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LOS CUENTOS DEL WHISKY de Jean Ray

Jean Ray es el seudónimo por el que más se conoce al escritor -además de marinerojean_ray_01 y contrabandista- Raymond de Kremer, que alcanzó cierta popularidad gracias a la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Harry Dickson. Su obra de culto es la novela de terror Malpertuis (1943), llevada al cine en 1971 por un tal Harry Kümel, que para muchos es una joya oculta y que realmente da miedo pero de lo mala que es. En ella aparecía Orson Welles en una de esas breves interpretaciones en las que se limitaba a pasar el cepillo.

       La primera obra que Ray publicó fue Los cuentos del whisky (Les contes du whisky, 1925), una colección de breves relatos, casi anécdotas algunos, con la noche, la niebla y las sombras por escenario. Sus habitantes son marineros, usureros, prostitutas, taberneros, que conviven con seres de otro mundo, reales e imaginarios, demonios, fantasmas, y muertos que vuelven de la tumba para vengarse. Con el whisky como motivo recurrente e hilo conductor de los relatos, entre Los cuentos del whisky hay piezas magistrales como Una mano -que no me extrañaría que hubiese inspirado a Cortázar uno de sus primeros relatos, Estación de la mano (Cortázar, aunqray_1_previewue argentino, nació en Bélgica, como Ray)-, La venganza -que recuerda a El corazón delator de Poe-, o Mujercita amada, perfumada a verbena y El nombre del barco, dos maravillas que combinan el humor y la nostalgia, y que no cuesta imaginarlas filmadas por John Ford.

       En el primero de esos cuentos, una escena de taberna, la ofensa de la que son objeto dos amigos es perdonada porque en labios de una mujer escuchan una canción que les trae tristes recuerdos:

        “Si la artista hubiese cantado Werther, Lohengrin o cualquier otra cosa, la suerte de aquella pandilla de imbéciles, lo bastante incautos como para meterse en un antro de marineros, hubiera estado echada.

        Pero la artista cantó Butterfly, y ello le fue inspirado y ordenado por Dios.

        Y me explico la repentina mansedumbre de los dos granujas, insultados en su miseria por el lujo y por la alegría de los otros.

        El recuerdo de una geisha deshecha en lágrimas, empequeñeciéndose cada vez más en el embarcadero, mientras el vapor huye apresuradamente del puerto encantado, acudió en auxilio de la evocadora en aquel momento tan próximo al crimen.

        Y, con tanta firmeza como en Dios, creo en su gesto fantasmal de amante protegiendo a la bella joven de ojos color malva que cantó tan maravillosamente la inmensa piedad de las muchachas de puerto, una noche, en el Site enchanteur.”

        En el segundo, unos marineros cobran conciencia de su soledad al discutir el nombre que le quieren poner a su barco:

        “-¡Silencio! -dijo Hildesheim-. Este barco se llamará Loute.

        -¿Loute? -inquirí-. ¿Qué diablos significa eso?

        -Es el nombre de una niña -respondió Hildesheim.

        -¡Ah! ¿Qué niña?

        -Una niña rubia que le pide cuentos y céntimos a su padre, una niña que le convierte a uno en un hombre cuando no es más que una maldita mula, una niña por la cual se moriría de hambre cantando de placer, una niña por la cual se iría a robar las estrellas, la luna o el Gaurisankar… Una niña… ¡Ah, miseria divina!

        -Hildesheim, viejo amigo -dijo Bobby Moos en voz muy baja-. ¿Quién es esa Loute?

        -No exite -murmuró Hildesheim como en un soplo-. Es el nombre que hubiera dado a mi hija, si hubiese tenido una habitación con una estufa, y una mesa, y una cama, y una mujer a la que hubiese amado.

        -Somos… unos… vagabundos… -fraseó Bobby Moos-, unos… perros…

        -Loute -susurró Hildesheim.

        Un triple sollozo ascendió, en medio de la oscuridad nocturna, hacia la eterna indiferencia de las estrellas.”

                   Traducción de José Mª Roca.

