LA ÚLTIMA GALOPADA de Thomas Eidson

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Paralelamente a la recuperación de los grandes clásicos del wéstern literario como Alan Le May, Dorothy M. Johnson o James Warner Bellah, la editorial Valdemar ha tenido la feliz idea de presentarnos a Thomas Eidson, uno de los más reconocidos autores contemporáneos del género. Para ello ha escogido su segunda y estupenda novela, La última galopada (The Last Ride, 1995), llevada al cine en 2003 por el habitualmente impersonal y sosainas Ron Howard. Protagonizada por Tommy Lee Jones y Cate Blanchet, Desapariciones (The Missing) resultaba un puro entretenimiento simplificador de la novela que apuntaba directamente a sus componentes de acción, aventura y terror.

Los acontecimientos que narra La última galopada nos sitúan en Nuevo México en 1886. Mientras Brake Baldwin, 516Ln0Uj6ZL._SX337_BO1,204,203,200_sentado frente a su rancho, lee en un periódico que “El Salvaje Oeste ha muerto”, se acerca a su rancho un anciano jinete fantasmal, un enorme hombre blanco vestido como un apache que pregunta por el hogar de los Baldwin. Brake le ofrece acogida, pero su esposa Maggie, al ver al anciano, se comporta de manera extraña y solo accede a que se quede un par de días en el establo y después se vaya. Sin embargo, cuando una partida de apaches secuestra a su hija mayor y deja malherido a Brake, Maggie no tendrá más remedio que aceptar la ayuda del extraño visitante para perseguir a los indios, dando comienzo así un largo y sangriento itinerario durante el cual iremos conociendo la oculta relación entre los dos protagonistas, a la par que sabremos que aquel titular del periódico con que comenzaba la novela distaba mucho de estar en lo cierto.

Habitada por varios personajes de los que dejan huella, como el large_tKDKvntptlj36WUTzm9Bl3N9bpkanciano jinete Samuel Jones, el mejicano Mannito, el sheriff John o el terrorífico líder de los apaches, y repleta de fragmentos de gran literatura violenta, tensa y misteriosa, La última galopada probablemente pierde fuerza cuando nos da excesivas explicaciones sobre los personajes y cuando resulta redundante al tratar la lucha entre la fe del cristianismo y la magia del paganismo, pero en sus mejores páginas, que son muchas, consigue que regresemos en parte al argumento de Centauros del desierto -a la novela de Le May y al film de John Ford- y que volvamos a sentir la atmósfera opresiva de películas como La noche de los gigantes (The Stalking Moon, 1968), de Robert Mulligan, o La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), de Robert Aldrich.

-Buenas noches -dijo Baldwin.

El hombre asintió. Los ojos de Baldwin se movían lentamente sobre él. Era viejo, probablemente de unos setenta años, y grande, casi dos metros de altura, muy delgado pero con algo de barriga. Era imposible saber si era blanco o mestizo. En otro tiempo debió de tener la complexión de un toro salvaje… ahora era todo huesos, crestas y valles. Su rostro curtido se había tostado oscureciéndose a un tono ocre y parecía remendado con trozos de arcilla húmeda que no encajaban unos con otros totalmente; su pesada nariz estaba rota, tal vez en más de una ocasión, y parecía cansado o borracho, o ambas cosas. Su atuendo era extravagante: fronterizo, indio y mexicano. La gente había dejado de vestir así hacía al menos cuarenta años. Los ojos de Baldwin regresaron a las facciones brutales del rostro del hombre.

Un pequeño terrier negro y blanco, del tamaño de un sacabotas, estaba posado sobre la grupa del caballo con el pelo ondeando al viento tormentoso, haciéndole parecerse al perro del circo que Baldwin vio en una ocasión. Sin previo aviso dio un salto en el aire, se desplomó sobre el suelo y luego trotó nerviosamente alrededor de las piernas del ranchero -justo fuera del alcance de una patada- gruñendo como si pesara cien libras en lugar de diez.

-¿Muerde? -aulló Baldwin levantando la voz sobre el creciente rugido de la tempestad.

El anciano asintió otra vez, revelándose ante los ojos de Baldwin durante unos segundos como un demonio que galopaba en aquel oscuro viento.

Traducción de Marta Lila Murillo.

Publicada por Valdemar.

