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TODO ES VERDE de David Foster Wallace

Aprovechando que es bastante breve, aquí os dejo íntegramente un relato que me gusta mucho del escritor estadounidense David Foster Wallace. Se titula Todo es verde, y pertenece al libro La niña del pelo raro (Girl with Curious Hair, 1989).

TODO ES VERDE

Ella dice me da igual que me creas o no, es la verdad, puedes creer lo que quieras. Por tanto está claro que está mintiendo. Cuando dice la verdad se vuelve loca intentando que la creas. Por tanto creo que la he pillado.

        Enciende un cigarrillo y aparta su mirada de mí, tiene un aspecto perverso con el cigarrillo encendido y mirando por la ventana mojada, y no sé muy bien qué decir.

        Le digo Mayfly, no sé muy bien qué hacer ni qué decir y ya no me creo nada de ti. Pero hay cosas que sí sé. Sé que soy mayor y tú no. Y te doy todo lo que tengo que darte, con las manos y con el corazón. Todo lo que tengo dentro te lo he dado. He estado aguantando y trabajando duro todos los días. Te he convertido en la razón por la cual hago todo lo que hago. He intentado construir una casa para dártela, para que vivas en ella, y he intentado que sea un sitio agradable.

        Enciendo otro cigarrillo y tiro la cerilla en el fregadero junto con otras cerillas, platos sucios, una esponja y cosas de esas.

        Le digo Mayfly, mi corazón las ha pasado canutas por ti, pero ya tengo cuarenta y ocho años. Ya es hora de que no me deje arrastrar por las cosas. Tengo que tomarme una parte del tiempo que me queda para intentar sentirme bien conmigo mismo. Tengo que intentar sentirme como debería. Dentro de mí tengo necesidades que tú ya ni siquiera puedes ver, porque tú tienes demasiadas necesidades que te las tapan.

        Ella no dice nada y yo miro por su ventana y noto que ella sabe que yo sé la verdad, y cambia de postura en mi sofá de jardín. Lleva unos pantalones cortos y se sienta encima de las piernas.

        Le digo no importa en realidad lo que he visto o lo que he creído ver. Esa ya no es la cuestión. Sé que soy mayor y tú no. Pero ahora me siento como si yo te lo diera todo y tú ya no me dieras nada.

         Tiene el pelo recogido con un pasador y varias horquillas y la barbilla apoyada en la mano, es muy temprano, parece que ella está fantaseando con salir afuera a la luz brillante que hay al otro lado de la ventana mojada junto a mi sofá de jardín.

         Todo es verde dice ella. Mira qué verde es todo Mitch. Cómo puedes decir que sientes todo eso cuando fuera todo es tan verde.

        La ventana que hay junto a mi cocinilla se ha limpiado gracias a las lluvias torrenciales de anoche y muestra una mañana soleada, todavía es temprano y fuera todo está muy verde. Los árboles son verdes y la hierba más allá de los badenes es verde y está empapada. Pero no todo es verde. Las demás caravanas no son verdes, y mi mesa de cámping que está ahí fuera toda llena de agua y de latas de cerveza y de colillas flotando en los ceniceros no es verde, ni tampoco mi camión, ni la gravilla del aparcamiento, ni ese juguete de ruedas enormes tirado de lado bajo una cuerda de tender vacía de ropa junto a la caravana de al lado, en donde vive un tipo con unos críos.

        Todo es verde dice ella. Lo dice en un susurro y yo sé que ese susurro ya no es para mí.

        Tiro mi cigarrillo y le doy la espalda a la mañana con el regusto en la boca de algo que es del todo cierto. Me giro y la miro sentada bajo la luz en mi sofá de jardín.

        Ella está mirando fuera, sentada en el sofá, y yo la miro a ella, y hay algo en mí que no consigue cicatrizar cuando la miro. Mayfly tiene un cuerpo hermoso. Y ella es mi mañana. Digo su nombre.

                          Publicado por Mondadori.

                          Traducción de Javier Calvo.

LA BUENA GENTE DEL CAMPO de Flannery O´Connor

A pesar de fallecer a los 39 años, tras padecer una larga enfermedad en la sangre, a Flannery O´Connor le dio tiempo a escribir uno de los capítulos más extraordinarios y singulares de la literatura del siglo XX. Comparada a menudo, por la temática sureña de sus obras, con William Faulkner, Carson McCullers o Erskine Caldwell -tres grandes autores a los que, para mi gusto, supera con creces-, escribió sus relatos y novelas con un estilo inconfundible que difícilmente podría haber creado escuela, y que la convierte en la escritora más inclasificable y perturbadora que conozco.

