LOS EJÉRCITOS de Evelio Rosero

Los que se pregunten si hay vida literaria en Colombia más allá de García Márquez pueden encontrar una respuesta irrechazable en la figura de Evelio Rosero y en novelas como Los ejércitos (2007), un texto en el que la mejor literatura, la belleza de las palabras más sencillas, asoma en cada frase, en cada fragmento, en cada uno de sus breves capítulos, que a menudo podrían pasar por relatos autónomos difícilmente superables. A medida que iba leyendo esta novela abrumadora y desconcertante, en la que Rosero nos abandona sin brújula a la que recurrir para arañarle un sentido a tanta sinrazón, me acordaba del Rulfo de Pedro Páramo y del Coetzee de Esperando a los bárbaros, porque, al igual que ocurre con estas dos novelas intocables, con Los ejércitos uno ha de soltarse y dejarse llevar aunque no sepa exactamente qué terreno está pisando, y disfrutar de la impagable  y poco frecuente sensación de que es casi imposible escribir mejor.

        Si sois de los que van rastreando hasta encontrar la mejor literatura de hoy en día, la breve parada que supone Los ejércitos no os defraudará: las obras maestras no suelen hacerlo. 

“Le diré que Otilia está enferma, que no puede escribir y manda sus saludos, será una mala noticia -pero con un resto de esperanza, mil veces mejor que decir que lo peor es cierto, que su madre está desaparecida-. Todavía no queremos irnos, le diré, ¿para qué irnos, a estas alturas?, serían tus propias palabras, Otilia: en todo caso gracias por el ofrecimiento y que Dios los bendiga, tendremos en cuenta lo que nos brindan, pero es de pensar: necesitamos tiempo para dejar esta casa, tiempo para dejar lo que tendremos que dejar, tiempo para guardar lo que tendremos que llevar, tiempo para despedirnos para siempre, tiempo para el tiempo. Si nos hemos quedado aquí toda una vida, ¿por qué no unas semanas?, nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana.”

                Publicada por Tusquets.

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