través de unos personajes que buscan el silencio, el perdón, la justicia o la venganza, y que vuelven de entre los muertos para remover la conciencia de los vivos.
Sin apenas descripciones, sin la presencia constante de un narrador, sus extraordinarios y vertiginosos diálogos y escenas hacen de La capital del olvido, ganadora del V Premio Fernando Quiñones, una novela eminentemente cinematográfica, de las que agradecemos tener a mano en una larga noche de verano.
“Ah, claro, es de eso que no querés acordarte, Guido. No es que no te acordés de ella, no. Pero estabas en casa, yo lo sé, oí llegar el coche y a los tipos que bajaron armando despelote para que vos y yo y los demás cerráramos los ojos o no los cerráramos pero hiciéramos como si. Yo miré por entre los listones de la persiana, que estaba bajada, pero no del todo, y vi la calle, y vi tu persiana, exactamente enfrente de la mia, y vi cómo apagabas la luz y estuve seguro de que estabas ahí igual que yo, mirando sin hacer nada, como una vaca detrás de la alambrada, que ve pasar el tren y sigue rumiando. Y la sacaron a la Myriam. El viejo Paley se arrastró detrás de ellos, pedía a gritos que no se la llevaran, hasta que uno le dio con algo, no sé, un palo o una culata, en la cabeza le dio y lo dejó sangrando tirado en la vereda y cerraron con tres portazos, porque el chófer no se había movido y salieron rajando con la piba a cuestas. Cuando vino el chico, que algún alma buena lo habría llamado, el pibe, Isaac, digo, el hermano de la Myriam, que ya estaba casado, se encontró a la madre arrodillada en el suelo, mirando a su marido, que seguía como muerto. Estaba vivo, pero como muerto. Vos lo viste a Isaac, Guido, lo viste igual que yo, porque te quedaste igual que yo detrás de la persiana, esperando algo, que pasara algo, que bajara del cielo un ángel, o Perón, quién sabe, o un hada, y arreglara todo lo desarreglado. A lo mejor, el que manejaba el coche era Mardones. O Mardones se reunió con ellos en otro sitio. De la Myriam nunca más se supo. Bueno, sí, se supo, porque cuando salió el informe, cuando los juicios, lo leímos, Guido. Vos y yo lo leímos. Leímos que la habían visto en un chupadero y que la habían trasladado. Y ahora te olvidaste. ¿Cómo podés haberte olvidado? ¿Tampoco te acordás de que te conté que lo había vuelto a ver a Mardones? Viejo y pelado, pero bien vestido. En la plaza lo vi. En la plaza de Mayo, el día en que Alfonsín nos tuvo esperando mientras él arreglaba con los milicos y después vino y dijo que la casa estaba en orden y que felices pascuas. Yo no había entendido lo que había dicho, y miré a la gente que tenía alrededor y pregunté qué dijo y una vieja dijo felices pascuas y yo no me lo creí y seguí mirando, y de pronto vi una cara conocida, la del único hijo de puta que sonreía en ese momento, y era la de Mardones. Te lo conté, Guido, aquella misma noche. ¿No te acordás de eso? ¿Tampoco de eso? No, no te lo reprocho, no sos el único que no se acuerda de esas pascuas. A lo mejor, es que aquel día empezó el olvido y la Myriam entonces desapareció de verdad, definitivamente.”
Publicada por Alianza.
DETECTIVE SIN LICENCIA (1971) de Stephen Frears
Las películas que son un claro homenaje al cine negro clásico, al universo de Hammett y Chandler, suelen deparar, aunque no sean ninguna maravilla, suficientes elementos (un personaje secundario, una línea de diálogo, una buena canción en el momento oportuno) como para que el aficionado al género dé por bueno el tiempo empleado en la visita y quede agradecido. Detective sin licencia (Gumshoe), el primer largometraje de Stephen Frears, sin ser una cima del género ni pretenderlo, nos ofrece mucho más que eso.
