1793 de Niklas Natt och Dag

Comencé a leer 1793 (2017), como tantas otras novelas, sin apenas referencias: Estocolmo, finales del siglo XVIII, un asesino, dos investigadores y, en general, muy buenas críticas. Así pues, un poco a ciegas, no esperaba encontrarme más que un relato repleto de sangrientos asesinatos escrito con el suficiente oficio como para mantenerme enganchado durante unas pocas noches y, quizá, para ganarse el derecho a volver a ser leído en unos años, cuando mi ya maltrecha memoria hubiera olvidado el quién, el cómo y el porqué. Pero no, el debut literario de Niklas Natt och Dag no es simplemente otra novela de misterio entretenida, sino bastante más que eso; de hecho, cabe la posibilidad de que deje algo descolocado a más de un aficionado al género, de manera similar a como lo hizo en el cine Zodiac (2007), la obra maestra de David Fincher nunca suficientemente ponderada.

Patalea para acercarse al bulto. Al principio cree que estaba en lo cierto: no puede tratarse de un ser humano, deben de ser los despojos de un animal que habrán arrojado allí los mozos del carnicero y que, al expandirse sus tripas con los gases de la descomposición, ha terminado convertido en una especie de boya. Pero entonces el bulto gira y le muestra la cara.

No es un cadáver totalmente descompuesto, pero no tiene ojos: son unas cuencas vacías las que lo miran. No hay dientes tras los labios destrozados. Tan sólo el cabello conserva su lustre: la noche y el lago han hecho cuanto han podido por debilitar su color, pero es sin duda una melena rubia. Cardell intenta tomar aire, pero el agua le entra en la boca y lo hace atragantarse.

A pesar de resultar tremendamente adictivo, 1793 no es un texto de ritmo frenético, con sorpresas al final de cada capítulo, en el que el investigador de turno ha de detener a un asesino empapado en sangre. Nada de eso. En sus más de 400 páginas solo hay un asesinato, cometido, además, antes de que arranque nuestra lectura, y es la reconstrucción de dicho crimen, macabramente planificado, de las circunstancias en que se produjo y de la participación de quienes tuvieron relación con él lo que nos narra esta magnífica novela hasta, por supuesto, revelarnos la identidad del asesino y sus motivos.

Obra coral magistralmente estructurada, casi una crónica de sucesos en la que cobran gran importancia las circunstancias históricas, políticas y sociales y que se preocupa de reposar y detenerse en la descripción de ambientes, en diálogos inteligentes y sugerentes y hasta en la caracterización de sus secundarios, en absoluto funcionales, la ópera prima de Natt och Dag, primera parte de una anunciada trilogía, no solo entretiene sino que además deja poso, el que suele permanecer tras una atmósfera y unos personajes brillantemente escritos.

Bueno, señor Winge, si me disculpa, tengo más cosas que guardar antes de mi viaje. Ahora que lo he ayudado a dar con el rastro, sólo tiene que seguirlo hasta el bosque para encontrar a su presa. He notado cómo cambiaba su expresión: a mí no me engaña, ¡usted mismo es un lobo! He visto suficientes como para saberlo. Es un lobo o no tardará en convertirse en uno. Nadie puede correr con los lobos sin aceptar sus reglas. Tiene usted los colmillos y los ojos brillantes del depredador. Niega su sed de sangre, pero ésta emana de usted como si fuera un olor. Algún día tendrá los dientes manchados de sangre y sabrá que yo tenía razón. Su mordida será profunda. A lo mejor resultará ser el mejor lobo, señor Winge. Confío en que así sea. Buenas noches.

Traducción de Patricia Antón de Vez.

Publicada por Salamandra.

 

SONATA de Álvaro Mutis

Como la mayoría de los grandes escritores que cultivan tanto la prosa como el verso, el colombiano Álvaro Mutis es mucho más conocido por sus novelas, sobre todo por las siete cuyo protagonista es Maqroll el gaviero, que por sus estupendos poemas. Aquí os dejo “Sonata”, uno de mis preferidos, perteneciente al libro Los trabajos perdidos (1965).

