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EL SALARIO DEL MIEDO de Georges Arnaud
Contemporáneo de Sartre, Camus y Malraux, Georges Arnaud, de nombre real Henri Girard, no es precisamente uno de los escritores franceses más prestigiosos del pasado siglo. Activista político a favor de la independencia de Argelia, conoció el éxito gracias, sobre todo, a su novela El salario del miedo (Le salaire de la peu, 1950). Escrita tras su estancia en Sudamérica, cuenta la historia de unos exiliados que malviven esperando un trabajo que les permita ganar lo suficiente para largarse. A cuatro de ellos les llega la oportunidad: deberán conducir un camión cargado de nitroglicerina que al menor descuido les hará saltar por los aires.
Con cierta crítica hacia la explotación capitalista, la novela es ante todo un estudio sobre el miedo a
morir, sobre los límites que puede llegar a soportar la condición humana (que diría Malraux) para conseguir aquello que se desea por encima de todo, sin saber que las paradojas del destino esperan a la vuelta de cualquier curva. Sin recurrir a golpes de efecto ni a parafernalias estilísticas, el gran logro de Arnaud es hacernos sentir de la manera más directa cómo la angustia de los personajes va creciendo a cada minuto, a cada segundo de un trayecto que les hará descubrirse a sí mismos.
La popularidad de la novela fue aún mayor tras el estreno en 1953 de la extraordinaria adaptación cinematográfica de Henri-Georges Clouzot, mucho mejor, desde luego, que el remake de 1977 titulado Carga maldita (Sorcerer), dirigido por William Friedkin y con nuestro Paco Rabal formando parte de un reparto internacional.
El siguiente fragmento corresponde a la que es, posiblemente, la escena más terrible de la novela y de la película de Clouzot, protagonizada por unos estupendos Ives Montand y Charles Vanel.
“Johnny sigue retrocediendo delante de los faros. Como en un sueño, resbala y tropieza en esa pesadilla de fango; como en un sueño, tropieza y cae de espaldas. Pero no es un sueño, porque no se despierta al gritar. Con la cabeza fuera del líquido que cubre por completo su cuerpo caído, grita una y otra vez. El camión continúa avanzando implacablemente hacia él. Gerard lo ha visto todo, pero no levanta el pie para frenar; lo importante es pasar. La rueda delantera llega al pie del rumano, lo pisa, lo aplasta contra el fango que se solidifica bajo la enorme presión. Johnny forcejea, grita, siente cómo le trituran la pierna, aúlla como si lo mataran. Sturmer, con la mirada fija en lo alto de la cuesta que va a subir, no presta atención a ese cuerpo desarticulado que está aplastando, o tal vez ahogando, quién sabe, bajo las ruedas; qué importa, hay que pasar. Hay que pasar.”
Traducción de Encarna Castejón.
Publicada por Editorial Debate.
CARTA DE UNA DESCONOCIDA de Stefan Zweig
Hace unos veinte años vi por primera vez, en la Filmoteca de Barcelona, Carta de una desconocida (Letter from an Unknown Woman, 1948), la obra maestra del gran Max Ophüls. Recuerdo que al terminar la película los espectadores continuaron en silencio durante unos instantes para, de repente, levantarse de sus asientos y comenzar a aplaudir, en una ovación que duró varios minutos y que supuso el mayor homenaje espontáneo que he visto en una sala de cine. Siempre me he alegrado especialmente de asistir a ese momento, ya que tras volver a verla varias veces en dvd, tras haber visto otras muchas obras maestras, Carta de una desconocida sigue siendo mi película preferida de la historia del cine.
La breve novela en que se basa el film de Ophüls, publicada en 1927 por Stefan Zweig, no me parece, ni mucho menos, a la altura de su adaptación cinematográfica (al contrario de lo que suele decirse, muchísimas películas superan con creces a sus originales literarios), pero sin sus personajes y situaciones, sin sus preciosas palabras, no habría existido la insuperable puesta en escena de Ophüls, el carrusel de imágenes deslumbrantes que ilustran la trágica historia de amor entre Lisa y Stefan (Joan Fontaine y Louis Jourdan en los papeles de su vida), razón más que suficiente para que ocupe un lugar de privilegio en la biblioteca.
