Archive for 26 mayo 2010|Monthly archive page

A 23 PASOS DE BAKER STREET (1956) de Henry Hathaway

Que sí, que ya sabemos que Alfred Hitchcock era la hostia en vinagre, que (casi) todas sus películas son obras maestras, y que los cineastas que se atrevieron a filmar a su sombra una historia de intriga y misterio deberían avergonzarse y pedir disculpas porque seguro que el genial gordo inglés lo habría hecho mucho mejor. Pero una vez conocidos los mandamientos, y teniendo en cuenta que A 23 pasos de Baker Street (23 paces to Baker Street) no recurre en ningún momento al suspense -recurso que, en el cine, pertenece por derecho propio a Hitchcock, pero que en la literatura ya habían utilizado escritores como Cornell Woolrich, autor del relato que dio origen a La ventana indiscreta (Rear window, 1954)-, no estaría de más que, en lugar de rasgarnos las vestiduras, disfrutáramos esta película como lo que es: un entretenimiento con una magnífica ambientación, que cuenta con un ritmo y una intriga que no hacen sino avanzar y con un brillante guión, con sus dosis justas de humor, que probablemente provoque sarpullidos a los que consideran que todo lo que aparece en una película ha de ser creíble, los cuales, por tanto, tampoco serán demasiado aficionados al cine de Sir Alfred. 

       ¿Que Hitchcock la habría hecho mejor? Sin duda. ¿Y qué habría hecho Orson Welles con una película que sólo es buena a ratos como Topaz? ¿Y Wilder o Lubitsch con ese churro disfrazado de genialidad que es Pero…¿quién mató a Harry?

               Editada en DVD por Fox.

UN CADÁVER A LOS POSTRES (1976) de Robert Moore

El millonario Lionel Twain invita a los mejores detectives del mundo a pasar una velada en su casa durante la cual les informa de que se va a cometer un crimen, y ofrece un millón de dólares a quien descubra al asesino. 

        Éste podría ser el trillado argumento de cualquier peliculilla de misterio, pero si quien la escribe es Neil Simon y los intérpretes son, entre otros, Peter Falk, David Niven, James Coco y Peter Sellers en el papel de unos detectives que se parecen mucho a Philip Marlowe (o Sam Spade), Nick Charles, Hércules Poirot y Charlie Chan, la cosa se convierte en ese divertidísimo desmadre titulado Un cadáver a los postres (Murder by death), una sátira de esas decepcionantes novelas de misterio en las que, tras un buen montón de páginas, resulta que cualquiera puede ser el asesino. Alec Guinnes interpretando al mayordomo ciego y llevándose a casa varios de los momentos más descacharrantes de la función, y el escritor Truman Capote haciendo sus pinitos en el cine como el millonario Lionel Twain asisten al completo desaguisado creado por esas mentes privilegiadas, que se enfrentan para saber quién encontrará la clave del enigma y, de paso, quién dirá la tontería más gorda. Aunque tampoco haría falta que hablasen mucho, porque con sus caretos ya nos llega para echarnos unas risas. 

         Aquí, la foto de grupo: lo mejor de cada casa.

                      Editada en DVD por Columbia.

DEJAD PASO AL MAÑANA (1937) de Leo McCarey

Una pareja de ancianos ha de separarse para irse a vivir con dos de sus hijos tras el embargo de su casa. Los problemas con las familias y la imposibilidad de volver a reunirlos forzarán la separación  definitiva, pero aún tendrán una última tarde para estar juntos.

        Dos actores prodigiosos (Victor Moore y Beulah Bondi), unos diálogos sencillísimos, una cámara que apenas se mueve y se limita a mostrar. En principio no parece gran cosa, pero el cine es uno de los pocos lugares donde son posibles los milagros, y Dejad paso al mañana (Make way for tomorrow), una de las películas preferidas de John Ford y de Orson Welles, es uno de los más grandes, la obra maestra que nos ha dado más con menos, la que en todas y cada una de sus escenas nos arranca una sonrisa o nos hace llorar, la que nos reserva uno de los planos finales más hermosamente tristes que nos haya regalado el cine. Imposible analizar esta lección de ternura, porque los milagros no pueden analizarse.

