Archive for 27 marzo 2010|Monthly archive page

UN VERANO CON MÓNICA (1952) de Ingmar Bergman

En una escena de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959), de François Truffaut, vemos a Antoine Doinel y a su amigo René robando en un cine la foto de una chica tomando el sol, con los ojos cerrados. La chica es la actriz sueca Harriet Andersson, y la foto es un plano de Un verano con Mónica (Sommaren med Monika), una de las primeras grandes películas de Ingmar Bergman. 

        El film cuenta la historia de Mónica y Harry, una joven pareja de enamorados que deciden romper con su entorno, dejar sus trabajos y a sus familias, y lanzarse a la aventura, a no hacer nada más que disfrutar de su amor y su libertad. Pero tras el verano maravilloso que pasan junto al mar Mónica se queda embarazada, y la pareja ha de volver a la ciudad, a la rutina, a la misma vida que lleva todo el mundo. Harry encuentra trabajo y se hace cargo del bebé, pero Mónica es incapaz de asumir esa nueva vida como madre y esposa y les abandona.

        Las imágenes de esa juvenil libertad, de la huída de todo lo impuesto y convencional, en Un verano con Mónica me han parecido, desde la primera vez que la vi, la antesala de los ánimos de cambio, de ruptura con lo establecido, en la cultura francesa en general y en su cine en particular desde finales de los años cincuenta, con Truffaut y Godard a la cabeza de la nouvelle vague. No creo que el cine de Bergman tenga demasiado que ver, ni en sus temas ni en su forma, con el de los dos cineastas franceses, pero apostaría a que tuvieron presente la historia de Mónica y Harry al realizar sus primeras películas, y no sólo, en el caso de Los cuatrocientos golpes, por una foto robada a la entrada de un cine. La libertad, la frescura, los interrogantes y el desconcierto de la Mónica de Bergman están presentes en el Antoine Doinel del film de Truffaut y en la Patricia que interpretó Jean Seberg en Al final de la escapada (À bout de souffle, 1959), el primer largometraje de Godard. Y hay un detalle que me parece especialmente significativo: el primer plano de Harriet Andersson dirigiendo su mirada hacia la cámara, hacia nosotros, buscando respuestas. Quizá me equivoque pero creo que es la primera vez que ese recurso, luego mil veces utilizado, aparecía en una película. En los planos que cierran los citados films de Truffaut y Godard, Antoine y Patricia también buscan ayuda en la cámara, en los espectadores.

        Posiblemente no esté Un verano con Mónica entre las grandes obras maestras de Bergman -lo cual quiere decir que “sólo” es una magnífica película-, pero sí creo que es uno de los films más apropiados para comenzar a conocer el universo de un director al que demasiadas veces se ha tachado de difícil. Y además, los que nunca pasamos un verano con esa maravillosa actriz que fue Harriet Andersson, tenemos la ocasión de imaginar que al menos, por una vez y durante un instante, nos dedicó su mirada.

               Editada en DVD por Manga Films.

  

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TOKYO-GA (1985) de Wim Wenders

Admirador de la obra de Yasujiro Ozu, el cineasta alemán Wim Wenders hizo su particular viaje a Tokio para comprobar si en la capital japonesa quedaba algo de lo que mostraban las películas del director. Las imágenes que grabó forman el documental Tokyo-Ga, que enseña una ciudad completamente occidentalizada (americanizada), en la que la gente mata el tiempo jugando a las tragaperras y a los videojuegos, los jóvenes bailan rock and roll en las plazas, y donde abundan los locales de comida rápida. Como contrapunto a ese Japón moderno, Wenders intercala las conversaciones con el actor Chishu Ryu y el camarógrafo Yuharu Atsuta, colaboradores habituales de Ozu, que le recuerdan de manera emocionada, y fragmentos de Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) -también conocida como Viaje a Tokio-, la película más célebre de Ozu. Para terminar el documental, Wenders elige precisamente el final de esa obra maestra del cine, en el que el anciano protagonista contempla la ciudad a través de la ventana de su casa, ya completamente solo.

        Tokyo-Ga es un breve y sentido homenaje a una ciudad y un cine ya desaparecidos, y con él Wenders consigue lo que, probablemente, persigue ante todo: que no decaiga la sana costumbre de continuar viendo películas de Ozu.

