LOS SIETE MENSAJEROS de Dino Buzzati

De Dino Buzzati se recuerda sobre todo El desierto de los tártaros (Il deserto dei Tartari, 1940), una de mis novelas preferidas, llevada al cine por Valerio Zurlini en 1976, y cuya influencia se puede seguir hasta una de las mejores novelas de Coetzee, Esperando a los bárbaros (Waiting for the barbarians, 1980).

        Además de extraordinario novelista, Buzzati es uno de los mejores escritores de relatos que conozco. Algunos son realistas y otros de corte más fantástico, pero en ellos siempre trata algún aspecto de la condición humana: el amor, el paso del tiempo, el miedo, las consecuencias de la guerra,…Varios de mis preferidos presentan a un personaje dominado por un destino del que, inexplicablemente, no puede liberarse, y que actúa de una manera que puede parecernos absurda. Quizá una de las frases del cuento El colombre pueda hacernos comprender mejor la naturaleza de sus acciones: “Grandes son las satisfacciones de una vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún mayor es la atracción del abismo.”

        Uno de esos textos cuyo eje central es el destino se titula Los siete mensajeros, apenas cinco páginas, pero he leído pocos relatos que me parezcan tan enigmáticos y atractivos, tan absolutamente perfectos. El protagonista parte a explorar el reino de su padre, a descubrir sus confines, acompañado de siete jinetes, siete mensajeros, que irán volviendo a la ciudad a llevar y a recoger las nuevas noticias. Pero pasan los años, los mensajeros van y vuelven cubriendo distancias cada vez más largas, pero nuestro personaje no encuentra el final de ese viaje que ha escogido como motivo de su vida. 

        “Volverá a marcharse por última vez. Con lápiz y papel he calculado que, si todo va bien, yo continuando el camino como he hecho hasta ahora y él haciendo el suyo, no podré volver a ver a Domingo hasta dentro de treinta y cuatro años. Para entonces yo tendré setenta y dos. Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que la muerte se me lleve antes. Por tanto, no podré volver a verlo nunca más.

        Dentro de treinta y cuatro años (antes más bien, mucho antes) Domingo vislumbrará de forma inesperada las hogueras de mi campamento y se preguntará cómo es que entre tanto he recorrido tan poco camino. Igual que esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarilleadas por los años, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; sin embargo, al verme inmóvil, tendido sobre el lecho, con dos soldados flanqueándome con antorchas, muerto, se detendrá en el umbral.”

        “Mañana por la mañana una esperanza nueva me arrastrará todavía más adelante, hacia esas montañas inexploradas que las sombras de la noche están ocultando. Una vez más levantaré el campamento mientras por la parte opuesta Domingo desaparece en el horizonte llevando a la ciudad remotísima mi inútil mensaje.”

             Traducción de Javier Setó.

             Publicado por Alianza Editorial.

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