                   Publicado por Editorial Acervo.

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LA MIGALA de Juan José Arreola

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Coetáneo de Juan Rulfo, Octavio Paz y Carlos Fuentes, Juan José Arreola no goza hoy en día de la popularidad de los tres grandes de la literatura mejicana, aunque ha sido siempre considerado como uno de los grandes cuentistas de las letras hispanoamericanas. Su gran libro de relatos es Confabulario, cuya primera edición es de 1952 pero que irá aumentando y reeditando en sucesivas ocasiones, y que contiene varias piezas magistrales, como El guardagujas (de inspiración dickensiana), El rinoceronte (de inicio sorprendente e inmejorable: “Durante diez años luché con un rinoceronte; soy la esposa divorciada del juez McBride.”), Un pacto con el diablo (supongo que inspirado en la película de William Dieterle El hombre que vendió su alma (The devil and Daniel Webster, 1941), con Walter Huston), o La migala (una araña de gran tamaño), brevísimo relato que ha dado pie a múltiples interpretaciones. Aquí os dejo el cuento íntegro.

        La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

        El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

        Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

        La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

        Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

        Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

        Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

        Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

        Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

          El Confabulario definitivo está publicado por Ediciones Cátedra.

ESCRITO BAJO EL SOL (1957) de John Ford

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Posiblemente sea Escrito bajo el sol (The wings of eagles) una de las películas que más excusas ha dado a los detractores de la obra de John Ford para esgrimir ciertas críticas que, desde luego, nada tienen que ver con el cine y mucho con la estrechez de miras. Para mí es su obra maestra menos reconocida, casi a la altura de ese repóquer de ases que forman ¡Qué verde era mi valle! (How green was my valley, 1941), El hombre tranquilo (The quiet man, 1952), Centauros del desierto (The searchers, 1956), El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, 1962), y Siete mujeres (Seven women,1965), todas ellas entre las mejores películas de la historia.

        El film narra la historia real de Frank “Spig” Wead (John Wayne), amigo de John Ford, aviador y miembro de la marina que, tras un accidente que le deja paralítico, se convierte en escritor de novelas, obras de teatro y guiones de cine -algunos para el propio Ford, como el de They were expendable (1945)-. En paralelo a su vida profesional se nos muestra la relación con los amigos de toda la vida y con su esposa Minnie (Maureen O´Hara), a la que abandona durante años en favor de su carrera militar. Precisamente será esa relación, nunca interrumpida del todo y varias veces reanudada, la que nos regale las mejores escenas de la película: el momento en que Minnie, acompañada de un suave movimiento de cámara, se sitúa detrás del sillón en que está sentado Frank y le acaricia el cabello, tras su propuesta de volver a vivir juntos, y los brevísimos flash backs en los que Frank recuerda los mejores momentos junto a ella.

        Pasando de manera completamente espontánea -como nos ocurre en la realidad- de la comedia al drama, Escrito bajo el sol es una maravillosa muestra de una forma inimitable de hacer cine, de la que sólo Ford conocía el secreto. Nadie como él ha sabido, a través de sus personajes, los más humanos, llenar de vida cada plano de su filmografía.

             Editada en DVD por Warner.

PICNIC EN HANGING ROCK (1975) de Peter Weir

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Adaptación de la novela homónima de Joan Lindsay, que a su vez se basa en unos supuestos hechos reales ocurridos el día de San Valentín del año 1900, Picnic en Hanging Rock  (Picnic at Hanging Rock) narra la desaparición de tres alumnas y una maestra de un internado durante una excursión a la montaña, la posterior aparición de una de las alumnas, que no recuerda nada de lo sucedido, y la repercusión del suceso en las personas involucradas, especialmente otra de las alumnas y la directora del colegio.

