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MOONFLEET de John Meade Falkner / HURACÁN EN JAMAICA de Richard Hughes

Robert Louis Stevenson ya había logrado una obra fundamental del género de aventuras y dmoonfleet-i0n209352e iniciación narrándonos las andanzas de John Silver y del pequeño caballero Jim Hawkins en La isla del tesoro (Treasure island, 1883). Años más tarde otras dos novelas, mucho menos conocidas que la del escritor escocés pero con poco que envidiarle, nos devolvieron lo mejor del género, y ambas también con niño a bordo.

        Heredera directa de la creación de Stevenson es Moonfleet (1898), obra del poco prolífico autor inglés John Meade Falkner (no confundir con el norteamericano Faulkner, perdón por la aclaraciómoonfleet1n) que en su primera edición española se tituló El diamante. En ella John Trenchard nos cuenta, con la nostalgia del que sabe que algo es irrecuperable, la parte de su infancia que pasó junto a Elzevir, dueño de la posada de  Moonfleet y contrabandista, quien se convierte en su padre adoptivo, su amigo y su maestro, le enseña los valores en los que cree, le guía hacia la edad adulta a través de aventuras y peligros y, finalmente, le salva la vida a costa de la suya.

        En 1955 se estrenó la adaptación homónima al cine (en España se tituló Los contrabandistas de Moonfleet, y continúa sin estar disponible en dvd), dirigida por Fritz Lang, quien consiguió realizarimagen una de sus mejores películas, una obra maestra con uno de los más ambiguos y hermosos planos finales que nos haya dejado el cine.

        De 1929 data Huracán en Jamaica (A high wind in Jamaica), escrita por el también inglés Richard Hughes. Disfrazada de novela de aventuras, la historia del capitán Jonsen y su tripulación, de la pequeña Emily y los demás niños  que se encuentran en el barco que abordan, deriva, gracias a un crimen absurdo por el que son condenados injustamente los piratas, en una de las grandes obras sobre la maldad inconscvientoenlasvelasciente de la infancia, sobre la pérdida de la inocencia y la entrada en el mundo de los adultos, dentro de una sociedad naciente en la que los piratas y la aventura ya han perdido su lugar.

        Alexander Mackendrick, director hoy no demasiado recordado pero que ya nos había regalado joyas como El quinteto de la muerte (The ladykillers, 1955)- objeto de un infumable remake cortesía de los hermanos Cohen-, y Chantaje en Broadway (Sweet smell of success, 1957), trasladó a imágenes la novela de Hughes en Viento en las velas (High wind in Jamaica, 1965), logrando una bella y terrible obra de arte.

 Moonfleet, publicada por Ed. Anaya, traducción de Ramón García Fernández.

 Huracán en Jamaica, publicada por Alba Editorial, traducción de Amado Diéguez.

VIVIR (1952) de Akira Kurosawa

El caso de Vivir (Ikiru, 1952) es bastante curioso. Ha pasado dikiru2e ser, durante bastante tiempo, la película más prestigiosa de Akira Kurosawa, a desaparecer  completamente de las listas e, incluso, a no haber sido vista por buenos aficionados al cine. Su lugar en las preferencias de críticos y público ha sido ocupado, sobre todo, por Rashomon (1950) y Los siete samurais (Shichinin no samurai, 1954), y en menor medida por Dersu Uzala (1975) y Ran (1985), todas ellas también obras mayores, aunque mi preferida sigue siendo esta impresionante historia sobre la vejez y la enfermedad, sobre la vida y la muerte, encarnadas en el personaje del funcionario Watanabe (¡qué pedazo de interpretación de Takashi Shimura!, uno de los actores predilectos del director japonés), quien, al enterarse de su enfermedad terminal, intentará darle sentido a su vida en el poco tiempo que le queda.

         Dentro de la general maestría de un film que, probablemente, tuvo en cuenta Isabel Coixet a la hora de filmar su fantástica Mi vida sin mí (My life whitout me, 2002), hay dos momentos que me siguen pareciendo especialmente sobrecogedores: la escena en que Watanabe, borracho tras una noche de juerga, canta en un susurro La vida es corta, mientras la gente abandona la pista de baile y le observa (Kurosawa fija la cámara durante un rato en el rostro del personaje, consciente de lo que Shimura era capaz de crear); y, por supuesto, el instante en que nuestro protagonista se columpia, sonriendo y cantando, bajo la nieve: motivo para el póster del film y uno de los momentos más bellos y míticos de todo el cine japonés.

        La película de Kurosawa es, en fin, una de las imprescindibles a la hora de comprobar la mirada que ha lanzado el cine sobre la vejez, la soledad y la memoria en los últimos años de la vida. En un hipotético ciclo que ilustrase el tema podrían acompañarla Dejad paso al mañana (Make way for tomorrow, 1937), la impresionante y poco conocida obra maestra de Leo McCarey; Primavera tardía (Banshun, 1949), del también cinesta nipón Yasujiro Ozu; Umberto D (1952), una de las cumbres del neorrealismo italiano dirigida por Vittorio de Sica; y El último hurra (The last hurrah, 1958), la crónica de John Ford sobre los últimos días de un político que es derrotado en las urnas mientras asiste al fin de una época.

                       Editada en DVD por Filmax.

