REVOLUTIONARY ROAD de Richard Yates

El omnipresente escritor argentino Rodrigo Fresán nos define de manera inmejorable la novela Revolutionary Road (1961), llevada recientemente al cine por Sam Mendes en una magnífica adaptación que, sospecho, ganará prestigio con los años: “Una novela de terror sin monstruos imposibles que la hagan soportable”.

        La historia de Frank y April Wheeler es la historia del fin de los sueños, de la pérdida de valores, de la renuncia a todo aquello que consideramos imprescindible y que nos hace diferentes a cambio de la comodidad que nos ofrece la sociedad, que nos aletarga y alimenta nuestras envidias y nuestra hipocresía, y si su lectura nos puede resultar incómoda es porque podemos ver reflejadas en sus personajes a personas de nuestro entorno o, peor aún, a nosotros mismos. El narrador los observa de manera fría y distante, casi como un entomólogo literario, lo cual acentúa la sensación de soledad y de abandono en que están inmersos, y su imposibilidad de cambiar las cosas: cuando April decide que su vida no le sirve y que quiere recuperar sus antiguas ilusiones y las de su marido, y choca contra la incomprensión de éste y siente que sus sentimientos hacia él se desmoronan, sólo encontrará una última y trágica salida.

        Creo que fue Chéjov quien dijo que algunas personas pasan de largo por sus propias vidas. Eso es lo que les ocurre a los personajes de esta novela opresiva pero magistral, de esta visión del otro lado del sueño americano en los años 50, extensible a cualquier sociedad desarrollada de la actualidad. No, aquí no hay monstruos imposibles porque los monstruos son las personas que habitan la novela, por las que el autor, a excepción de April, no siente ninguna piedad.

        En un fragmento hacia el final de la novela, Shep, el mejor amigo de los Wheeler, que siempre había admirado y deseado a April, mira a su esposa Milly y lo que piensa termina por redondear el sentido de Revolutionary Road: lo importante es seguir vivos y no estar solos, a pesar de todo.

        “Al mirarla ahora a la luz de la lámpara, mirando a aquella mujer estúpida y ajada, supo que lo que había dicho era verdad. Porque, maldita sea, ella estaba viva, ¿no? Si se acercaba al sillón y le tocaba la nuca, ella cerraría los ojos y sonreiría, ¿verdad? Pues claro que sí. Y cuando los Brace se marcharan -con la ayuda de Dios no tardarían en largarse de una vez-, cuando los Brace se marcharan ella se iría a la cocina y empezaría a fregar platos y a hablar por los codos (“A mí me caen muy bien; ¿a ti no?”). Luego se iría a la cama, y por la mañana se levantaría y volvería a bajar medio encorvada con su bata deshilachada y su olor a sueño y a zumo de naranja y a jarabe para la tos y a desodorante; y continuaría viviendo”.

                Traducción de Luis Murillo Fort.

                Publicada por Alfaguara.

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1 comment so far

  1. […] Chejov, con una deliciosa relectura de La dama del perrito. También una delicia es su lectura de Revolutionary Road, de Richard Yates, aunque estoy seguro de que romperá esquemas a algunos. Por último, algunos […]


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