ROSY & JOHN de Pierre Lemaitre

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Antes de abrirse las puertas del Premio Goncourt en el año 2013 con Nos vemos allá arriba (Au revoir là-haut), ambientada en la Primera Guerra mundial, el escritor parisino Pierre Lemaitre ya era un reconocido y premiado autor de novelas policiacas, varias de ellas protagonizadas por el comandante Camille Verhoeven. Rosy y John (2013), la más breve de la serie con apenas 150 páginas, tiene su origen en un folletín por episodios titulado Les Grands Moyens (2011), un encargo destinado a ser leído en smartphone, lo cual influye ya no solo en su brevedad, sino también en su estructura y en su endiablado ritmo.

En esta ocasión, Verhoeven se enfrenta a un joven que, tras hacer estallar un obús en plena calle, se entrega a la policía y les avisa de que hay otros seis programados para explotar. La condición para señalarles la situación de los obuses, que liberen a su madre, encarcelada por el asesinato de la novia del joven, y que les embarquen en un avión rumbo a Australia tras entregarles cuatro millones de euros. Tras este planteamiento, en el que entramos sin prolegómenos de ningún tipo, la novela nos mete de cabeza en una frenética carrera contra el reloj con sorpresas a cada vuelta de página, en la que John manipula a la policía y Lemaitre a nosotros en un juego del ratón y el gato que va sembrando dudas en torno a las intenciones reales del detenido.

Sin florituras estilísticas ni digresiones innecesarias que entorpezcan su ritmo, Rosy y John es una estupenda lectura para una noche veraniega de insomnio que además -cosa que, por desgracia, no siempre sucede en el género- nos reserva un magnífico final a la altura del resto de la novela.

La explosión tiene lugar a cincuenta metros. Por mucho que se lo esperase, le asombra su potencia. Se queda con la boca abierta, y en su rostro se leen a la vez la admiración y la ansiedad.

La detonación abofetea a los clientes del café y hace temblar el suelo como si, bajo sus pies, el metro hubiese sido sustituido de repente por un tren de alta velocidad. Las mesas se tambalean, los vasos vibran y se derraman, y harán falta varios segundos para que las miradas de estupefacción se vuelvan en la dirección correcta. Será en ese mismo instante cuando el andamio se ponga en movimiento para derrumbarse con un terrible estruendo.

El joven se levanta y se marcha sin pagar la consumición, aunque nadie va a reparar en ello. Da unas cuantas zancadas y se dirige al metro, que está lejos.

Llamémosle Jean. De hecho se llama John, pero esa es una larga historia. Se hace llamar Jean desde la adolescencia, ya volveremos a ello más adelante. Por el momento, pues, Jean.

La bomba ha funcionado aceptablemente. Según sus cálculos, es para estar satisfecho. Aunque albergue dudas sobre el alcance final de la operación, tendría que dar sus frutos.

Los supervivientes intentan ayudar a las víctimas. Jean se mete en el metro.

Él no va a ayudar a nadie. Él es quien ha puesto la bomba.

Traducción de Juan Carlos Durán Romero.

Publicada por Alfaguara.

LA CALLE SIN NOMBRE (1948) de William Keighley

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Es comprensible que al encontrarnos ante cierto tipo de cine cuya principal finalidad es hacer propaganda de la infalibilidad del F.B.I se nos disparen las alarmas y optemos por pasar de largo; pero, como por encima de los dudosos propósitos siempre está el talento de los que hacen las películas, una vez superados los prejuicios podemos encontrarnos con obras más que dignas e incluso estupendas que, de paso, pueden ayudarnos a ver la evolución del policiaco americano a lo largo de los años, desde el cine de gánsters en que se situaría G Men contra el imperio del crimen (G Men, 1935) de William Keighley, pasando por el cine de espías en lucha contra los nazis de La casa de la calle 92 (The House of 92nd Street, 1945) de Henry Hathaway, hasta la adopción de ciertos elementos del cine negro que podemos observar en La calle sin nombre (The Street with no Name), también dirigida por Keighley.

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La calle sin nombre, mi preferida, comparte con las otras dos, además de la exaltación de la labor del F.B.I, ciertos aspectos documentales con los que se pretende hacer más reales y creíbles la historia y la propaganda, la presencia del secundario Lloyd Nolan en el papel de uno de los agentes y el elemento argumentativo de la infiltración de un “topo” de los servicios secretos en la banda criminal de turno, aquí interpretado por Mark Stevens. Pero, por otro lado, en ella coinciden determinados elementos que la enriquecen hasta situarla muy por encima de lo que suele ser habitual en este cine al servicio de la causa.

