EL SILENCIO ES ORO (1947) de René Clair

De todos los cineastas que empezaron su andadura en el cine mudo, que ayudaron a desarrollar el lenguaje cinematográfico, que influyeron decisivamente en otros directores y cuyas películas aparecían casi siempre en las listas de las mejores, quizá sea René Clair el más olvidado de todos. Puede que la razón la encontremos en que incluso su cine sonoro sigue hablando básicamente con la imagen, sigue siendo básicamente mudo -con la pereza que ello supone para muchos espectadores-, o en que sus historias y la carga crítica que a menudo llevan consigo parecen hoy demasiado inocentes, demasiado naíf; lo cierto es que películas que a mí me siguen pareciendo vivas, frescas y repletas de poesía visual, como Bajo los techos de París (Sous les toits de Paris, 1930), ¡Viva la libertad! (À nous la liberté!, 1931) -que tanto influyó en el Chaplin de Tiempos modernos (Modern Times, 1935) o 14 de julio (14 Juillet, 1933), duermen desde hace tiempo en los museos de la memoria cinéfila: hoy ya casi nadie habla de René Clair y, lo que es peor, casi nadie ve el cine de René Clair.

Mi película favorita de Clair -y una de las más recomendables para quien quiera (re)descubrir a este cineasta- es El silencio es oro (Le silence est d’or), la primera que realizó en Francia tras volver de su etapa norteamericana. Nos cuenta la historia de Emile (Maurice Chevalier), un director de cine mudo ya maduro, apasionado de la vida y de las mujeres, que se enamora de una muchacha de la que tiene que hacerse cargo. Al ver que la joven solo siente cariño por él y que en realidad a quien quiere es a un joven ayudante del cineasta, Emile aceptará hacerse a un lado, consciente de que su juventud, su mundo y su cine van quedando irremediablemente atrás.

Su título proviene del proverbio La parole est d’argent, mais le silence est d’or, lo cual nos da todas las pistas para saber por dónde van los tiros: diálogos estupendos pero al servicio de la puesta en escena más elegante, siempre atenta al gesto, al detalle y a la mirada, a lo que se une el aprovechamiento del espacio y el dominio del encuadre, en el que van entrando y saliendo los personajes como si se deslizaran dentro del plano, lo que da lugar a secuencias que parecen casi coreografiadas para un musical, y, en fin, esa capacidad que solo tenían los más grandes para transformar el cine en vida, para unir la alegría y la tristeza en una misma escena de la manera más natural, para que salgamos de sus películas con una sonrisa que alberga a la vez la felicidad y la melancolía.

 

En recuerdo de Martin Landau: DELITOS Y FALTAS (1989) de Woody Allen

Si hace unos días comentaba que la filmografía de Elsa Martinelli no estaba, en líneas generales, a la altura de su talento, lo mismo se puede decir respecto a la de Martin Landau, fallecido el 15 de julio a los 89 años, aunque en su caso a la industria cinematográfica le dio tiempo de arreglarlo al menos en parte, sobre todo gracias al Oscar que le concedieron por su inolvidable interpretación de Bela Lugosi en Ed Wood (1994), de Tim Burton.

Antes de convertirse en estrella de la televisión gracias a Misión Imposible (Mission: Impossible, 1966) y Espacio: 1999 (Space: 1999, 1975) -mi primer recuerdo de él, en Televisión Española-, Landau actúa como secundario en estupendas películas como Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959), de Hitchcock; Cleopatra (1963), de Mankiewicz, o Nevada Smith (1966), de Hathaway; pero tras las dos series citadas, la travesía por el desierto: papeles en producciones de medio pelo e, incluso, falta de trabajo. Hasta que Coppola lo rescata para Tucker, un hombre y su sueño (Tucker: the Man and His Dream, 1988), que le supone su primera nominación al Oscar como mejor secundario y su regreso a la estabilidad hasta el final de su carrera, aunque tampoco es que desde entonces abunden las grandes películas.

