Archive for 29 abril 2010|Monthly archive page

EL OTRO (1972) de Robert Mulligan

Robert Mulligan ya había coqueteado con el cine de terror en algunas escenas de Matar un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), su película más reconocida, y en ese western tan heterodoxo como magnífico que es La noche de los gigantes (The stalking moon, 1968), pero donde se soltó definitivamente el pelo con el género fue al adaptar la novela El otro (The other), escrita por Thomas Tryon, autor también del guión y a quien pudimos ver en su faceta de actor protagonizando El cardenal (The cardinal, 1963) de Otto Preminger.

        Esta rara avis del género, que se desarrolla en un ambiente campestre nada amenazador (más cercano a La casa de la pradera que a La matanza de Texas, para entendernos), cuenta la extraña relación de Niles con su hermano gemelo Holland y con su abuela Ada (Uta Hagen, la gran actriz de teatro, autora de libros sobre interpretación y profesora de, entre otros, Al pacino o Jason Robards), y el juego que llevan a cabo a tres bandas, que resulta ser muy poco inocente y que será el causante de varios crímenes. Aderezada con elementos religiosos (el ángel de la muerte), mágicos (la escena del circo ambulante, o aquella en la que Ada induce a Niles a unirse al cuervo en su vuelo, y que me recuerda a la de Merlín y Arturo en Camelot (1967) de Joshua Logan), y de los cuentos infantiles, que se van introduciendo a lo largo del film y que cobrarán todo su sentido en la sobrecogedora escena final, El otro es una de las grandes películas sobre la maldad infantil, y su plano final de un rostro, al que se va acercando la cámara, mirando a través de una ventana, es de los que no se olvidan.

        Es una pena que la fotografía, en la que los matices brillan por su ausencia y que parece más propia de un telefilm, no esté a la altura de la historia y de la dirección de Mulligan. Aún así, es una cita obligada para los que disfrutaron con Suspense (The innocents, 1961) de Jack Clayton, y para quienes quieran darle otra oportunidad a este tipo de historias tras aburrirse con La mala semilla (The bad seed, 1956), aquella obra de teatro que Mervin LeRoy no supo convertir en cine.

              Editada en DVD por Filmax.

LA CHICA DEL ADIÓS (1977) de Herbert Ross

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Las películas que adaptan textos de Neil Simon han de llevar siempre colgado el cartel de recomendables. Ya sea en comedias románticas como Descalzos por el parque (Barefoot in the park, 1967) de Gene Saks, o en films directamente hilarantes como La extraña pareja (The odd couple, 1968), también dirigida por Saks, o Un cadáver a los postres (Murder by death, 1976) de Robert Moore, los diálogos de Simon son un regalo para los actores y para los cineastas capaces de proporcionar el ritmo cinematográfico necesario a las adaptaciones, alejándolas lo más posible de su origen teatral.

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El guión de La chica del adiós (The goodbye girl) fue a parar a manos de Herbert Ross, un director que cuando agarra un buen material siempre lo convierte en una buena película. A pesar de que hacia el final decae un poco, esta historia en la que un actor en busca de la oportunidad de su vida (Richard Dreyfuss) y una madre soltera que no logra la estabilidad ni en el amor ni en el trabajo (Marsha Mason) se ven forzados a compartir apartamento es una de las mejores adaptaciones de un texto de Neil Simon, y una de esas películas a las que podemos recurrir para que nos levanten el ánimo tras un mal día. Consigue divertirnos y emocionarnos, y además recupera la guerra de sexos que tan buenos resultados dio en la comedia clásica norteamericana y que el propio Simon había parodiado en la citada La extraña pareja, con Jack Lemmon y Walter Matthau.

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Editada en DVD por Warner.

LA ROSA NEGRA (1950) de Henry Hathaway

Muchos de los aficionados a la literatura y al cine comenzamos a serlo gracias al género de aventuras: los cómics de El Jabato, El Capitán Trueno o El Corsario de hierro, las novelas de Verne, Stevenson, Dumas o Sabatini, y las sesiones dobles en los cines de barrio o frente al televisor con las películas de Michael Curtiz, Raoul Walsh, Jacques Tourneur, George Sidney o Henry Hathaway, conseguían que nos lo pasáramos como los enanos que éramos. Con el tiempo llegarían otros géneros, otras literaturas y otros cineastas, pero también la certeza, tras múltiples visitas, de que esas obras que disfrutábamos de pequeños no sólo eran entretenimientos para niños, sino que también albergaban grandes historias, maravillosos personajes y el mejor cine.

        De las películas de aventuras que realizó Hathaway, La rosa negra (The black rose) es la que más me gusta, y, a pesar de no gozar del prestigio de otras, es también una de mis preferidas del género. Los conflictos entre sajones y normandos en la Inglaterra de la Edad Media, las diferencias con la avanzada cultura de la época en Asia, la fotografía de Jack Cardiff, romances, batallas, torneos, un Tyrone Power como pez en el agua y un Orson Welles que seguramente se lo pasó en grande disfrazándose y maquillándose para dar vida al jefe mongol (además de cobrando para dar a luz sus propios proyectos), hacen de esta película un espectáculo con el que disfrutar una y otra vez. 