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Tanto la planificación de un Keighley especialmente inspirado que no se conforma con el encuadre más sencillo como la fotografía de puro cine negro a cargo de Joseph MacDonald, que deslumbra en las abundantes escenas donde la oscuridad se rompe solo al encenderse una cerilla o una linterna, y el complejo guion original de Harry Kleiner, que se preocupa de que los malos no sean meras caricaturas y de dar empaque a los estupendos secundarios, hacen de La calle sin nombre un film repleto de una ambigüedad ante la que la mera lucha de las autoridades contra el crimen se va difuminando. Y como guinda del pastel, un Richard Widmark que llena la pantalla interpretando a Stiles, el jefe de los criminales, un tipo inteligente y cruel de tintes homosexuales sutilmente mostrados que supone una evolución a partir del tarado que empujaba ancianas inválidas por las escaleras en El beso de la muerte (Kiss of Death, 1947) de Hathaway.

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Editada por Fox.

 

 

 

 

RECUERDO DE UNA NOCHE (1940) de Mitchell Leisen

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Recuerdo de una noche (Remember the Night) nos cuenta la historia de una ladrona llamada Lee (Barbara Stanwyck) cuyo juicio se aplaza por las fiestas navideñas. El fiscal del distrito, Jack Sargent (Fred MacMurray) se apiada de ella y, tras pagar su fianza, la acompaña a casa de su madre. Ante el rechazo de esta, Jack decide llevarse a Lee a pasar la Navidad y la Nochevieja con su propia familia.

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Respondiendo a una de las características más reconocibles del cine de Leisen -la mezcla de diferentes géneros en una misma película con sorprendente fluidez-, Recuerdo de una noche comienza siendo, hasta la visita a la madre de Lee, una divertidísima comedia marca de la casa de su guionista Preston Sturges y en su último tercio, cuando Lee ha de pasar finalmente cuentas con la justicia, pasa a adquirir un tono más serio y oscuro de drama romántico, en el que brilla especialmente la fotografía de Ted Tetzlaff.

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En medio, las escenas junto a la madre y la tía de Jack (Beulah Bondi y Eizabeth Patterson), una pareja de ancianas entrañables que hacen pasar a Lee las mejores Navidades de su vida, y la fiesta de Nochevieja en el granero del pueblo, que acabará por unir para siempre al abogado y la ladrona rehabilitada gracias al espíritu navideño, acaban de redondear un film repleto de buenas intenciones hollywoodienses pero también de esa maravillosa inocencia recreada a base de talento cinematográfico a la que nunca nos cansamos de regresar.

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Editada por Impulso.

¡FELIZ 2016 PARA TODOS!

LA LEYENDA DEL SANTO BEBEDOR (1988) de Ermanno Olmi

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coverLa breve novela La leyenda del santo bebedor (Die Legende vom heiligen Trinker, 1939), testamento literario de Joseph Roth, nos cuenta la historia de Andreas, un vagabundo de buen corazón que duerme bajo los puentes de París al que un singular anciano le ofrece doscientos francos con la condición de que, el día que pueda, vaya a la iglesia y se los ofrende a Santa Teresa de Lisieux. Tras aceptar el dinero y darle al desconocido su palabra de honor, Andreas se convertirá en el protagonista de una serie de sorprendentes situaciones, extrañas coincidencias y encuentros con varios personajes, algunos regresados del pasado, que dificultarán de diversas maneras el cumplimiento de su palabra.

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Ganadora del León de Oro en Venecia, La leyenda del santo bebedor (La leggenda del santo bevitore) es una adaptación bastante fiel a la novela dominada de arriba abajo por la habitual elegancia en la puesta en escena de Ermanno Olmi, que opta por darle al film un tono de serena tristeza alejado de dramatismos, al que contribuyen los pequeños flashbacks que nos muestran, sin apoyarse en la palabra, el pasado de Andreas (impresionante interpretación de Rutger Hauer) y el porqué de su situación actual.

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El París que recorremos de la mano de nuestro protagonista -las tiendas, los hoteles, las calles nocturnas y, por supuesto, los cafés y las tabernas- tiene algo de irreal, de sueño pintado por la fotografía de Dante Spinotti en el que van apareciendo los figurantes que acompañarán a Andreas en sus últimos días, los que vuelven del pasado -la mujer de la que se enamoró y que causó indirectamente su desgracia, el célebre boxeador amigo de la infancia, el compañero de trabajo en la mina- y los recién llegados a su vida -el extraño que le ofrece los doscientos francos (Anthony Quayle); el sastre que le da trabajo fiándose de él sin garantías y le paga, precisamente, doscientos francos; la joven bailarina que le acompaña durante dos días con sus noches-, personajes que parecen existir solo en esos momentos que comparten con Andreas antes de su último acto de honradez y de su muerte, como si le fuera otorgada, por un lado, la posibilidad de recuperar lo bueno de su pasado y, por otro, la de merecer, por última vez, la confianza de un buen hombre y la compañía de una joven bonita.

