El mejor cine de Sydney Pollack: LAS AVENTURAS DE JEREMIAH JOHNSON (1972) / YAKUZA (1975)

192497_1020_aA punto de terminar la década de los 60 Sydney Pollack dirigió Danzad, danzad, malditos (They shoot horses, don´t they?, 1969), su primera gran película, basada en una magnífica novela de Horace McCoy, publicada en España con el título ¿Acaso no matan a los caballos? Pocos años más tarde, el cineasta norteamericano realizaría las que me parecen, de largo, sus dos obras maestras, dos films que, en una época de profundos cambios en el cine de Hollywood, aún conservan el aroma del cine clásico, algo que, en el fondo, Pollack mantuvo, con mayor o menor acierto, durante toda su filmografía.

En Las aventuras de Jeremiah Johnson (Jeremiah Johnson), con un soberbio guión de John Milius y Edward Anhald, Pollack nos narra la historia de un hombre -interpretado por Robert Redford- que huye de la naciente civilización hacia las montañas para vivir en soledad, enfrentándose al frío, la nieve y los indios. Con un empleo magistral del scope (p.e. el encuadre de la cruz en la tumba, Jeremiah Johnson, y la mujer que ha enloquecido tras el ataque de los indios), Pollack demuestra que siendo un buen narrador puedes moverte en cualquier género (cómo evoluciona la relación entre Johnson, la india con la que es obligado a casarse, y el niño huérfano que ha perdido el habla, sólo a base de miradas, hasta el momento en que vuelve a quedarse solo), y consigue uno de esos westerns sin fisuras que se nos acaban sin darnos cuenta.

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yakusaYakuza (The Yakuza), con otro fantástico guión, firmado por los también directores Paul Schrader -admirador del cine japonés y autor de uno de los estudios más conocidos sobre el cineasta Yasujiro Ozu- y Robert Towne, y con Robert Mitchum en uno de sus últimos grandes papeles, es una historia de honor, deber, renuncia y soledad con el marco de la mafia japonesa como telón de fondo, en la que el tratamiento de los personajes y de la violencia bebe tanto del cine clásico americano como del japonés (en el fondo, directores como Ford o Mizoguchi hablaban idiomas parecidos). La larga escena de la última lucha, impresionante, recuerda el final de la película Harakiri (Seppuku, 1962), una de las mejores obras de Masaki Kobayashi, y no me extrañaría su influencia en la sobrevalorada Kill Bill (2003/2004) de Quentin Tarantino.

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     Editadas en DVD por Warner.

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