ESTA SALVAJE OSCURIDAD de Harold Brodkey

Tardé bastante tiempo en decidirme a leer Esta salvaje oscuridad (This wild darkness, 1996). De Brodkey conocía ya sus magníficos relatos y sus no tan conseguidas novelas, pero un ejercicio de exhibicionismo como es el relato de la propia muerte por parte de un escritor tan controvertido y narcisista no era una lectura que me sedujera demasiado. Tampoco ayudaba mucho el hecho de haber visto la puesta en escena de la enfermedad y muerte de Nicholas Ray en Relámpago sobre agua (Lightning over water, 1980), un film por momentos fascinante y sobrecogedor pero en el fondo muy discutible, dirigido por Wim Wenders, y que en cine es lo más cercano a lo que escribió Brodkey. Pero como su personalidad siempre me ha atraído y, sobre todo, algunos de sus relatos se cuentan entre mis preferidos, finalmente caí en la tentación de, al menos, echarle un vistazo al libro. Afortunadamente.

        Más allá de si lo escrito por Brodkey es totalmente sincero, y de la impostura inherente a la búsqueda de la belleza estética, cosas que a mí, como lector, me importan más bien poco, esta crónica del final de una vida, de la espera consciente de la muerte a manos de una enfermedad que va dejenerando el cuerpo y la mente, y de la dependencia total de los cuidados de su esposa, es una colección de fragmentos deslumbrantes y conmovedores, de una belleza literaria más frecuente en la poesía que en la narrativa, en los que el autor sigue mostrándose, como durante toda su vida, arrogante, rebelde y orgulloso de su pasado, de la homosexualidad por la que ha contraído el sida, y de su obra literaria, tan querida como despreciada por la crítica norteamericana.

        Probablemente el legado literario de Brodkey no sea, en su conjunto, la obra magna de la literatura norteamericana que él pretendía, ni su figura haya conseguido situarse entre las de los más grandes escritores del siglo xx (lo cual afirmaba ser, a saber si para provocar a los que no apreciaban su literatura), pero lo que sí tengo claro es que, cuando era bueno, Harold Brodkey era uno de los mejores, y las valientes y desgarradoras páginas de Esta salvaje oscuridad son buena prueba de ello.

        “El futuro es mi propiedad. La fortuna que dejaré a éste y aquél es el espacio que les dejo yéndome. Soy Harold Brodkey. (Ahora tengo celos hasta de mi nombre, de las mismas letras impresas; son unos celos leves pero me inundan y por unos segundos no sé bien qué hacer con su vivo hormigueo).

        Buena parte del tiempo no hago nada. Me tumbo en la cama o en el porche. Miro fijo a la muerte, y la muerte me mira.”

        “Es posible que uno se haya cansado del mundo -que esté cansado de los que cagan plegarias, de los que cagan poemas, cuyos rituales distraen y son simpáticos y agradables pero peor que irritantes porque carecen de realidad- y siga queriendo mucho la realidad. Uno quiere vislumbres de lo real. Dios es una inmensidad; mientras que esta enfermedad, esta muerte que está en mí, este pequeño hecho, bien concreto, pedestre, es meramente real, sin milagros ni adoctrinamientos. Estoy en una balsa desamarrada, un punto que se mueve en la blanda, fluida superficie de un río. Por todos mis pensamientos, en ondas cada vez más amplias, se extiende lo desconocido, el tenso equilibrio, los miedos y la precariedad. ¿Paz? Nunca la hubo en el mundo. Pero en viaje por las dóciles aguas, bajo el cielo, sin amarras, yo oigo ahora mi risa, primero nerviosa, luego de auténtico asombro. Me rodea por entero.”

                  Traducción de Marcelo Cohen.

                  Publicado por Anagrama.

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