El mejor film en el que interviene durante todos estos años y el que le proporciona su papel más importante -segunda candidatura al Oscar incluida-, junto al de Bela Lugosi, es, por supuesto, la obra maestra Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors), de Woody Allen. En ella interpreta a Judah Rosenthal, un adinerado oftalmólogo cuya amante (Anjelica Huston) amenaza con destruir su vida si no abandona a su familia y se va a vivir con ella, lo que le llevará a tomar una drástica decisión.

Epicentro de la parte más dramática del film, el personaje de Landau encarna las dudas de Allen, heredadas del cine de su admirado Bergman, sobre el pecado, el remordimiento, el castigo o la ausencia de Dios, y su interpretación, más allá de cualquier elogio, contribuye definitivamente a hacer de Delitos y faltas la más lúcida y perfecta, junto a Match Point (2005), de las reflexiones allenianas sobre la vida y la muerte. Solo por este papel ya merece Mr. Landau un rinconcito en nuestra memoria cinéfila.

 

 

EL ESCOLAR PEREZOSO / DESAYUNO de Jacques Prévert

Creo que fue Orson Welles quien dijo que para lo único que valía la pena el cine de Marcel Carné era para demostrar que Jacques Prévert era un gran escritor. Pero como las opiniones de Welles sobre otros cineastas siempre dependían del humor con que le pillaran -cosa que él mismo reconocía-, podemos obviar el estacazo a Carné y quedarnos con el elogio al que fue, además de genial guionista, uno de los poetas más populares -en el más amplio sentido del término- de la literatura francesa, capaz de hablarle al pueblo de lo que sufrían, temían o amaban en su misma lengua, de extraer belleza de las palabras más sencillas. Y ahí siguen sus versos en las voces de Edith Piaf o Yves Montand para recordárnoslo.

Entre las películas que contribuyó a hacer grandes, maravillas como El crimen del Sr. Lange (Le crime de Monsieur Lange, 1936), de Jean Renoir; El muelle de la brumas (Le Quai des Brumes, 1938) o Los niños del paraíso (Les enfants du paradis, 1945), ambas de Carné.

Y entre sus poemas, aquí os dejo, en francés y traducidos, dos de su libro titulado Palabras (Paroles, 1946).

LE CANCRE  

Il dit non avec la tête
mais il dit oui avec le coeur
il dit oui à ce qu’il aime
il dit non au professeur
il est debout
on le questionne
et tous les problèmes sont posés
soudain le fou rire le prend
et il efface tout
les chiffres et les mots
les dates et les noms
les phrases et les pièges
et malgré les menaces du maître
sous les huées des enfants prodiges
avec les craies de toutes les couleurs
sur le tableau noir du malheur
il dessine le visage du bonheur.

EL ESCOLAR PEREZOSO

Dice no con la cabeza
pero dice sí con el corazón
dice sí a lo que quiere
dice no al profesor
está de pie
lo interrogan
le plantean todos los problemas
de pronto estalla en carcajadas
y borra todo
los números y las palabras
los datos y los nombres
las frases y las trampas
y sin cuidarse de la furia del maestro
ni de los gritos de los niños prodigio
con tizas de todos los colores
sobre el pizarrón del infortunio
dibuja el rostro de la felicidad.

DÉJEUNER DU MATIN

Il a mis le café
Dans la tasse
Il a mis le lait
Dans la tasse de café
Il a mis le sucre
Dans le café au lait
Avec la petite cuiller
Il a tourné
Il a bu le café au lait
Et il a reposé la tasse
Sans me parler
Il a allumé
Une cigarette
Il a fait des ronds
Avec la fumée
Il a mis les cendres
Dans le cendrier
Sans me parler
Sans me regarder
Il s’est levé
Il a mis
Son chapeau sur sa tête
Il a mis
Son manteau de pluie
Parce qu’il pleuvait
Et il est parti
Sous la pluie
Sans une parole
Sans me regarder
Et moi j’ai pris
Ma tête dans ma main
Et j’ai pleuré.

