JULIO CORTÁZAR, in memoriam

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Si Borges me sigue pareciendo el escritor intelectual, libresco y lejano por excelencia, en su condición de sumo sacerdote de las letras hispanas del siglo xx; si Onetti es un autor de leyenda, más un personaje creado por él mismo y que deambulara por Santa María; si a Vargas Llosa lo veo como a un escritor-oficinista que cumple un horario escrupuloso, Cortázar se me antoja el creador más cercano, el que puedes encontrarte escribiendo en el café de la esquina, y conversando sobre jazz, sobre Poe, o sobre Glenda Jackson, el que, cada vez que vuelvo a abrir cualquiera de sus libros, pienso que escribía para ser leído continuamente, no para recibir el polvo de las bibliotecas.

        El prestigio de Cortázar se consolidó, principalmente, con la publicación en 97mbzr1963 de Rayuela, la novela que revolucionó la literatura “seria”, el juego que introdujo la vida en esa literatura, y que siempre aparece en las listas de las mejores obras del siglo xx. Si bien Rayuela me parece una impresionante novela, Cortázar es uno de mis autores preferidos sobre todo por sus cuentos, esos retazos de realidad con rendijas por las que se cuela lo fantástico. Y a fuerza de releerlos, uno acaba por tener, inevitablemente, sus predilectos, aunque no siempre por razones estrictamente literarias (eso también es inevitable). Allá van algunos de entre tantos imprescindibles :

                – Las puertas del cielo (del libro de 1951 Bestiario), el primer relato de Cortázar que leí, y ahí se ha quedado: ” Lo vi levantarse y caminar por la pista con paso de borracho, buscando a la mujer que se parecía a Celina. Yo me estuve quieto, fumándome un rubio sin apuro, mirándolo ir y venir sabiendo que perdía su tiempo, que volvería agobiado y sediento sin haber encontrado las puertas del cielo entre ese humo y esa gente “.

                – El río (del libro de 1956 Final del juego), relato de un suicidio en dos páginas, ejemplo de cómo lo ficticio se mezcla con lo real: “…vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos “.

                – El vcrwj7perseguidor (del libro de 1959 Las armas secretas), la mejor aportación del arte a la figura del genial saxofonista Charlie “Bird” Parker, junto a esa enormidad que filmó Clint Eastwood en 1988 titulada Bird: “- Sobre todo no acepto a tu Dios- murmura Johnny-. No me vengas con eso, no lo permito. Y si realmente está del otro lado de la puerta, maldito si me importa. No tiene ningún mérito pasar al otro lado porque él te abra la puerta. Desfondarla a patadas, eso sí. Romperla a puñetazos, eyacular contra la puerta, mear un día entero contra la puerta. Aquella vez en Nueva York yo creo que abrí la puerta con mi música “.

                – Graffiti (del libro de 1980 Queremos tanto a Glenda), una historia de amor entre dos personas que no se conocen y que se comunican mediante dibujos en las paredes: ” Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte…le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco “.

        Cortázar moría en París el domingo 12 de Febrero de 1984. Diez años más tarde, la revista Co&Co le dedicaba un especial, precisamente en su número doce, titulado Diez años de soledad. Pronto serán 25. Yo, por mi parte, seguiré releyendo sus cuentos, y seguiré comprobando que Cortázar encontró las puertas del cielo de la literatura entre ese humo y esa gente.

            Los Cuentos completos de Julio Cortázar están publicados en Ed. Alfaguara.

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