SONATA

Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros,
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
cono tren en la noche de las páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que enjuta la fiebre de los ghettos.
A la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llegar hasta el fin de cada día.

NO ABRAS NUNCA ESA PUERTA (1952) de Carlos Hugo Christensen

En 1952, con apenas un mes de diferencia, el cineasta argentino Carlos Hugo Christensen estrenó dos películas basadas en relatos del gran escritor Cornell Woolrich (alias William Irish), contando en ambas con la colaboración del guionista Alejandro Casona, del músico Julián Bautista y del director de fotografía Pablo Tabernero. La primera, Si muero antes de despertar, no me parece gran cosa; la segunda, No abras nunca esa puerta, que adapta en dos episodios independientes los cuentos “Alguien al teléfono” “El pájaro cantor vuelve al hogar”, es una muestra extraordinaria del género negro que con toda seguridad sería más conocida y apreciada si se hubiera rodado en Hollywood.

En la primera de las historias, la más breve, Angel Magaña interpreta a Raúl, un tipo cuya hermana, adicta al juego, es acosada mediante continuas llamadas telefónicas por alguien a quien debe dinero. Tras el suicidio de la joven, Raúl intentará averiguar quién estaba al otro lado del teléfono para vengarse.

Sin apenas desarrollo de los personajes, el film resulta un magnífico ejercicio de manejo del misterio en torno a la identidad del autor de las llamadas y a la ciega búsqueda por parte del protagonista de alguien en quien consumar su venganza. Los diez últimos minutos y su final abierto, magistrales.

La segunda historia, cuya mayor duración le permite una mayor complejidad en la caracterización de sus protagonistas, nos traslada al hogar de Rosa (impresionante interpretación de Ilde pirovano), una anciana ciega que vive con su sobrina esperando que algún día regrese a casa su hijo, Daniel (Roberto Escalada), sin sospechar que este es el atracador del que tanto habla la radio, reconocible por su costumbre de silbar constantemente la misma canción. Tras el asalto a un banco, Daniel y sus dos compinches, a punto de morir uno de ellos, se refugian en casa de la anciana, pero esta no tardará en darse cuenta de quién es realmente su hijo.

En esta ocasión, brillan en mayor medida la puesta en escena de Christensen y la fotografía de Tabernero, que sacan el mayor partido posible al espacio cerrado, a la oscuridad y al hecho de que sea un personaje ciego quien tenga que hacerse con los mandos de la situación, como ya habíamos visto en A 23 pasos de Baker Street (23 Paces to Baker Street, 1956), de Henry Hathaway, en Sola en la oscuridad (Wait Until Dark, 1967), de Terence Young, o en Terror ciego (Blind Terror, 1971), de Richard Fleischer. A destacar la secuencia, repleta de tensión, en que Rosa entra en las habitaciones de los dos atracadores mientras duermen, les quita las armas y los encierra y el portentoso final entre las sombras, con sorpresa incorporada.

 

LA PATA DE MONO de W. W. Jacobs y su presencia en el cine (y 2)

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-Pídelo -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso -balbuceó.

-Pídelo -repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de ahí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer, que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta apagarse, proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Entre los muchos largometrajes que han incorporado ideas de La pata de mono, hay dos no demasiado conocidos que, sin ser en absoluto magistrales, son interesantes y entretenidos y muestran dos formas muy distintas de inspirarse en el relato de Jacobs. El primero es mexicano, lo dirigió Benito Alazraki en 1962 y se titula Espiritismo, título que ya indica claramente por dónde van los tiros. Cuenta la historia de un matrimonio que se une a un grupo espiritista y acaba por convencerse de la posibilidad de comunicarse con el más allá. Como están desesperados por la mala situación económica que pasan por culpa del ruinoso negocio de su hijo, la mujer arrastra al marido a pedir ayuda al diablo, quien les envía un emisario con un amuleto que les concederá tres deseos. Tras conseguir el dinero gracias al primero, son informados de la muerte de su hijo en un accidente. La madre entonces convence al marido de que pida al amuleto el regreso de su hijo y, finalmente, el arrepentido esposo pide como tercer deseo que el resucitado vuelva a la tumba.