        Cada plano de esta película, especialmente los que muestran la excursi15219ón y la desaparición de las muchachas, son como pinturas puestas en movimiento por una cámara que se desliza sin que apenas lo notemos, con una iluminación y una fotografía que resaltan su tono onírico y misterioso -como el bellísimo momento en que Miranda, una de las chicas que desaparecen y eje central de la historia, se gira para despedirse y no volver jamás-, y una visión de la naturaleza desconocida y atrayente que simboliza el despertar de las muchachas a la sexualidad, presente de forma reprimida y oculta en casi todos los personajes.

        Recuperando al Renoir de Una partida de campo (Une partie de campagne, 1936) y llevándolo al terreno de lo fantástico, Peter Weir realiza su obra maestra, una película plena de sensualidad y belleza que posiblemente tuvo muy presente Sofia Coppola al realizar Las vírgenes suicidas (The virgin suicides, 1999), y que quizás pueda incluso relacionarse con el cuento de Alice Munro Secretos a voces (Open secrets), que también narra la desaparición de una chica, a la que nunca se encontrará, durante una excursión. Como si la voz en off que abre el film fuese premonitoria, de sus imágenes se sale como de algún lugar que hubiesemos soñado.

        “Lo que vemos y lo que parecemos no es más que un sueño. Un sueño dentro de un sueño.”

        Así pues, pasen…y sueñen.

                  Editada en DVD por Avalon (Filmoteca Fnac).

CIUDADANO WELLES de Peter Bogdanovich y Orson Welles

Los inicios de Welles y Bogdanovich en el cine guardan cierta similitud. Ambos fueron 2978344668_a33300799bsaludados como genios precoces -Welles por realizar a los 25 años Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) y Bogdanovich a raíz de su segundo film, La última película (The last picture show, 1971)-, y ambos fueron cayendo en desgracia dentro de la industria hollywoodiense. La diferencia es que Welles siguió haciendo obras maestras contra viento y marea, mientras que Bogdanovich nunca acabó de responder a las expectativas que lo calificaban como el mayor talento de la generación de los Coppola, Scorsese o Spielberg y, de hecho, puede que acabe siendo más reconocido como estudioso del cine que como director.

         Una de sus grandes aportaciones como cinéfilo es Ciudadano Welles (This is Orson Welles, 1992), una extensa recopilación de conversaciones en las que Welles pasa revista a toda su carrera, a sus películas como actor y director, a su labor teatral, a sus innumerables proyectos frustrados, etc. Como suele ocurrir en este tipo de obras, lo más jugoso son las anécdotas que explica Welles, su relación con los productores, guionistas y actores, y sus opiniones sobre la obra de otros cineastas, autocensura incluida. Aunque, en el caso de Welles, y como se observa en el libro, uno nunca debe creérselo todo.

             Traducción de Joaquín Adsuar.

             Publicado por Ediciones Grijalbo.

EL LARGO DÍA ACABA (1992) de Terence Davies

Adaptador de John Kennedy Toole en La biblia de neón (The neon bible, 19l_58857_0104753_77a860f495) y de Edith Warthon en La casa de la alegría (The house of mirth, 2000) -que me gusta mucho más que La edad de la inocencia (The age of innocence, 1993) de Martin Scorsese, también adaptación de Warthon, con la que fue comparada en su momento- Terence Davies comenzó a ganarse su prestigio con su segunda película, Voces distantes (Distant voices, still lives, 1988), y al tercer intento logró la que para mí es su mejor película, El largo día acaba (The long day closes), que más que un film con un argumento propiamente dicho es un álbum de fotos en movimiento, una memoria nostálgica en imágenes.

        La película muestra el día a día de una familia de clase obrera en los años 50 a través de los ojos de Bud, el miembro más joven. Siempre desde el recuerdo de una época y una forma de vida que ya no existen -en la escena de la fiesta en la calle, Davies incluso recupera la voz en off de Orson Welles en El cuarto mandamiento (The magnificient Ambersons, 1942) para reflejar esa pérdida-, vamos asistiendo a su educación en una escuela estrictamente religiosa, a la estrecha relación con su madre, a su impaciencia por poder hacer las mismas cosas que los adultos, y a su amor por el cine, como un mundo fantástico tan lejano de su realidad, y por las canciones populares, tan presentes en las voces de los personajes que en parte convierten la película en un extraordinario musical.