        Ambientados generalmente en lugares en los que predomina la pobreza y una exacerbada religiosidad, los relatos de Flannery O´Connor suelen estar dominados por la representación de la maldad, personificada a menudo en asesinos desequilibrados o demasiado lúcidos, según se mire, y en falsos profetas y santurrones, pero también en niños, mujeres y ancianos en los que esa maldad se mezcla con la inocencia y hasta con la estupidez, transformándolos en personajes de una complejidad inabarcable que sólo se nos hacen soportables gracias al humor escéptico y distanciador de su creadora. Quienes hayan visto la película Sangre sabia (Wise Blood, 1979), adaptación de la novela homónima de O´Connor publicada en 1952 y uno de los films, como no podía ser menos, más extraños e incomprendidos de la filmografía de John huston, sabrán por dónde van los tiros.

        De título irónico donde los haya, La buena gente del campo es, entre tanta obra maestra, una de las incontestables joyas de la corona, imprescindible en cualquier antología del relato norteamericano que se precie. Una casa en el campo, un granero y cuatro personajes: la chismosa señora Freeman, la confiada señora Hopewell, su hija Joy, una treintañera universitaria con una pierna artificial y que ha renunciado definitivamente a la felicidad, y el joven vendedor de biblias que se hace llamar Manley Pointer, en apariencia un alma cándida que lleva su desgraciada historia a quien quiera escucharla. Desde su superioridad intelectual, Joy intenta seducir al muchacho, en el que cree descubrir la inocencia más absoluta, descubriendo demasiado tarde que el tal Manley no es en realidad “buena gente del campo”. Un cuento demoledor y malsano, cuya lectura nos deja perplejos y desarmados, y que muestra cómo la mejor literatura puede, o quizá debe, ser también la más terrible.

“Pensó que por primera vez en su vida tenía frente a sí la verdadera inocencia. El muchacho, con un instinto que nacía más allá de la experiencia, había descubierto la verdad sobre ella. Cuando, después de un momento, ella dijo en voz alta y ronca: “Muy bien”, fue como rendirse a él por completo. Fue como perder su propia vida y encontrarla de nuevo, de manera milagrosa, en la de él.

        Poco a poco él empezó a subirle la pernera del pantalón. La pierna artificial, con un calcetín blanco y un zapato plano marrón, estaba envuelta en una tela gruesa como lona y terminaba en una juntura desagradable que estaba atada al muñón. La voz y el rostro del muchacho eran totalmente reverentes cuando la dejó al descubierto y dijo:

        -Ahora enséñame cómo se quita y se pone.

        Ella se la quitó y se la puso nuevamente y luego él mismo la quitó, manipulándola con tanta ternura como si fuera una pierna de verdad.

        -¡Mira! -dijo con la expresión de deleite de un niño-. ¡Ahora lo puedo hacer yo mismo!

        -Colócala de nuevo -le pidió ella. Estaba pensando que se escaparía con él y que todas las noches él le sacaría la pierna y todas las mañanas se la volvería a poner-. Colócala de nuevo -repitió.

        -Todavía no -murmuró él, y la puso de pie lejos de su alcance-. Estate sin ella un rato. Me tienes a mí.

        Ella dejó escapar un grito de alarma, pero él la empujó y comenzó a besarla una vez más. Sin la pierna, se sentía completamente dependiente de él. Parecía que su mente había dejado de pensar y que se ocupaba de otras funciones que no se le daban muy bien. Expresiones diferentes recorrieron su rostro. De tanto en tanto, el muchacho, cuyos ojos parecían dos pernos de acero, volvía la cabeza para mirar la pierna. Finalmente ella lo apartó de un empujón y dijo:

        -Ahora colócala de nuevo.

        -Espera -dijo él.”

                            Traducción de Marcelo Covián.

                            Publicado por Mondadori DeBols!llo.