El film de Alazraki, por tanto, incorpora en su parte final la práctica totalidad del relato, solo que con un par de variantes además de que el amuleto provenga directamente del diablo: por un lado, en lugar de una pata de mono el matrimonio se encuentra con un brazo humano; por otro, en esta ocasión sí vemos al hijo regresado de entre los muertos; por cierto, con bastante mal aspecto.

La segunda película es la estadounidense Crimen en la noche (Dead of Night, 1974), de Bob Clark, el director de la magistral Asesinato por decreto (Murder by Decree, 1979). Aquí nos encontramos con un matrimonio al que informan de que su hijo ha muerto en Vietnam y que, tras los ruegos de la desesperada madre, ve cómo el presuntamente fallecido regresa una noche a casa, aunque con un carácter bastante cambiado. Tras unos horribles crímenes, el padre se irá dando cuenta de que su hijo es en realidad un zombi que necesita sangre humana para sobrevivir.

Como vemos, en esta ocasión La pata de mono solo deja su huella de forma muy tenue y al principio de la película, en el regreso del hijo muerto gracias al deseo de su madre, pero esta vez sin amuletos de por medio. Lo que sigue es una metáfora en clave de terror de la situación en que quedaban los jóvenes soldados que volvían de Vietnam, a los que compara con muertos vivientes.

 

 

LA PATA DE MONO de W. W. Jacobs y su presencia en el cine (1)

Aunque se dedicó principalmente al género humorístico, el nombre de William Wymark Jacobs sigue siendo recordado gracias, sobre todo, a un breve y casi perfecto relato de terror titulado La pata de mono” (The Monkey’s Paw). Publicado originalmente como parte de la colección de cuentos The Lady of the Barge (1902), ha sido incluido posteriormente en multitud de antologías de literatura fantástica y reconocido como una de las obras maestras del género. Su moraleja: “Ten cuidado con lo que deseas, porque puede convertirse en realidad”.

Sus protagonistas, el matrimonio White y su hijo Herbert, reciben una noche la visita del sargento mayor Morris, un amigo del señor White que ha vivido durante muchos años en la India. El tal Morris trae consigo un recuerdo aparentemente mágico: una pata de mono momificada a la que se le pueden pedir tres deseos. A pesar de las advertencias del sargento de que les puede traer graves consecuencias, los White deciden quedarse la pata sin creer demasiado en sus poderes; aun así, antes de acostarse, casi como un juego deciden pedir, como primer deseo, doscientas libras. Al día siguiente, comprueban el terrible poder de la pata de mono: un enviado de la fábrica en la que trabajaba Herbert les comunica que su hijo ha fallecido y que la empresa, en reconocimiento a sus servicios, les da doscientas libras. Días después de enterrar a Herbert, la señora White, presa del dolor, convence a su marido de que pida un segundo y macabro deseo: que su hijo vuelva a la vida. Horas después, oyen unos golpes en la puerta…

-Un viejo faquir le dio poder mágico -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió: la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

El relato de Jacobs ha sido adaptado de manera más o menos fiel en muchas ocasiones, generalmente en breves películas destinadas a la televisión. Otras veces, algunos elementos de la historia han sido utilizados, por no decir saqueados, como parte del argumento de largometrajes. Entre las primeras, hay dos que están francamente bien: La zarpa (1967), uno de mis episodios preferidos de las estupendas Historias para no dormir, creadas por Narciso Ibáñez Serrador, y The Monkey’s Paw (2010), dirigida por Ricky Lewis Jr., que posee la atmósfera más terrorífica de cuantas versiones he visto y que añade un atractivo prólogo sobre el origen del ominoso amuleto.

