LA MUERTE DE BELLE de Georges Simenon

Afortunadamente la literatura de Georges Simenon -y la de otros compañeros de género como Patricia Highsmith, con quien tanto tiene que ver- ha ido revalorizándose en los últimos tiempos y colocándose en el lugar que le corresponde. Cada vez se le considera menos un escritor de novelitas policiacas y más un gran narrador con un universo propio que, adscrito a un género, no está tan lejos del tan valorado existencialismo, con Sartre y Camus a la cabeza. A riesgo de acabar en la hoguera por hereje, Simenon me parece mejor novelista que los dos grandes santones de la literatura existencialista, pero posiblemente no le benefició demasiado de cara a la crítica “seria” adoptar un género como disfraz para sus dramas humanos, ser carne constante de cinematógrafo (cuando el cine estaba mucho menos considerado que la literatura, cosa que no estoy muy seguro que haya cambiado), y ser capaz de escribir novela tras novela como quien hace churros.

        La muerte de Belle (La mort de Belle, 1951), llevada al cine por Édouard Molinaro en 1961, es una de sus novelas que más me gustan, y en ella aparecen varias de las constantes de la narrativa de su autor. Cuenta la historia de Spencer Ashby, un anodino profesor cuya vida acomodada y sin sobresaltos junto a su esposa se ve alterada al encontrarse en su propia casa el cadáver de la joven Belle, que se alojaba por unos días con el matrimonio. Ashby, el principal sospechoso, comienza a sentirse acosado por la comunidad y por recuerdos vergonzosos de su pasado, e incapaz de controlar la situación y sus propios pensamientos acaba cometiendo realmente un crimen.

        Como en otras de sus novelas, no es el asesinato de Belle ni la investigación que descubra al culpable lo que le interesa mostrar a Simenon, sino cómo la realidad de una persona, sedimentada e impermeable durante años, puede venirse abajo por la aparición de un elemento extraordinario que no se puede dominar. Y lo consigue con una de las prosas más serenas que conozco, capaz de describir de igual modo la rutina de un almuerzo y la violencia de un asesinato, pero transparentando toda la tensión que puede haber en ambas situaciones. Sólo un grande como Simenon puede mostrar desde el mismo inicio, y en sólo unas pocas líneas, el acoso que siente un personaje a lo largo de toda una novela:

“Ocurre que, en su casa, un hombre va y viene, hace los gestos familiares, los gestos de todos los días, distendiendo los rasgos para sí mismo, y que, alzando de pronto la vista, percibe que las cortinas no están corridas y que desde fuera le observa la gente.”

        La muerte de Belle me parece una de las más felices paradas en el descubrimiento de la novelística de Simenon, y que ésta sea inagotable, lejos de ser un obstáculo, nos ofrece la posibilidad de regresar, una y otra vez, a la escena del crimen.

               Traducción de Mauro Armiño.

               Publicada por Tusquets.

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