DESAYUNO

Echó café
En la taza
Echó leche
En la taza de café
Echó azúcar
En el café con leche
Con la cucharilla
Lo revolvió
Bebió el café con leche
Dejó la taza
Sin hablarme
Encendió un cigarrillo
Hizo anillos
De humo
Volcó la ceniza
En el cenicero
Sin hablarme
Sin mirarme
Se puso de pie
Se puso
El sombrero
Se puso
El impermeable
Porque llovía
Y se marchó
Bajo la lluvia
Sin decir palabra
Sin mirarme
Y me cubrí
La cara con las manos
Y lloré.

 

 

 

 

 

En recuerdo de Elsa Martinelli

El día 8 de este mes nos dejó, a los 82 años, la estupenda actriz Elsa Martinelli. Descubierta para Hollywood por Kirk Douglas y conocida en sus inicios como “la Audrey Hepburn italiana” -aunque a mí en muchas fotos me recuerda más a Anna Karina-, para cualquier cinéfilo será siempre la Dallas que trabajaba como fotógrafa a las órdenes de John Wayne -y de Howard Hawks- y en sus ratos libres adoptaba crías de elefante.

Aunque en general su filmografía no está a la altura de su talento, aquí podemos recordarla en cinco magníficas películas: Pacto de honor (The Indian Fighter, 1955), de André de Toth; La noche brava (La notte brava, 1959), de Mauro Bolognini; Un amore a Roma (1960), de Dino Risi; El proceso (The Trial, 1962), de Orson Welles, y, por supuesto, Hatari! (1962), de Howard Hawks.

 

EL FUEGO DE LOS DIOSES (y 3): de pistoleros calvos a batallas televisivas

Antes de encarar la etapa crucial de la relación entre el cine y la inteligencia artificial, que arranca en los años 80 y llega hasta nuestros días, en la década de los 70 nos encontramos con dos films que, sin ser nada extraordinario, se han ido convirtiendo en películas de culto y siguen dando lugar a diversas secuelas y remakes que aprovechan la plena actualidad del tema.

En 1973, Almas de metal (Westworld), dirigida por Michael Crichton a partir de su propia novela, nos propone la visita a un parque de vacaciones en el que podemos revivir la Roma clásica, la Edad Media o el Oeste americano acompañados por robots que actúan como figurantes. Pero estos empiezan a descontrolarse y a asesinar a los visitantes, en especial un despiadado pistolero robótico con el careto de Yul Brynner.

En 1975, Las esposas de Stepford (The Stepford Wives), adaptación de la novela de Ira Levin a cargo de Bryan Forbes, mezcla la ciencia-ficción, el terror y la sátira social trasladándonos a una localidad de Estados Unidos en la que las mujeres se comportan, sospechosamente, como perfectas amas de casa siempre al servicio de sus maridos.

Y así llegamos a 1982, a Ridley Scott y a Philip K. Dick, a una obra maestra seminal en muchos aspectos titulada Blade Runner y a un Nexus 6 con los mismos miedos, las mismas preguntas y los mismos sentimientos que los humanos y que eliminará a su creador, a su padre y su Dios, cuando este, casi bíblicamente, lo abandone. Ciencia-ficción y cine negro, filosofía y religión, recuerdos que desaparecen como lágrimas en la lluvia para que el tema de la inteligencia artificial en el cine llegue a su mayoría de edad.

Desde entonces y hasta hoy, multitud de películas de toda condición que han abundado en el tema incidiendo en alguno de sus muchos y diferentes aspectos: de D. A. R. Y. L (1985), de Simon Wencer, hasta la imprescindible y repleta de reminiscencias religiosas Ex Machina (2015), de Alex Garland, pasando por El hombre bicentenario (Bicentennial Man, 1999) -Isaac Asimov según Chris Columbus-; la adaptación de Brian Aldiss por parte de Spielberg I. A. Inteligencia Artificial (A. I. Artificial Intelligence, 2001) -una obra maestra ya desde su poster-; Yo, Robot (I, Robot, 2004) -Asimov según Alex Proyas-; Wall.E (2008), de Andrew Stanton; Eva (2011), de Kike Maíllo; Her (2013), de Spike Jonze, o Transcendence (2014), de Wally Pfister, un pestiño desde el punto de vista cinematográfico pero que apunta un aspecto interesante: la creación de un nuevo dios tecnológico que, a su vez, perfeccione a los humanos.

