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ESCALOFRÍO EN LA TARDE de Eugénio de Andrade

Del poeta portugués Eugénio de Andrade (1923-2005), seudónimo de José Fontinhas, los versos de Escalofrío en la tarde, poema que pertenece al libro Los surcos de la sed (Os sulcos da sede,2001) y que puede encontrarse en la antología Todo el oro del día, a cargo de Ángel Campos Pámpano y publicada por Pre-Textos.

ESCALOFRÍO EN LA TARDE        

No sé quién, ni en qué lugar,

pero alguien se me debe haber muerto.

He sentido esa muerte en un escalofrío de la tarde.         

Algún amigo, uno de los varios

que no conozco y sólo la poesía

sustenta. Quizá la muerte fuese

otra: un pequeño reptil                                                 

al sol súbito y caliente de marzo

aplastado por un golpe certero;

un perro atropellado por un bruto

que, al volante, se cree un dios

de arrabal, con éxito seguro

entre las tres o cuatro putas de turno.

Quizá la de una estrella, porque también

ellas mueren, también ellas mueren.

 

ARREPIO NA TARDE

Não sei quem, nem em que lugar,

mas alguém me deve ter morrido.

Senti essa morte num arrepio da tarde.

Qualquer amigo, um dos vários

que não conheço e só a poesia

sustenta. Talvez a morte fosse

outra: un pequeno réptil

no sol súbito e quente de março

esmagado por pancada certeira;

um cão atropelado po um bruto

que, ao volante, se julga um deus

de arrabalde, com sucesso garantido

junto de três ou quatro putas de turno.

Talvez a de uma estrela, porque também

elas morrem, também elas morrem.

CANCIÓN PARA BILLIE HOLIDAY de Langston Hughes

Langston Hughes (1902-1967) fue, en palabras del gurú de la crítica literaria Harold Bloom, “la figura más representativa de la cultura de la América negra”. Dramaturgo, narrador, ensayista y, sobre todo, poeta, sus versos fueron traducidos por Borges y por Nicolás Guillén en los años treinta. Durante la Guerra Civil trabajó de corresponsal en nuestro país, al que dedicó varios poemas, y aquí conoció a nuestros mejores poetas del momento y se enamoró del flamenco. Su poesía, de verso libre y sencillo, se inspiró tanto en la obra de Walt Whitman como en la música popular negra.

 

        El poema Canción para Billie Holiday (Song for Billie Holiday), dedicado a su amiga y gran dama del jazz, cuya vida estuvo trágicamente marcada por su adicción al alcohol y las drogas, pertenece al libro Billete de ida (One Way Ticket, 1949). En España se incluyó en la antología titulada Blues (2004), publicada por Pre-Textos, en edición a cargo de Maribel Cruzado.

CANCIÓN PARA BILLIE HOLIDAY          

¿CÓMO aliviar a mi corazón                                 

     De la canción                                                                

     Y de la tristeza?                                                           

¿Cómo aliviar a mi corazón                                    

     Sino con la canción                                                 

     De la tristeza?                                                              

¿Cómo aliviar a mi corazón                                    

     De la tristeza                                                                 

     De la canción?                                                          

No me habléis de la pena                                       

Empolvada en su pelo,                                            

O el polvillo en los ojos                                           

Que al azar sopló el viento.                                    

La pena de la que hablo                                          

La empolva el desconsuelo.                                  

Trompeta con sordina,                                          

Aire caliente y frío cobre.                                     

Amarga televisión enturbiada                              

Por un sonido que oscila…                                     

      ¿Dónde?       

                                                                    

SONG FOR BILLIE HOLIDAY

WHAT can purge my heart

    Of the song

    And the sadness?

What can purge my heart

    But the song

    Of the sadness?

What can purge my heart

    Of the sadness

    Of the song?

Do not speak of sorrow

With dust in her hair,

Or bits of dust in eyes

A chance wind blows there.

The sorrow that I speak of

Is dusted with despair.

Voice of muted trumpet,

Cold brass in warm air.

Bitter television blurred

By sound that simmers-

    Where?

EL DESENCANTO (1976) de Jaime Chávarri

A pesar de que, al parecer, la censura aún tuvo tiempo de actuar sobre algunos fragmentos en los que aparece Leopoldo María, Jaime Chávarri consiguió con El desencanto el documento más descarnado de nuestro cine, un álbum de fotos al desnudo en el que Juan Luis, Leopoldo María y José Moisés (apodado “Michi” por sus hermanos) Panero, junto a su madre Felicidad Blanc, pasan revista a los años negros de la época franquista que pasaron conviviendo con su autoritario padre Leopoldo, poeta cercano al Régimen y fallecido en 1962, con quien saldan cuentas alejándose de las falsas apariencias y la hipocresía, con una terrible sinceridad y una total ausencia de pudor que muestran sin tapujos sus particulares y enfrentadas personalidades.

