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En recuerdo de Harry Morgan
El pasado martes día 7 se nos fue, a los 96 años, Harry Morgan, uno de los últimos grandes secundarios del Hollywood clásico. Habitual en producciones para televisión, recibió un Emmy en 1980 por su interpretación del coronel Potter en la serie M*A*S*H, posiblemente el papel por el que más se le recuerda, pero su inconfundible físico estuvo antes presente en un montón de grandes películas, entre las que destacan westerns como Cielo amarillo (Yellow Sky, 1948) de William A. Wellman, Solo ante el peligro (High Noon, 1952) de Fred Zinnemann, Horizontes lejanos (Bend of the River, 1952) y Tierras lejanas (The Far Country, 1955), ambas de Anthony Mann. Aquí lo recuerdo junto a Henry Fonda en Incidente en Ox-Bow (The Ox-Bow Incident, 1943), obra maestra de Wellman, y junto a John Wayne en el magnífico fragmento que dirigió John Ford para La conquista del Oeste (How the West Was Won, 1962). Descanse en paz.
UN LUGAR EN EL MUNDO (1992) de Adolfo Aristarain
Casi todas mis películas preferidas pertenecen a una época en la que yo aún no había nacido. Las he visto en pases por televisión (a menudo de madrugada, el mejor momento para el cine), gracias al vídeo y al dvd, en larguísimas sesiones de Filmoteca o en algún cine de reestreno por desgracia ya desaparecido. Así, desde que comencé a darme el gustazo de ir al cine, a finales de la década de los 80, he visto un buen puñado de obras maestras en el momento de su estreno, pero pocas están entre mis absolutamente imprescindibles. Una de esas pocas es, sin duda, Un lugar en el mundo. La vi un par de veces en el cine, unas cuantas más en formato doméstico a pesar de la horrorosa edición disponible, y sigue teniendo, cada vez que vuelvo a ella, la magia de la primera vez, la que sólo conservan las más grandes.
En Un lugar en el mundo confluyen historias de aprendizaje, de amor, de amistad, de orgullo por mantener los ideales y hacer, contra viento y marea, aquello que debe hacerse. Historias que pertenecen por derecho propio al mejor cine norteamericano clásico y, en especial, al western. El mejor film de Aristarain es, desde luego, un western pampero, como lo son muchos otros sin pertenecer de manera explícita al género. Aquí no son necesarios los duelos entre pistoleros porque los hay entre un caballo y un tren, entre una forma de entender la vida que desaparece y otra que lo arrasa todo a su paso.
Las referencias son muchas e inmejorables: la camaredería y el humor del cine de Howard Hawks; el paralelismo con los personajes de Raíces profundas (Shane, 1953) de George Stevens, en la que un extranjero conoce a una familia con problemas, mantiene una relación especial con el hijo, se hace amigo de un hombre que representa todo lo que él ya no será y se enamora de su esposa; y por encima de todo, las películas de John Ford. Después de muchos infructuosos intentos de continuar su escuela por parte de varios cineastas norteamericanos, tuvo que llegar un director argentino para recuperar el cine del gran tuerto. La borrachera que agarran Mario y Hans, que comienza siendo divertidísima y culmina en uno de los momentos más hermosos de la película, es digna heredera de las muchas que aparecían en los films de Ford. La escena en que Mario quema la lana de la cooperativa, el trabajo y la ilusión de tanto tiempo, me recuerda aquella en que Tom Doniphon (John Wayne) hace arder la casa que había construído para Hallie (Vera Miles) en El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962): ambos personajes son derrotados y renuncian a su sueño. Y ambas películas nos cuentan una pequeña historia, importante sólo para unos pocos, que es necesario recordar, y vaya si lo haremos. En esta historia Mario, Hans, Ana, la monja Nelda y el joven Ernesto comparten diálogos maravillosamente escritos mientras, como aquellos personajes a los que Ford dotó de la mayor humanidad, ven, sienten y comprenden, y nosotros con ellos, todo aquello que de verdad importa sin decir una sola palabra.
Con la ayuda de unos prodigiosos Federico Luppi, José Sacristán, Cecilia Roth, Leonor Benedetto y Gastón Batyi, que más que interpretar parece que son sus personajes, Aristarain consigue una obra maestra para la historia, y firma con ella una declaración de amor a un cine que ya apenas existe.
Editada en DVD por Tesela.
