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LA NOCHE DEL CAZADOR de Davis Grubb

La noche del cazador (The night of the hunter, 1955), la única película que dirigió el gran Charles Laughton, apenas necesita ya presentación. Hace muchos años que ocupa un lugar de privilegio en las listas de las mejores de la historia y que se la reconoce como una película única, que no se parece a ninguna otra, que crea prácticamente un nuevo género al que sólo ella pertenece y que, por más veces que se vea, sigue provocando sorpresa e incluso cierto desconcierto. Para darnos cuenta por completo del talento de Laughton y de lo alucinantes e inusuales que son las imágenes que creó basta con ver la versión que dirigió un tal David Greene para la televisión, estrenada en 1991 y con Richard Chamberlain como protagonista: las comparaciones nunca han resultado tan odiosas como en esta ocasión. Por mi parte, se pueden contar con los dedos de una mano las películas que me gustan tanto como ésta. 

        La novela en la que está basada, escrita por Davis Grubb y publicada en 1953, no es ni mucho menos tan conocida como el film, a pesar de que en ella encontramos de manera igualmente extraordinaria todo lo que Laughton puso en escena, la misma magia y la misma ambigüedad, con algunos aspectos, como la sexualidad de las mujeres y el pecado que lleva consigo a ojos del Predicador, expuestos de una forma que el cine de la época no permitía. Sólo por la creación de un personaje como Harry Powell, quizá una versión diabólica y distorsionada de otros predicadores de la narrativa norteamericana creados por Sinclair Lewis, Erskine Caldwell o Flannery O´Connor, Davis Grubb merece un puesto de honor en la literatura.

        Aquí os dejo algunos fragmentos de la novela, acompañados por las imágenes correspondientes de la película. Dos lujos.

        “Hizo una pausa, para escuchar qué hacía Harry, y luego pensó: Pero todavía no es suficiente. Debo sufrir aún más, y eso es lo que él está preparándome: la última y definitiva penitencia; después quedaré limpia.

        ¡Alabado sea Dios!, esclamó ella mientra Harry bajaba la persiana; y luego, después que la pagana luna desapareció, algo chasqueó y sonó ligeramente al abrirse, y Willa escuchó el veloz e impetuoso murmullo de los pies descalzos de Harry en el suelo al atravesar la oscuridad para ir a la cama, y pensó: Es una especie de navaja de afeitar. ¡Supe lo que era la primera noche!”

        “Allí fue donde lo vi, Bess. En el fondo del agua. ¡El viejo Ford T de Ben Harper con ella dentro…! ¡Que Dios me proteja…! ¡Con ella dentro…! Sentada allí con un vestido blanco y mirándome a los ojos, con una enorme raja bajo la barbilla tan nítida como las agallas de un siluro… ¡Oh, Dios Todopoderoso…! Y su pelo ondeaba suave y perezosamente como la hierba en un prado inundado por las aguas. ¡Willa harper, Bess! ¡Era ella! Allá abajo, en la poza profunda, dentro de aquel viejo Ford T, con los ojos muy abiertos y una raja en la garganta como si tuviera una boca extra. ¿Me oyes, Bess? ¿Estás escuchando, mujer? ¡Dulce Jesús, sálvanos!”

        “¡Descansar, descansar! ¡A salvo de todo mal!

        ¡Descansar, descansar! ¡Descansar en los brazos eternos!

        John contuvo la respiración para escuchar mejor, luego espiró rápidamente y volvió a aspirar, y a contener la respiración, a fin de escuchar de nuevo, con los ojos escocidos y cansados de mirar el halo luminoso de la luna, dispuesto a no dejar pasar el más mínimo movimiento en la vasta llanura que se extendía entre el granero y el río. Se oía con tanta claridad y nitidez como si la vocecita estuviera en la montaña de heno bajo su codo, y, de repente, John lo vio a lo lejos, en la carretera; surgió de pronto por detrás de un alto ciclamor como a medio kilómetro de distancia: un hombre montado en un gran caballo, que avanzaba a paso lento y con una horrible y laboriosa parsimonia por el liviano polvo del camino del río.”

        “El Predicador se enjugó con el dorso de la mano las lágrimas que surcaban sus curtidas mejillas. Fue entonces cuando Rachel vio las letras tatuadas formando la palabra ODIO y se estremeció, y en las alacenas oscuras de su mente se agolparon las advertencias del viejo sentido común, que chillaban como ratones asustados. Él se dio cuenta de su mirada despavorida, e inmediatamente comenzó a explicarse. Lo escuchó impasible mientras la voz cada vez más fuerte del Predicador describía la guerra entre el bien y el mal en el interior del corazón humano y sus nudillos crujieron y chirriaron al entrelazar las manos y los dedos se enroscaron y lucharon.