         Con sus extraordinarios decorados y sus encuadres magistralmente iluminados y planificados, El largo día acaba es una maravillosa ventana abierta al pasado y una de las grandes obras sobre el mundo de la infancia.

                  Editada en DVD por Cameo.

BIRD (1988) de Clint Eastwood

Clint Eastwood es casi el único director en activo (y digo casi porque se supone q195418_1020_Aue nuestro Víctor Erice no se ha retirado y porque me encanta David Fincher) que sigue consiguiendo hacerme ir sin dudarlo a una sala de cine. Venciendo por el camino unos cuantos estúpidos prejuicios, sus películas han ido ganándose el favor primero de la crítica y más adelante del gran público, llegándose a calificar sus últimos trabajos como obras maestras sin merecerlo, ya sea porque la admiración causa ceguera o porque, a pesar de todo, destacan entre la mediocridad general.

        Posiblemente, el primer paso hacia los altares lo dio Eastwood con Sin perdón (Unforgiven, 1992), una obra maestra del western – sobre todo en su última media hora-, triunfadora en los Oscars, y que contaba con ilustres precedentes como El jinete pálido (Pale rider, 1985) y, más aún, El fuera de la ley (The outlaw Josey Wales, 1976), otra obra redonda. Varios años más tarde daría el paso definitivo, sobre todo entre el público, y gente que jamás se sintió atraída por el director de la divertidísima El sargento de hierro (Heartbreak ridge, 1986) comenzó a ir a ver sus películas. Es la época de Mystic river (2003) -que, junto a magníficos momentos, tiene otros que no me gustan nada- y Million dollar baby (2004), otra obra maestra a pesar de las horribles escenas en que aparece la familia de la chica, absolutamente maniqueas, vulgares, y que parecen sacadas de un telefilm de sobremesa. A partir de ahí todo lo que ha dirigido Eastwood se ha ensalzado, en mi opinión, de manera exagerada: el díptico de 2006 sobre la batalla de Iwo Jima le salió bien sólo a medidas;  la tan aplaudida El intercambio (Changeling, 2008) me parece, directamente, una de sus peores películas; y Gran Torino (2008), aunque me gusta y me parece la mejor de estas últimas, no creo que esté entre lo mejor de su filmografía. A pesar de todo, seguiré corriendo al cine a ver la última de Clint.

        Y lo seguiré haciendo, en parte, porque es el responsable de una de mis películas preferidas de todos los tiempos, una colosal obra de arte, homenaje al jazz y, sin pretenderlo, un homenaje al cine en sí misma, y que me parece, sin duda, la mejor de su director. Bird (1988), una inagotable lección de cine, pone en imágenes los últimos años de la vida del saxofonista Charlie Parker, conocido por el apodo de Bird, con una interpretación colosal de Forest Whitaker y Diane Venora.

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        La película es, sencillamente, una sucesión de escenas de antología que componen el retrato del éxito, la autodestrucción y la muerte de uno de los mayores genios de la música del siglo xx, con un maravilloso y complejo montaje a base de continuos flash-backs y saltos en el tiempo, y con unos diálogos que, en boca de los actores, ponen la piel de gallina. Por citar algunas, de entre un conjunto perfecto, la escena en que Charlie y su esposa Chan escuchan, mientras van en el coche, una versión con letra de Kansas City, que es un preludio de muerte y que volverá a sonar en la escena final del funeral, y el momento en que Charlie le envía compulsivamente telegrama tras telegrama a su esposa tras la muerte de la hija, son de lo mejor que ha rodado y rodará Eastwood. Y por si fuera poco, en el film está mi flash-back favorito de la historia del cine, aquel en el que el saxofonista Buster recuerda, entre carcajadas, cómo conoció a un joven llamado Charlie “from just around“.

