TIGRES AZULES de Jorge Luis Borges

De Borges ya se ha dicho prácticamente todo: es uno de los escritJorge_Luis_Borges_1ores más reverenciados de siglo xx y el máximo exponente de la literatura hispanoamericana; los gurús de la crítica literaria lo sitúan junto a los omnipresentes Proust, Joyce, Kafka, Faulkner o Navokov, y sus dos colecciones de relatos más conocidas, Ficciones (1944) y El Aleph (1949), siempre tienen su sitio en las listas de la mejor literatura de la historia.

        El tigre es uno de motivos recurrentes en la obra de Borges. Aparece, por ejemplo, en el cuento Dreamtigers y en el poema El otro tigre, que forman parte de su miscelánea El hacedor (1960). Aquí dejo un fragmento del poema:  Cunde la tarde en mi alma y reflexiono / Que el tigre vocativo de mi verso / Es un tigre de símbolos y sombras, / Una serie de tropos literarios / Y de memorias de la enciclopedia / Y no el tigre fatal, la aciaga joya / Que, bajo el sol o la diversa luna, / Va cumpliendo en Sumatra o en Bengala / Su rutina de amor, de ocio y de muerte.

        En 1983 se publicó La memoria de Shakespeare, el último libro de relatos de Borges. De los cuatro cuentos para mí destaca  Tigres azules, a la altura de los mejores del autor y cuyo origen creo que se puede rastrear en anteriores relatos como El Aleph, El disco, o El libro de arena.

        La historia que cuenta Borges es la de un profesor obsesionado con la figura del tigre que viaja a la región del delta del Ganges porque le han informado de que allí había sido vista una variedad azul del animal. No encuentra al tigre, pero en su lugar halla unas pequeñas piedras circulares del mismo azul que el tigre con el que sueña, todas exactamente iguales, y que se multiplican y dividen ajenas a cualquier ley matemática. Finalmente, pide ser liberado de esa carga, y su plegaria es contestada. Librarse de las piedras representa renunciar a lo fantástico, a lo maravilloso y desconocido que puede aparecer en nuestras vidas, y abrazar la rutina, la seguridad y todo lo cotidiano que se nos ofrece cada día: 

        No oí los pasos, pero una voz cercana me dijo:

        -He venido.

        A mi lado estaba el mendigo. Descifré en el crepúsculo el turbante, los ojos apagados, la piel cetrina y la barba gris. No era muy alto.

        Me tendió la mano y me dijo, siempre en voz baja:

        -Una limosna, Protector de los Pobres.

        Busqué, y le respondí:

        -No tengo una sola moneda.

        -Tienes muchas -fue la contestación.

        En mi bolsillo derecho estaban las piedras. Saqué una y la dejé caer en la mano hueca. No se oyó el menor ruido.

        -Tienes que darme todas -me dijo-. El que no ha dado todo no ha dado nada.

        Comprendí, y le dije:

        -Quiero que sepas que mi limosna puede ser espantosa.

        Me contestó:

        -Acaso esa limosna es la única que puedo recibir. He pecado.

        Dejé caer todas las piedras en la cóncava mano. Cayeron como en el fondo del mar, sin el rumor más leve.

        Después me dijo:

        -No sé aún cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.

        No oí los pasos del mendigo ciego ni lo vi perderse en el alba.

 

                         Publicado por Alianza Editorial (Biblioteca Borges).

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