        Poesía y autodestrucción como formas de vida, pornografía de los sentimientos, antecesora en cierta forma, y salvando las abismales distanciales, de las innumerables paradas de montruos que circulan por televisión, El desencanto es una película de culto con todas las letras, una rara avis de nuestro cine que tuvo su continuación, ya fallecida Felicidad Blanc, en Después de tantos años (1994), dirigida por Ricardo Franco.

              Editada en DVD por Manga Films.

DEDICATORIA de Leopoldo María Panero

Dedicatoria

Más allá de donde

aún se esconde la vida, queda

un reino, queda cultivar

como un rey su agonía,

hacer florecer como un reino

la sucia flor de la agonía:

yo que todo lo prostituí, aún puedo

prostituir mi muerte y hacer

de mi cadáver el último poema.

         Del libro Last River Together (1980)

Y DE PRONTO ANOCHECE de Juan Luis Panero

Y de pronto anochece

Vivir es ver morir, envejecer es eso,

empalagoso, terco olor de muerte,

mientras repites, inútilmente, unas palabras,

cáscaras secas, cristal quebrado.

Ver morir a los otros, a aquellos,

pocos, que de verdad quisiste,

derrumbados, deshechos, como el final de este cigarrillo,

rostros y gestos, imágenes quemadas, arrugado papel.

Y verte morir a ti también,

removiendo frías cenizas, borrados perfiles,

disformes sueños, turbia memoria.

Vivir es ver morir y es frágil la materia

y todo se sabía y no había engaño,

pero carne y sangre, misterioso fluir,

quieren perseverar, afirmar lo imposible.

Copa vacía, tembloroso pulso, cenicero sucio,

en la luz nublada del atardecer.

Vivir es ver morir, nada se aprende,

todo es un despiadado sentimiento,

años, palabras, pieles, desgarrada ternura,

calor helado de la muerte.

Vivir es ver morir, nada nos protege,

nada tuvo su ayer, nada su mañana,

y de pronto anochece.

             Del libro Antes de que llegue la noche (1985)

EL SEÑOR DE LA GUERRA (1965) de Franklin J. Schaffner / BRONWYN de Juan Eduardo Cirlot

Antes de realizar El planeta de los simios (The Planet of the Apes, 1968) y Patton (1970), sus dos obras maestras más populares, Franklin James Schaffner ya nos había dejado otra joya para la historia del cine titulada El señor de la guerra (The War Lord), casi más conocida por historiadores que por cinéfilos, ya que según dicen es la película que muestra con mayor fidelidad lo que fue la Edad Media, algo a lo que supongo que no es ajena la extraordinaria fotografía de Russell Metty, colaborador en varias de las mejores películas de Douglas Sirk, entre otras maravillas.

        Basada en la obra de teatro de Leslie Stevens The Lovers -título que ya da una idea de por dónde van los tiros-, cuenta la historia de Chrysagón de la Cruz (Charlton Heston), un caballero normando que es enviado por su Señor a proteger a unos vasallos suyos de los ataques de los frisios. Al llegar ve lo que acabará siendo su perdición, a la hermosa campesina Bronwyn (Rosemary Forsyth) bañándose en las aguas del pantano. Perdidamente enamorado, ejercerá su derecho de pernada tras la boda de Bronwyn con uno de los campesinos, ganándose el odio de los vasallos. Pero Chrysagón no renunciará a ella, lo cual le costará el favor de su Señor, su honor y su vida.

        Película histórica, bélica, de aventuras o de lo que se quiera, El señor de la guerra es en realidad una de las más apasionadas historias de amor que nos haya dado el cine, y también de las más contenidas, sin una palabra ni un gesto de más, a la que asistimos en parte a través de las miradas y los silencios de Bors (enorme, como siempre, Richard Boone), el hombre de confianza de Chrysagón. Como muestra de esa contención, el momento en que Bors cura una herida a Chrysagón mientras Bronwyn intenta sujetarle por los brazos, hasta que sus rostros quedan casi unidos: una antológica escena de amor sin palabras que ni siquiera lo parece.

                  Editada en DVD, con el formato alterado, por Filmax.