CRIMEN Y CASTIGO (1970) de Lev Kulidzhanov

De todas las obras de Fiódor Dostoievski, probablemente sea Crimen y castigo (Prestuplenie i nakazanie,1866) la más conocida y la que mayor presencia haya tenido en el cine, ya sea como fuente de inspiración de argumentos originales, caso, por ejemplo, de la soberbia Match Point (2005), de Woody Allen, ya sea en adaptaciones más o menos fieles de la novela. De estas últimas, he podido ver la firmada por Robert Wiene en 1923, de estilo muy similar al de El gabinete del doctor Caligari (Das Kabinett des Dr. Caligari, 1920); la francesa de Pierre Chenal y la estadounidense de Josef von Sternberg, ambas estrenadas en 1935, que no están mal; la versión mejicana dirigida por Fernando de Fuentes en 1951, que es la que más se aparta del texto original y la que destaca más el elemento religioso, ya presente en la novela, y la soviética de Lev Kulidzhanov, que algunas fuentes datan en 1970 y otras, en 1969 y que me parece la mejor de todas.

Con guion del propio Kulidzhanov y de Nicolai Figurovsky y con casi tres horas y media de duración, que a los amantes de Dostoievski y del buen cine no se les harán largas, Crimen y castigo nos lleva de nuevo a la conocidísima historia de Rodión Románovich Raskólnikov (interpretación impresionante de Georgi Taratorkin), el estudiante sumido en la pobreza que, amparado en sus peregrinas razones de superioridad moral, asesina a la usurera con la que tiene tratos y, al sorprenderle en el lugar del crimen, a la hermana de esta y que desde ese momento se verá acuciado por las dudas respecto a sus ideas y por los remordimientos. Junto a él, entre otros personajes, Sonia (Sofía) Semiónovna, la joven prostituta de la que se enamora y a la que confiesa su crimen; Arkadi Ivánovich Svidrigáilov, pretendiente de la hermana de Raskólnikov y figura turbia y ambigua como pocas, y, sobre todo, el juez de instrucción Porfirii Petróvich (Innokenti Smoktunovski), cuyas conversaciones con Raskólnikov protagonizan algunos de los mejores momentos de la novela y de la película. Creaciones todas ellas fascinantes, complejas y enormemente humanas, como la mayor parte de las que surgieron de la imaginación del genial escritor ruso.

A pesar de que, siendo exigentes, a esta Crimen y castigo se le puede achacar cierta blancura académica, cierta falta de genialidad y de personalidad en su puesta en escena, quizá debidas al excesivo respeto por el texto original, lo que resulta innegable es la fuerza de sus imágenes -tremendas, sobre todo, la secuencia del doble asesinato y la de la confesión de Svidrigáilov a Dunia, la hermana de Raskólnikov, hacia el final del film-, conseguida sobre todo gracias a un sobresaliente elenco de actores y actrices y a la fotografía de Vyacheslav Shumsky, que la sitúa, en mi opinión, a pocos pasos de la obra maestra y hace de ella la mejor forma que nos haya dado el cine de acceder a una de las grandes historias de la literatura.

 

 

NOCHE DE RONDA de Luis Alberto de Cuenca

Hoy os dejo uno de mis poemas preferidos de Luis Alberto de Cuenca.

NOCHE DE RONDA

En otro tiempo hubieras empleado la noche

en hablarle de libros y de viejas películas.

Pero ya eres mayor. Ahora sabes que a ellas

les aburren los tipos llenos de nombres propios,

que tu bachillerato les tiene sin cuidado.

De modo que le dejas tomar la iniciativa,

desconectas y finges que escuchas sus historias,

que invariablemente -recuerdas de otras veces-

versan sobre el amor, los viajes, la dietética,

su familia, el verano, la buena forma física,

el más allá, las drogas y el arte postmoderno.

De cuando en cuando asientes, recorriendo sus ojos

con los tuyos, rozando levemente sus muslos,

y elevas a los cielos una angustiosa súplica

para que aquella farsa termine cuanto antes.