ECOS de Ángel Bonomini

Crítico de arte, poeta y cuentista, Ángel Bonomini (1929-1994) no es un escritor demasiado conocido en nuestro país, a pesar de que la literatura argentina siempre ha contado entre nosotros con numerosos seguidores. Admirado, al parecer, por Borges y Bioy, sus relatos suelen participar por igual de lo fantástico y lo real, introduciendo a menudo un componente onírico que los hace perfectamente reconocibles.

       Ecos es uno de los mejores relatos del libro Los lentos elefantes de Milán (1978). El autor-narrador nos recuerda en sus páginas algunos episodios de su infancia, para terminar preguntándose si la memoria recupera realmente lo ocurrido o no es más que otra herramienta para crear una ficción.

        El primer fragmento del relato es suficiente para mostrarnos el gran talento de un autor por descubrir. Creo que merece la pena, así que aquí os lo dejo.

“A la hora de la siesta iba a lo de las Berro, que vivían al lado. La madre, Georgina, era francesa y tocaba el violín por las tardes. Las chicas, Nélida y Amalia, tendrían unos veinte años, yo diez. Me querían mucho en esa casa, me ayudaban a hacer los deberes del colegio y entraba y salía de allí cuando quería.

        En lo de las Berro, en un patio central, había una escalera de caracol que conducía al cuarto de costura. Subí. Golpeé la ventana.

        Nélida contestó. Me dijo que estaban durmiendo y que volviera más tarde. Oí que Amalia le decía a la hermana que me dejara entrar. A mí la idea de tener que esperar me disgustaba tanto como la de irme. Pero, en seguida oí los pasos de unos pies descalzos y un cerrojo que se descorría.

        Entrá, me dijo Amalia, desnuda, con un triángulo de vello oscuro debajo del vientre y sus pechos culminados en dos puntas violetas. Y agregó: desnudate y metete en la cama.

        Todo fue muy rápido, como cuando a uno le muestran y le esconden una fotografía en un mismo ademán. Mareado de peligro no atiné más que a obedecer. Me desnudé y me metí en la cama.

        Nélida simulaba dormir y dejaba ver su espalda, la cintura, los muslos, el pelo revuelto. Amalia se acomodó y empezó el suplicio del silencio. Al pie de la cama estaba amontonada, como una cordillera de flores, la colcha de cretona.

        En un rincón del cuarto había otra forma de mujer, también desnuda, que siempre me causaba zozobra. Era un maniquí sin cabeza sostenido por una barra que terminaba en un trípode.

        A medida que pasaban los segundos mis ojos se iban acostumbrando a la penumbra. Había una luz tenue que a todos nos envolvía. A mi derecha, Nélida tenía la espalda quebrada en la cintura y las nalgas sombreadas, y todas esas formas de piel nacarada se ondulaban levemente con la respiración. A mi izquierda, Amalia había volcado sus pechos hacia mí y una de las puntas violáceas me rozaba el brazo.

        Yo sabía que nadie dormía en ese cuarto. Hasta el maniquí era como un vigía atento. La máquina de coser tenía una cabeza negra y cromada parecida a la de un dragón alerta.

        Yo estaba inmóvil. Las dos mujeres irradiaban un calor que casi quemaba. Y de pronto, como un ruido de súbita tormenta, oí que Nélida y Amalia estallaban en una risa que borraba la vida.

        Tuve la sensación de que las escaleras de caracol nunca terminan.”

                              Publicado por Reverso Ediciones.

EL DÍA DE MAÑANA de Julio Llamazares

El último libro del escritor leonés Julio Llamazares es una recopilación de relatos titulada Tanta pasión para nada (2011). Al final del libro encontramos una pequeña fábula que seguramente no hará ninguna gracia a los vendedores de planes de pensiones, pero a mí, que por suerte o por desgracia no me preocupo mucho de esas cosas, me ha gustado, así que aquí os la dejo.

EL DÍA DE MAÑANA (Una fábula)

        Mis padres se pasaron la vida pensando en el día de mañana. Tú piensa en el día de mañana; tú ahorra para el día de mañana, me decían. Pero el día de mañana no llegaba. Pasaban los meses y los años y el día de mañana no llegaba.

        Hoy, de hecho, mis padres ya están muertos y el día de mañana aún no ha llegado.

