EL BUSCAVIDAS de Walter Tevis

Algunos grandes novelistas norteamericanos han visto sus obras transformadas Walter-Tevisen películas que, en ocasiones, han pasado a formar parte de la gran historia del cine e incluso de la cultura popular. Pero muchos de esos autores son poco o nada conocidos en nuestro país, ya sea porque sus novelas llevan mucho tiempo descatalogadas o porque no se habían traducido a nuestra lengua. Afortunadamente, ahora ya podemos disfrutar de Laura (1946) de Vera Caspary, La noche del cazador (The night of the hunter, 1953) de Davis Grubb, Warlock (1958) de Oakley Hall, o El buscavidas (The hustler, 1959) de Walter Tevis.

        Otra novela de Tevis, El hombre que cayó a la Tierra (The man who fell to earth, 1963) fue llevada al cine por Nicholas Roeg en 1976, en una adaptación bastante popular en su momento con David Bowie en el papel del extraterrestre protagonista. Pero sin duda la adaptación que ha pasado a la historia del cine es la que hizo Robert Rossen de El buscavidas, con Paul Newman en el papel del genio del billar Eddie Felson.

        Ros978-84-9889-026-6sen adapta magistralmente el texto de Tevis llevándolo a su terreno, dándole mayor importancia a los personajes de Sarah y Bert y acentuando el aspecto dramático (mientras la novela es más una historia de aprendizaje, la película se decanta por el retrato de la derrota), pero toda la fuerza de los personajes, las míticas partidas entre Eddie y Minnesota Fats, su aroma de leyenda, y la ambientación de los tugurios y las salas de billar se encuentran ya presentes en la gran prosa de Walter Tevis.

        “Y luego, por la tarde, cuando empezaban a llegar en serio los jugadores, y empezaba el humo del tabaco y los sonidos de las bolas duras y brillantes golpeando entre sí y el chirrido de la tiza contra las duras flechas de cuero de los tacos, entonces comenzaba la fase final de la metamorfosis que ascendía hasta el máximo cuando, ya bien entrada la noche, los jugadores casuales y los borrachos se marchaban, dejando sólo a los concentrados y los furtivos, que observaban y apostaban, mientras otros (un grupo pequeño y diverso de hombres, vestidos de oscuro o de colores vivos, que se conocían todos pero rara vez hablaban) jugaban partidas silenciosas de brillante e intenso billar en las mesas del fondo de la sala. En esos momentos, este salón, el Bennington, cobraba vida de una manera clara”.

               Traducción de Rafael Marín.

               Publicada por Editorial Alamut.

       

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