Pasarán, sin embargo, todavía unas horas

hasta que, ebria y afónica, se abandone en tus brazos

y obtengas la victoria pírrica de su cuerpo,

que, pese a los asertos de tres o cuatro amigos,

será muy poca cosa. Y, cuando esté dormida,

saldrás roto a la calle en busca de una taza

de café gigantesca, maldiciendo las copas

que arruinaron tu hígado en la estúpida noche

y pensando que, al cabo, merece más la pena

no comerse una rosca y hablarles de tus libros,

amargarles la vida con Shakespeare y con Griffith.

O buscarse una sorda para que nada falte.

 

 

El wéstern mexicano (y 2): TIEMPO DE MORIR (1966) de Arturo Ripstein

Es de sobras conocido que el estreno de Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), de Sergio Leone, trajo consigo un cambio radical en la manera de ver el wéstern en la práctica totalidad de cinematografías que cultivaban el género. La mexicana, desde luego, no fue una excepción, así que a finales de los 60 y principios de los 70 proliferaron en ella los wésterns cuya estética estaba claramente influida por el spaghetti cocinado en Italia. Por desgracia para el espectador curioso, la mayoría de estos films podemos dividirlos entre los malos y los muy malos; aunque, mirando el lado positivo, alguno de ellos alcanza tal grado de delirio que puede provocarnos involuntariamente unas cuantas carcajadas. Como ejemplo, Cinco mil dólares de recompensa (1972), de Jorge Fons, una de las películas más divertidas, a su pesar, que he visto.

Afortunadamente, antes de que la moda italiana dominara las pasarelas al sur de Río Bravo aún se rodaron algunos wésterns que conservaban intacto el sabor a pulque. Uno de ellos es Tiempo de morir, la sorprendente y magistral ópera prima que filmó Arturo Ripstein a sus 21 años a partir de un guion escrito por Gabriel García Márquez -atención a las similitudes entre esta historia y la de su novela Crónica de una muerte anunciada (1981)- y Carlos Fuentes, que conoció una segunda y también estupenda adaptación en 1985, de la mano del cineasta colombiano Jorge Alí Triana. En cuanto a tema y argumento, la película de Ripstein comparte mesa y mantel con Los hermanos Del Hierro, esto es, también la venganza es aquí el motor del drama y también la fatalidad y el destino juegan un papel fundamental; pero su estilo y su tono, en cambio, son muy diferentes.

En Tiempo de morir el protagonista es Juan Sáyago (estupendo Jorge Martínez de Hoyos, a quien el espectador recordará como líder de los campesinos en Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960), de John Sturges), un hombre que regresa a su pueblo tras cumplir una condena de 18 años en la cárcel por haber asesinado a Raúl Trueba. Su intención es reformar su casa, recuperar el amor de Mariana Sampedro (Marga López) y vivir en paz; pero los hijos de Trueba, unos niños cuando murió su padre, lo esperan para vengarse. El más joven conoce por casualidad a Sáyago antes de saber que es la persona a la que esperan y, poco a poco, llega a admirarle, y tanto él como su hermano se enteran de cómo fue realmente el enfrentamiento entre su padre y Juan; pero aun así los tres hombres, aunque son conscientes de que ya no tiene ningún sentido, acudirán a una cita que, tras tantos años aguardándola, les resulta inevitable.

Wéstern modesto pero enorme, filmado con apabullante sencillez y contundencia por una cámara que se permite pocos adornos para que el peso recaiga en los personajes, el film de Ripstein está recorrido todo él por un tono crepuscular de serena melancolía y habitado por un inolvidable protagonista que ya ni siquiera va armado y que necesita lentes para poder ver bien, pero que se verá forzado a recurrir, por última vez, a la violencia. Imposible que quien la haya visto pueda olvidar su secuencia final y su sorprendente, desmitificador y bellísimo último fragmento, que cae como una losa sobre el espectador y que resume por sí solo buena parte de la poética del género.

