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DAN LAS CAMPANAS TU RECUERDO EN PUNTO de César Calvo

Este año se cumple el décimo aniversario de la muerte del poeta peruano César Calvo, uno de los grandes del pasado siglo que no son demasiado conocidos en nuestro país. Entre mis poemas preferidos, el impresionante Nocturno de Vermont, de su libro Ausencias y retardos (1963): “Me han contado que también allá las noches/tienen ojos azules/y lavan sus cabellos en ginebra./¿Es cierto que allá en Vermont, cuando sueñas,/el silencio es un viento de jazz sobre la hierba?(…)”, y esa breve maravilla que es Dan las campanas tu recuerdo en punto, del libro Poemas bajo tierra (1961). Aquí os lo dejo.

    Dan las campanas tu recuerdo en punto.

    Afuera se pasean las dos de la mañana.

    Nada pudo diciembre contra el semestre tuyo.

    Nada el sol silencioso contra tu sombra hablada.

    Desde el fondo de todo

    lo que tengo,

    me faltas.

    Dan tu recuerdo en punto las campanas.

    Y afuera se pasean,

    de una

    en una,

    las dos de la mañana.

TODOS LOS FUNES de Eduardo Berti

Todos los funes (1994), finalista del XXII Premio Herralde de Novela, cuenta dos historias de amor, de amor por la literatura y de amor por una mujer, los cuales, como es bien sabido, pueden llegar a ser el mismo. Jean-Yves Funès, el protagonista de la novela, es un profesor de literatura jubilado que viaja a Lyon para asistir a un ciclo de conferencias. Durante su estancia allí, a través de las conversaciones con los enigmáticos personajes que va conociendo y mientras se agrava su larga enfermedad, Funès rememora su gran amor por Marie-Hélène – la esposa fallecida años atrás-, bucea en el misterio sobre su propia identidad que siempre le ha acompañado, y recuerda el proyecto nunca realizado de escribir un libro sobre todos los Funes de la literatura hispanoamericana, desde el protagonista de Funes el memorioso -uno de los más impresionantes cuentos de Borges-, hasta los que aparecen en El examen, Bestiario y Sobremesa de Julio Cortázar, pasando por los que crearon Horacio Quiroga o Augusto Roa Bastos.

        De lectura amable y fácil, con los diálogos intercalados en la voz del narrador, lo que consigue que fluya mejor la historia sin entorpecerla en ningún momentoy con un personaje central al que enseguida cogemos cariño, Todos los Funes guarda desde sus primeras páginas un aire de irrealidad, de que estamos leyendo algo soñado más que sucedido, sensación inevitablemente acentuada por la sucesiva aparición de personajes improbables. La maravillosa escena final nos aporta algunas claves sobre la historia, pero su ambigüedad, afortunadamente, nos sigue acompañando.

        “Inútilmente Funès revisó hasta su último bolsillo. Nada, dictaminó, me temo que no me queda ni una pero, a ver, ¡ya lo tengo!, y se aflojó la correa del reloj. Si cae boca arriba paseamos junto al Rhône, si cae boca abajo paseamos junto al Sâone, ¿estás de acuerdo?, sugirió. Estoy de acuerdo, aseguró ella, ¿pero puedo hacerlo yo?

        Funès le entregó algo dubitativo el reloj, ella lo puso en el hueco de su mano y luego lo envió por los aires, con tal fuerza, con una fuerza más allá de lo posible, que el reloj se elevó sobre los tejados, sobre las copas de los árboles, siguió a la manera de un pájaro intrépido, volando, ascendiendo, volando, y no sólo eso: ya arriba empezó a crecer, a inflarse, a ocupar más y más cielo, hasta taparles el sol, como una piedra inconmensurable que en su inminente caída fuese a hacer mil pedazos el remanso de un lago dormido.

        Marie-Hélène no decía palabra.

        Entretanto Funès tosía, tosía.”

                        Publicada por Anagrama.