CARTA BREVE PARA UN LARGO ADIÓS de Peter Handke
La pasión por el cine del dramaturgo y novelista austriaco Peter Handke ha quedado reflejada sobre todo en sus colaboraciones como
guionista, a veces de sus propias obras, con Wim Wenders y en sus propias incursiones como cineasta. Pero esa pasión también se ha puesto de manifiesto en algunas de sus novelas.
En Carta breve para un largo adiós (Der kurze brief zum langen abschied, 1972), crónica de un viaje a través de los Estados Unidos a la vez que del viaje interior del protagonista, Handke no sólo introduce continuas referencias cinematográficas, sino que llega a presentarnos al mismísimo John Ford como personaje, como símbolo de la cultura norteamericana que atrae al novelista. Un guiño a los lectores cinéfilos y una razón más para conocer esta formidable novela.
“-Me gustaría estar siempre con alguien -dijo John Ford-, y me gustaría también marcharme siempre el último de una reunión, porque no quiero que ninguno de los que se quedan me critique, y quiero impedir también que se critique a los que se marchan. Así he rodado también mis películas.”
Traducción de Miguel Sáenz.
Publicada por Alianza Editorial.
WARLOCK de Oakley Hall
En Warlock, Oakley Hall ha devuelto al mito de Tombstone su completa, mortal y sangrienta humanidad. Warlock es una de las mejores novelas americanas. (Thomas Pynchon)
A mis lecturas juveniles de Stevenson, Conrad, Poe o Ibáñez se unían, de vez en cuando, las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía y de Silver Kane (quien luego resultó llamarse -decepción pasajera- Francisco González Ledesma, natural de Barcelona), que proporcionaban un rato de entretenimiento pero confirmaban que el western, el de verdad, era cosa del cine, y es que uno a esa edad aún no sabía que muchas de las grandes películas de indios y vaqueros eran adaptaciones literarias.
Más tarde llegarían los primeros westerns encuadernados acompañados de cierto prestigio: El bandido adolescente (1965) del exiliado Ramón J. Sender, sobre la figura de Billy el Niño; algunos relatos de O´Henry y de Bret Harte; La verdadera historia de la banda de Kelly (True history of the Kelly gang, 2000), que novelaba la vida del pistolero australiano Ned Kelly y que le valió a Peter Carey su segundo Premio Booker, o las impresionantes obras del gran Cormac McCarthy. Pero, a pesar de los buenos ratos, poco o nada encontraba yo en estas lecturas que me devolviera el imaginario cinematográfico de los Ford, Hawks o Wellman.
Y entonces llegó Warlock (1958) de un tal Oakley Hall. Y resultó que ya conocía la historia, o parte de ella, porque había visto la adaptación homónima de Edward Dmytryk, aquí titulada El hombre de las pistolas de oro (1959), una buena, por momentos magnífica película, pero incapaz de mostrar ni por asomo toda la riqueza literaria del texto de Hall, porque en él sí se demuestra que toda la grandeza de los mejores films del género también puede aparecer escrita en un papel.
Alternando el narrador omnisciente con los fragmentos de un diario escrito por uno de los personajes, de nombre Henry Holmes Goodpasture, la novela nos cuenta la historia de la ciudad fronteriza de Warlock, refugio de asesinos, mineros, prostitutas, jugadores y ladrones de ganado, dominada por el cacique de turno y su banda. A ella llega el misterioso pistolero Clay Blaisdell, a quien los cobardes ciudadanos del lugar convencen para restablecer la ley, acompañado del aún más misterioso jugador y pendenciero Tom Morgan, personaje que se lleva varios de los mejores momentos de la novela. Comienza entonces el recuerdo de tantas visitas a ciudades como Tombstone o Wichita, de duelos a lo OK Corral, de personajes complejos a medio camino entre la realidad y la ficción, de situaciones y diálogos que hablan del fin de una época y de la leyenda que lleva consigo y que encontrarían su máxima expresión cinematográfica en El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, 1962) de John Ford, el film que mejor refleja, mejor incluso que la adaptación de Dmytryk, el universo de esta novela. Y ese recuerdo nos llega de la mano de una narrativa tan brillante que resiste pocas comparaciones y que consigue que deseemos no terminar nunca las casi 700 páginas de esta obra maestra imprescindible.