        Soy un hombre de Dios, dijo al fin.”

                        Traducción de Juan Antonio Molina Foix.

                        Publicada por Anagrama.

LOS CUENTOS DEL WHISKY de Jean Ray

Jean Ray es el seudónimo por el que más se conoce al escritor -además de marinerojean_ray_01 y contrabandista- Raymond de Kremer, que alcanzó cierta popularidad gracias a la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Harry Dickson. Su obra de culto es la novela de terror Malpertuis (1943), llevada al cine en 1971 por un tal Harry Kümel, que para muchos es una joya oculta y que realmente da miedo pero de lo mala que es. En ella aparecía Orson Welles en una de esas breves interpretaciones en las que se limitaba a pasar el cepillo.

       La primera obra que Ray publicó fue Los cuentos del whisky (Les contes du whisky, 1925), una colección de breves relatos, casi anécdotas algunos, con la noche, la niebla y las sombras por escenario. Sus habitantes son marineros, usureros, prostitutas, taberneros, que conviven con seres de otro mundo, reales e imaginarios, demonios, fantasmas, y muertos que vuelven de la tumba para vengarse. Con el whisky como motivo recurrente e hilo conductor de los relatos, entre Los cuentos del whisky hay piezas magistrales como Una mano -que no me extrañaría que hubiese inspirado a Cortázar uno de sus primeros relatos, Estación de la mano (Cortázar, aunqray_1_previewue argentino, nació en Bélgica, como Ray)-, La venganza -que recuerda a El corazón delator de Poe-, o Mujercita amada, perfumada a verbena y El nombre del barco, dos maravillas que combinan el humor y la nostalgia, y que no cuesta imaginarlas filmadas por John Ford.

       En el primero de esos cuentos, una escena de taberna, la ofensa de la que son objeto dos amigos es perdonada porque en labios de una mujer escuchan una canción que les trae tristes recuerdos:

        ”Si la artista hubiese cantado Werther, Lohengrin o cualquier otra cosa, la suerte de aquella pandilla de imbéciles, lo bastante incautos como para meterse en un antro de marineros, hubiera estado echada.

        Pero la artista cantó Butterfly, y ello le fue inspirado y ordenado por Dios.

        Y me explico la repentina mansedumbre de los dos granujas, insultados en su miseria por el lujo y por la alegría de los otros.

        El recuerdo de una geisha deshecha en lágrimas, empequeñeciéndose cada vez más en el embarcadero, mientras el vapor huye apresuradamente del puerto encantado, acudió en auxilio de la evocadora en aquel momento tan próximo al crimen.

        Y, con tanta firmeza como en Dios, creo en su gesto fantasmal de amante protegiendo a la bella joven de ojos color malva que cantó tan maravillosamente la inmensa piedad de las muchachas de puerto, una noche, en el Site enchanteur.”

        En el segundo, unos marineros cobran conciencia de su soledad al discutir el nombre que le quieren poner a su barco:

        “-¡Silencio! -dijo Hildesheim-. Este barco se llamará Loute.

        -¿Loute? -inquirí-. ¿Qué diablos significa eso?

        -Es el nombre de una niña -respondió Hildesheim.

        -¡Ah! ¿Qué niña?

        -Una niña rubia que le pide cuentos y céntimos a su padre, una niña que le convierte a uno en un hombre cuando no es más que una maldita mula, una niña por la cual se moriría de hambre cantando de placer, una niña por la cual se iría a robar las estrellas, la luna o el Gaurisankar… Una niña… ¡Ah, miseria divina!

        -Hildesheim, viejo amigo -dijo Bobby Moos en voz muy baja-. ¿Quién es esa Loute?

        -No exite -murmuró Hildesheim como en un soplo-. Es el nombre que hubiera dado a mi hija, si hubiese tenido una habitación con una estufa, y una mesa, y una cama, y una mujer a la que hubiese amado.

        -Somos… unos… vagabundos… -fraseó Bobby Moos-, unos… perros…

        -Loute -susurró Hildesheim.

        Un triple sollozo ascendió, en medio de la oscuridad nocturna, hacia la eterna indiferencia de las estrellas.”

                   Traducción de José Mª Roca.

                   Publicado por Editorial Acervo.

TIGRES AZULES de Jorge Luis Borges

De Borges ya se ha dicho prácticamente todo: es uno de los escritJorge_Luis_Borges_1ores más reverenciados de siglo xx y el máximo exponente de la literatura hispanoamericana; los gurús de la crítica literaria lo sitúan junto a los omnipresentes Proust, Joyce, Kafka, Faulkner o Navokov, y sus dos colecciones de relatos más conocidas, Ficciones (1944) y El Aleph (1949), siempre tienen su sitio en las listas de la mejor literatura de la historia.