El fragmento que os dejo es el inicio de la carta que Lisa le escribe a Stefan. Mientras lo transcribo, ya me dan ganas de ver de nuevo la película, de volver a Viena, en el 1900…
“Mi hijo murió ayer. Durante tres días y tres noches estuve luchando con la muerte, tratando de salvar su frágil vida. Durante cuarenta horas consecutivas, mientras la fiebre abrasaba su pobre cuerpo, le velé al pie de su cama. Le puse compresas fría sobre la frente; día y noche, noche y día. Sostuve sus manitas inquietas. La tercera noche, mis fuerzas se quebraron. Se me cerraron los ojos sin darme cuenta y debí de dormir tres o cuatro horas en aquella dura silla. Mientras tanto, me lo arrebató la muerte. Y ahí yace mi pobre, mi querido pequeño, en su estrecha cama, tal como murió. Sólo sus ojos, sus inteligentes ojos oscuros, han sido cerrados; sus manos están cruzadas sobre el pecho, sobre su blanca camisa. Arden cuatro cirios, uno en cada esquina de la cama.
No me atrevo a mirarle, tengo miedo de moverme. Las llamas, al oscilar, hacen vagar sombras extrañas sobre su rostro y sus labios cerrados. Se diría que sus rasgos se animan y, por un momento, casi llego a imaginar que en realidad no está muerto, que va a despertar y a decirme con su clara voz algo adorablemente infantil.
Pero sé que está muerto; no quiero volver a mirarle, para no sentir, una vez más, esta loca esperanza y una vez más sufrir el desengaño. Mi hijo murió ayer, ahora lo sé. Ya no me queda nadie en el mundo más que tú; sólo tú, que no me conoces; tú, que vives alegre jugando con los hombres y las cosas. Sólo tú, que nunca me has conocido y a quien yo nunca he dejado de amar.”
Publicada por Editorial Juventud.
EL DÍA DEL JUICIO de Salvatore Satta
Después de tantas lecturas “imprescindibles” que a menudo resultan no serlo, de tantos autores prestigiosos a los que cualquier buen lector debe conocer, de tantos suplementos literarios y tantas campañas publicitarias que intentan o consiguen convencernos de que la última novela de Fulanito es la hostia en vinagre, de repente encontramos al azar, por pura suerte, porque ese día nos fijamos en ella como podíamos no haberlo hecho, una novela completamente desconocida, de un autor del que nunca habíamos oído hablar, y tras leerla y considerarla inmediatamente una de las lecturas de nuestra vida comenzamos a preguntarnos cuántos escritores permanecen en el olvido sin merecerlo, o incluso cuántas grandes novelas, por una u otra razón, ni siquiera llegan a ver la luz.
A Salvatore Satta, jurista de profesión, le dio un buen día por echar la vista atrás, pasar cuentas con su Nuoro natal y llenar de recuerdos una novela titulada El día del juicio (Il giorno del giudizio, 1979). Por sus páginas desfilan los poderosos y los humildes, las prostitutas y las beatas, los maestros, los curas, los políticos y los que emigran en busca de una vida mejor para volver poco después a enclaustrarse en esa Nuoro testigo impasible del paso de los años, personajes tratados por el Satta narrador con dureza no exenta de ternura y humor, igualados en el momento del juicio y de la muerte, reunidos para siempre en el omnipresente cementerio.
Comparada con El gatopardo (Il gattopardo, 1958) de Lampedusa (a mí me recuerda también a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y a Cien años de soledad (1967) de García Márquez, y la sitúo sin rubor a su misma altura), El día del juicio es una obra maestra de la literatura sobre el discurrir inexorable del tiempo, que parece levantar polvo al pasar sus páginas pobladas por pobres difuntos a la espera de que el narrador los resucite por un instante. Cada una de sus frases, cada uno de sus portentosos fragmentos, merece la lectura más atenta y pausada, incluso volver de vez en cuando sobre nuestros pasos a medida que vamos avanzando, a fin de poder apreciar por completo la maestría de este novelista ocasional, que ni siquiera pudo ver publicada su novela, ya que falleció en 1975.