“En un reciente volumen de memorias del Oeste, observo que se trata a Blaisdell más como un héroe seminovelesco que como un hombre de carne y hueso. Pero sí era un hombre: yo, que lo he visto comer y beber, respirar y sangrar, puedo atestiguarlo. Y a pesar de las ficciones de Bane y demás ralea, no han existido muchos como él, ni como Morgan, McQuown, o John Gannon.
Pero a veces, recordando la historia de aquellos hombres que te contaba cuando eras pequeño, pienso, como quizá pienses tú mismo, si no soy yo también un fabulador, con una imaginación tan desbocada como la de Bane, o si no he llegado poco a poco a estilizar y simplificar en mi memoria (¡como suelen hacer los viejos!) aquellos sucesos, glorificando a su capricho a esas personas, y tratando de conferirles una talla sobrehumana.
Exclamo con dolor que no es así, y al mismo tiempo llego a dudar de mí mismo. Pero he llevado un diario a lo largo de todos estos años, y aunque la tinta se ha vuelto borrosa en sus amarillentas páginas, aún es legible en su totalidad. Un día de éstos, si tienes un interés mayor que el de hacer valer tus argumentos frente a un compañero de clase, esas páginas serán tuyas.
Ahora que tu carta me ha traído a la memoria a todas aquellas personas y aquellos años, deseo vivamente que no me falten tiempo y facultades para dar cuerpo a mis diarios y convertirlos en la Verdadera Historia de Warlock, en todas sus ramificaciones, antes de que el nombre de Blaisdell, y el de otros hombres y mujeres, así como el de la ciudad en que vivieron, se pierdan para siempre…”.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.
Publicada por Galaxia Gutenberg.
LA EMPERATRIZ YANG-KWEI-FEI (1955) de Kenji Mizoguchi
Decir que determinada película es una de las más hermosas de Kenji Mizoguc
hi para mí equivale a considerarla como una de las más hermosas de la historia del cine. Y eso me parece La emperatriz Yang-Kwei-Fei (Yôkihi), la historia de la muchacha plebeya que enamora al emperador y le devuelve las ganas de vivir perdidas tras la muerte de su esposa, algo similar al cuento de La Cenicienta pero en la China del siglo VIII, con hermanos malvados incluidos.
Mizoguchi narra este amor imposible entre intrigas cortesanas con planos más cortos y una cámara menos móvil de lo que suele ser habitual, pero el resultado alcanza una sensibilidad que poco tiene que envidiar a los mejores momentos de Cuentos de la luna pálida (Ugetsu monogatari, 1953) y El intendente Sansho (Sansho dayu, 1954), sus otras dos obras cumbre, sobre todo en escenas como la escapada de la pareja, que asiste de incógnito a una celebración entre el pueblo (que recuerda al momento en que la princesa Audrey Hepburn y el periodista Gregory Peck se mezclan con la gente en otra maravillosa película, Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953) de William Wyler), y el plano final -tras el flash-back que abarca casi todo el film-, con la muerte del emperador en su habitación, acompañado solamente por la estatua de su amada, y la reunión de las dos almas, que escapan del palacio sin que nadie pueda ya separarlas. En otro momento similar, las almas de Rex Harrison y Gene Tierney conseguían por fin estar juntas en la memorable El fantasma y la señora Muir (The ghost and Mrs. Muir, 1947). Y es que el mejor cine, nos llegue de Japón o de un estudio de Hollywood, no entiende mucho de nacionalidades.
Cuando se busca algún cineasta con el que comparar a John Ford se suele recurrir a Hawks y a Walsh, creo que más que nada porque los tres eran norteamericanos, de la misma generación, y los tres filmaron westerns. Para mí el más cercano a Ford siempre ha sido Mizoguchi, si no en la manera de filmar, en la planificación, sí en el fondo de sus historias. El momento cumbre de este film (y uno de los más serenos y bellos del cine japonés), en el que vemos a la amada del emperador dirigirse a su ejecución, es buena prueba de ello. Mizoguchi cierra el plano sin mostrarnos su muerte, igual que Ford no nos muestra la de la doctora Cartwright al final de Siete mujeres (Seven Women, 1965), la película que puso punto y final a su filmografía. El mismo cariño, el mismo respeto por sus personajes, consigue unir las miradas de dos de los mayores artistas del siglo xx.
Editada en DVD por DeAPlaneta.