CAZADOR BLANCO, CORAZÓN NEGRO de Peter Viertel

 

 

 

 

 

 

 

 

Cazador blanco, corazón negro (White hunter, black heart, 1953) es, por un lado, la crónica del rodaje de La reina de África (The african queen, 1951), uno de los films más míticos de John Huston (aunque no de mis preferidos), y, por otro, el retrato del propio Huston y de su obsesión por cazar un elefante, lo cual estuvo a punto de dar al traste con la película. Peter Viertel, que fue colaborador asiduo de Huston y que terminó de dar forma al guión creado por James Agee, escribe sobre su relación y enemistad con el cineasta, sobre los entresijos de la elaboración de un guión y el rodaje de una película, y sobre cómo el egoísmo de un genio es capaz de dañar todo lo que hay a su alrededor, consiguiendo una gran novela de aventuras y, sobre todo, una de las visiones más interesantes que la literatura ha dado sobre el cine.

        La novela fue llevada al cine en 1990 por Clint Eastwood, quien además de dirigir interpretó el papel de John Huston. Sin ser de las más conocidas, es una de las mejores películas de su filmografía (mucho mejor, desde luego, que sus últimos trabajos) y, posiblemente, su mejor interpretación.

“No han sido pocos los que han imitado su estilo de vida. Actores, escritores y hasta productores han intentado hacer en alguna ocasión  lo que él hacía un día sí y otro también, y todos han acabado mal: en prisión, endeudados, o dependiendo del Fondo de Ayuda de la Industria Cinematográfica. Quizá carecieran de su talento, aunque no creo que se tratara de eso. Creo que carecían de la capacidad mágica, casi divina, que él tenía para caer de pie.”

                 Publicada por Editorial Berenice.

                 Traducción de Carmen Acuña Partal, Marcos Rodríguez

                 Espinosa y Elena García Izquierdo.

LA HORA AZUL de Alonso Cueto

Quienes han leído Operación masacre (1957), del escritor argentino Rodolfo Walsh, sostienen que fue el pistoletazo de salida de la novela de no-ficción o basada en hechos reales, años antes de que apareciera A sangre fría (1965) de Truman Capote, que sigue siendo la obra más representativa del género y que durante mucho tiempo ha sido considerada su pionera. Controversias aparte, lo cierto es que esta literatura ha dado muchos y buenos frutos en la novela hispanoamericana, y hasta García márquez en Noticia de un secuestro (1996) o Ricardo Piglia en Plata quemada (1997) se han dejado tentar por ella. La hora azul (2005) del peruano Alonso Cueto, no es de las más conocidas pero sí de las mejores.

        Ganadora del Premio Herralde, La hora azul cuenta la obsesión del abogado Adrián Ormache, hijo de un oficial del ejército durante la guerra de Sendero Luminoso, por encontrar a la mujer a quien su padre le perdonó la vida, la única que pudo escapar del cuartel donde se las torturaba, violaba y asesinaba. A partir de esta historia real y de los datos documentados sobre Sendero Luminoso, y utilizando recursos propios de la novela policiaca, Cueto escribe una novela sobre el lado humano de los verdugos y la posibilidad de que sean perdonados, sobre cómo el pasado que apenas conocemos se cuela en nuestro presente y nos obliga a intentar completar una parte de nuestras vidas.

“Me imaginé cómo se vería desde allí una noche poblada de estrellas. Las manos temblando, la mujer llamada Miriam poniéndose el uniforme de Guayo y saliendo a aquel camino, y apenas volteando hacia ese hueco de la pequeña torre en la que estaba el vigía. Ella había prendido el cigarrillo, estaba concentrada en toda la extensión de sus músculos, acertando a dar con la voz de Guayo, voy a dar una vuelta, sus hombros buscaban el espacio donde avanzar sin despertar sospechas, encontrando la franja de aire que la separaba y la aproximaba al vigía, voy a dar una vuelta le había dicho, luego había pasado debajo del vigía y había logrado entrar al aire de fuera. Quizá había visto el milagro de una mano en alto, una mano que aceptaba su salida, hasta llegar al gran espacio negro a la derecha. Quizá había llegado al lugar en el que yo estaba en ese instante, ella caminando junto a esas piedras, no podía ceder al impulso de correr, había seguido con la caminata bajo el humo del cigarrillo, expuesta al cielo, sin apurarse, sin voltear, en la urgencia contenida de hacerse invisible hasta que pudiera llegar a ese camino desde donde se veía el cuartel. Traté de imaginarla allá, sobre el camino de piedras, abrazándose al frío, entrando a la negrura, a la parálisis de la velocidad, ¿así?, ¿había sido así?”