LA MÁSCARA DE DIMITRIOS de Eric Ambler

La literatura negra de Eric Ambler ha sido una de las mayores influencias 06520267847000g010111en colegas de profesión como Graham Greene o John le Carré, y en cineastas de la talla de Hitchcock ( los personajes que, de repente y sin saber cómo, se meten en toda clase de líos). En 1939 se publicó la novela más famosa de Ambler, La máscara de Dimitrios ( The Mask of Dimitrios), una obra maestra del género negro, de espionaje, de la literatura por encima de engorrosas etiquetas. Llevada magníficamente al cine con el mismo título en 1944 por Jean Negulesco (no existe edición española en DVD), la novela muestra no sólo el enorme talento de Ambler para crear situaciones que atrapen al lector, sino también para  la narración y el diálogo – nada que envidiar a grandes escritores de otros géneros “mayores”-, y para la invención de enormes personajes que permanecen en la memoria literaria.

        Sin duda el mayor de ellos es el propio Dimitrios Makropoulos, c16006-12ontrabandista, espía y asesino, personaje- espectro al que se alude durante toda la novela sin que aparecezca (o casi). Si el magisterio de Ambler ha sido notorio y reconocido, la influencia de Dimitrios en posteriores personajes de la literatura y el cine es más ambigua, pero qué le voy a hacer si a uno le gustan estos juegos de rastreo cinéfilo-literario y cree que las sombras, como la del ciprés de Delibes, son más alargadas de lo que parecen. Veamos.

        En 1943 el director Norman Foster llevó al cine, con el mismo título, la novela de Ambler Viaje al miedo (Journey into fear, 1940). En España se tituló, en un derroche neuronal, Estambul, ya qu8433906917e la trama se desarrolla en dicha ciudad. Caracterizado como el coronel Haki, uno de los personajes de la película, nos encontramos con Orson Welles- otro cuya sombra podría tapar varios soles-, al parecer gran lector de novela negra en general y de Ambler en particular. Diez años más tarde Welles comienza a trabajar en su novela Mister Arkadin (1955), que él mismo adaptaría al cine con el mismo título. Arkadin es un personaje misterioso, al que casi nadie conoce, con un pasado oscurob00000k0dt_01_lzzzzzzz1, que ha ido apareciendo y desapareciendo en diferentes países, y cuyas dedicaciones suelen situarse al margen de la ley. No me parece descabellado aventurar que el personaje de Gregory Arkadin pueda tener su génesis en el de Dimitrios Makropoulos.

        Más. En 1995 nos llega el film de Bryan Singer Sospechosos habituales (The usual suspects), una historia algo tramposa pero repleta de talento, con giros continuos e imprevistos y un ritmo que te deja clavado a la butaca. Un elenco de actores en estado de gracia, en especial Kevin Spacey en un papel por el que muchos matarían, acaba por redondear la función. De entre la galería de magníficos personajes que pueblaportada_chica_interiorn la película destaca uno que está en boca de todos, un maestro del crimen que nadie sabe si realmente existe o no, un tal Keyser Soze a medio camino (como diría John Ford) entre la realidad y la leyenda. Cada vez que veo la película y, especialmente, el flash-back en el que se narra la historia de Keiser Soze, me viene a la mente la figura de Dimitrios.

        Hace pocas semanas llegó a las librerías el segundo volumen de la celebérrima trilogía Millenium, escrita por Stieg Larsson : La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Aquí nos encontramos con otro personaje oculto, cuyo pasado ha sido borrado, y que guarda en él la clave de varios asesinatos y de la vida de Lisbeth Salander, uno de los principales personajes de la trilogía. Un tal Zalachenko que, al igual que Dimitrios, sólo aparece al final de la novela, y que, en mi opinión, también tiene alguna deuda pendiente con el personaje creado por Eric Ambler, personaje de cuya sombra, probablemente, volvamos a tener noticias en el futuro.

              Traducción de Ana Goldar.

              Publicada por Ed. Edhasa.

UNA PARTIDA DE CAMPO (1936) de Jean Renoir

En el año que empieza se cumplirá el treinta aniversario de la muerte de Jean Renoir, el má12s prestigioso cineasta de la historia del cine francés ( sólo un prematuramente desaparecido Jacques Becker, aunque tuvo tiempo de dejarnos varias obras maestras, puede hacerle sombra). De entre su impresionante filmografía tres son las películas que suelen aparecer en las listas: La gran ilusión ( La grande illusion, 1937), La regla del juego ( La règle du jeu, 1939), y El río ( The river, 1950). En mi opinión se olvidan de los apenas cuarenta minutos más hermosos que filmó el director galo: Una partida de campo ( Une partie de campagne), adaptación del cuento homónimo de Guy de Maupassant.

         A partir de la visión de la naturaleza y de la relación de los personajes con ella que mostraron los pintores impresionistas franceses ( p.e. la escena de Henriette columpiándose recuerda al cuadro El columpio ( 1876), obra de Auguste Renoir, padre del cineasta), la película nos regala lo que en principio parece un cotidiano día de campo ( el momento en que abren la ventana de la posada para que entre la naturaleza es un ejemplo impresionante de puesta en escena) y que termina siendo la historia de una vida frustrada y de un amor perdido. Los momentos finales del film son inolvidables. La escena de amor junto al río; el rostro de Henriette en el momento de la entrega; el reencuentro fugaz de los amantes confesándose que siempre recordarán ese instante: secuencias que permanecerán siempre en la memoria cinéfila.  

          Como contemplar El grito de Munch; como leer Las puertas del cielo de Cortázar; como ver y escuchar a Jacques Brel cantando Ne me quitte pas, zambullirse en las imágenes de esta película supone una experiencia breve pero intensísima. Cuando el arte nos lo alcanzan las manos de genios como Renoir no son necesarios noventa minutos para amortizar el precio de la entrada.

          Editada en DVD por Filmax.

          ¡ Feliz 2009 a todos !!!!!!!!!!!!!!!