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LA CAPITAL DEL OLVIDO de Horacio Vázquez-Rial

El hecho de que cada uno de los capítulos de La capital del olvido (2004) esté encabezado por una cita de algunos de los grandes de la novela negra y que el primero de esos capítulos sea un homenaje explícito a El sueño eterno de Chandler y Hawks puede hacernos pensar de entrada que estamos simplemente ante un sencillo, sincero y entretenido homenaje a los clásicos, en la línea de la también chandleriana Triste, solitario y final (1973) de Osvaldo Soriano. Pero, aunque dicho homenaje siempre está presente, esa primera impresión no tarda en desaparecer. En cuanto la trama nos transporta al pasado, a la época de la dictadura militar en Argentina, de las desapariciones y de la venta de niños secuestrados, la novela se endurece y nos adentra en la búsqueda del pasado y, a la vez, en el intento de olvidarlo, a través de unos personajes que buscan el silencio, el perdón, la justicia o la venganza, y que vuelven de entre los muertos para remover la conciencia de los vivos.

        Sin apenas descripciones, sin la presencia constante de un narrador, sus extraordinarios y vertiginosos diálogos y escenas hacen de La capital del olvido, ganadora del V Premio Fernando Quiñones, una novela eminentemente cinematográfica, de las que agradecemos tener a mano en una larga noche de verano.

“Ah, claro, es de eso que no querés acordarte, Guido. No es que no te acordés de ella, no. Pero estabas en casa, yo lo sé, oí llegar el coche y a los tipos que bajaron armando despelote para que vos y yo y los demás cerráramos los ojos o no los cerráramos pero hiciéramos como si. Yo miré por entre los listones de la persiana, que estaba bajada, pero no del todo, y vi la calle, y vi tu persiana, exactamente enfrente de la mia, y vi cómo apagabas la luz y estuve seguro de que estabas ahí igual que yo, mirando sin hacer nada, como una vaca detrás de la alambrada, que ve pasar el tren y sigue rumiando. Y la sacaron a la Myriam. El viejo Paley se arrastró detrás de ellos, pedía a gritos que no se la llevaran, hasta que uno le dio con algo, no sé, un palo o una culata, en la cabeza le dio y lo dejó sangrando tirado en la vereda y cerraron con tres portazos, porque el chófer no se había movido y salieron rajando con la piba a cuestas. Cuando vino el chico, que algún alma buena lo habría llamado, el pibe, Isaac, digo, el hermano de la Myriam, que ya estaba casado, se encontró a la madre arrodillada en el suelo, mirando a su marido, que seguía como muerto. Estaba vivo, pero como muerto. Vos lo viste a Isaac, Guido, lo viste igual que yo, porque te quedaste igual que yo detrás de la persiana, esperando algo, que pasara algo, que bajara del cielo un ángel, o Perón, quién sabe, o un hada, y arreglara todo lo desarreglado. A lo mejor, el que manejaba el coche era Mardones. O Mardones se reunió con ellos en otro sitio. De la Myriam nunca más se supo. Bueno, sí, se supo, porque cuando salió el informe, cuando los juicios, lo leímos, Guido. Vos y yo lo leímos. Leímos que la habían visto en un chupadero y que la habían trasladado. Y ahora te olvidaste. ¿Cómo podés haberte olvidado? ¿Tampoco te acordás de que te conté que lo había vuelto a ver a Mardones? Viejo y pelado, pero bien vestido. En la plaza lo vi. En la plaza de Mayo, el día en que Alfonsín nos tuvo esperando mientras él arreglaba con los milicos y después vino y dijo que la casa estaba en orden y que felices pascuas. Yo no había entendido lo que había dicho, y miré a la gente que tenía alrededor y pregunté qué dijo y una vieja dijo felices pascuas y yo no me lo creí y seguí mirando, y de pronto vi una cara conocida, la del único hijo de puta que sonreía en ese momento, y era la de Mardones. Te lo conté, Guido, aquella misma noche. ¿No te acordás de eso? ¿Tampoco de eso? No, no te lo reprocho, no sos el único que no se acuerda de esas pascuas. A lo mejor, es que aquel día empezó el olvido y la Myriam entonces desapareció de verdad, definitivamente.”