        Supongo que sería mucho pedir que en los colegios se les pasaran a los niños películas como ésta, o que se les comenzara a enseñar literatura con Los tres mosqueteros o La isla del tesoro (aunque no sean novelas españolas) en lugar de obligarles a leer mamotretos como El libro de Buen Amor o el Cantar de Mío Cid, pero quizá se lograría con ello que el mero hecho de ver una película sin efectos especiales o de leer más de dos frases seguidas no les produjera retortijones.

             Editada en DVD por Fox.

LLUVIA NEGRA (1989) de Shohei Imamura

Vaya por delante que, en general, la filmografía de Shohei Imamura no me parece de las más destacables del cine japonés. Ni siquiera La balada de Narayama (Narayama bushiko, 1983), que para muchos es su mejor película, me entusiasma demasiado, y menos aún si la comparo con la versión de 1958 dirigida por Keisuke Kinoshita, que, en mi opinión, es mucho mejor. Pero, al igual que me ocurre con otros directores que no son santo de mi devoción, uno de los films de Imamura sí me parece una obra maestra, y es Lluvia negra (Kuroi ame), adaptación de la novela homónima de Masuji Ibuse, publicada de forma seriada en 1965 y como libro un año más tarde.

        El texto escrito por Ibuse, basado en documentos, entrevistas y diarios de algunas de las víctimas de la masacre de Hiroshima, es la crónica del desconcierto y de las consecuencias que ocasionó la bomba entre unos seres humanos a los que, de repente, les cayó encima toda la ferocidad de la guerra. Huyendo del pesimismo y sin perder el tiempo en buscar causas o señalar culpables, Ibuse se centra en el drama cotidiano (la búsqueda de familiares, la escasez de alimentos y medicinas, los primeros síntomas de la radiación y el desconocimento de cómo tratarlos, etc) y en las esperanzas de futuro. Sin necesidad de que el autor recurra a ningún tipo de exhibicionismo literario, algunas de las páginas de esta soberbia novela ponen los pelos de punta.

        La película de Imamura, con un blanco y negro impresionante, consigue trasladar a sus imágenes el tono de la novela, y acierta al dar mayor protagonismo a la historia de Yasuko, la joven a la que su pretendiente rechaza porque ha estado expuesta a las radiaciones de la bomba y que, poco a poco, irá experimentando los síntomas de la enfermedad.

        Si bien Lluvia negra es toda ella sobresaliente, aunque sólo se haya visto una vez resulta difícil no recordar especialmente dos momentos: la escena, no apta para estómagos sensibles, que muestra, tras el estallido de la bomba, el caos absoluto, los cadáveres amontonados, los heridos deformes y mutilados caminando como zombis, la lluvia negra cayendo sobre la gente…; y el plano, tan bello como triste, en que Yasuko, mientras se baña, se acaricia el cabello y ve cómo se le cae a jirones y se le queda en las manos.

        En ese instante de gran cine, posiblemente el mejor que haya filmado nunca, Imamura consigue resumir en una sola mirada el miedo, la desolación y las preguntas sin respuesta de todo un pueblo.

LOS EJÉRCITOS de Evelio Rosero

Los que se pregunten si hay vida literaria en Colombia más allá de García Márquez pueden encontrar una respuesta irrechazable en la figura de Evelio Rosero y en novelas como Los ejércitos (2007), un texto en el que la mejor literatura, la belleza de las palabras más sencillas, asoma en cada frase, en cada fragmento, en cada uno de sus breves capítulos, que a menudo podrían pasar por relatos autónomos difícilmente superables. A medida que iba leyendo esta novela abrumadora y desconcertante, en la que Rosero nos abandona sin brújula a la que recurrir para arañarle un sentido a tanta sinrazón, me acordaba del Rulfo de Pedro Páramo y del Coetzee de Esperando a los bárbaros, porque, al igual que ocurre con estas dos novelas intocables, con Los ejércitos uno ha de soltarse y dejarse llevar aunque no sepa exactamente qué terreno está pisando, y disfrutar de la impagable  y poco frecuente sensación de que es casi imposible escribir mejor.

        Si sois de los que van rastreando hasta encontrar la mejor literatura de hoy en día, la breve parada que supone Los ejércitos no os defraudará: las obras maestras no suelen hacerlo. 

“Le diré que Otilia está enferma, que no puede escribir y manda sus saludos, será una mala noticia -pero con un resto de esperanza, mil veces mejor que decir que lo peor es cierto, que su madre está desaparecida-. Todavía no queremos irnos, le diré, ¿para qué irnos, a estas alturas?, serían tus propias palabras, Otilia: en todo caso gracias por el ofrecimiento y que Dios los bendiga, tendremos en cuenta lo que nos brindan, pero es de pensar: necesitamos tiempo para dejar esta casa, tiempo para dejar lo que tendremos que dejar, tiempo para guardar lo que tendremos que llevar, tiempo para despedirnos para siempre, tiempo para el tiempo. Si nos hemos quedado aquí toda una vida, ¿por qué no unas semanas?, nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana.”

                Publicada por Tusquets.