Y así, a la espera de la nueva aportación al asunto que nos proporcione ya mismo la esperada serie de televisión, basada en la novela homónima de Neil Gaiman, American Gods (2017) -en la que parece que asistiremos a un enfrentamiento entre los dioses mitológicos y los tecnológicos-, podemos seguir reflexionando sobre si creernos dioses creadores de vida inteligente a nuestro servicio o sabernos humanos débiles e imperfectos a la busca de un nuevo Dios que escuche por fin nuestra llamada. En ambos casos, con sus ventajas y sus peligros, por supuesto y como siempre, a nuestra imagen y semejanza.

Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo.

Gustave Flaubert

 

 

 

 

 

 

 

EL FUEGO DE LOS DIOSES (2): de robots silentes a ordenadores que suplican

Como no podía ser de otro modo, el arte cinematográfico -paralelamente a la literatura- ha contribuido decisivamente desde sus inicios a desarrollar la idea de la creación de vida artificial por parte del hombre, moldeándola en imágenes cuando esta todavía era tan solo una mera hipótesis y centrándose enseguida en la posibilidad de que, gracias a la tecnología, seamos capaces, en un futuro que ya es presente, de crear robots cada vez más parecidos a los humanos. Y es que, como es bien sabido, a menudo es la realidad la que imita al arte.

La primera aparición conocida en el cine de algo similar a un robot fue en el cortometraje A Clever Dummy (1917), una comedia en la que un inventor crea un maniquí mecánico a imagen del conserje del edificio en el que vive. Enamorado de la hija del inventor, el conserje suplanta a su doble para poder estar cerca de la chica, lo que provoca divertidos malentendidos.

Más cercana a la ciencia-ficción se encuentra El hombre mecánico (L’uomo meccanico, 1921), una película italiana de la que solo se conservan sus últimos veintitantos minutos. El argumento gira en torno a una banda de delincuentes que asesina a un científico para hacerse con el robot gigante que ha creado y utilizarlo para cometer sus fechorías.

Ambas presencias robóticas no son más que meros antecedentes de María, la mujer artificial creada para suplantar a la líder de un movimiento obrero y servir a los malvados planes de las clases dirigentes; el primer robot verdaderamente relevante de la historia del cine y el primero asociado, como tantas veces después, a una futura sociedad distópica, la que nos mostró Fritz Lang en su obra maestra Metrópolis (Metropolis, 1927), un film espectacular de referencia obligada y que aún en la actualidad resulta sorprendente.

Muchos años más tarde será la ficción televisiva la que dé pasos decisivos respecto a la representación de las relaciones entre el hombre y la máquina de apariencia humana. La canónica serie americana The Twilight Zone, creada por Rod Serling y emitida entre 1959 y 1964, acogerá el tema, ya desde su primera temporada y de manera recurrente, interpretándolo desde diversos puntos de vista. El primer episodio en hacerlo fue el estupendo El solitario (The Lonely, 1959), en el que a un condenado a pasar unos años recluido en un planeta desértico se le concede la compañía de un robot femenino con capacidad de sentir y de enamorarse. Al acabar la condena del preso, las autoridades deberán destruir a la “mujer” que ha hecho mucho más soportable su soledad.

En 1968, el visionario cineasta Stanley Kubrick nos regaló un clásico ineludible de la ciencia-ficción titulado 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odissey), basado en la novela de Arthur C. Clarke. En él aparece uno de los grandes referentes de la inteligencia artificial, una computadora llamada Hal 9000 que intenta hacerse con el control de una nave espacial y eliminar a sus tripulantes. Su desconexión, su agonía, sus súplicas para que le dejen seguir viviendo, más impactantes aún en su voz que en la de cualquier ser humano, suponen todavía hoy uno de los momentos más emocionantes de la historia del cine.