LOS CUENTOS DEL WHISKY de Jean Ray
Jean Ray es el seudónimo por el que más se conoce al escritor -además de marinero
y contrabandista- Raymond de Kremer, que alcanzó cierta popularidad gracias a la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Harry Dickson. Su obra de culto es la novela de terror Malpertuis (1943), llevada al cine en 1971 por un tal Harry Kümel, que para muchos es una joya oculta y que realmente da miedo pero de lo mala que es. En ella aparecía Orson Welles en una de esas breves interpretaciones en las que se limitaba a pasar el cepillo.
La primera obra que Ray publicó fue Los cuentos del whisky (Les contes du whisky, 1925), una colección de breves relatos, casi anécdotas algunos, con la noche, la niebla y las sombras por escenario. Sus habitantes son marineros, usureros, prostitutas, taberneros, que conviven con seres de otro mundo, reales e imaginarios, demonios, fantasmas, y muertos que vuelven de la tumba para vengarse. Con el whisky como motivo recurrente e hilo conductor de los relatos, entre Los cuentos del whisky hay piezas magistrales como Una mano -que no me extrañaría que hubiese inspirado a Cortázar uno de sus primeros relatos, Estación de la mano (Cortázar, aunq
ue argentino, nació en Bélgica, como Ray)-, La venganza -que recuerda a El corazón delator de Poe-, o Mujercita amada, perfumada a verbena y El nombre del barco, dos maravillas que combinan el humor y la nostalgia, y que no cuesta imaginarlas filmadas por John Ford.
En el primero de esos cuentos, una escena de taberna, la ofensa de la que son objeto dos amigos es perdonada porque en labios de una mujer escuchan una canción que les trae tristes recuerdos:
”Si la artista hubiese cantado Werther, Lohengrin o cualquier otra cosa, la suerte de aquella pandilla de imbéciles, lo bastante incautos como para meterse en un antro de marineros, hubiera estado echada.
Pero la artista cantó Butterfly, y ello le fue inspirado y ordenado por Dios.
Y me explico la repentina mansedumbre de los dos granujas, insultados en su miseria por el lujo y por la alegría de los otros.
El recuerdo de una geisha deshecha en lágrimas, empequeñeciéndose cada vez más en el embarcadero, mientras el vapor huye apresuradamente del puerto encantado, acudió en auxilio de la evocadora en aquel momento tan próximo al crimen.
Y, con tanta firmeza como en Dios, creo en su gesto fantasmal de amante protegiendo a la bella joven de ojos color malva que cantó tan maravillosamente la inmensa piedad de las muchachas de puerto, una noche, en el Site enchanteur.”
En el segundo, unos marineros cobran conciencia de su soledad al discutir el nombre que le quieren poner a su barco:
“-¡Silencio! -dijo Hildesheim-. Este barco se llamará Loute.
-¿Loute? -inquirí-. ¿Qué diablos significa eso?
-Es el nombre de una niña -respondió Hildesheim.
-¡Ah! ¿Qué niña?
-Una niña rubia que le pide cuentos y céntimos a su padre, una niña que le convierte a uno en un hombre cuando no es más que una maldita mula, una niña por la cual se moriría de hambre cantando de placer, una niña por la cual se iría a robar las estrellas, la luna o el Gaurisankar… Una niña… ¡Ah, miseria divina!
-Hildesheim, viejo amigo -dijo Bobby Moos en voz muy baja-. ¿Quién es esa Loute?
-No exite -murmuró Hildesheim como en un soplo-. Es el nombre que hubiera dado a mi hija, si hubiese tenido una habitación con una estufa, y una mesa, y una cama, y una mujer a la que hubiese amado.
-Somos… unos… vagabundos… -fraseó Bobby Moos-, unos… perros…
-Loute -susurró Hildesheim.
Un triple sollozo ascendió, en medio de la oscuridad nocturna, hacia la eterna indiferencia de las estrellas.”
Traducción de José Mª Roca.
Publicado por Editorial Acervo.
VIVIR (1952) de Akira Kurosawa
El caso de Vivir (Ikiru, 1952) es bastante curioso. Ha pasado d
e ser, durante bastante tiempo, la película más prestigiosa de Akira Kurosawa, a desaparecer completamente de las listas e, incluso, a no haber sido vista por buenos aficionados al cine. Su lugar en las preferencias de críticos y público ha sido ocupado, sobre todo, por Rashomon (1950) y Los siete samurais (Shichinin no samurai, 1954), y en menor medida por Dersu Uzala (1975) y Ran (1985), todas ellas también obras mayores, aunque mi preferida sigue siendo esta impresionante historia sobre la vejez y la enfermedad, sobre la vida y la muerte, encarnadas en el personaje del funcionario Watanabe (¡qué pedazo de interpretación de Takashi Shimura!, uno de los actores predilectos del director japonés), quien, al enterarse de su enfermedad terminal, intentará darle sentido a su vida en el poco tiempo que le queda.