        El cineasta que ganó el Oscar de 1937 con otra película, la divertidísima La pícara puritana (The awful truth), que en 1933 realizó el mejor film de los Hnos. Marx, Sopa de ganso (Duck soup), y que hizo la mejor versión de Tú y yo (An affair to remember, 1957), consiguió con Dejad paso al mañana uno de los grandes retratos cinematográficos sobre el mundo de la tercera edad y, para quien esto escribe, sencillamente una de las mejores películas de la historia del cine. ¿Recomendable? No, obligatoria. Eso sí, tras procurarse un buen surtido de pañuelos.

AMADOR (1964) de Francisco Regueiro

En la filmografía de Francisco Regueiro están algunas de las películas más originales, heterodoxas, y con más mala baba del cine español, como demuestra, sin ir más lejos, Madregilda (1993), posiblemente su obra más conocida. Y dentro de esa filmografía a contracorriente encontramos pequeñas joyas como Amador, la historia de un tipejo sin oficio ni beneficio, un niño grande que está como un cencerro y que abandona a su mujer y a su hijo obsesionado por casarse con una millonaria. Mientras dura su desorientada búsqueda, vive de los favores de una tía que también tiene lo suyo (impagable la escena en que lo baña como a un bebé) y de lo que roba a las mujeres que se le acercan, a las que asesina con una navaja.

        La película pasa de puntillas sobre la investigación criminal y sobre las escenas violentas, resueltas de un plumazo, y se centra en el retrato de un desequilibrado que no sabe si va o viene y cuyos pensamientos vamos conociendo a través de su propia voz en off, interpretado por un Maurice Ronet cuya mirada me recuerda a veces a la de Tony Curtis dando vida a Albert De Salvo en El estrangulador de Boston (The Boston strangler, 1968), una de las obras maestras de Richard Fleischer.

        Sin ser una película redonda (su duración me parece excesiva y la voz en off, en ocasiones, entorpece el ritmo y le da un excesivo tono literario), Amador es más que recomendable para los aficionados a las rarezas y las obras de culto del cine español, y es ideal para una doble sesión junto a otra película de 1964 a la que también hay que dar de comer aparte: El extraño viaje, la obra maestra de Fernando Fernán-Gómez.

             Editada en DVD por Filmax.

YA VUELA LA FLOR MAGRA / LOS SOLDADOS LLORAN DE NOCHE de Salvatore Quasimodo

La novela del escritor argentino Sergio Olguín Oscura monótona sangre, premio Tusquets del 2009, recupera en su título un verso de Salvatore Quasimodo (1901-1968). Al leer la novela y el poema recordé que Ana María Matute también recurrió al gran poeta italiano cuando escribió Los soldados lloran de noche (1964). Aquí os dejo los dos poemas del Nobel de 1959.

Ya vuela la flor magra

No sabré nada de mi vida,

oscura monótona sangre.

No sabré a quién amaba, a quién amo,

ahora que estrecho, reducido a mis miembros,

en el estropeado viento de marzo

enumero los males de los días descifrados.

Ya vuela la flor magra

desde las ramas. Y yo aguardo

la paciencia de su vuelo irrevocable.

 

Los soldados lloran de noche

Ni la cruz ni la infancia bastan,

ni el martillo del Gólgota,

ni la angélica memoria,

para destruir la guerra.

Los soldados lloran de noche

antes de morir. Son fuertes, caen

a los pies de las palabras aprendidas

bajo las armas de la vida.

Números amantes, soldados,

anónimos ruidos de lágrimas.

OCHO SENTENCIAS DE MUERTE (1949) de Robert Hamer

En la literatura británica el asesinato y el humor han ido frecuentemente de la mano. Son muchas las novelas de misterio en las que la comedia aparece para aligerar las situaciones dramáticas y, sin ir más lejos, un grande del género como Chesterton siempre recurría a la ironía y a la paradoja para sazonar sus crímenes. El mayor ejemplo que podemos encontrar al respecto probablemente sean los dos primeros textos (el tercero ya no tiene nada de divertido), escritos en 1827 y 1829,  incluidos en Del asesinato considerado como una de las bellas artes de Thomas De Quincey. El título ya da una idea de por dónde van los tiros, pero valga también como ejemplo uno de sus fragmentos más populares:

“Si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a no tener presente el Día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente.”

