LOS AMANTES DE MONTPARNASSE (1958) de Jacques Becker

Desgraciadamente Jacques Becker falleció prematuramente cuando todo apuntaba a que iba a ser el único cineasta capaz de hacerle sombra a Jean Renoir en el panorama del cine francés anterior a la nouvelle vague (que me perdonen los bressonianos), dejándonos como testamento una gran obra maestra como es La evasión (Le trou, 1960). Un par de años antes nos había mostrado el que para mí es uno de los dos mejores retratos de un gran pintor que nos ha dado el cine, el de Modigliani en Los amantes de Montparnasse (Montparnasse 19). El otro es el que realizó Orson Welles en el genial y heterodoxo documental Fraude (Fake, 1973) sobre Elmyr de Hory, considerado el mayor falsificador de obras de arte del mundo y de quien, por supuesto, Modigliani no se libró: “A Modigliani le exploté con gran éxito, no porque fuera fácil, sino porque hay una gran afinidad entre nosotros. No creo que haya nadie en todo el mundo del arte que sepa más de Modigliani que yo. Le conozco a fondo y creo que he sentido el mayor placer y satisfacción cuando pintaba y dibujaba Modiglianis.”

        Los amantes de Montparnasse nos muestra los últimos meses de vida de un Modigliani pobre, hambriento, alcoholizado y violento, que no consigue vender un solo dibujo y subsiste gracias a los favores de las mujeres, y que encuentra en el amor de Jeanne, una estudiante de arte que renuncia por él a su buena posición (guapísima Anouk Aimée, que casi parece dibujada por el propio Modigliani), un apoyo para continuar pintando y viviendo. Pero eso no será suficiente. Modigliani acaba por derrumbarse en esa escena maravillosa en que, completamente borracho, arroja el poco dinero que le queda al río (“que al menos el Sena crea que soy rico”) y le pide a Jeanne que le abandone o acabará haciéndole daño. Escena en la que, por si había dudas, Gérard Philipe demuestra por qué, a pesar de morir a los 36 años (curiosamente con pocos meses de edad más de los que tenía Modigliani), ya era uno de los mayores actores del cine y el teatro franceses.

        Y si el retrato de Modigliani no es precisamente complaciente, menos lo es aún la visión de Becker sobre el mundo del arte, personificado en el marchante al que da vida el gran Lino Ventura (sin pistola, pero igual de malo), quien, una vez muerto Modigliani y sin que su viuda conozca aún la noticia, se lanza como un buitre a por sus cuadros sabiendo que pronto valdrán una fortuna.

        El mundo del arte o el mundo del dinero. De eso Elmyr de Hory sabía un rato.

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