Dentro de la general maestría de un film que, probablemente, tuvo en cuenta Isabel Coixet a la hora de filmar su fantástica Mi vida sin mí (My life whitout me, 2002), hay dos momentos que me siguen pareciendo especialmente sobrecogedores: la escena en que Watanabe, borracho tras una noche de juerga, canta en un susurro La vida es corta, mientras la gente abandona la pista de baile y le observa (Kurosawa fija la cámara durante un rato en el rostro del personaje, consciente de lo que Shimura era capaz de crear); y, por supuesto, el instante en que nuestro protagonista se columpia, sonriendo y cantando, bajo la nieve: motivo para el póster del film y uno de los momentos más bellos y míticos de todo el cine japonés.
La película de Kurosawa es, en fin, una de las imprescindibles a la hora de comprobar la mirada que ha lanzado el cine sobre la vejez, la soledad y la memoria en los últimos años de la vida. En un hipotético ciclo que ilustrase el tema podrían acompañarla Dejad paso al mañana (Make way for tomorrow, 1937), la impresionante y poco conocida obra maestra de Leo McCarey; Primavera tardía (Banshun, 1949), del también cinesta nipón Yasujiro Ozu; Umberto D (1952), una de las cumbres del neorrealismo italiano dirigida por Vittorio de Sica; y El último hurra (The last hurrah, 1958), la crónica de John Ford sobre los últimos días de un político que es derrotado en las urnas mientras asiste al fin de una época.
Editada en DVD por Filmax.
EL VIENTO Y EL LEÓN (1975) de John Milius
De 1975 datan las dos últimas obras maestras del cine de aventuras: la muy conocida, quiz
ás gracias a su director, El hombre que pudo reinar (The man who would be king), adaptación del relato homónimo de Rudyard Kipling, dirigida por John Huston, y la menos popular El viento y el león (The wind and the lion), escrita y dirigida por John Milius, quien probablemente sea más famoso por trasladar el personaje de Conan el bárbaro al cine y por firmar el guión de Apocalipse now (1979), de Coppola -film que, por otro lado, mejoró mucho cuando lo apellidaron redux.
Historia de piratas en el desierto (en los años cuarenta podía haber tenido como marco el océano y como director a Raoul Walsh o Michael Curtiz), la película de Milius, ambientada en el conflicto entre Tánger y Washington de principios del siglo XX, refleja ante todo la nostalgia por una época que desaparece- mostrada a través de los ojos de un niño que vive las luchas de sus mayores como la gran aventura de su vida-, y el comienzo de otra en la que el viento y su política barren al león y sus viejas costumbres.
Film esencialmente crepuscular, no resulta difícil relacionarlo con determinados westerns, y especialmente con El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance,1962), de John Ford, donde los políticos y las leyes escritas vienen a sustituir a la natural “ley del oeste”. Por otra parte, y como curiosidad, compárese la escena en que van a liberar al personaje protagonista, interpretado por Sean Connery, con el momento en que se disponen a rescatar al mejicano Angel en otra obra maestra del western, Grupo Salvaje (The wild bunch,1969), de Sam Peckinpah, prólogo a la mayor ensalada de tiros y hemoglobina de la historia (del cine).
El relato que de sus desventuras realiza Peachey Carnehan (Michael Caine) al final de la película de Huston, y la silueta del jefe de los bereberes a caballo preguntando a uno de sus hombres: “-¿No hay nada en tu vida por lo que merezca la pena perderlo todo?”, cerrando el film de Milius, representan los últimos coletazos del cine de aventuras clásico. Si antiguamente el género se utilizaba como envoltorio para contar buenas historias en las que lo esencial eran los personajes, las batallitas en las galaxias y las búsquedas de arcas y griales se encargaron de darle la vuelta a la tortilla, utilizando un argumento como excusa para la acumulación de explosiones,batallas,persecuciones y efectos especiales, lo cual, a estas alturas de la película, podría considerarse ya como un nuevo género.
Editada en DVD por Columbia.
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