 

El FUEGO DE LOS DIOSES (1): de Prometeo a Frankenstein

En sus diversas y complementarias versiones, el mito nos muestra la doble faceta del titán Prometeo como creador de los hombres, modelándolos con arcilla a imagen y semejanza de los dioses, y como su principal benefactor, al entregarles el fuego robado a Zeus en la mayor de las muchas trastadas que, al parecer, gustaba de dedicarle al padre omnipotente.

Creación de vida, rebeldía ante el poder divino y entrega a la raza humana de la que podría ser considerada como primera forma de tecnología. El mito prometeico, por tanto, como piedra angular, como punto de partida y referente ineludible para uno de los temas más apasionantes, ya sea desde el punto de vista religioso, filosófico, artístico o científico: el ser humano como creador de inteligencia artificial, como creador de vida a su imagen y semejanza capaz de comportarse y reaccionar en según qué situaciones de manera similar a la nuestra. El paso del homo sapiens al homo deus.

…y alegremente dimos muerte a los Dioses.

(Ragnarök, Jorge Luis Borges).

Romanticismo. Época de desafíos, de transgresión de las normas, de abrir las puertas a la imaginación tanto en la vida real como en su representación. El arte se vuelve desobediente, el artista no reconoce autoridad alguna y acoge el mito prometeico como una de sus grandes inspiraciones: Goethe, Byron y Percy Shelley dedican poemas a Prometeo. El cuento y la novela apagan la luz y encienden una vela para dar la bienvenida a la fantasía y al miedo, para indagar en sus límites y en los del hombre como creador. Mary Shelley, esposa del poeta, parte del poema de Milton El paraíso perdido (Paradise Lost, 1667) para dar a luz a su inmortal criatura: en 1818 nace Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus). Con un claro antecedente en la leyenda judía del Golem (siglo XVI), esta celebérrima novela va mucho más allá al contarnos la historia del científico que crea un cuerpo a partir de órganos de cadáveres y le da vida gracias a la electricidad generada por una tormenta. Nuestros miedos, nuestros anhelos y nuestras preguntas reflejados en los de un monstruo que se sabe diferente y que busca, como cualquiera, ser aceptado. El pistoletazo de salida para la ciencia-ficción literaria y para una polémica que llega, y de qué manera, hasta nuestros días.

Aquí estoy, dando forma

a una raza según mi propia imagen,

a unos hombres que, iguales a mí, sufran

y se alegren, conozcan los placeres y el llanto,

y, sobre todo, a ti no se sometan,

como yo.

(Prometeo, J. W. Goethe).

Traducción de Luis Alberto de Cuenca.

 

HÔTEL DU NORD (1938) de Marcel Carné

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hotel-du-nord-movie-poster-1938-1020242400Dos jóvenes amantes, Renée (Annabella) y Pierre (Jean Pierre Aumont), alquilan una habitación en el Hôtel du Nord con la intención de suicidarse. Según lo previsto, Pierre dispara a su novia, pero después es incapaz de seguir con el plan y huye ante la presencia de Edmond (Louis Jouvet), un matón y proxeneta que se aloja en el hotel y que ha acudido al oír el disparo. Arrepentido de su cobardía, acaba entregándose a la policía.

Trasladada a un hospital, Renée sobrevive y es contratada como camarera en el hotel. Su presencia altera la rutina de los clientes y pronto empiezan a surgirle pretendientes, pero ella sigue enamorada de Pierre y comienza a visitarlo en la cárcel, aunque este, en un principio, la rechaza. Este hecho hace que Renée se plantee cambiar de vida por completo y acceda a huir con Edmond, a quien buscan unos antiguos socios para eliminarlo por haberlos traicionado, pero en el último momento se arrepiente y decide esperar a Pierre, lo que significará el fin para Edmond.

