EL PODER DEL PERRO de Don Winslow

Como apunta el escritor argentino Rodrigo Fresán en el prólogo de la novela, no sería nada raro que El poder del perro (The power of the dog, 2005) acabara convertida en serie de televisión. Su volumen, su estructura, el atractivo de sus personajes y de su argumento, y el hecho de que, al parecer, haya mucho de real en sus páginas invitan a ello. No es necesario que sea tan buena como The Wire (se me antoja imposible), pero habrá que ser muy merluzo para no hacer algo bueno con semejante material. Veremos.

        El eje sobre el que gira la novela es la guerra contra el narcotráfico mejicano durante un período de casi treinta años. Pero hay más, muchísimo más. Por sus páginas desfilan la CIA, el FBI, la DEA, el Vaticano, las FARC, Chiapas, la guerra contra el comunismo sudamericano, el tráfico de armas desde China, los chanchullos políticos, la prostitución de lujo, la mafia italo-americana, pistoleros irlandeses, policías corruptos, los cárteles colombianos, y un largo etcétera. Si se le añaden unas gotas de apocalipsis bíblico, de tragedia shakesperiana y de western, y se agita, el resultado son las setecientas páginas de El poder del perro, que podría haber sido un ladrillo propagandístico y maniqueo, pero no. Los diálogos y la descripción de las situaciones son extraordinarios, la extrema violencia nunca parece gratuita, y los personajes, tanto los principales como los secundarios, no son simples esbozos sino que cobran vida propia, van evolucionando, y cada uno de ellos consigue su momento de gloria literaria en esta novela coral donde la venganza acaba imponiéndose al deber y a la ambición.

        El gran inconveniente de la novela de Winslow es que puede conseguir que te olvides de comer, de dormir y de ir al trabajo. El poder del perro es pura droga literaria, y como tal crea adicción.

        “Libra mi alma de la espada, mi única vida de las garras de los perros” (Salmos 22, 21) 

        “-Todo poli necesita una marca de fábrica -dice a sus hombres-. Querréis que los malos digan: “Ojo con el macho del puro negro”.

        Lo hacen.

        Lo dicen, van con cuidado y le tienen miedo, porque Ramos se ha ganado fama de tomarse la justicia por su mano. Se sabe que los tipos entregados a Ramos han pedido a gritos la intervención de la policía. La policía no acude. La policía tampoco quiere saber nada de Ramos.

        Hay una callejuela cerca de la avenida de la Revolución bautizada como Universidad de Ramos. Está sembrada de colillas de puros y actitudes desagradables amansadas, y es donde Ramos, cuando patrullaba las calles de Tijuana, daba lecciones a los chicos que se consideraban malos.

        -Vosotros no sois malos -les decía-. Yo soy malo.

        Entonces les demostraba lo malo que era. Si necesitaban un recordatorio, solían encontrar uno en el espejo durante bastantes años después.

        Seis hombres malos han intentado matar a Ramos. Ramos acudió a los seis funerales, por si alguno de los deudos deseaba vengarse. Ninguno lo intentó. Llama a su Uzi “mi Esposa”. Tiene treinta y dos años.

        Al cabo de unas horas ha detenido a los tres policías que secuestraron a Ernie Hidalgo. Uno de ellos es el jefe de la Policía Estatal de Jalisco.

        -Podemos hacerlo deprisa o despacio -le dice Ramos a Art.

        Ramos saca dos puros del bolsillo de la camisa, le ofrece uno a Art y se encoge de hombros cuando lo rechaza. Tarda mucho en encender el puro, le da vueltas hasta que la punta se enciende, después da una larga calada, mira a Art y enarca sus cejas negras.

        Los teólogos tienen razón, piensa Art. Nos convertimos en lo que detestamos.”

                    Traducción de Eduardo G. Murillo.

                    Publicada por Mondadori.

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