                 Publicada por Anagrama.

TRAIDORES A TODOS de Giorgio Scerbanenco

Ahora que la novela negra arrasa en las ventas, sobre todo gracias a los autores nórdicos, algunas editoriales se han propuesto recuperar la obra de autores clásicos del género, como el italiano Giorgio Scerbanenco, del cual ya habían sido publicadas algunas novelas en ediciones quiosqueras de bolsillo.

        Traidores a todos (Traditori di tutti, 1966), una de sus últimas novelas, resulta todo un descubrimiento para los que no conocíamos a este autor. Con un inicio que te atrapa absolutamente gracias a un personaje del que no se nos da información pero que al final será trascendental en la resolución del caso, la novela va mostrando sus cartas poco a poco, moviéndose entre el misterio de tres asesinatos similares pero quizá por razones distintas, la aparición de una banda dedicada al tráfico de armas y de drogas, y una venganza que viene desde muy lejos y que aportará una luz definitiva a unos hechos que tienen su origen en la 2ª Guerra Mundial.

       Con diálogos que no renuncian al humor pero escritos en carne viva, y con escenas violentísimas y sin anestesia, Scerbanenco se sitúa en la línea más dura del género, sin cortarse a la hora de criticar el sistema judicial italiano y creando un protagonista cuyas opiniones y forma de actuar pueden hoy en día escandalizar a más de uno. Y todo ello con un talento narrativo innegable, así que esperemos que la reedición de su obra no se quede sólo en esta magnífica novela.

“Se lo dijo a los dos que estaban detrás, los dos a los que tenía que matar, y se bajó sin esperar respuesta, aunque ellos, amablemente, adormecidos por la comilona y también por la edad, dijeron con voz ronca que sí, que se bajase, y, libres de su presencia, se dispusieron a dormir mejor, viejos y gordos como estaban, los dos con sus impermeables blancos, y ella con la bufanda de lana alrededor del cuello, de un color habano hepático, semejante al del cuello, que le hacía más gorda, y una cara parecida a la de una enorme rana, pero que, en cambio, tiempo atrás, millones de años antes, cuando todavía no había terminado la guerra, la Segunda Guerra Mundial, había sido muy hermosa. Así se lo dijo, y ella, ahora, iba a matarla, junto con su compañero. Alguien, oficialmente, la llamaba Adele Terrini, y en Buccinasco, en cambio, en Ca`Tarino, donde había nacido y sabían muchas cosas de ella, la llamaban Adele la Ramera, aunque su padre, que era norteamericano y tonto, la había llamado Adele la Esperanza.”

             Traducción del equipo editorial con la colaboración de Cuqui Weller.

             Publicada por Ediciones Akal.

EL AVIÓN DE LA BELLA DURMIENTE de Gabriel García Márquez / LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES de Yasunari Kawabata

El origen de Memoria de mis putas tristes (2004), la última novela de García Márquez, está en otra novela corta escrita por Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes (Nemureru Bijo, 1961). Pero la influencia del Nobel japonés y de esta novela en la literatura del Nobel colombiano aparece ya en el relato El avión de la bella durmiente -uno de los mejores del libro Doce cuentos peregrinos (1992)-, en el que el narrador, durante un viaje en avión de ocho horas, observa a la mujer sentada a su lado, la más hermosa que ha visto nunca, dormida durante todo el trayecto:

“Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.”

La novela de Kawabata, mi preferida junto a País de nieve (Yuki Guni, 1947), es uno de los grandes textos sobre el sexo y el erotismo en relación con el paso del tiempo y la vejez, pero también sobre la incomunicación, el desconocimiento y la frialdad en las relaciones humanas. Ahora que Haruki Murakami se ha convertido en un fenómeno de ventas incluso en España, no estaría de más asomarse a la literatura del que probablemente fuera el mayor escritor japonés del siglo pasado.

