LLUVIA NEGRA (1989) de Shohei Imamura

Vaya por delante que, en general, la filmografía de Shohei Imamura no me parece de las más destacables del cine japonés. Ni siquiera La balada de Narayama (Narayama bushiko, 1983), que para muchos es su mejor película, me entusiasma demasiado, y menos aún si la comparo con la versión de 1958 dirigida por Keisuke Kinoshita, que, en mi opinión, es mucho mejor. Pero, al igual que me ocurre con otros directores que no son santo de mi devoción, uno de los films de Imamura sí me parece una obra maestra, y es Lluvia negra (Kuroi ame), adaptación de la novela homónima de Masuji Ibuse, publicada de forma seriada en 1965 y como libro un año más tarde.

        El texto escrito por Ibuse, basado en documentos, entrevistas y diarios de algunas de las víctimas de la masacre de Hiroshima, es la crónica del desconcierto y de las consecuencias que ocasionó la bomba entre unos seres humanos a los que, de repente, les cayó encima toda la ferocidad de la guerra. Huyendo del pesimismo y sin perder el tiempo en buscar causas o señalar culpables, Ibuse se centra en el drama cotidiano (la búsqueda de familiares, la escasez de alimentos y medicinas, los primeros síntomas de la radiación y el desconocimento de cómo tratarlos, etc) y en las esperanzas de futuro. Sin necesidad de que el autor recurra a ningún tipo de exhibicionismo literario, algunas de las páginas de esta soberbia novela ponen los pelos de punta.

        La película de Imamura, con un blanco y negro impresionante, consigue trasladar a sus imágenes el tono de la novela, y acierta al dar mayor protagonismo a la historia de Yasuko, la joven a la que su pretendiente rechaza porque ha estado expuesta a las radiaciones de la bomba y que, poco a poco, irá experimentando los síntomas de la enfermedad.

        Si bien Lluvia negra es toda ella sobresaliente, aunque sólo se haya visto una vez resulta difícil no recordar especialmente dos momentos: la escena, no apta para estómagos sensibles, que muestra, tras el estallido de la bomba, el caos absoluto, los cadáveres amontonados, los heridos deformes y mutilados caminando como zombis, la lluvia negra cayendo sobre la gente…; y el plano, tan bello como triste, en que Yasuko, mientras se baña, se acaricia el cabello y ve cómo se le cae a jirones y se le queda en las manos.

        En ese instante de gran cine, posiblemente el mejor que haya filmado nunca, Imamura consigue resumir en una sola mirada el miedo, la desolación y las preguntas sin respuesta de todo un pueblo.

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