                 Publicada por Alianza.

TRAIDORES A TODOS de Giorgio Scerbanenco

Ahora que la novela negra arrasa en las ventas, sobre todo gracias a los autores nórdicos, algunas editoriales se han propuesto recuperar la obra de autores clásicos del género, como el italiano Giorgio Scerbanenco, del cual ya habían sido publicadas algunas novelas en ediciones quiosqueras de bolsillo.

        Traidores a todos (Traditori di tutti, 1966), una de sus últimas novelas, resulta todo un descubrimiento para los que no conocíamos a este autor. Con un inicio que te atrapa absolutamente gracias a un personaje del que no se nos da información pero que al final será trascendental en la resolución del caso, la novela va mostrando sus cartas poco a poco, moviéndose entre el misterio de tres asesinatos similares pero quizá por razones distintas, la aparición de una banda dedicada al tráfico de armas y de drogas, y una venganza que viene desde muy lejos y que aportará una luz definitiva a unos hechos que tienen su origen en la 2ª Guerra Mundial.

       Con diálogos que no renuncian al humor pero escritos en carne viva, y con escenas violentísimas y sin anestesia, Scerbanenco se sitúa en la línea más dura del género, sin cortarse a la hora de criticar el sistema judicial italiano y creando un protagonista cuyas opiniones y forma de actuar pueden hoy en día escandalizar a más de uno. Y todo ello con un talento narrativo innegable, así que esperemos que la reedición de su obra no se quede sólo en esta magnífica novela.

“Se lo dijo a los dos que estaban detrás, los dos a los que tenía que matar, y se bajó sin esperar respuesta, aunque ellos, amablemente, adormecidos por la comilona y también por la edad, dijeron con voz ronca que sí, que se bajase, y, libres de su presencia, se dispusieron a dormir mejor, viejos y gordos como estaban, los dos con sus impermeables blancos, y ella con la bufanda de lana alrededor del cuello, de un color habano hepático, semejante al del cuello, que le hacía más gorda, y una cara parecida a la de una enorme rana, pero que, en cambio, tiempo atrás, millones de años antes, cuando todavía no había terminado la guerra, la Segunda Guerra Mundial, había sido muy hermosa. Así se lo dijo, y ella, ahora, iba a matarla, junto con su compañero. Alguien, oficialmente, la llamaba Adele Terrini, y en Buccinasco, en cambio, en Ca`Tarino, donde había nacido y sabían muchas cosas de ella, la llamaban Adele la Ramera, aunque su padre, que era norteamericano y tonto, la había llamado Adele la Esperanza.”

             Traducción del equipo editorial con la colaboración de Cuqui Weller.

             Publicada por Ediciones Akal.

BAY CITY BLUES de Raymond Chandler

Además de sus grandes novelas protagonizadas por el detective Philip Marlowe, capitaneadas por la imprescindible El largo adiós (The long goodbye, 1953), Raymond Chandler escribió numerosos relatos policiacos que publicaba en revistas como Black Mask o Dime Detective Magazine. Cuatro de ellos están reunidos en el volumen Asesino bajo la lluvia y otros relatos, entre los que destaca Bay City Blues (1938), una gozada protagonizada por el detective Johnny Dalmas, pero en la que secundarios como el patrullero corrupto Al De Spain, el poli de homicidios Violetas M´Gee, y el periodista Muñeco Kincaid le comen la merienda literaria.