        El film de Eastwood es, junto al relato de Cortázar El perseguidor, el mayor homenaje que el arte ha ofrecido a la figura de Charlie Parker y, aunque no sea demasiado citado cuando se habla de su autor, el eslabón de su carrera en que, más que nunca, consigue explorar todas las posibilidades que ofrece el lenguaje cinematográfico puesto al servicio de una historia. 

                  Editada en DVD por Warner.

ADIÓS, HASTA MAÑANA de William Maxwell

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La popularidad de William Maxwell no está, ni mucho menos, a la altura de su maestría como narrador y de su ascendiente sobre otros grandes autores norteamericanos. Editor de ficción durante más de cuarenta años en The New Yorker, donde ayudó a orientar su literatura a escritores como Cheever, Salinger o Updike, Maxwell compaginó este trabajo con la creación de una breve obra narrativa en la que están muy presentes sus recuerdos autobiográficos, y en la que la infancia, el paso a la adolescencia, la familia, y la muerte de los seres queridos ocupan un lugar predominante.

        En Adiós, hasta mañana (So long, see you tomorrow, 1980), que me parece su meadis_hasta_maana_medjor novela y que ganó el American Book Award, el narrador nos cuenta una historia que vivió siendo niño, en la que la amistad entre dos familias desemboca en un adulterio y un crimen. La relación entre el narrador, un chico huérfano de madre -posiblemente el propio Maxwell, que perdió a la suya a los diez años-, y Cletus, el hijo del homicida, se rompe a partir de ese suceso.

        Maxwell nos habla en esta obra sobre la recuperación del pasado, sobre los sucesos repentinos que alteran toda una vida y, ante todo, sobre cómo un gesto no realizado o una palabra no dicha pueden volver desde la memoria para hacernos entender toda su importancia. Novela en la que los sentimientos, más que mostrarse, se insinúan bajo la superficie de las palabras, Adiós, hasta mañana es otro ejemplo mayor de cómo lograr, en voz baja, la mejor literatura.

“El caso es que cuando nos sentábamos a mirar el barrio desde las alturas, nunca le hablé a Cletus de mi naufragio particular, y él tampoco me habló del suyo. Cuando el tono del cielo nos indicaba que se acercaba la hora de cenar, bajábamos, nos decíamos “Adiós” y “Hasta mañana”, y nos adentrábamos en la oscuridad cada uno por su lado. Y una tarde esa despedida cotidiana resultó ser la última. Aquel disparo nos separó para siempre.”

                    Traducción de Gabriela Bustelo.

                    Publicada por Libros del Asteroide.

AUTOBIOGRAFÍA de Gilbert Keith Chesterton

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Borges y Bioy Casares, en su antología Los mejores cuentos policiales (1943 y 1956), incluyen dos escritos por Chesterton: Los tres jinetes del Apocalipsis  y El honor de Israel Gow. El primero, una pequeña obra maestra, forma parte del libro Las paradojas de Mr. Pond (The paradoxes of Mr. Pond, 1937); el segundo es uno de los relatos protagonizados por el Padre Brown, el personaje más popular de Chesterton, y aparece en El candor del Padre Brown (The innocence of Father Brown, 1911), el primer libro de la serie dedicada al famoso sacerdote-detective. Es esta faceta de creador de breves ficciones detectivescas, en las que la deducción impera sobre la acción, junto a la admiración que por él sintió Borges, la que sin duda más prestigio ha dado al escritor londinense, sin olvidar que es también el autor de una fabulosa novela, El hombre que fue Jueves (The man who was Thursday, 1908). Pero en Chesterton hay mucho más.

        En chestertonsu Autobiografía, publicada tras su muerte en 1936, más que narrarnos los hechos y las fechas que marcaron su vida Chesterton nos presenta al poeta, al periodista, al pensador, al polemista que le acompañó toda su vida. Nos ofrece sus opiniones sobre la corrupción en la política inglesa de la época, sobre la Gran Guerra o sobre el conflicto de los Bóers, sobre el conflicto religioso (Chesterton se convirtió al catolicismo), y pasa revista a las numerosas enemistades (llegaron incluso a caricaturizarle) que esas opiniones le grangearon. Aparecen también en el libro las semblanzas de muchos personajes públicos de la época, políticos, periodistas, y escritores como H.G.Wells, Bernard Shaw o Henry James. Y nos descubre a su amigo el padre O´Connor, en quien se inspiró para crear al Padre Brown.

