AUTOBIOGRAFÍA de Gilbert Keith Chesterton

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Borges y Bioy Casares, en su antología Los mejores cuentos policiales (1943 y 1956), incluyen dos escritos por Chesterton: Los tres jinetes del Apocalipsis  y El honor de Israel Gow. El primero, una pequeña obra maestra, forma parte del libro Las paradojas de Mr. Pond (The paradoxes of Mr. Pond, 1937); el segundo es uno de los relatos protagonizados por el Padre Brown, el personaje más popular de Chesterton, y aparece en El candor del Padre Brown (The innocence of Father Brown, 1911), el primer libro de la serie dedicada al famoso sacerdote-detective. Es esta faceta de creador de breves ficciones detectivescas, en las que la deducción impera sobre la acción, junto a la admiración que por él sintió Borges, la que sin duda más prestigio ha dado al escritor londinense, sin olvidar que es también el autor de una fabulosa novela, El hombre que fue Jueves (The man who was Thursday, 1908). Pero en Chesterton hay mucho más.

        En chestertonsu Autobiografía, publicada tras su muerte en 1936, más que narrarnos los hechos y las fechas que marcaron su vida Chesterton nos presenta al poeta, al periodista, al pensador, al polemista que le acompañó toda su vida. Nos ofrece sus opiniones sobre la corrupción en la política inglesa de la época, sobre la Gran Guerra o sobre el conflicto de los Bóers, sobre el conflicto religioso (Chesterton se convirtió al catolicismo), y pasa revista a las numerosas enemistades (llegaron incluso a caricaturizarle) que esas opiniones le grangearon. Aparecen también en el libro las semblanzas de muchos personajes públicos de la época, políticos, periodistas, y escritores como H.G.Wells, Bernard Shaw o Henry James. Y nos descubre a su amigo el padre O´Connor, en quien se inspiró para crear al Padre Brown.

        Pero aun siendo el libro un magnífico muestrarigkc2001largeo de la Inglaterra pública de principios del siglo xx, lo que sobre todo consigue que resulte una lectura fascinante es, junto al sentido del humor que recorre sus páginas, que siempre logra una sonrisa y muchas veces una carcajada, la presencia del Chesterton más humano, el que exalza la compañía de sus amigos y de una buena conversación que, acompañada de un buen vino, podía durar horas y horas. Hablando de uno de sus más queridos amigos, un tal Hillaire Belloc también escritor y muy presente a lo largo del libro, Chesterton escribe:

“…el propio Belloc frecuentaba especialmente un grupo mucho menor llamado el Club Republicano. Por lo que he podido deducir, el Club Republicano no tuvo nunca más de cuatro miembros y, generalmente, menos; uno o más de ellos había sido solemnemente expulsado por conservadurismo o por socialismo. Este era el club que Belloc glorificaba en la hermosa dedicatoria de su primer libro, de la que dos líneas se han hecho célebres: “El cansancio de la victoria no vale la pena salvo por la risa y el amor de los amigos”, y en el que también describía con más detalle los ideales de esta exigente camaradería:

                                 El plan de Rabelais mantuvimos,

                                 los melindrosos claustros honramos,

                                 con la Ley Natural, Canciones, Estoicismo

                                 los Derechos del Hombre, Ostras y Vino

                                 enseñamos el arte de escribir

                                 sobre hombres que desearíamos estrangular,

                                 y dónde encontrar sangre de reyes

                                 a sólo media corona la botella.”

        No me importaría nada leer la autobiografía, si es que existe, del tal Belloc; un tipo que se preocupa de realizar un Ensayo sobre los puentes, en el cual escribe: “Ha llegado la hora de hablar detenidamente sobre puentes. El puente más largo del mundo es el Forth Bridge y el más corto es un tablón sobre una zanja en el pueblo de Loudwater.”, seguro que no tiene desperdicio.

        La Autobiografía de Chesterton es, en fin, la obra imprescindible para conocer a este autor clave de las letras inglesas, que cultivó todos los géneros y se sintió ante todo periodista, y cuya elegancia y sentido del humor a la hora de escribir deberían ser visita obligada en cualquier escuela de periodismo. Un lujo.

                     Traducción de Olivia de Miguel.

                     Publicada por Acantilado.

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