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Film coral basado en la novela de Eugène Davit, Hôtel du Nord supuso en su momento una de la muestras más populares del realismo poético que abanderó Marcel Carné y del romanticismo exacerbado en el cine gracias a la historia de los amantes protagonistas. Vista hoy, es una buena película en la que el interés por las figuras de los dos jóvenes se desplaza hacia dos personajes aparentemente secundarios que se van adueñando paulatinamente de la escena y a los que el guionista Henri Jeanson dedica las mejores líneas de diálogo: la prostituta interpretada por la enorme actriz Arletty y, sobre todo, el proxeneta al que da vida Louis Jouvet, uno de los grandes del cine europeo. Su confesión a Renée, sentado en un banco del parque, entre las sombras nocturnas, de cuál es su verdadera identidad y de que, tras haberla conocido, está dispuesto a renunciar a su pasado y cambiar de vida, y su entrega voluntaria para morir a manos de quienes lo persiguen tras entender que su amada sigue queriendo a Pierre son los dos momentos más hermosos de la película, y hacen de Edmond uno de los grandes paradigmas del antihéroe trágico, que tantos grandes personajes dará más adelante al noir norteamericano.

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Editada por Cameo.

DE NOCHE, BAJO EL PUENTE DE PIEDRA de Leo Perutz

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Entre las novedades editoriales que nos ha traído el 2016, la recuperación de De noche, bajo el puente de piedra (Nachts unter der steinernen Brücke, 1953) ocupa uno de los puestos de honor. Su autor, Leo Perutz, escritor austriaco nacido en Praga, cultivó sobre todo la novela histórica teñida de fantasía y misterio, y fue admirado por escritores y cineastas como Borges, Musil, Graham Greene, Murnau o Hitchcock.

Esta colección de relatos entrelazados nos sitúa en la Praga de finales del siglo XVI, bajo el reinado del derrochador y veleidoso Rodolfo II, sobrino de Felipe II y amante de las artes y la magia. Junto a él, otros personajes históricos y ficticios -matemáticos, alquimistas, cómicos ambulantes, prestamistas, estudiantes, aparecidos- cuyas andanzas entre la Corte y el barrio judío y su cementerio nos devuelven una literatura entre la realidad y la leyenda ya casi extinguida, la magia de las palabras para ser leídas y escuchadas de noche al calor de un fuego.

Este es el inicio de “La jarra de aguardiente”, un cuento a caballo entre el misterio del más allá y la juerga y el humor del más acá ambientado en las fechas de Año Nuevo.

Durante los días que median entre la fiesta de Año Nuevo y el Día del Perdón, llamado de Expiación, una noche de pálida luna nueva los muertos del año anterior se levantan de sus tumbas en el cementerio judío de Praga para alabar a Dios. Como a los vivos, se les permite celebrar el Año Nuevo, y lo hacen reuniéndose en la Sinagoga Vieja-Nueva, la antigua casa de Dios, hundida en la tierra hasta la mitad de sus muros. Tras entonar el cántico de alabanza Ovinu Malkenu, “Nuestro Padre y Rey”, y de dar tres veces la vuelta al Almenor, se anuncia la lectura de la Torá. Aquellos cuyos nombres se citan entonces continúan en el reino de los vivos, pero deben obedecer la llamada y reunirse con los muertos allí congregados antes de que transcurra un año, pues el cielo ya ha decretado su muerte.

Aquella noche, ya muy tarde, los dos músicos y cómicos ambulantes, Jäckele-Narr y Koppel-Bär, dos ancianos ya cansados, recorrían las calles del barrio judío riñendo e insultándose. Habían estado tocando en una boda en la ciudad vieja por un cuarto de florín, Jäckele-Narr con su violín y Koppel-Bär con el timbal. Lo cristianos apreciaban mucho a los músicos judíos, ya que estos conocían todas las danzas nuevas. Sucedió entonces que, después de la media noche, tuvo lugar una pelea entre los invitados: algunos de ellos se habían propasado con la potente cerveza praguense y más tarde con el aguardiente. Al ver volar por el aire la primera jarra de cerveza, los dos músicos decidieron esfumarse, pues, como dijeron, cuando Esaú bebe, Jacob recibe los palos.