        “La repelente senilidad de los tristes hombres que venían a esta casa no estaba a muchos años de distancia del propio Eguchi. La inconmensurable extensión del sexo, su insondable profundidad -¿qué parte de ella había conocido Eguchi en sus sesenta y siete años?-. Y en torno a aquellos ancianos nacía constantemente carne nueva, carne hermosa, carne joven. ¿Acaso la nostalgia de los tristes ancianos por el sueño inacabado, su pesar por los días perdidos sin haberlos tenido jamás, no estarían ocultos en el secreto de esta casa? Eguchi pensaba antes que las muchachas que no se despertaban eran una perpetua libertad para los ancianos. Dormidas y mudas, decían lo que los ancianos deseaban.”

               Doce cuentos peregrinos está publicado en Ed. Mondadori.

               La casa de las bellas durmientes en Ed. Caralt.

EL PERRO DE LOS BASKERVILLE (1959) de Terence Fisher / ASESINATO POR DECRETO (1978) de Bob Clark

Probablemente sea Sherlock Holmes uno de los personajes que más veces ha sido llevado al cine, si no el que más, pero creo que ninguna de esas películas consigue ser una obra maestra. Seguro que muchos opinan que La vida privada de Sherlock Holmes (The private life of Sherlock Holmes, 1970) de Billy Wilder sí lo es, pero aun teniendo momentos maravillosos no me parece la obra redonda que pudo haber sido.

        Dos de los films sobre el detective de Baker Street que más me gustan son los británicos El perro de los Baskerville (The hound of the Baskervilles) y Asesinato por decreto (Murder by decree), que van más allá del argumento policiaco para adentrarse en el género de terror. El primero es una adaptación de la novela homónima de Arthur Conan Doyle, con Peter Cushing componiendo el mejor Holmes del cine y Andre Morell en el papel de Watson. Es uno de los films de la productora Hammer que más me gustan, con fotografía y  ambientación marca de la casa. En el segundo Holmes (Christopher Plummer) investiga los crímenes de Jack el destripador, en una intriga que involucra a la realeza británica y a la masonería, y que argumenta las mismas teorías sobre el caso que el impresionante cómic de Alan Moore y Eddie Campbell From Hell. Entre un reparto de campanillas destaca, como siempre, James Mason en el papel de Watson (vale para él el mismo comentario que para Cushing), y la ambientación del Londres victoriano es antológica. No es difícil suponer que sea la mejor película de Bob Clark, responsable de horrores como Porky´s (1981).

        Como digo, ninguna de las dos es una obra maestra, pero los aficionados al género y al personaje de Holmes tienen con ellas un programa doble de diversión asegurada.

              Editadas en DVD respectivamente por MGM y Universal.

SI NO AMANECIERA (1941) de Mitchell Leisen

Entre la comedia y el drama Mitchell Leisen fue fraguando una magnífica filmografía que desgraciadamente hoy en día es muy poco recordada, quizá con la excepción de Medianoche (1939), un film desmadrado y divertidísimo escrito por Billy Wilder y Charles Brackett.

        También de Wilder y Brackett es el guión del drama romántico Si no amaneciera (Hold back the down), la historia de un vividor rumano (Charles Boyer) que, en un pueblo mejicano, espera su ocasión de pasar a los Estados Unidos. La portunidad se le presenta cuando conoce a una maestra (Olivia de Havilland) que está de visita en el pueblo con sus alumnos. La seduce y se casa con ella para conseguir la ciudadanía, pensando en abandonarla al cruzar la frontera, pero la intervención de un inspector de inmigración y el hecho de que comienza a enamorarse de ella le complican sus planes.

        El film se mueve entre la comedia ligera y la ternura que inspira el personaje de la maestra hasta llegar al más puro dramatismo, pero sin caer nunca en el exceso ni el exhibicionismo, con una dirección absolutamente medida que consigue hacernos creíble y conmovedora una historia en muchos momentos inverosímil: la magia del cine hecho con talento.

        Junto a La vida íntima de Julia Norris (To each his own, 1946) -también escrita por Brackett y con la que Olivia de Havilland ganó el Oscar-, Si no amaneciera es uno de los mejores dramas de Leisen. Un programa doble ideal para (re) descubrir a un gran cineasta.

            Editada en DVD por Universal.