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Obra maestra sobre la redención más íntima y personal, sobre la segunda oportunidad para los abandonados de sentirse persona y disfrutar de nuevo brevemente de lo que no debería negársele a nadie, religiosa y mística en el más amplio sentido, La leyenda del santo bebedor nos guarda para su parte final una larga secuencia sin diálogos de cine descomunal, la que nos muestra las últimas horas que pasa Andreas, antes de realizar, por fin, su ofrenda, en la taberna donde se refugia habitualmente junto a otros vagabundos. Pocas veces el cine nos ha hecho sentir tan intensamente la amenaza del frío, el viento y la lluvia tras unos cristales, el calor acogedor de una pequeña estufa, la soledad de unas personas que comparten abrigo sin dirigirse la palabra, la compañía del abundante vino por el que una pareja de ancianos le devuelve a Andreas la imagen de sus padres y este les muestra el reloj que le dieron al dejar su hogar y que aún conserva… Solo por ese fragmento inolvidable, Olmi debería tener reservado un rinconcinto en los altares del cine.

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Editada por Videohits.

¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!

 

MENSCHEN AM SONNTAG (1930) de Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer

Los_hombres_del_domingo-691848423-largeUnos años antes de abandonar Alemania a causa de la llegada al poder del partido nazi, Fred Zinnemann, Robert y Curt Siodmak, Edgar G. Ulmer y Billie (Billy) Wilder colaboraron en la realización de una película muda difícilmente clasificable que mostraba, a caballo entre la realidad y la ficción, la vida cotidiana de los berlineses de la época. Titulada Menschen am Sonntag, es conocida actualmente en español como Gente en domingoHombres en domingoLos hombres del domingo. Oficialmente, Robert Siodmak y Ulmer se encargaron de la dirección, Wilder y Curt Siodmak del guion y Zinnemann de la fotografía, aunque resulta imposible, como es lógico, dilucidar dónde empezaban y acababan las funciones de cada uno.

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Interpretada por actores y actrices no profesionales, la película se desmarca del trágico pesimismo expresionista que aún imperaba en el cine alemán y recurre a un nuevo realismo luminoso y humanista para mostrarnos cómo pasan un caluroso domingo de verano los habitantes de Berlín, centrándose en la ficticia historia de dos chicos y dos chicas que hacen una excursión a un lago durante la que los coqueteos, las bromas y la alegría por sentirse aún lejos de la rutina del lunes van dando paso al deseo, los celos y la tristeza.

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Estamos pues ante un film que probablemente estaba llamado a abrir nuevas vías en la cinematografía de su país, un eslabón por fortuna no perdido del cine europeo que descubrió a un grupo de grandes cineastas y cuya influencia, si no en el cine alemán posterior, quizá sí se pueda rastrear en el cine francés de los años 30 -por ejemplo, en la breve filmografía de Jean Vigo o en la obra maestra de Jean Renoir Una partida de campo (Une partie de campagne, 1936)- y, aunque sin su carga dramática y de denuncia social, en el neorrealismo italiano.

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Editada por Feel Films.

 

NUNCA APAGABA LA LUZ de Lázaro Covadlo

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Nadie desaparece del todo (2014) -el volumen que me descubrió al gran escritor argentino Lázaro Covadlo- es una selección de los relatos que formaban parte de Agujeros negros (1997) y Animalitos de Dios (2000), a los que se añaden otros nunca antes recogidos en libro.

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Aprovechando su brevedad, aquí os dejo íntegro “Nunca apagaba la luz”, uno de mis preferidos.

Noche tras noche me resistía a mirar en dirección a la ventana. Nunca apagaba la luz, y detrás de aquel vidrio la oscuridad exterior era un telón negro. Cerraba los párpados e intentaba dormir, y en tanto no llegaba el sueño yo rezaba. Le suplicaba a Dios no estar despierto cuando llegara el momento.