Aquí os dejo un fragmento, uno de los innumerables que podría haber escogido. Probablemente no venga a cuento, pero sus últimas líneas me recuerdan a la escena final de otra obra maestra, esta vez del cine, titulada Ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) de Federico Fellini. Cosas mías. En cualquier caso, si alguien emplea unos minutos en leerlo quizá se decida a descubrir una de las más grandes novelas (esta vez sí) de la literatura del siglo xx.
“En un radio de cien metros podría señalar desde aquí los límites de los viejos y húmedos muros. Basta seguir todo lo que aparece ennegrecido por el tiempo, descascarillado, olvidado, lo que ha muerto por segunda vez. Y más allá de estas pobres tumbas se extiende todavía un breve pedazo de tierra, breve e infinito, con algún resto de cruces inclinadas, alguna cruz derribada, como si hubiera agotado su función. Me pregunto si hay más esperanza en todas aquellas tumbas donde los muertos están solos o en esta tierra bajo la cual los huesos de infinitas generaciones se acumulan y se confunden, se han hecho tierra también ellos. En este remotísimo rincón del mundo, ignorado por todos salvo por mí, siento que la paz de los muertos no existe, que los muertos están libres de todos los problemas, menos de uno, del de haber estado vivos. En las tumbas etruscas rumian los bueyes, las mayores se han convertido en establos. Sobre los lechos de piedra dejan las ollas y los cestos, los humildes instrumentos de la vida pastoril. Nadie recuerda que sean tumbas, ni siquiera el ocioso turista que se encarama por el sendero excavado en la roca, y se aventura en la profunda oscuridad donde resuena su voz. No obstante, ellos siguen estando allí, desde hace dos mil, tres mil años, porque la vida no puede vencer a la muerte, ni la muerte puede vencer a la vida. La resurrección de la carne comienza el mismo día en que se muere. No es una esperanza, no es una promesa, no es una condena. Pietro Catte, el que se colgó de un árbol la noche de Navidad, en la tanca de Biscollai, creía que podía morir.Y ahora también él está aquí (porque los curas, haciéndole pasar por loco, lo sepultaron en la tierra consagrada) con don Pasqualino y Fileddu, don Sebastiano y el ziu Poddanzu, el canónigo Fele y el maestro Ferdinando, los campesinos de Sèuna y los pastores de San Pietro, los curas, los ladrones, los santos, los ociosos del Corso; todos en una mezcla inextricable, aquí debajo.
Como en una de aquellas absurdas procesiones del paraíso dantesco desfilan en hileras interminables, pero sin coros ni candelabros, los hombres de mi estirpe. Todos se dirigen a mí, todos quieren dejar en mis manos el hatillo de su vida, la historia sin historia de su haber existido. Palabras de oración o de ira susurran con el viento entre los matorrales de tomillo. Una corona de hierro se balancea sobre una cruz desprendida. Y tal vez mientras pienso su vida, porque escribo su vida, me ven como un dios ridículo que les ha llamado a congregarse en el día del juicio, para liberarles para siempre de su memoria.”
Traducción de Joaquín Jordá.
Publicada por Anagrama (colección Otra vuelta de tuerca).
DOCTOR GLAS de Hjalmar Söderberg
A los amantes del cine de Dreyer probablemente les suene el nombre de Hjalmar Söderberg por ser el autor de la obra teatral, publicada en 1906, en que se basó Gertrud, la última obra maestra del cineasta danés. Escritor polémico donde los haya, considerado, junto a Strindberg, como uno de los grandes de la literatura sueca de finales del XIX y principios del XX, es también el autor de la novela Doctor Glas (1905), una maravilla que fue llevada al cine por el director Per Oscarsson en 1968. Desconozco el film de Oscarsson, pero mientras leía la novela la imaginaba adaptada por Dreyer recordando las imágenes de Gertrud. Sus personajes, de una tremenda modernidad para la época, presentan varios rasgos en común, y la contención formal con que ambas se nos presentan acentúa, aún más si cabe, la absoluta desolación que guardan sus historias.
“Ahora estoy junto a la ventana abierta y escribo esto. ¿Para quién? No para ningún amigo ni ninguna amiga, y apenas para mí mismo, ya que no leo hoy lo que escribí ayer, ni voy a leer esto mañana. Escribo simplemente para mover la mano, porque el pensamiento ya se mueve por su cuenta; escribo para matar unas horas de insomnio. ¿Por qué no consigo dormir? Después de todo, no he cometido ningún crimen.