        El tigre es uno de motivos recurrentes en la obra de Borges. Aparece, por ejemplo, en el cuento Dreamtigers y en el poema El otro tigre, que forman parte de su miscelánea El hacedor (1960). Aquí dejo un fragmento del poema:  Cunde la tarde en mi alma y reflexiono / Que el tigre vocativo de mi verso / Es un tigre de símbolos y sombras, / Una serie de tropos literarios / Y de memorias de la enciclopedia / Y no el tigre fatal, la aciaga joya / Que, bajo el sol o la diversa luna, / Va cumpliendo en Sumatra o en Bengala / Su rutina de amor, de ocio y de muerte.

        En 1983 se publicó La memoria de Shakespeare, el último libro de relatos de Borges. De los cuatro cuentos para mí destaca  Tigres azules, a la altura de los mejores del autor y cuyo origen creo que se puede rastrear en anteriores relatos como El Aleph, El disco, o El libro de arena.

        La historia que cuenta Borges es la de un profesor obsesionado con la figura del tigre que viaja a la región del delta del Ganges porque le han informado de que allí había sido vista una variedad azul del animal. No encuentra al tigre, pero en su lugar halla unas pequeñas piedras circulares del mismo azul que el tigre con el que sueña, todas exactamente iguales, y que se multiplican y dividen ajenas a cualquier ley matemática. Finalmente, pide ser liberado de esa carga, y su plegaria es contestada. Librarse de las piedras representa renunciar a lo fantástico, a lo maravilloso y desconocido que puede aparecer en nuestras vidas, y abrazar la rutina, la seguridad y todo lo cotidiano que se nos ofrece cada día: 

        No oí los pasos, pero una voz cercana me dijo:

        -He venido.

        A mi lado estaba el mendigo. Descifré en el crepúsculo el turbante, los ojos apagados, la piel cetrina y la barba gris. No era muy alto.

        Me tendió la mano y me dijo, siempre en voz baja:

        -Una limosna, Protector de los Pobres.

        Busqué, y le respondí:

        -No tengo una sola moneda.

        -Tienes muchas -fue la contestación.

        En mi bolsillo derecho estaban las piedras. Saqué una y la dejé caer en la mano hueca. No se oyó el menor ruido.

        -Tienes que darme todas -me dijo-. El que no ha dado todo no ha dado nada.

        Comprendí, y le dije:

        -Quiero que sepas que mi limosna puede ser espantosa.

        Me contestó:

        -Acaso esa limosna es la única que puedo recibir. He pecado.

        Dejé caer todas las piedras en la cóncava mano. Cayeron como en el fondo del mar, sin el rumor más leve.

        Después me dijo:

        -No sé aún cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.

        No oí los pasos del mendigo ciego ni lo vi perderse en el alba.

 

                         Publicado por Alianza Editorial (Biblioteca Borges).

EN MEMORIA DE PAULINA de Adolfo Bioy Casares

En ocasiones sucede que el primer texto que leemos de un gran escritocure08030807ar, aquél que nos abre la puerta y nos anima a seguir descubriendo la obra de su autor, pasa a ser nuestro preferido, al que volvemos más asiduamente sin tener en cuenta ni importarnos si, en el fondo, es mejor o peor que otros. A mí me ocurre con el relato En memoria de Paulina, la historia de amor y celos que desemboca en un crimen escrita por el argentino Adolfo Bioy Casares, autor casi más conocido por ser el gran amigo de Borges -con quien realizó antologías de literatura policiaca y de literatura fantástica, a las que ambos eran tan aficionados-que por su propia obra. A partir de este cuento descubrí el estilo conciso, la palabra exacta, la frase ajena a innecesarios adornos, la forma genial de engancharte de unas historias que te suelen dejar, al terminarlas, perplejo durante un rato para luego reaccionar y volver a por más. Y, sobre todo, la manera como lo maravilloso y lo fantástico se adentran en lo real y cotidiano, confundiéndose, para dar una explicación de lo ocurrido, y cómo los personajes aceptan esa intrusión de la forma más natural, creyendo que es la opción más racional o la única posible. 

       Más adelante vendrían otros cuentos, y novelas como La invención de Morel (1940) o El sueño de los héroes (1954), para confirmar la grandeza de una de las narrativas más deslumbrantes de la literatura hispanoamericana, merecedora del premio Cervantes en 1990.

       En memoria de Paulina es el primer relato del libro La trama celeste (1948), publicado por Alianza Editorial.

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