Publicado por Libros del Asteroide.

Traducción de Cristina García Ohlrich.

¡FELIZ 2017 PARA TODOS!

EL SILENCIO DEL MAR de Vercors

FR: Vercors (alias Jean Bruller) lors de la remise du prix liiteraire de laResistance

El mar, “hogar tranquilo”, como lo llama Valéry, tan sereno y silencioso bajo el cielo azul, no por ello disimula menos la refriega de los animales en las profundidades, que se desgarran entre sí y se devoran unos a otros. Así, bajo el silencio de la joven y su tío se encuentra todo el ardor y los sentimientos escondidos, toda la violencia de un combate espiritual.

Así explicaba el propio Jean Bruller el significado del título de El silencio del mar (Le Silence de la mer, 1942), su obra más conocida y uno de los hitos de la narrativa sobre la Resistencia Francesa durante la ocupación alemana. Publicado, junto a otros relatos, de manera clandestina bajo el seudónimo de Vercors -nombre de un macizo el-silencio-del-mar-en-edicin-de-ctedramontañoso que fue escenario de enfrentamientos entre partisanos y alemanes-, el texto hizo enormemente famoso a su autor en toda Francia cuando ni siquiera sus más allegados conocían su verdadera identidad.

Esta alegórica historia tiene como protagonista al oficial Werner von Ebrennac, un soldado alemán que ha de instalarse durante una temporada en una casa de una localidad cercana a París en la que viven un anciano y su sobrina. Durante su estancia, este hombre amable, culto y refinado, pero demasiado idealista e ingenuo con relación a las intenciones de su país, intenta entablar diálogo con los otros dos personajes hablándoles sobre su admiración por la historia y la cultura francesas y trasladándoles sus equivocadas ideas sobre el entendimiento entre Francia y Alemania. La respuesta que obtendrá por parte del anciano y de la muchacha -de la propia Francia- será el silencio más absoluto, la callada resistencia.

Después de un breve viaje a París para entrevistarse con sus superiores, von Ebrennac descubrirá que la verdadera intención del ejército alemán es someter a Francia y eliminar su identidad, lo que le llevará a adoptar una trágica decisión. Solo entonces, por primera y única vez, recibirá una palabra y una mirada de sus anfitriones.

El silencio se prolongaba. Se hacía cada vez más espeso, como la niebla de la mañana. Espeso e inmóvil. La inmovilidad de mi sobrina, y sin duda también la mía, hacían más pesado ese silencio, como de plomo. El mismo oficial, desorientado, permanecía inmóvil; hasta que al fin vi nacer una sonrisa en sus labios. Era una sonrisa grave y sin rastro alguno de ironía. Esbozó un gesto con la mano, cuyo significao no capté. Sus ojos se posaron en mi sobrina, siempre tensa y rígida, y pude observar con tranquilidad su perfil poderoso, su nariz prominente y delgada. Vi brillar, entre sus labios semiabiertos, un diente de oro. Movió al fin los ojos y miró el fuego de la chimenea y dijo:

-Siento una gran estima por las personas que aman a su patria -y levantó bruscamente la cabeza y clavó la mirada en el ángel esculpido sobre la ventana-. Ahora me gustaría subir a mi habitación -dijo-. Pero no conozco el camino.

Publicado por Cátedra, con traducción de Santiago R. Santerbás.

Tras realizar el corto Vingt-quatre heures de la vie d’un clown (1946), el gran Jean-Pierre Melville escogió el relato de Vercors para dirigir su primer largometraje, estrenado en 1949. La homónima adaptación, que sigue paso a paso el original literario, es una película magnífica, hermosa, triste y desoladora, que ya contiene algunas de las características del “cine silencioso” de su autor. En mi opinión, la mejor de su primera etapa, hasta la llegada de las grandes obras maestras encabezadas por El confidente (Le Doulos, 1962).

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Editada por Memory Screen.