El gran Albert Finney interpreta a Eddie Ginley, animador de un club nocturno y aficionado a las novelas policiacas que un buen día decide darle un giro a su vida, emular a sus héroes de ficción y anunciarse en la prensa como detective privado. Al poco tiempo recibe una llamada de su primer cliente para ocuparse de un caso que, como siempre, no es lo que parece y acaba complicándose. ¿De qué va el asunto? Eso es lo de menos. Aquí lo que importa es tener delante, durante hora y media, a un tipo soñador, romántico y socarrón, a un vivalavirgen que ha de habérselas con unos magníficos secundarios (incluidos un tipo gordo que podría haber sido, treinta años antes, Sidney Greenstreet y un pistolero a sueldo, bastante inútil por cierto, que es la viva imagen del mismísimo Dashiell Hammett) mientras suena la magnífica música de Andrew Lloyd Webber y no nos dan tregua los rotundos y divertidísimos diálogos (más que dichos, disparados) escritos por Neville Smith.
Y para que quede claro que estamos de homenaje y nos sintamos como en casa, nos regalan la escena en la libreria, Eddie coqueteando con la dependienta. Los aficionados recordarán enseguida la escena de El sueño eterno (The Big Sleep, 1946) de Howard Hawks, aquella en la que saltaban chispas entre Bogart y una jovencísima Dorothy Malone. Vive le noir!
Editada en DVD por Columbia.
ADIÓS, MUÑECA (1975) de Dick Richards
Aunque pueda parecer extraño, repasando las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Raymond Chandler uno se da cuenta de que no hay mucho donde agarrarse, exceptuando, faltaría más, El sueño eterno (The big sleep, 1946) de Howard Hawks, una obra maestra a pesar de que sólo respeta a medias el espíritu de la novela, con un Philip Marlowe con la cara de Humphrey Bogart más duro que el literario y con un tono que la aleja por momentos del género negro y la mete de lleno en la comedia. Y es que, tratándose de Hawks, casi cualquier película de cualquier género deja sitio para echarse unas risas.
Aparte del film de Hawks, mi preferido es Adiós, muñeca (Farewell, my lovely), tercera adaptación de la novela homónima tras The falcon takes over (1942), película de Irving Reiss absolutamente olvidada en la que Marlowe no aparece y el argumento sólo es utilizado como base para una aventura del detective The Falcon, y la dirigida por Edward Dmytryk Historia de un detective (Murder, my sweet, 1944), que goza de bastante prestigio pero que a mí no me entusiasma, en parte porque Dick Powell no me convence en la piel de Marlowe.
Adiós, muñeca no es tampoco ninguna obra maestra, ni siquiera creo que sea una gran película. A la dirección de Richards le falta nervio, la ausencia de ritmo interno en varias escenas clama al cielo, la voz en off , aunque respeta al máximo la primera persona de la novela, resulta excesiva y, en muchos momentos, gratuita y los personajes secundarios actúan como si supieran que lo son, sin ofrecer una réplica consistente al protagonista. Y aún así la película se disfruta, y mucho, básicamente por el envoltorio. La música de jazz, la magnífica ambientación, el vestuario, la presencia de Robert Mitchum encarnando a un Marlowe cansado y cínico pero muy humano, hacen que desde la primera escena reconozcamos el territorio Chandler más que en ninguna otra adaptación, y nos encontremos en casa. Richards, a saber si consciente de sus limitaciones o demasiado respetuoso con el material que maneja, no intenta dejar su sello, sino que se muestra absolutamente fiel al original y consigue con oficio que, a pesar de sus defectos, la cosa llegue a buen puerto.
Mitchum tuvo la desgracia de volver a interpretar el personaje en Detective privado (The big sleep, 1978), una nueva versión de la primera novela de Chandler a cargo del terrorífico Michael Winner. Con las deficiencias de Adiós, muñeca multiplicadas por mil y ninguna de sus virtudes, el tipo en cuestión logra lo imposible, convertir una gran novela y un reparto de campanillas que incluye, entre otros, a James Stewart y Richard Boone, en material de derribo. A su lado el film de Richards e incluso las más que discutibles adaptaciones del universo chandleriano que relizaron, entre otros, Robert Montgomery, Paul Bogart, Robert Altman y Bob Rafelson son música celestial.
Editada (por decir algo) en DVD por Sogemedia.