 

 

 

 

 

 

 

El wéstern mexicano (1): LOS HERMANOS DEL HIERRO (1961) de Ismael Rodríguez

Mientras vuelve a casa a caballo con sus dos pequeños hijos, Reynaldo del Hierro es asesinado a traición por Pascual Velasco. Desde ese momento, la viuda solo vivirá para insuflar sus deseos de venganza en los dos niños e incluso llegará a contratar a un famoso pistolero para que los adiestre en el manejo de las armas. Con el paso de los años, mientras Martín, el más joven, se convierte en un loco asesino fiel reflejo del odio de su madre, Reynaldo, el mayor, intentará olvidar la venganza y vivir en paz, pero su destino se verá irremediablemente ligado al de su hermano, tanto en el amor de ambos por la misma mujer como en la muerte.

Además de ser considerado generalmente el mejor wéstern de la cinematografía mexicana y de llegar incluso a ser incluido, con justicia, en alguna lista de los 50 imprescindibles de la historia del cine, Los hermanos del Hierro es uno de los más complejos que he visto, hasta el punto de que en cada visionado nos sorprende con nuevos detalles argumentales y visuales que se nos habían pasado por alto y que enriquecen el desarrollo de la historia y la caracterización de sus personajes. Me parece también el que más y más claramente bebe de las fuentes de la tragedia griega; en este aspecto, ni siquiera Pursued (1947), dirigido por Raoul Walsh y escrito por Niven Busch, que quizá sea el wéstern estadounidense en el que mejor se aprecia dicha influencia, se le puede comparar.

Para contarnos esta historia de venganza -tema capital del wéstern mexicano-, en la que el viento y la aridez del paisaje devienen en reflejo de la psicología de los protagonistas, personajes encadenados a la fatalidad, Ismael Rodríguez lleva a cabo un despliegue abrumador de ideas de puesta en escena que casi siempre actúa en función y en beneficio del drama y que hace del film un barroco ejercicio de autor nada común en el género; para entendernos, se situaría mucho más cerca del estilo de Orson Welles que del de Howard Hawks.

Un uso de la elipsis abrupto y sin complejos, pero que nunca dificulta el seguimiento de la historia; una fotografía de interiores (la casa familiar, la cárcel) que remite al cine de terror; el paso del presente al pasado, el flash-back, mostrado dentro de un mismo plano mediante un travelling; los primeros planos iluminados de la cara de Martín cuando pierde el control de sí mismo; el plano subjetivo del revólver empuñado, quizá inspirado en uno similar de  Forty Guns (1957), de Sam Fuller, o el del rostro de la madre -ese personaje inolvidable que parece sacado de una tragedia de Eurípides, como una Medea o una Electra-, oscurecido, mientras escuchamos sus pensamientos, que es uno de los momentos cinematográficos más terribles que recuerdo y que forma parte de unos cinco minutos finales que cierran el film de manera bellísima, incomparable… Son solo algunos de los mil detalles visuales que podemos encontrar en esta sorprendente obra maestra.

Con un reparto que incluye a varias de las principales figuras de la época, como Antonio Aguilar, Julio Alemán, Columba Domínguez, Emilio Fernández, Pedro Armendáriz o Ignacio López Tarso; con guion del propio Ismael Rodríguez y Ricardo Garibay, y con fotografía de Rosalío Solano, Los hermanos del Hierro es una película reverenciada en México cuyo argumento ha sido repetido posteriormente en no pocos wésterns mejicanos, italianos y españoles. Lo poco vista que ha sido en nuestro país demuestra el desconocimiento casi absoluto -a excepción de las películas de Buñuel- que tenemos de una cinematografía repleta de sorpresas para el espectador curioso.

 

 

 

 

 

EL HOMBRE QUE CAYÓ EN LA TIERRA de Walter Tevis

Era humano, pero no propiamente un hombre. También, como el hombre, era susceptible al amor, al miedo, al intenso dolor físico y a la compasión de sí mismo.