        Acudiendo a  los enlaces podéis encontrar una entrevista con Eduardo Berti en el blog Internacional microcuentista, así como el blog del propio Berti, titulado Bertigo.

ESTA SALVAJE OSCURIDAD de Harold Brodkey

Tardé bastante tiempo en decidirme a leer Esta salvaje oscuridad (This wild darkness, 1996). De Brodkey conocía ya sus magníficos relatos y sus no tan conseguidas novelas, pero un ejercicio de exhibicionismo como es el relato de la propia muerte por parte de un escritor tan controvertido y narcisista no era una lectura que me sedujera demasiado. Tampoco ayudaba mucho el hecho de haber visto la puesta en escena de la enfermedad y muerte de Nicholas Ray en Relámpago sobre agua (Lightning over water, 1980), un film por momentos fascinante y sobrecogedor pero en el fondo muy discutible, dirigido por Wim Wenders, y que en cine es lo más cercano a lo que escribió Brodkey. Pero como su personalidad siempre me ha atraído y, sobre todo, algunos de sus relatos se cuentan entre mis preferidos, finalmente caí en la tentación de, al menos, echarle un vistazo al libro. Afortunadamente.

        Más allá de si lo escrito por Brodkey es totalmente sincero, y de la impostura inherente a la búsqueda de la belleza estética, cosas que a mí, como lector, me importan más bien poco, esta crónica del final de una vida, de la espera consciente de la muerte a manos de una enfermedad que va dejenerando el cuerpo y la mente, y de la dependencia total de los cuidados de su esposa, es una colección de fragmentos deslumbrantes y conmovedores, de una belleza literaria más frecuente en la poesía que en la narrativa, en los que el autor sigue mostrándose, como durante toda su vida, arrogante, rebelde y orgulloso de su pasado, de la homosexualidad por la que ha contraído el sida, y de su obra literaria, tan querida como despreciada por la crítica norteamericana.

        Probablemente el legado literario de Brodkey no sea, en su conjunto, la obra magna de la literatura norteamericana que él pretendía, ni su figura haya conseguido situarse entre las de los más grandes escritores del siglo xx (lo cual afirmaba ser, a saber si para provocar a los que no apreciaban su literatura), pero lo que sí tengo claro es que, cuando era bueno, Harold Brodkey era uno de los mejores, y las valientes y desgarradoras páginas de Esta salvaje oscuridad son buena prueba de ello.

        “El futuro es mi propiedad. La fortuna que dejaré a éste y aquél es el espacio que les dejo yéndome. Soy Harold Brodkey. (Ahora tengo celos hasta de mi nombre, de las mismas letras impresas; son unos celos leves pero me inundan y por unos segundos no sé bien qué hacer con su vivo hormigueo).

        Buena parte del tiempo no hago nada. Me tumbo en la cama o en el porche. Miro fijo a la muerte, y la muerte me mira.”

        “Es posible que uno se haya cansado del mundo -que esté cansado de los que cagan plegarias, de los que cagan poemas, cuyos rituales distraen y son simpáticos y agradables pero peor que irritantes porque carecen de realidad- y siga queriendo mucho la realidad. Uno quiere vislumbres de lo real. Dios es una inmensidad; mientras que esta enfermedad, esta muerte que está en mí, este pequeño hecho, bien concreto, pedestre, es meramente real, sin milagros ni adoctrinamientos. Estoy en una balsa desamarrada, un punto que se mueve en la blanda, fluida superficie de un río. Por todos mis pensamientos, en ondas cada vez más amplias, se extiende lo desconocido, el tenso equilibrio, los miedos y la precariedad. ¿Paz? Nunca la hubo en el mundo. Pero en viaje por las dóciles aguas, bajo el cielo, sin amarras, yo oigo ahora mi risa, primero nerviosa, luego de auténtico asombro. Me rodea por entero.”

                  Traducción de Marcelo Cohen.

                  Publicado por Anagrama.