Lo que escribo en estas páginas no es una confesión. ¿A quién iba a confesarme? Tampoco cuento todo lo mio. Solo cuento lo que me gusta contar, pero no digo nada que no sea verdad. Con mentiras no voy a auyentar la infelicidad de mi alma, suponiendo que sea infeliz.
Fuera, la inmensa noche azul se cierne sobre los árboles del cementerio. Ahora la ciudad está silenciosa, tan silenciosa que los suspiros y los murmullos de abajo suben hasta aquí, y ocasionalmente brota una risa canalla. Me parece que en este momento nadie en el mundo está tan solo como yo. Yo, el licenciado en medicina Tyko Gabriel Glas, que a veces ayudo a otros pero no he podido nunca ayudarme a mí mismo, y que, a los treinta años cumplidos, nunca he estado junto a una mujer.”
Este Doctor Glas que se dispone a contarnos su historia es un personaje solitario y complejo, un médico de posición acomodada que guarda las apariencias mientras reniega en el fondo de la moral que impera en la sociedad y acepta el aborto, la eutanasia e incluso el crimen si cree que están justificados. Enamorado de una de sus pacientes, se propone asesinar al marido (un tipo mucho mayor que ella, que se nos presenta como despreciable, pero sólo desde el punto de vista del médico y de la esposa, sin que se nos presenten pruebas de ello) para que ésta pueda casarse con su joven amante y encontrar la felicidad. Tras el crimen el amante la abandona, casándose con otra, y el Doctor Glas será incapaz, en su complejidad, de confesarle su amor, de ayudarse a sí mismo. Ambos, como Gertrud en el film de Dreyer, acabarán refugiándose en su soledad, descrita por Söderberg con una sencillez que nos desarma y que supone un broche de oro para esta extraordinaria novela.
“El otoño devasta mis árboles. El castaño frente a la ventana está ya desnudo y negro. Por encima de los tejados corren nubes en apiñados rebaños, y nunca veo el sol.
He comprado cortinas nuevas para el despacho: enteramente blancas. Al levantarme esta mañana pensé un momento que había nevado: la luz tenía exactamente la misma calidad de después de la primera nevada. Y me ha parecido oler el aroma de la nieve recién caída.
Pronto llegará, la nieve. La sentimos en el aire.
Será la bienvenida. Que llegue. Que caiga.”
Traducción de Gabriel Ferrater.
Publicada por Ediciones Alfabia.
EL ORIGEN DEL MUNDO de Jorge Edwards
Tras el suicidio de su amigo Felipe Díaz, un intelectual vividor que presumía de sus numerosas conquistas femeninas, el anciano doctor Patricio Illanes comienza a sospechar que su mujer, Silvia, mucho más joven que él, estaba enamorada de Felipe y era una de sus amantes. Sus sospechas se verán fortalecidas tras ver el cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, y descubrir una fotografía realizada por Díaz muy similar al cuadro y en la que cree identificar a su esposa.
Escrita por el chileno Jorge Edwards, Premio Nacional de Literatura 1994 y Premio Cervantes 1999, El origen del mundo (1996) es una breve y estupenda novela sobre el desconocimiento de los demás y de uno mismo, sobre la inseguridad y los celos transformados en obsesión, y sobre cómo esa obsesión enfermiza nos alimenta y nos hace sentirnos vivos de nuevo, de una manera que creíamos ya perdida. De tintes policiacos, favorecida definitivamente por una construcción en la que varían la voz narrativa y el punto de vista, su lectura es una de las mejores formas de descubrir a uno de los grandes narradores de la literatura chilena.