AL ROJO VIVO (1949) de Raoul Walsh
Para algunos será la trilogía de El Padrino (The Godfather, 1972/74/90) de
Coppola; para otros Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Scorsese; los más clásicos seguirán pensando que Scarface, el terror del hampa (Scarface, shame of a nation, 1932) de Hawks aún no ha sido superada. Para mí la mejor película de gángsters es Al rojo vivo (White heat), la historia de Cody Jarrett buscando por todos los medios la cima del mundo. Prohibido pestañear.
En el film de Walsh no hay montajes paralelos, ni tiroteos coreografiados, ni lecturas shakesperianas ni planos congelados. El personaje principal no es un moderno Robin Hood, ni un tipo abocado al crimen por las circunstancias, ni un héroe de vuelta de todo con un halo romántico. Tampoco hay aquí moralina barata, ni mensaje a los ciudadanos honrados para que confíen en que la policía siempre gana a los malos. Y, desde luego, no hay asomo de típica historia de amor metida con calzador. En Al rojo vivo hay una banda de asesinos y atracadores al mando de un chalado enfermo, un niño con una pistola, dependiente de una madre tan despiadada como él, y casado con una Virginia Mayo que ronca y que se la pega con otro de la banda que aspira a ser el jefe. Cadáveres y traiciones a la orden del día. Y al otro lado los polis (Edmond O´Brien, enorme como siempre), que intentan por todos los medios borrar a Jarrett y a su banda del mapa. Muerto el perro se acabó la rabia. No hay más. Violenta, trepidante, y sin concesiones para la galería, Al rojo vivo abre nuevos caminos que pronto transitarán, entre otros, Robert Aldrich o Don Siegel.
Y aunque el guión, el montaje y el ritmo son absolutamente redondos, la película está en deuda con Cagney, dueño y señor de la función. Cagney metiéndole cuatro balazos al maletero de un coche, mientras se come una pata de pollo, porque dentro hay un tipo al que le falta el aire (¿se basaría Scorsese en esta escena para el inicio de Uno de los nuestros?); su careto y su mirada tras una puerta entreabierta, a punto de liquidar al traidor Ed; y, cómo no, Cagney gritando por fin: “¡Lo conseguí, Ma! ¡La cima del mundo!” antes de saltar por los aires, en uno de los mejores finales que se hayan visto.
Cody Jarrett consigue, finalmente, alcanzar la cima del mundo -aunque no precisamente la que buscaba-, y Walsh, con esta película, la cima del cine.
Editada en DVD por Warner.
BAY CITY BLUES de Raymond Chandler
Además de sus grandes novelas protagonizadas por el detective Philip Marlowe, capitaneadas por la imprescindible El largo adiós (The long goodbye, 1953), Raymond Chandler escribió numerosos relatos policiacos que publicaba en revistas como Black Mask o Dime Detective Magazine. Cuatro de ellos están reunidos en el volumen Asesino bajo la lluvia y otros relatos, entre los que destaca Bay City Blues (1938), una gozada protagonizada por el detective Johnny Dalmas, pero en la que secundarios como el patrullero corrupto Al De Spain, el poli de homicidios Violetas M´Gee, y el periodista Muñeco Kincaid le comen la merienda literaria.
No im
porta demasiado si uno acaba perdiéndose en la trama (con Chandler no es extraño), porque lo que realmente deslumbra es la descripción de los ambientes, la caracterización de sus personajes, y los diálogos, que son joyas del humor más sarcástico. Y en cuanto a diálogos, a Bay City Blues hay que darle de comer aparte. Chandler está considerado como uno de los grandes de la novela negra, pero debería aparecer también en cualquier antología del humor en la literatura. Sin ir más lejos, la película El sueño eterno (The big sleep, 1946) siempre me ha parecido, antes que una gran obra del cine negro, una de las mejores comedias de Howard Hawks.
“Apoyé un brazo en el mostrador, y un hombre de paisano sin chaqueta y con una sobaquera que parecía del tamaño de una pata de palo sujeta a las costillas apartó un ojo de su periódico, dijo “¿Sí?” y acertó de lleno en una escupidera sin mover la cabeza ni una pulgada.
-Busco a un tipo que se llama Muñeco Kincaid -dije.
-Ha salido a comer. Yo le guardo el sitio -dijo con voz firme y sin emociones.