¿Cómo me costaba sustraerme a la vigilia y encontrar refugio en la inconsciencia del sueño más profundo! Muchas noches de invierno sentía por allá afuera, girando alrededor de la casa, la queja del viento. En ocasiones me daba por imaginar que el viento penaba por su propio desamparo, por no serle permitida la entrada a los hogares. Daba por seguro que de noche, cualquier ser, objeto o elemento que estuviese a la intemperie debía de vivir atormentado: de noche el mundo externo era un terrible abismo. En cambio, ¡era tan cálido mi cuarto! En las paredes, de color azul celeste, mamá había pintado conejitos, jirafas y elefantes. El cielo raso también era de color azul, aunque era un azul más luminoso. Paseaba mis ojos por aquellas superficies amables y me empeñaba en apartarlos de la negrura de la ventana desprovista de cortinas. Me abrazaba a mi osito tibio, peludo y gordinflón, y entonces él y yo nos sumergíamos en el amigable mundo que hay debajo de las mantas. Pero al cabo de un tiempo sacaba la cabeza y no podía evitar que mis ojos se fijaran en la ventana. Entonces veía ese rostro que cada noche asomaba desde un ángulo y se ponía a espiar. Era una visión fugaz, pues el mirón, al sentirse descubierto, rápidamente volvía a esconderse entre las sombras del abismo. Sin embargo, aun cuando no alcanzaba a descubrir su identidad, no podía dejar de ver el brillo ansioso de sus ojos acechantes. Algunas veces también creí ver su brazo, y su puño sosteniendo el relámpago de una hoja de metal.

Las primeras noches grité y reclamé la presencia de mi madre, pero dejé de hacerlo al cabo de muchas reprimendas. Ella amenazó con apagar la luz si insistía en inventar historias; eso fue lo que dijo.

Si alguna vez hubo algo o alguien allí afuera yo lo esperé en vano, pues pasaron los años y nunca vino a por mí. Terminé convenciéndome de que lo que había creído ver no existía fuera de mi imaginación. Después me hice adulto y enfilé por los carriles trazados para nuestra especie: me casé y tuve un hijo. Mi hijo también empezó a ver cada noche el rostro del espía tras los cristales de su ventana.

Cierto atardecer salí de casa y quedé a la espera. El puñal que llevaba conmigo daría cuenta de cualquiera que se dedicara a asustar a mi niño. Pasaron las horas y al final me asomé a la ventana del cuarto iluminado. Era enternecedor ver a mi hijo abrazado a su osito de peluche. De pronto sus ojos se encontraron con los míos, y antes de que pudiera esconderme, en los suyos alcancé a descubrir el terror.

Publicado por Galaxia Gutenberg.

LA BELLA QUE SALUDA de Oliver Onions

Oliver_Onions_001En la Antología universal del relato fantástico (2013), editada por Jacobo Siruela, junto a cultivadores del género conocidos por todos como Borges, Cortázar, Poe o Henry James encontramos también autores demasiado olvidados y apenas publicados en español cuya recuperación es, en mi opinión, la aportación más sobresaliente del libro. Uno de ellos, Oliver Onions, está representado en la antología por la que para algunos es una de las mejores historias de fantasmas jamás escrita: “La bella que saluda” (The Beckoning Fair One), publicada originalmente en la colección de relatos Widdershins (1911).

9788494094163Su protagonista es Paul Oleron, un escritor que alquila una misteriosa y destartalada casa para poder terminar con la tranquilidad necesaria la novela en la que está trabajando, cuyo personaje principal es -detalle importante- una mujer. Pasado un tiempo, comienza a sentir una presencia femenina en la casa que al principio le intriga y que paulatinamente llegará a obsesionarle y a ocupar todo su tiempo hasta, finalmente, trastornarle con trágicas consecuencias.

Escrito con la elegancia habitualmente presente en las mejores muestras del género, sobre todo del siglo XIX y principios del XX, “La bella que saluda” -título que remite al de una antigua canción que Oleron comienza a silbar sin haberla oído nunca- es un extenso y desasosegante relato en el que la aparición fantasmal cede el protagonismo a los efectos que causa en el protagonista y en su relación con los demás y cuya extraordinaria ambigüedad nos permite diferentes interpretaciones que lo enriquecen definitivamente.

La habitación estaba como siempre. Prendió una segunda cerilla. Había una vela sobre la mesa. La encendió, la llama se hundió un instante y después brilló con claridad. De nuevo Oleron miró a su alrededor.

No había nada.