“Porque él no ignoraba, desde luego, no ignoraba del todo, y desde hacía mucho tiempo, la debilidad de Silvia, y más de alguna vez había tenido sospechas, sentimientos insidiosos, incómodos, que se renovaban cada vez que observaba en el terreno, en acción, la capacidad de seducción y la perfecta falta de escrúpulos de Felipe Díaz, pero nunca, jamás en su vida, se habría imaginado que Silvia, la serena, sonriente, burlona Silvia, pudiera perder los estribos de aquella manera tan evidente. No era, sin duda, que estuviera impresionada, al borde de un ataque de nervios, por el espectáculo de un cadáver, del cadáver de un suicida. No tenía, Silvia, ese tipo de fragilidad. Su llanto, ajeno a la cercanía de Alfredo Arias, y ajeno a él mismo, a toda noción de cautela, y hasta de qué dirán, de pudor, era un lamento inédito, diferente, profundo: salía de las entrañas de una mujer que él creía conocer al revés y al derecho, y que en realidad no conocía, o que había comenzado a conocer sólo ahora, tarde, y sin remedio. ¿Quedaba confirmado, entonces, oleado y sacramentado, que Silvia y Felipe habían sido amantes? ¿Y por cuánto tiempo, y en qué circunstancias, y cómo se las habían ingeniado para engañarlo, para traicionarlo bajo sus propias barbas, porque si la palabra traición no se aplicaba en ese caso preciso, traición con alevosía, jugando con la amistad, con la comedia de la sinceridad, con la mentirosa verdad, cuándo diablos se aplicaba?”
LOS ADIOSES de Juan Carlos Onetti
Onetti ya estuvo por aquí con sus relatos, pero a un escritor de su envergadura es obligado volver una y otra vez. Los adioses (1954), que no pertenece al más conocido Ciclo de Santa María, me parece, sencillamente, una de las mejores novelas en nuestro idioma, apenas sesenta páginas a las que la etiqueta de imprescindibles se les queda pequeña.
Dedicada a uno de los grandes amores de su vida, la poetisa uruguaya Idea Vilariño, es una obra maestra de la ambigüedad narrativa y de lo que supone la técnica del punto de vista en la novela. La historia de los tres personajes principales, el enfermo que llega al sanatorio y las dos mujeres que le visitan, lo que ocurre entre ellos o lo que quizá ocurre, lo conocemos sólo a través de la mirada de un observador, de un testigo que no sabe pero imagina, supone y chismorrea, obligando al lector a ponerse en su piel, a convertirse en otro personaje asomado a la ventana indiscreta. Onetti nos manipula a su antojo, nos hace partícipes de la culpabilidad moral del narrador, y ni siquiera se apiada de nosotros ofreciéndonos la resolución completa del enigma.
El inicio de esta novela portentosa es suficiente para atraparnos definitivamente y para recordarnos, por si hacía falta, que nadie ha escrito como Onetti.
“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara -sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años- hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.
Quisiera no haberle visto nada más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.”
Publicada por Barral, Bruguera y otras.
PÁNICO AL AMANECER de Kenneth Cook
John Grant es un maestro rural que se dirige a Sidney, donde le espera su novia, a pasar las vacaciones de verano. De camino, se detiene a pasar una noche en Bundanyabba, una localidad minera en pleno outback australiano, donde poco más hay que hacer que jugar y emborracharse, sudar y tragar polvo. Tras dejar su equipaje en el hotel, se dirige a tomar unas cervezas y acaba jugándose y perdiendo todos sus ahorros. Acogido por los habitantes del pueblo, pasará los siguientes días de borrachera en borrachera, participará en una sangrienta cacería de canguros y se irá hundiendo, sin que nada ni nadie realmente lo obligue, en una pesadilla creada por él mismo.
Pánico al amanecer (Wake in Fright, 1961), considerada una de las grandes novelas de la literatura australiana, acaba de publicarse hace unos meses traducida por primera vez al español, aunque la historia ya podíamos conocerla gracias a su magnífica adaptación cinematográfica, titulada en nuestro país Despertar en el infierno (Wake in Fright / Outback, 1971), un proyecto destinado al parecer para Joseph Losey y que acabó en las manos del mucho menos prestigioso Ted Kotcheff. A juzgar por los pestiños que Losey realizó por esa época, creo que salimos ganando con el cambio.