El caso del poeta barcelonés Juan Eduardo Cirlot (su hija Victoria, por cierto, fue mi profesora de Literaturas Románicas en la Universidad de Barcelona, y tuvo el detalle de aprobarme) es el mayor ejemplo que conozco de cómo el cine, o una película, o sencillamente un personaje, puede influir en nuestra vida o incluso alterarla completamente. Tras ver El señor de la guerra, Cirlot debió de sentir el mismo embrujo que sintió Chrysagón al ver a Bronwyn emerger de las aguas, ya que comenzó a dedicarle lo que acabarían siendo 16 libros de poemas, escritos entre 1967 y 1971, reunidos finalmente bajo el título Bronwyn. El breve poema que aquí os dejo, uno de mis preferidos, creo que resume perfectamente la esencia de ese ciclo poético.

Ahora sí que ya sé por qué te vi

sobre las grises aguas del pantano,

loto de las entrañas de la luz,

sin pétalos ni rayas de relámpago.

Te vi para saber que soy eterno.

No importa que esté muerto junto al mar.

                     Publicado por Siruela.

ELOGIO DE LA SOMBRA. 25 años sin Borges

Hoy se cumplen 25 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges, uno de los habituales, como no podía ser menos, de este blog. Para recordarlo, esta vez, un poema, incluído en el libro de 1969 al que da título, uno de los muchos que demuestran que también fue uno de los grandes poetas de nuestra lengua. La vejez y la ceguera, y la memoria, en unos pocos versos que ponen la piel de gallina.

ELOGIO DE LA SOMBRA

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)

puede ser el tiempo de nuestra dicha.

El animal ha muerto o casi ha muerto.

Quedan el hombre y su alma.

Vivo entre sombras luminosas y vagas

que no son aún la tiniebla.

Buenos Aires,

que antes se desgarraba en arrabales

hacia la llanura incesante,

ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,

las borrosas calles del Once

y las precarias casas viejas

que aún llamamos el Sur.

Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;

Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;

el tiempo ha sido mi Demócrito.

Esta penumbra es lenta y no duele;

fluye por un manso declive

y se parece a la eternidad.

Mis amigos no tienen cara,

las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,

las esquinas pueden ser otras,

no hay letras en las páginas de los libros.

Todo esto debería atemorizarme,

pero es una dulzura, un regreso.

De las generaciones de los textos que hay en la tierra

sólo habré leído unos pocos,

los que sigo leyendo en la memoria,

leyendo y transformando.

Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,

convergen los caminos que me han traído

a mi secreto centro.

Esos caminos fueron ecos y pasos,

mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,

días y noches,

entresueños y sueños,

cada ínfimo instante del ayer

y de los ayeres del mundo,

la firme espada del danés y la luna del persa,

los actos de los muertos,

el compartido amor, las palabras,

Emerson y la nieve y tantas cosas.

Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,

a mi álgebra y mi clave,

a mi espejo.

Pronto sabré quién soy.

Leonard Cohen, el príncipe

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN UNA ESTACIÓN DEL METRO de Óscar Hahn

De Óscar Hahn, uno de los grandes poetas chilenos, os dejo uno de mis poemas preferidos, perteneciente a la colección Versos robados (1995).

EN UNA ESTACIÓN DEL METRO

Desventurados los que divisaron

a una muchacha en el Metro

y se enamoraron de golpe

y la siguieron enloquecidos

y la perdieron para siempre entre la multitud

Porque ellos serán condenados

a vagar sin rumbo por las estaciones

y a llorar con las canciones de amor

que los músicos ambulantes entonan en los túneles

Y quizás el amor no es más que eso:

una mujer o un hombre que desciende de un carro

en cualquier estación del Metro

y resplandece unos segundos

y se pierde en la noche sin nombre

ESE NIÑO QUE MIRO Y QUE ME MIRA de Antonio Pereira

Hoy se cumple el segundo aniversario del fallecimiento, a los 85 años, del poeta leonés Antonio Pereira. Para recordarlo aquí os dejo uno de sus más hermosos poemas.

ESE NIÑO QUE MIRO Y QUE ME MIRA

Hizo falta este agosto sin orillas

en la mañana que no mueve el viento,

estar en vacación desde la nube

hasta la paz tendida de los huesos.

El sol parece quieto en su camino.

Ningún latido en el compás del tiempo.

Repliego la mirada hacia mi hondura

y es un niño sin voz lo que contemplo.

Torpe para nadar, le duele el agua.

Torpe para los saltos y los juegos.

-Torpe, torpe… -le dicen.

Y él me mira.

Tiembla una luz delgada entre sus dedos.

Nunca se alzó bastante hasta los nidos.

Torpe, si no era en alcanzar los sueños.

Agua miope y dulce va a sus ojos.

Yo me conozco naufragando en ellos.

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