RECUERDOS DE JULIO CORTÁZAR de Edith Aron

“¿Necesito decirte quién es Edith Aron? Vos lo habrás adivinado hace mucho, ¿verdad? Entonces, ¿vos te imaginás Rayuela traducida por ella?” (Carta de Julio Cortázar a su editor)

        Pasó otro 12 de febrero y, con él, otro año más desde que nos dejó Julio Cortázar. Esta vez lo recuperé en las páginas de 55 Rayuelas (2007), la antología de textos de la escritora alemana Edith Aron, la persona que, al parecer, se esconde tras la Maga, el maravilloso personaje que Cortázar inmortalizó en Rayuela (1963) ya desde sus primeras líneas:

        “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se incribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentrífico.”

        El último de esos textos se titula Recuerdos de Julio Cortázar, y en él Edith Aron nos cuenta cómo le conoció y varios de sus encuentros. Aquí dejo un fragmento.

        “Una vez fuimos hasta el Parc des Sceaux, y allí, recostados en un árbol, me leyó el cuento “Final del juego”, que justo acababa de escribir. Me emocionó tanto que rompí a llorar, y entonces dijo que si algún día llegaba a publicarlo me lo dedicaría. Pero por lo que se ve, se olvidó, porque nunca lo hizo. Cuando estuvo en Londres en 1977, para arreglar asuntos de sus traducciones, se lo recordé, pero me dijo que ya me había dedicado un libro entero. Nadie sabe de ello.”

               Traducción de Paula Kuffer.

               Publicado por Belacqva (La otra orilla).

POR NO ESTAR DISTRAÍDOS de Clarice Lispector

Este breve texto pertenece al libro Para no olvidar (Para não esquecer, 1978) de la gran escritora brasileña Clarice Lispector. Aquí os lo dejo.

                     Por no estar distraídos

        Había la levísima embriaguez de andar juntos, esa alegría, como cuando se siente la garganta un poco seca y se ve que por admiración se estaba con la boca abierta. Respiraban de antemano el aire que estaba delante y tener esa sed era su propia agua. Andaban por calles y calles hablando y riendo, hablaban y reían para dar materia y peso a la levísima embriaguez que era la alegría de su sed. A causa de los coches y de la gente, a veces se tocaban, y a ese contacto -la sed es la gracia, pero las aguas son de una belleza oscura-, y a ese contacto brillaba el brillo de su agua, la boca un poco más seca de admiración. ¡Cómo admiraban estar juntos!

        Hasta que todo se transformó en no. Todo se tranformó en no cuando ellos quisieron esa misma alegría suya. Entonces la gran danza de los errores. El ceremonial de las palabras poco acertadas. Él buscaba y no veía, ella no veía que él no había visto, ella que estaba allí, sin embargo. Sin embargo él, que estaba allí. Todo fue un error, y había la gran polvareda de las calles, y cuanto más se equivocaban, más querían con aspereza, sin una sonrisa. Todo sólo porque habían prestado atención, sólo porque no estaban lo bastante distraídos. Sólo porque, de repente, exigentes y duros, quisieron tener lo que ya tenían. Todo porque habían querido darle un nombre; porque quisieron ser, ellos que eran. Aprendieron entonces que, si no se está distraído, el teléfono no suena, y que es necesario salir de casa para que la carta llegue, y que cuando el teléfono finalmente suena, el desierto de la espera ya ha cortado los hilos. Todo, todo por no estar distraídos.

                         Traducción de Elena Losada.

                         Publicado por Siruela. 

 

TODOS LOS ÁRBOLES ESTÁN DESNUDOS de Sam Shepard

El último relato de la colección El gran sueño del paraíso (Great dream of heaven, 2002), titulado Todos los árboles están desnudos, es un buen ejemplo de la narrativa de Sam Shepard: breves escenas, situaciones cotidianas, retratos de la vida de los norteamericanos en los que, entre líneas, adivinamos mucho más de lo que nos dicen las palabras, abiertas a diferentes interpretaciones.

        En este relato en concreto, asistimos al diálogo anodino y sin mucho sentido que mantiene una pareja, a través del cual, y gracias sobre todo a la última frase del narrador, vislumbramos el aburrimiento, la falta de comunicación, y el recuerdo de momentos pasados en los que los árboles estaban poblados de hojas. El relato tiene además para mí un encanto especial, ya que la conversación gira en torno al film El tercer hombre (The third man, 1949) de Carol Reed y, en especial, al plano que cierra la película, uno de los más hermosos del cine: Joseph Cotten espera en el camino a Alida Valli, espera su última oportunidad, ella pasa de largo sin mirarle, y todos los árboles están desnudos.