        Los estudios Ealing, abanderados de la comedia británica en loa años 40 y 50, dieron su particular versión del crimen con humor en Ocho sentencias de muerte (Kind hearts and coronets), la historia del repudiado Louis Mazzini, quien decidirá convertirse en el décimo Duque de Chalfont llevándose por delante a los ocho parientes de su difunta madre con mayor derecho que él al título.

        Lejos del tipo de comedia que no da tregua al espectador, de las persecuciones alocadas y los gags que invitan a la carcajada, los diálogos y las situaciones de la película buscan la sonrisa y la complicidad del espectador mediante la ironía y la doble lectura no exenta de crítica. Aquí los personajes mienten, chantajean, buscan su propio interés y hacen gala de su hipocresía sin ningún tipo de vergüenza, pero siempre con una tranquilidad, un buen gusto y una educación exquisitos. Louis Mazzini, ayudado por la providencia, consigue su propósito sin que se sospeche de él, y sólo las paradojas del destino consiguen ponerle en aprietos, pero sin dejar nunca de lado los buenos modales. Ambición y crimen, pero con estilo y guardando las apariencias.

        Y por encima de todo ahí está Alec Guinnes, uno de los más grandes actores de la historia, interpretando a los ocho miembros de la familia D´Ascoyne sentenciados a muerte. Un tour de force al alcance de muy pocos. 

                Editada en DVD por Universal.

REVOLUTIONARY ROAD de Richard Yates

El omnipresente escritor argentino Rodrigo Fresán nos define de manera inmejorable la novela Revolutionary Road (1961), llevada recientemente al cine por Sam Mendes en una magnífica adaptación que, sospecho, ganará prestigio con los años: “Una novela de terror sin monstruos imposibles que la hagan soportable”.

        La historia de Frank y April Wheeler es la historia del fin de los sueños, de la pérdida de valores, de la renuncia a todo aquello que consideramos imprescindible y que nos hace diferentes a cambio de la comodidad que nos ofrece la sociedad, que nos aletarga y alimenta nuestras envidias y nuestra hipocresía, y si su lectura nos puede resultar incómoda es porque podemos ver reflejadas en sus personajes a personas de nuestro entorno o, peor aún, a nosotros mismos. El narrador los observa de manera fría y distante, casi como un entomólogo literario, lo cual acentúa la sensación de soledad y de abandono en que están inmersos, y su imposibilidad de cambiar las cosas: cuando April decide que su vida no le sirve y que quiere recuperar sus antiguas ilusiones y las de su marido, y choca contra la incomprensión de éste y siente que sus sentimientos hacia él se desmoronan, sólo encontrará una última y trágica salida.

        Creo que fue Chéjov quien dijo que algunas personas pasan de largo por sus propias vidas. Eso es lo que les ocurre a los personajes de esta novela opresiva pero magistral, de esta visión del otro lado del sueño americano en los años 50, extensible a cualquier sociedad desarrollada de la actualidad. No, aquí no hay monstruos imposibles porque los monstruos son las personas que habitan la novela, por las que el autor, a excepción de April, no siente ninguna piedad.

        En un fragmento hacia el final de la novela, Shep, el mejor amigo de los Wheeler, que siempre había admirado y deseado a April, mira a su esposa Milly y lo que piensa termina por redondear el sentido de Revolutionary Road: lo importante es seguir vivos y no estar solos, a pesar de todo.

        “Al mirarla ahora a la luz de la lámpara, mirando a aquella mujer estúpida y ajada, supo que lo que había dicho era verdad. Porque, maldita sea, ella estaba viva, ¿no? Si se acercaba al sillón y le tocaba la nuca, ella cerraría los ojos y sonreiría, ¿verdad? Pues claro que sí. Y cuando los Brace se marcharan -con la ayuda de Dios no tardarían en largarse de una vez-, cuando los Brace se marcharan ella se iría a la cocina y empezaría a fregar platos y a hablar por los codos (“A mí me caen muy bien; ¿a ti no?”). Luego se iría a la cama, y por la mañana se levantaría y volvería a bajar medio encorvada con su bata deshilachada y su olor a sueño y a zumo de naranja y a jarabe para la tos y a desodorante; y continuaría viviendo”.