Las apenas ciento ochenta febriles y salvajes páginas (pienso, sobre todo, en la atroz cacería de canguros) escritas por Kenneth Cook, de una fuerza visual que hacía poco menos que inevitable su adaptación al cine, consiguen sin ningún esfuerzo y del tirón (es recomendable leerla de una sola vez) que nos dejemos llevar de la mano del protagonista, en esta particular travesía hacia su propio infierno, hasta meternos, peligrosamente, en su propia piel. Nada es inevitable, ningún mal gira alrededor de John Grant que él no haya propiciado, pero la prosa de Cook logra el milagro de que nos parezca lógico el camino de nuestro protagonista, guiado por el desprecio que siente por sí mismo, hacia la autodestrucción. Una extraordinaria novela que nadie debería perderse, a no ser que se disponga a viajar a Australia próximamente. En ese caso, ni se te ocurra leerla.
“El canguro no se movía.
Sólo cuando lo tuvo cerca se dio cuenta de que era un animal muy pequeño, de algo más de un metro de altura. Además, estaba malherido y se limitaba a mantenerse en pie, mirando hacia la oscuridad que se prolongaba por detrás de la luz del reflector. De no haber sido porque los hombres estaban pendientes en el coche, habría ido a buscar el rifle. Se paró entonces detrás del canguro, deseando que se moviese, y le echó una mano al hombro. Era suave y tibio al tacto. El pecho del animal palpitaba. Debido a la proximidad le veía dos cabezas, tal como la otra noche había visto doble el rostro de Janette.
Grant tomó impulso y arremetió contra el animal con el cuchillo. La hoja le produjo un profundo corte en la espalda y la sangre comenzó a brotar, formando una línea oscura sobre el pelaje. Sin embargo, el canguro seguía inmóvil.
¡Santo Dios! ¿Qué hacía él allí, John Grant, profesor de escuela y hombre enamorado, despedazando a esa pequeña bestia mullida bajo la fría luz de las estrellas?
Se echó hacia adelante y guió el cuchillo hacia el pelaje blanco del pecho. El arma penetró con facilidad y abrió una hendidura profunda, pero el canguro seguía con vida. La carne se cerró con fuerza alrededor de la hoja y Grant tuvo que forcejear para extraerla.
Sollozando volvió a blandir el puñal y lo clavó en el pecho y en la espalda del animal una y otra vez. Pero el marsupial aguantaba en su sitio, mudo, sin protestar y sin morir tampoco.
Grant se echó hacia atrás un instante, se llevó la mano a los ojos y oyó los gritos de aliento provenientes del coche.”
Traducción de Pedro Donoso.
Publicada por Seix Barral.
SALIR A ROBAR CABALLOS de Per Petterson
Trond, un anciano de 67 años que comienza a tener sus achaques, se traslada a vivir con su perra Lyra a una cabaña cercana a la frontera entre Noruega y Suecia. Tiene por vecino a Lars, otro anciano solitario pocos años más joven. Mientras espera preocupado las primeras nieves y comienza a relacionarse con su vecino, rememora el verano que pasó en esa misma cabaña a los quince años: su amistad con Jon, con quien iba a cabalgar y a eso les gustaba llamarlo “salir a robar caballos”; el episodio en que Lars, su actual vecino, mató por accidente a su
hermano gemelo al disparársele una escopeta; su alegría y su esfuerzo ayudando en las labores del campo y, sobre todo, la relación con un padre extraño, amante de la madre de Jon, colaborador de la resistencia contra los nazis, que tras ese verano se fue de casa para no volver jamás.
En Salir a robar caballos (Ut og stjaele hester, 2003), una de las mejores y más sensibles novelas que he leído en mucho tiempo, Per Petterson escribe sobre la memoria, sobre cómo ocurrieron o cómo recordamos los hechos que marcaron nuestra vida y, sin necesidad de mencionarlo, sólo a través de las palabras, los silencios y los actos de los personajes, sobre el aprendizaje de un niño y su paso a la edad adulta, y también, por qué no, sobre el conocimiento de un anciano de sí mismo a través de sus recuerdos.