-Gracias. ¿Tienen aquí una sala de prensa?
-Sí. También tenemos retrete. ¿Quiere verlo?
-Tranquilo, hombre -dije-. No pretendo meterme con su ciudad.
Hizo sonar de nuevo la escupidera.
-La sala de prensa está al final del pasillo. No hay nadie. Muñeco estará a punto de volver, si no se ha ahogado en una gaseosa.”
Traducción de Juan Manuel Ibeas.
Asesino bajo la lluvia y otros relatos está publicado por Alianza Editorial.
BILLY WILDER, UN HOMBRE PERFECTO AL 60%
El documental Billy Wilder, un hombre perfecto al 60% (Portrait of a
“60% perfect” man: Billy Wilder, 1979), dirigido por Annie Tresgot, nos ofrece la entrevista que Michel Ciment realizó al cineasta en su oficina de Santa Monica Bulevard y en su apartamento de Westwood. La cosa no da para mucho, ya que apenas dura una hora, pero siempre es un placer escuchar a un tipo como Wilder contar anécdotas de su vida y su oficio.
El cineasta que se definió a si mismo como “un hombre perfecto al 60 %” repasa ante la cámara su infancia, sus años en Berlín como periodista -entrevista frustrada a Freud incluida-, sus primeros guiones en Alemania, y su huída a París tras la llegada al poder de los nazis, donde dirige Curvas peligrosas (Mauvaise graine, 1934), con Danielle Darrieux. Una vez en Hollywood, Wilder se suma a la “cadena de montaje” de los guionistas y escribe, entre otras, La octava mujer de Barba Azul (Bluebeard´s eighth wife, 1938) y Ninotchka (1939) para Lubitsch, Medianoche (Midnight, 1939) y Si no amaneciera (Hold back the down, 1941) para Mitchell Leisen, y Bola de fuego (Ball of fire, 1941) para Hawks. Pasa entonces a comentar su debut como director, sus relaciones con los actores, su colaboración con el director artístico Alexandre Trauner, o cómo nacieron algunos de sus proyectos, como El apartamento (The apartment, 1960), cuya idea original parte del film de David Lean Breve encuentro (Brief encounter, 1945). Y como regalo aparecen de vez en cuando Walter Matthau y Jack Lemmon contando anécdotas de su relación con Wilder y, de paso, haciendo un poco el ganso, lo cual siempre se agradece.
Editado en DVD por Suevia.
ARCADIA TODAS LAS NOCHES de Guillermo Cabrera Infante
La Arcadia, aparte de ser una zona de Grecia y de aparecer ya en la mitolo
gía, hace referencia a un país imaginario que la poesía, a partir del Renacimiento -Garcilaso, Cervantes, o Lope de Vega en su novela La Arcadia (1598)-, tomó como modelo de lugar idílico, de paraíso, donde la tranquilidad, la paz y la felicidad reinan eternamente. Algo así como lo que para un cinéfilo sería ver las grandes obras maestras.
En 1962, el escritor y crítico de cine (y escritor de cine) cubano Guillermo Cabrera Infante pronunció en La Habana una serie de conferencias sobre la obra de cinco monstruos del celuloide: Orson Welles, Alfred Hitchcock, Howard Hawks, John Huston y Vincente Minnelli, como prólogo a la emisión de varias
de sus películas. En esos textos, que cobraron forma de libro en Arcadia todas las noches (1978), Cabrera Infante no sólo escribe -y muy bien- sobre el cine de estos geniales directores, sino que además nos ayuda a interpretar y comprender sus films -aunque no siempre estemos de acuerdo con sus opiniones-, y consigue, en fin, hacer gran literatura, arte sobre el arte.
No por casualidad, Cabrera Infante termina la última conferencia -la de Minnelli- refiriéndose a Brigadoon (1954), esa maravilla del musical que nos habla de un pueblo donde la gente vive en paz y todo es alegría y felicidad (y fabulosas canciones), y que sólo aparece en la Tierra una vez cada cien años y sólo durante un día. El personaje interpretado por Gene Kelly encontrará en él su Arcadia particular (y a Cyd Charisse, lo cual ayuda bastante), y nosotros, en películas como ésta, la nuestra.
Publicado por Ed. Alfaguara.
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