No había nada, pero había habido algo, y quizá todavía seguía allí. Antes, Oleron habría sonreído ante el pensamiento fantasioso de que, por la unión y la interacción de identidades entre él mismo y su precioso lugar, podía estar preparando a un fantasma en el futuro. No se le había ocurrido que podría haberse producido una unión, una coalescencia similar en el pasado. Pero ahora se enfrentaba cara a cara con esta asombrosa imposibilidad. Había algo que persistía en la casa. Tenía un inquilino aparte de él mismo. Fuera persona o cosa, había horrorizado el alma de Oleron produciendo el sonido de una mujer peinándose el cabello.

Traducción de Arturo Peral Santamaría.

Publicado por Ediciones Atalanta.

Adiós a Setsuko Hara

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Aunque su familia no difundió hasta ayer la noticia de su fallecimiento, Setsuko Hara -cuyo nombre real era Masae Aida- nos dejó el 5 de septiembre, a la edad de 95 años. Conocida sobre todo por sus trabajos para el gran Yasujiro Ozu, su presencia ha quedado para siempre como una de las más importantes, admiradas e influyentes de todo el cine japonés -a pesar de abandonar su carrera como actriz y la vida pública a los 42 años-, hasta el punto de inspirar, según parece, el personaje protagonista de la estupenda película de animación Millennium Actress (Sennen joyû, 2001), dirigida por Satoshi Kon.

Mi película preferida de las protagonizadas por esta inmensa actriz, Primavera tardía (Banshun, 1949), ya tuvo aquí su propio espacio hace tiempo, así que hoy la recuerdo en otras tres de las muchas maravillas que lo habrían sido menos sin ella: No añoro mi juventud (Waga seishun ni kuinashi, 1946) de Akira Kurosawa, Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) de Ozu y La voz de la montaña (Yama no oto, 1954) de Mikio Naruse, la maravillosa adaptación de la novela homónima escrita por otro grande, Yasunari Kawabata.

Gracias por todo.

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LA MUJER DE LA ARENA (1964) de Hiroshi Teshigahara

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La breve, ecléctica y fascinante filmografía de Hiroshi Teshigahara vivió su momento de esplendor en los años 60, época en que el cine japonés vio nacer su particular Nueva Ola con directores como Nagisa Oshima o Shohei Imamura a la cabeza. Durante esa década realizó siete películas en colaboración con el escritor Kôbô Abe y el músico Tôru Takemitsu, la más prestigiosa de las cuales sigue siendo La mujer de la arena (Suna no onna), nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y Premio Especial del Jurado en Cannes.

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Basada en la novela homónima de Abe -autor también del guion- publicada en 1962, esta extraña e incomparable película cuenta la historia de un joven entomólogo (Eiji Okada) que busca insectos para su colección en una zona desértica cercana a la costa. Al perder el autobús para volver a su casa, los lugareños a quienes pide ayuda le recomiendan que vaya a pasar la noche al hogar de una viuda (Kyôko Kishida), una casa situada en el fondo de una duna. A la mañana siguiente descubrirá que no puede salir del lugar y que ha sido engañado para pasar el resto de sus días ayudando a la mujer en el interminable trabajo que realiza cada noche: sacar la arena que se ha ido acumulando durante el día para que no acabe sepultando la casa.

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Esta situación en principio absurda se va convirtiendo en una compleja pesadilla alegórica de raíces kafkianas -Kafka es uno de los principales referentes en la literatura de Abe- sobre la existencia humana y el papel del individuo en una sociedad contemporánea que lo atrapa y lo observa, precisamente, como a un insecto, en una rutina sin sentido marcada eternamente por un reloj de arena. Nuestro protagonista pasa paulatinamente del desconcierto ante lo que no entiende a rebelarse contra una situación extrema que pone a prueba sus límites; de la frustración tras su abortado intento de huida a aceptar esa situación de esclavitud, unida a la renuncia a cumplir sus sueños de llegar a ser un gran entomólogo, como algo habitual y cotidiano ante lo que no vale la pena luchar.

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Dejando a un lado los múltiples temas que toca y las diversas lecturas que de ella pueden extraerse, La mujer de la arena es también, y sobre todo, una obra maestra por su puesta en escena, por la magia de sus planos, por sus inquietantes imágenes cortesía del director de fotografía Hiroshi Segawa, otro habitual en el cine de Teshigahara. Es difícil encontrar otra película que nos haga sentir con tanta fuerza e intensidad la claustrofobia y la asfixia, el calor y la sed, el sudor, la sensualidad y el deseo animal de los cuerpos al unirse o la impotencia de un personaje al verse tratado como un pelele cuya función es divertir a los causantes de su cautiverio, en una escena crucial, memorable e imposible de olvidar.

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