        No importa demasiado si uno acaba perdiéndose en la trama (con Chandler no es extraño), porque lo que realmente deslumbra es la descripción de los ambientes, la caracterización de sus personajes, y los diálogos, que son joyas del humor más sarcástico. Y en cuanto a diálogos, a Bay City Blues hay que darle de comer aparte. Chandler está considerado como uno de los grandes de la novela negra, pero debería aparecer también en cualquier antología del humor en la literatura. Sin ir más lejos, la película El sueño eterno (The big sleep, 1946) siempre me ha parecido, antes que una gran obra del cine negro, una de las mejores comedias de Howard Hawks.

        “Apoyé un brazo en el mostrador, y un hombre de paisano sin chaqueta y con una sobaquera que parecía del tamaño de una pata de palo sujeta a las costillas apartó un ojo de su periódico, dijo “¿Sí?” y acertó de lleno en una escupidera sin mover la cabeza ni una pulgada.

        -Busco a un tipo que se llama Muñeco Kincaid -dije.

        -Ha salido a comer. Yo le guardo el sitio -dijo con voz firme y sin emociones.

        -Gracias. ¿Tienen aquí una sala de prensa?

        -Sí. También tenemos retrete. ¿Quiere verlo?

        -Tranquilo, hombre -dije-. No pretendo meterme con su ciudad.

        Hizo sonar de nuevo la escupidera.

        -La sala de prensa está al final del pasillo. No hay nadie. Muñeco estará a punto de volver, si no se ha ahogado en una gaseosa.”

           Traducción de Juan Manuel Ibeas.

           Asesino bajo la lluvia y otros relatos está publicado por Alianza Editorial.

LOS PECADOS DE NUESTROS PADRES de Lawrence Block

A quien se pare a leer los títulos de crédito de las películas el nombr16-Lawrence-Blocke de Lawrence Block le sonará por ser el coautor del guión de My blueberry nights (2007) de Wong Kar-Wai, cuyos personajes tienen mucho que ver con su mundo literario, aunque la pirotecnia estética de que hace gala la película se encuentre en las antípodas de su narrativa.

        Uno de los principales ciclos novelísticos que forman la extensa obra de Block es el protagonizado por el expolicía y ahora detective Matthew Scudder, divorciado y padre, solitario y alcohólico, un tipo desencantado que deja fluir su vida entre casos de asesinato y que no duda en ejercer de juez cuando lo cree conveniente. Su bautismo de fuego como personaje lo encontramos en Los pecados de nuestros padres (The sins of the fathers, 1976), novela en la que ya están presentes el universo y el estilo propios de su autor, y que marcarán el resto del ciclo.

        El asesinato de una prostituta y el suicidio de su compañero de piso yLos_Pecados_de_Nuestros_Padres principal sospechoso le sirven en esta ocasión a Block  para presentar unos personajes atrapados por sus propios actos y que no tienen camino de regreso, habitantes de la enorme jaula en que se convierte la noche de Nueva York, poblada de borrachos, drogadictos, chorizos, chulos y violencia, y en la que el detective Scudder no actuará sólo como espectador y narrador, sino también como una más de sus víctimas. La ciudad se convierte en un personaje más que los engloba a todos, el lugar donde hay tantas formas de encontrar la muerte como habitantes, como mostrará el autor en otra de sus grandes novelas, Ocho millones de maneras de morir (Eight million ways to die, 1982), llevada al cine por el prematuramente fallecido Hal Ashby en la que fue su última película, con Jeff Bridges de protagonista.

        Pero lo que hace a Lawrence Block un escritor imprescindible del género es su estilo directo y descarnado, ajeno a florituras innecesarias (a su lado, la literatura de otro grande como Raymond Chandler casi podría tacharse de afectada), nada efectista pero efectivo como pocos, con unos diálogos impresionantes en los que el humor (en ocasiones delirante, en otras amargo) actúa como contrapunto de las miserias humanas, y que consigue mostrar, una vez más, que la gran novela negra puede ser tan existencialista como las obras de Sartre o Camus.

                      Traducción de Belén Aguilera Fierra.

                      Publicada por La factoria de ideas.

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