        “Sale de la habitación, bostezando y estirándose. Aprieto el mando y la televisión se apaga y se queda negra. Miro el camino por el que se ha alejado. El cielo se ilumina con relámpagos intermitentes a través de los grandes ventanales. Puedo ver el río tan claramente como si fuera de día. Se oyen truenos a lo lejos, en el valle. Huele a lluvia y a pescado. Los perros rascan la puerta delantera. Son cobardes cuando se trata de truenos. ¿Cuánto hace que la besé por primera vez y quién pretendía ser?”

              Traducción de Eugènia Broggi.

              Publicado por Anagrama.

PALABRAS INICIALES de Roberto Fontanarrosa

De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: “Me cagué de risa con tu libro.”

Aquí os dejo el inicio de uno de los relatos más divertidos de Roberto Fontanarrosa, un grande de la literatura cómica y de la literatura sin adjetivos. Quien quiera continuar riendo puede encontrar el relato en el libro Usted no me lo va a creer (2003) -uno de los últimos del autor, fallecido en 2007-, y de ahí pasar a cualquier otra de las obras del escritor argentino: diversión asegurada.

PALABRAS INICIALES

“Puto el que lee esto.”

        Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

        Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.”

                  Publicado por Ediciones de la Flor.

 

Literatura con balón (y 2): ARQUEROS, ILUSIONISTAS Y GOLEADORES de Osvaldo Soriano

Periodista, novelista, escritor de cuentos, futbolista en su juventud y seguidor de San Lorenzo de Almagro, el argentino Osvaldo Soriano escribió a lo largo de su vida un buen puñado de relatos con el deporte rey como protagonista. Recopilados en el libro Arqueros, ilusionistas y goleadores (1996), nos ofrecen una visión del fútbol muy alejada de la que impera hoy en día, atendiendo siempre a su lado más humano, entre lo cómico y lo nostálgico, mostrando generalmente las dificultades, la derrota y el olvido por encima de las victorias y el éxito. Por sus páginas desfilan los recuerdos del niño que comenzaba a dar patadas a un balón, los inicios del club San Lorenzo, las alucinantes aventuras del hijo del forajido Butch Cassidy como árbitro aficionado a punta de pistola, la derrota de Brasil ante Uruguay en el Mundial de 1950 recordada por el jugador uruguayo Obdulio Varela, las divertidas memorias del Míster Peregrino Fernández, el gol de Maradona con la mano en el Mundial del 86 ante Inglaterra, la crónica del penalti más largo del mundo (relato adaptado al cine en 2005 por Roberto Santiago, con Fernando Tejero como protagonista), y un largo etcétera.

        Mi preferido de entre todos estos relatos posiblemente sea el titulado Arístides Reynoso, la historia del goleador que, en su último partido y antes de hacer definitivamente las maletas, le marca a Boca el gol inolvidable con el que había soñado. Aquí os dejo un fragmento.

        “Años después mostraba con orgullo la cicatriz y juraba no haber abierto la boca para quejarse. No hizo otra cosa que levantarse y seguir porque la pierna lo sostenía todavía y Musimessi, el Arquero Cantor, ya salía a enfrentarlo. Eran tiempos del Glostora Tango Club: tipos de traje y gomina Brancato que escuchaban las charlas de Discépolo; damas y damitas con pollera hasta abajo de la rodilla. Una década insulsa que preludiaba las tormentas que cantarían Beatles y Stones. Cine, radioteatro, salón de té, hipódromo, tango… ¡Cuánto había que esperar a que las chicas se decidieran! ¡Cuánto amor y cuánto odio despertaban Evita y Perón! Todo eso y Arístides Reynoso que pisa el área con las valijas hechas y el pasaje comprado. Viene medio desacomodado y Musimessi ya abre el tren de aterrizaje, cae a sus pies con la camiseta que le marca las costillas. A Arístides le queda una sola: frenar de golpe, tirarla con los talones por encima de la espalda e ir a buscarla, si llega, por la rendija que se abre detrás del arquero. Siente el golpe en la rodilla, sabe de qué se trata, pero escapa y antes de caer por última vez en un estadio porteño, le pega de punta y cierra la valija.”

               Publicado por Seix Barral.

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