                Traducción de Luis Murillo Fort.

                Publicada por Alfaguara.

SCARAMOUCHE (1952) de George Sidney

Si tuviera que señalar una película representativa del espíritu y la finalidad del cine clásico de Hollywood, o alguien me pidiera que le recomendara un film para que sus hijos comenzaran a aficionarse al cine, mi elección sería Scaramouche, la gran obra maestra del cine de capa y espada. George Sidney ya había conseguido una gran película con Los tres mosqueteros (The three musketeers, 1948), pero llega incluso a superarla con esta adaptación de la novela de Rafael Sabatini.

        Por supuesto encontramos en Scaramouche todos los elementos afines al género: los duelos (el que cierra la película es probablemente el mejor que se haya filmado), el humor, la venganza que busca Andre Moreau (un Stewart Granger nacido para el género de aventuras) por la muerte de su amigo, el romance (Janet Leigh y Eleanor Parker, una gran actriz y una aún mayor presencia), y un ritmo endiablado que no decae ni un segundo. Pero además, los personajes y las representaciones que recoge de la comedia del arte italiana y el tema de la búsqueda de la identidad por parte de un Andre Moreau que toma prestada la de Scaramouche para esconderse de la justicia mientras intenta descubrir quién es realmente le otorgan a la película una riqueza de matices que difícilmente se encuentra en otras grandes del género. Que yo sepa, Scaramouche nunca ha aparecido en ninguna lista de las cien mejores películas (en la mia sí estaría), y probablemente no despierte sesudos debates cinéfilos, pero pocas películas desprenden tanta diversión y vitalidad como ésta.

        El lugar que suele ocupar Rafael Sabatini en la historia de la literatura es el de un escritorzuelo de novelitas de aventuras. Particularmente, la novela Scaramouche me parece extraordinaria, y sus primeras frases componen uno de esos inicios que se quedan en la memoria y que invitan irremediablemente a continuar leyendo.

“Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ése era todo su patrimonio”. 

            Editada en DVD por Warner.

NO AMARÁS (1988) de Krzysztof Kieslowski

Es de suponer que Kieslowski tuviese muy presente La ventana indiscreta de Hitchcock a la hora de realizar No amarás (Krótki film o milosci), uno de los dos largometrajes incluidos en su Decálogo, aunque en su película no hay ni suspense, ni crimen por resolver, ni una mirada sobre el propio cine, sino una historia de y sobre el amor.

        Kieslowski comienza el film dándole todo el protagonismo a Tomek, el chico que observa con un telescopio a Magda, su vecina de enfrente. Cuando le confiesa a Magda lo que hace, el protagonismo de la historia pasa a esta mujer fria y que ya no cree en el amor, y que se burlará de los sentimientos de Tomek iniciándole en sus juegos eróticos. Sólo cuando el chico intenta suicidarse y pasa varios días en el hospital, Magda tomará conciencia de su soledad y de cuánto le echa le menos.

        No amarás huye del morbo y del mal gusto y no nos presenta la perversión de Tomek como tal, sino como un acto de amor y devoción hacia alguien a quien no cree poder conseguir. A partir de esta premisa y a través del personaje de Magda, el film se irá transformando en una historia sobre la necesidad de ser amados y, como muestra la extraordinaria escena final, sobre la necesidad de observarnos, descubrirnos y conocernos, de ser mirones de nosotros mismos.

        La exposición nada exhibicionista de los sentimientos, tan presente en el cine de Kieslowski, tiene una parada imprescindible en esta película a la que, un año después, se le unió una inmejorable compañera de viaje con Monsieur Hire, otra historia de mirón enamorado dirigida por Patrice Leconte, más dramática e igual de conmovedora.

                  Editada en DVD por Cameo.