        Pero aun siendo el libro un magnífico muestrarigkc2001largeo de la Inglaterra pública de principios del siglo xx, lo que sobre todo consigue que resulte una lectura fascinante es, junto al sentido del humor que recorre sus páginas, que siempre logra una sonrisa y muchas veces una carcajada, la presencia del Chesterton más humano, el que exalza la compañía de sus amigos y de una buena conversación que, acompañada de un buen vino, podía durar horas y horas. Hablando de uno de sus más queridos amigos, un tal Hillaire Belloc también escritor y muy presente a lo largo del libro, Chesterton escribe:

“…el propio Belloc frecuentaba especialmente un grupo mucho menor llamado el Club Republicano. Por lo que he podido deducir, el Club Republicano no tuvo nunca más de cuatro miembros y, generalmente, menos; uno o más de ellos había sido solemnemente expulsado por conservadurismo o por socialismo. Este era el club que Belloc glorificaba en la hermosa dedicatoria de su primer libro, de la que dos líneas se han hecho célebres: “El cansancio de la victoria no vale la pena salvo por la risa y el amor de los amigos”, y en el que también describía con más detalle los ideales de esta exigente camaradería:

                                 El plan de Rabelais mantuvimos,

                                 los melindrosos claustros honramos,

                                 con la Ley Natural, Canciones, Estoicismo

                                 los Derechos del Hombre, Ostras y Vino

                                 enseñamos el arte de escribir

                                 sobre hombres que desearíamos estrangular,

                                 y dónde encontrar sangre de reyes

                                 a sólo media corona la botella.”

        No me importaría nada leer la autobiografía, si es que existe, del tal Belloc; un tipo que se preocupa de realizar un Ensayo sobre los puentes, en el cual escribe: “Ha llegado la hora de hablar detenidamente sobre puentes. El puente más largo del mundo es el Forth Bridge y el más corto es un tablón sobre una zanja en el pueblo de Loudwater.”, seguro que no tiene desperdicio.

        La Autobiografía de Chesterton es, en fin, la obra imprescindible para conocer a este autor clave de las letras inglesas, que cultivó todos los géneros y se sintió ante todo periodista, y cuya elegancia y sentido del humor a la hora de escribir deberían ser visita obligada en cualquier escuela de periodismo. Un lujo.

                     Traducción de Olivia de Miguel.

                     Publicada por Acantilado.

DONDE HABITE EL OLVIDO de Luis Cernuda

La figura de Luis Cernuda siempre ha sido la que más me ha atraído de la GeneraciónLuis_Cernuda del 27, no sólo por su obra sino también por su biografía y sus ideas, mucho menos conocidas que las de Lorca o Alberti. Por descontado, su poesía, reunida bajo el título La realidad y el deseo (Alianza Editorial), me parece una de las cimas de la literatura en español.

        Dos de sus mejores libros, Los placeres prohibidos (1931) y Donde habite el olvido (1932-1933), se inspiraron al parecer en el amor no correspondido por un actor llamado Serafín Ferro. Aquí os dejo el poema que da título al segundo.

                                                                                  

                    DONDE habite el olvido,

                    En los vastos jardines sin aurora;

                    Donde yo sólo sea

                    Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

                    Sobre la cual escapa a sus insomnios.

 

                    Donde mi nombre deje

                    Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

                    Donde el deseo no exista.

 

                    En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

                    No esconda como acero

                    En mi pecho su ala,

                    Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

 

                    Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen

                           suya,

                    Sometiendo a otra vida su vida,

                    Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

 

                    Donde penas y dichas no sean más que nombres,

                    Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

                    Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

                    Disuelto en niebla, ausencia,

                    Ausencia leve como carne de niño.

 

                    Allá, allá lejos;

                    Donde habite el olvido.