”Cierro los ojos. De pronto me acuerdo de algo que he soñado esta noche. Es raro, no lo tenía presente al despertar, pero ahora me viene a la memoria con absoluta claridad. Estaba en un dormitorio con mi primera mujer, no era nuestro dormitorio, y teníamos mucho menos de cuarenta años, de eso estoy seguro, lo sentía en mi cuerpo. Acabábamos de hacer el amor, yo me había esmerado al máximo, y eso solía ser más que suficiente, o al menos eso creía. Ella yacía en la cama, y yo estaba de pie junto a la cómoda donde me veía entero en el espejo salvo por la cabeza, y en el sueño presentaba buen aspecto, mejor que en la realidad. De pronto ella echó el edredón a un lado y debajo estaba desnuda, y también presentaba buen aspecto, estaba espectacular, casi desconocida en realidad, y no parecía exactamente la misma con la que acababa de acostarme. Me dedicó una mirada que yo siempre había temido y dijo:
-Hombre, no eres más que uno de tantos. -Se incorporó, desnuda y pesada, tal como yo la conocía, y me produjo un asco que me subió hasta la garganta, y al mismo tiempo me invadió el pánico.
-No, nunca -grité, y luego rompí a llorar, porque siempre había sabido que aquel día iba a llegar tarde o temprano, y comprendí que lo que más me aterraba en el mundo era ser aquel del cuadro de Magritte que se mira a sí mismo en el espejo y solamente ve su propia nuca, una y otra vez.”
Traducción de Cristina Gómez Baggethun.
Publicada por Bruguera.
VIDAS MINÚSCULAS de Pierre Michon
Probablemente la prosa atemporal de Pierre Michon no llegue a demasiados lectores en estos tiempos de lecturas rápidas en el metro, de libros de autoayuda que, precisamente, ayudan sobre todo a quien los escribe, de novelas de entretenimiento y evasión que, aunque magníficas en ocasiones, se olvidan en cuanto se gira la última página. Y es que la escritura de Michon necesita paciencia y tranquilidad, pide un lector al que no le importe volver a la página anterior, que disfrute leyendo de nuevo el último fragmento, que se deje mecer por un ritmo y una musicalidad que son fruto de una labor de orfebrería.
Vidas minúsculas (Vies minuscules, 1984), la primera piedra de una obra narrativa excepcional, es una suerte de autobiografía a caballo entre la memoria recuperada y la memoria inventada, una recreación de la propia vida a partir de las vidas de otros personajes que tuvieron relación, más o menos cercana, con el autor. El fragmento que aquí os dejo pertenece al último capítulo, titulado Vida de la pequeña muerta, y es suficiente por sí solo, como lo serían muchos otros, para apreciar un estilo inconfundible.
“Desde entonces dijeron “la pobre pequeña”, como decían: “tu pobre hermanita”. Y es que en Mourioux, como quizás más generalmente entre la gente humilde a la que traicionan estas páginas complacientes, les repugna decir muerto, difunto, desaparecido; hasta “el difunto Fulano” es raro; no, todos los muertos son “pobres”, tiritando quién sabe dónde de frío, de hambre indecisa y de gran soledad, “los muertos, los pobres muertos”, más empobrecidos que los vagabundos y más perplejos que los idiotas, todos desconcertados, enredados sin una palabra en unos líos de pesadilla, y que parecen tan terribles en las viejas estampas cuando son tan dulces, bonachones, y están perdidos en la oscuridad como pulgarcitos, los últimos entre los últimos, por siempre jamás, los más pequeños entre la gente pequeña. Eso lo concebía fácilmente: cuando íbamos al cementerio de Chatelus, bien veía, por el aire consternado de las mujeres, por la pesada reprobación de Félix que se quitaba la gorra, que alguien, allá abajo, debía de estar muy triste; alguien que hubiera querido estar presente y no podía, a quien algo retenía duramente, como esos primos lejanos que cada año escriben que tienen muchísimas ganas de volver a verte, pero el viaje es tan largo, el poco dinero los detiene, la rueda de su vida los mantiene ahí cada vez más y los aplasta, por fin se avergüenzan y se callan, su rastro se pierde. Encontraba qué hacer; iba a buscar agua para las flores, llenaba de tierra buena las macetas, hundía taimadamente la cara en el polvo de eternidad de los crisantemos; muchas veces era en invierno; la iglesia era alta sobre la alta colina del cementerio, el campanario y el cielo del mismo gris saltaban en mi corazón, y como los valles eran ricos a la vista, qué viva viva era mi carrera imaginada hacia ellos, y poderoso el grito seco de una rama pisoteada, la carcajada de lo visible multiplicada en los charcos; me hubiera gustado vivir. Lo vivido, lo desvanecido, me recibían cuando regresaba llevando mi jarra de agua con el brazo extendido para no salpicar mi pantalón de los domingos, y me llamaban al orden la extensión de grava que unas manos lentas llenaban de flores, la sal echada a puñados como sobre una ciudad muerta, y en el vuelo de un cuervo el llamado desolador allá abajo, más abajo que la sal y las flores de las que tenebrosamente se alimentaba, de la pequeña muda, la oscura, la sepultada, mi hermana. ¿Pero qué? ¿Ella también era un ángel? Sí, la vida del ángel era esa desgracia. El milagro era la desgracia.”