A estas alturas cualquier lector sin (demasiados) prejuicios sabe que tras la etiqueta “de género” podemos encontrar tan buena literatura como en las novelas que no llevan incorporada dicha etiqueta y que tienen más facilidad para ganarse el prestigio académico. Aunque a sus autores difícilmente les vayan a dar un Nobel, las obras maestras del wéstern, el policíaco, el terror o la ciencia-ficción, cada una con sus señas de identidad propias y tan reconocibles para sus aficionados, nos han hablado de los mismos temas que sus hermanas “más importantes” y lo han hecho con la misma intensidad y la misma belleza. Como siempre, todo depende del talento de quien se ponga a ello. Paradógicamente, en un arte mucho más joven como es el cine, hace ya tiempo que se sabe que las grandes películas de Ford, Mann o Hitchcock no son solo meros entretenimientos y que han de analizarse con la misma profundidad que las de Bergman, Fellini o Dreyer.

En El hombre que cayó en la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1963), el gran Walter Tevis nos contó la historia del extraterrestre, procedente del planeta Anthea, Thomas Jerome Newton, uno de los personajes más fascinantes de la ciencia-ficción. Tras una devastadora guerra en su planeta, Newton, de apariencia y sentimientos prácticamente humanos, aterriza en la Tierra con el objetivo de conseguir dinero para construir una nave en la que transportar a nuestro planeta a los pocos antheanos sobrevivientes. Gracias a su inteligencia superior, creará inventos revolucionarios que le harán ganar una gran fortuna, destinada a llevar a cabo sus planes; pero no tardará en darse cuenta de que tendrá que pagar un gran peaje por convertirse en un hombre.

Con este argumento, es lógico que encontremos la novela en la estantería de la ciencia-ficción, pero El hombre que cayó en la Tierra es muchísimo más que eso. Es un texto ambiguo -desde su mismo título, mucho menos simple de lo que parece-, alegórico y conmovedor sobre la ambición y el fracaso, sobre la alteridad y el desarraigo, sobre una sociedad que nos devora y que nos muestra todas nuestras debilidades y, ante todo, sobre la invencible soledad del hombre entre la multitud. Es una obra maestra de la literatura que se sitúa más allá de los géneros y que mal harían dejándola escapar los lectores por la simple razón de no ser demasiado aficionados a las historias con naves espaciales. Una pena que la adaptación al cine que dirigió Nicolas Roeg y protagonizó David Bowie, estrenada en 1976, no estuviera, ni mucho menos, a su altura.

Se contempló a sí mismo largo rato, y luego empezó a llorar. No sollozaba, pero de sus ojos brotaban lágrimas -lágrimas exactamente iguales que las lágrimas de un humano- que se deslizaban por sus enjutas mejillas. Estaba llorando de desesperación.

Después se habló en voz alta, en inglés:

-¿Quién eres tú? -dijo-. ¿Y a qué lugar perteneces?

Su propio cuerpo le devolvió la mirada; pero él no pudo reconocerlo como suyo. Le resultaba extraño y espantoso.

Fue en busca de otra botella. La música se había interrumpido. Un anunciante estaba diciendo: “… salón de baile del Hotel Seelbach en el centro de Louisville, captado para usted en Worldcolor: las mejores películas y revelados en fotografía…”. Newton no miró a la pantalla; estaba abriendo la botella. Una voz de mujer empezó a hablar: “Para almacenar recuerdos de las próximas vacaciones, de los niños, de las tradicionales comidas familiares del Día de Acción de Gracias y Navidad, no hay nada mejor que las fotografías en Worldcolor, llenas de resplandeciente vida…”.

Y en el sofá, Thomas Jerome Newton yacía ahora bebiendo, con su botella de ginebra abierta, sus dedos sin uñas temblando, sus ojos gatunos vidriosos y mirando fijamente al techo con angustia…

Traducción de José María Aroca.

Publicada por Editorial Contra.