ASCENSOR PARA EL CADALSO (1957) de Louis Malle

París, finales de los 50, albores de la nouvelle vague. Los grandes músicos norteamericanos de jazz encuentran en la capital francesa el lugar apropiado para que su música sea reconocida y admirada, y el nuevo movimiento cinematográfico descubre en el jazz su alma gemela y lo incorpora a su forma de ver el cine.

        Louis Malle filma Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l´échafaud), su primer largometraje. Para ello adapta una novela negra de Noel Calef que bien podría haber firmado el James Mallahan Cain de El cartero siempre llama dos veces (The postman always rings twice, 1934) o Pacto de sangre (Double indemnity, 1945): dos amantes planean asesinar al marido de ella, pero las cosas se tuercen. Y se tuercen porque aquí el policía es Lino Ventura, y que yo sepa nunca hizo papeles de tonto.

        Para los personajes principales, Maurice Ronet y Jeanne Moreau. El rostro de Jeanne Moreau bajo la lluvia de París en blanco y negro, el rostro que por sí solo podía iluminar una sala de cine y hacer atractiva cualquier película por mediocre que fuera. 

        Y casualmente Miles Davis se encuentra en París y accede a hacerse cargo de la música de la película, la mejor banda sonora de jazz compuesta expresamente para el cine.

        Ascensor para el cadalso podría haber sido sólo una magnífica muestra de cine negro, pero además, y sobre todo, es el lugar donde el jazz y las imágenes se compenetran creando un ritmo fresco y espontáneo y absolutamente nuevo, el lugar donde coincidieron cuatro de los grandes pilares de la cultura francesa del siglo xx: el cine, el jazz, la novela negra…y Jeanne Moreau.

             Editada en DVD por Avalon (Filmoteca Fnac).

LOS AMANTES DE MONTPARNASSE (1958) de Jacques Becker

Desgraciadamente Jacques Becker falleció prematuramente cuando todo apuntaba a que iba a ser el único cineasta capaz de hacerle sombra a Jean Renoir en el panorama del cine francés anterior a la nouvelle vague (que me perdonen los bressonianos), dejándonos como testamento una gran obra maestra como es La evasión (Le trou, 1960). Un par de años antes nos había mostrado el que para mí es uno de los dos mejores retratos de un gran pintor que nos ha dado el cine, el de Modigliani en Los amantes de Montparnasse (Montparnasse 19). El otro es el que realizó Orson Welles en el genial y heterodoxo documental Fraude (Fake, 1973) sobre Elmyr de Hory, considerado el mayor falsificador de obras de arte del mundo y de quien, por supuesto, Modigliani no se libró: “A Modigliani le exploté con gran éxito, no porque fuera fácil, sino porque hay una gran afinidad entre nosotros. No creo que haya nadie en todo el mundo del arte que sepa más de Modigliani que yo. Le conozco a fondo y creo que he sentido el mayor placer y satisfacción cuando pintaba y dibujaba Modiglianis.”

        Los amantes de Montparnasse nos muestra los últimos meses de vida de un Modigliani pobre, hambriento, alcoholizado y violento, que no consigue vender un solo dibujo y subsiste gracias a los favores de las mujeres, y que encuentra en el amor de Jeanne, una estudiante de arte que renuncia por él a su buena posición (guapísima Anouk Aimée, que casi parece dibujada por el propio Modigliani), un apoyo para continuar pintando y viviendo. Pero eso no será suficiente. Modigliani acaba por derrumbarse en esa escena maravillosa en que, completamente borracho, arroja el poco dinero que le queda al río (“que al menos el Sena crea que soy rico”) y le pide a Jeanne que le abandone o acabará haciéndole daño. Escena en la que, por si había dudas, Gérard Philipe demuestra por qué, a pesar de morir a los 36 años (curiosamente con pocos meses de edad más de los que tenía Modigliani), ya era uno de los mayores actores del cine y el teatro franceses.

        Y si el retrato de Modigliani no es precisamente complaciente, menos lo es aún la visión de Becker sobre el mundo del arte, personificado en el marchante al que da vida el gran Lino Ventura (sin pistola, pero igual de malo), quien, una vez muerto Modigliani y sin que su viuda conozca aún la noticia, se lanza como un buitre a por sus cuadros sabiendo que pronto valdrán una fortuna.

        El mundo del arte o el mundo del dinero. De eso Elmyr de Hory sabía un rato.