Traducción de Flora Botton-Burlá.
Publicada por Anagrama.
MATAR UN RUISEÑOR de Harper Lee
Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960), la única novela que escribió Nelle Harper Lee y que le valió el Pulitzer de 1961, sigue siendo hoy en día, a los cincuenta años de su aparición, una de las novelas norteamericanas más populares y apreciadas. Basada, al parecer, en recuerdos de infancia de la propia autora, puestos en la voz de la narradora y protagonista Jean Louise Finch, alias Scout, su historia de aprendizaje, educación y comprensión hacia los demás, hacia los que no son como nosotros, dentro de una comunidad donde aún imperan los prejuicios raciales y el miedo a lo diferente, ha sido siempre puesta como modelo de lectura a compartir entre grandes y pequeños, como ejemplo de una literatura que puede entretener a los más jóvenes y, a la vez, mostrarles ciertos valores.
Pero además de eso, y sobre todo, Matar un ruiseñor es una de las grandes obras sobre los miedos de la infancia y el paso a la edad adulta, teñida de ternura y de nostalgia, que mezcla la aventura, el terror, el humor, el drama social y la novela judicial para convertirse en un texto atemporal que habla sobre las personas y sus sentimientos. Una obra maestra, en fin, que se lee de una sentada, que no ha perdido ni una pizca de su fuerza narrativa gracias, como siempre, a su claridad y sencillez, y que, según cuenta la leyenda, puso celoso al mismísimo Truman Capote, amigo íntimo de la autora.

Al adaptarla al cine en 1962, Robert Mulligan realizó la película más representativa de su filmografía, otra obra maestra a la altura de la novela y que apenas necesita ya presentación. Gregory Peck ganó el Oscar por su interpretación del padre y abogado Atticus Finch (posiblemente su personaje más recordado), y en un papel secundario pero crucial encontramos a un jovencísimo Robert Duvall.
“Atticus fue a replicar, pero pero se abstuvo. Quitó el pulgar de la páginas, hacia la mitad del libro, y retrocedió al principio. Me acerqué y apoyé la cabeza en su rodilla.
-Ummm -dijo-. El fantasma gris, por Seckatary Hawkins. Capítulo primero…
Yo me esforcé en continuar despierta, pero la lluvia era tan suave, el cuarto estaba tan templado, la voz de mi padre era tan profunda y su rodilla tan cómoda, que me dormí.
Poco después, Atticus me ayudó a incorporarme y me llevó a su cuarto.
-He oído todolo que has leído -murmuré-. No creas que estaba dormida; la historia habla de un barco y de Fred Tres-Dedos y de Kid Pedradas…
Atticus me desató el mono, me apoyó contra sí y me lo quitó. Luego me sostuvo con una mano, mientras con la otra cogía el pijama.
-Sí, y todos creían que Kid Pedradas ponía patas arriba el local de su club y lo ensuciaba todo y…
Me guió hasta la cama y me hizo sentar en el borde. Me levantó las piernas y las colocó debajo de la sábana.
-Y lo persiguieron, pero no podían atraparlo porque no sabían qué aspecto tenía, y cuando por fin lo encontraron, resultó que no había hecho nada de todo aquello… Atticus, era un chico bueno de veras…
Las manos de mi padre estaban debajo de mi barbilla, subiendo la manta y arropándome bien.
-La mayoría de las personas lo son, Scout, cuando por fin las ves.
Atticus apagó la luz y regresó al cuarto de Jem. Allí estaría toda la noche, y allí seguiría cuando Jem despertase por la mañana.”
Traducción de Baldomero Porta.
Publicada por Ediciones B.
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