Archive for octubre 2010|Monthly archive page

DE MIGUEL A JOSEFINA

La poesía es en mí una necesidad y escribo porque no encuentro remedio para no escribir. La sentí, como sentí mi condición de hombre y como hombre la conllevo, procurando a cada paso dignificarme a través de sus martillazos.

El 30 de octubre de 1910 nacía en Orihuela (Alicante) el poeta Miguel Hernández. Su temprana muerte, el 28 de marzo de 1942, nos privó, estoy seguro, de los más hermosos versos de nuestra lengua. Aun así, los que escribió me parecen incomparables. Aquí os dejo algunos de los que dedicó a su mujer Josefina Manresa, con quien se casó en 1937. La mejor poesía está en ellos.

                                              Miguel y Josefina

De Desde que el alba quiso…

Ríe, que todo ríe: que todo es madre leve.

Profundidad del mundo sobre el que te has quedado

sumiéndote y ahondándote mientras la luna mueve,

igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.

De Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:

claridad absoluta, transparencia redonda,

limpidez cuya entraña, como el fondo del río,

con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.

De Hijo de la luz

La gran hora del parto, la más rotunda hora:

estallan los relojes sintiendo tu alarido,

se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,

y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.

De Orilla de tu vientre

Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro.

La losa que me cubra sea tu vientre leve,

la madera tu carne, la bóveda tu ombligo,

la eternidad la orilla.

ELEGÍA DEL MARINO de Alí Chumacero

El pasado día 22 moría, a los 92 años, el poeta mejicano Alí Chumacero. Aquí os dejo uno de sus fantásticos poemas.

Elegía del marino.

Los cuerpos se recuerdan en el tuyo:

su delicia, su amor o sufrimiento.

Si noche fuera amor, ya tu mirada

en incesante oscuridad me anega.

Pasan las sombras, voces que a mi oído

dijeron lo que ahora resucitas,

y en tus labios los nombres nuevamente

vuelven a ser memoria de otros nombres.

El otoño, la rosa y las violetas

nacen de ti, movidos por un viento

cuyo origen viniera de otros labios

aún entre los mios.

Un aire triste arrastra las imágenes

que de tu cuerpo surgen

como hálito de una sepultura:

mármol y resplandor casi desiertos,

olvidada su danza entre la noche.

Mas el tiempo disipa nuestras sombras,

y habré de ser el hombre sin retorno,

amante de un cadáver en la memoria vivo.

Entonces te hallaré de nuevo en otros cuerpos.

 

EPISODIO DEL ENEMIGO de Jorge Luis Borges

Aquí os dejo una pequeña e inconfundible maravilla escrita por Borges. No es uno de sus cuentos más conocidos, supongo que por estar incluido en el poemario El oro de los tigres (1972). Los símbolos, los libros, el propio Borges como personaje, el tema del doble, la novela policiaca, los sueños…y una manera única de alcanzar la mejor literatura. Hala, a disfrutar.

EPISODIO DEL ENEMIGO

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con el torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido.

Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.

-Uno cree que los años pasan para uno -le dije- pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:

-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

-Es verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

-Puedo hacer una cosa -le contesté.

-¿Cuál? -me preguntó.

-Despertarme.

Y así lo hice.

LA NOCHE SE MUEVE (1975) de Arthur Penn

Tras la reciente despedida del cineasta Arthur Penn, la mayoría de comentarios sobre su filmografía señalaba La jauría humana (The chase, 1965) y Bonnie and Clyde (1967) como sus dos películas más destacadas. Ambas están, desde luego, entre lo mejor de su irregular filmografía, y posiblemente sean las más importantes e innovadoras, sobre todo en cuanto al tratamiento de la violencia. Aun así, mi preferida siempre ha sido La noche se mueve (Night moves), un film medio perdido entre las obras más populares de su autor, que en algunos estudios sobre el mejor cine negro ni siquiera se cita, pero que a mí me parece una obra maestra mejor incluso que Chinatown, dirigida por Roman Polanski y estrenada un año antes, y que goza de mucho más prestigio.

        Un inmenso Gene Hackman interpreta al detective Harry Moseby -ex jugador de fútbol americano a quien su mujer engaña con otro-, encargado de realizar el, a priori, fácil trabajo de encontrar a una adolescente ligera de cascos (Melanie Griffith) que se ha escapado de casa. Como suele ser habitual en el género, la cosa se complica, los personajes no son lo que parecen y mienten más que hablan, y acaba muriendo hasta el apuntador en un último tercio del film absolutamente frenético y memorable. Pero La noche se mueve es una gran película, ante todo, porque Penn y el guionista Alan Sharp -quien ya había demostrado de lo que era capaz al escribir para Robert Aldrich La venganza de Ulzana (Ulzana´s raid, 1972), otra obra maestra- construyen, a través de unas miradas y unos diálogos impagables, y que nos recuerdan al cine más clásico, una galería de personajes complejos y perfectamente dibujados, perdedores que vagan a la deriva desconcertados porque sus vidas no han resultado ser lo que esperaban, y que probablemente representan, en gran medida, a la sociedad norteamericana de una época de grandes cambios y desengaños. En este sentido, Harry Moseby probablemente sea el detective más humano y frágil de la historia del cine, y el último plano de la película, con la embarcación en la que él se encuentra, agotado y herido, navegando en círculos sin encontrar su rumbo, resulta una perfecta metáfora final para un film que vuelve a demostrar que el cine es grande, sobre todo, en la medida en que lo son sus personajes.

                                  Editada en DVD por Warner.                              

ATRACO A LAS TRES (1962) de José María Forqué

Mientras la gran comedia italiana llegaba a ser considerada casi como un género en sí misma, y cineastas como Germi, Monicelli o Risi, y actores como Gassman, Mastroianni o Sordi eran (justamente) exalzados por la crítica, las mejores comedias españolas, sus directores y sus actores quedaban siempre en un segundo plano (Berlanga aparte), como si en nuestro país fuera imposible tomarse en serio lo que nos hace reír. Afortunadamente, una magistral comedia como es Atraco a las tres ya es hoy en día una película revalorizada y considerada a la altura de los grandes films italianos del género.

        Es una pena que entre tanta película presuntamente divertida de nuestro último cine no haya ninguna heredera de este hilarante atraco organizado por los trabajadores de una sucursal bancaria, que tiene un ritmo que no decae, unos diálogos que no han perdido ni un gramo de genialidad y unas interpretaciones insuperables, que no renuncia a hacer un retrato crítico de la época, y en el cual quizás sólo hecho en falta un pelín más de mala leche.

        En el reparto, algunos de nuestros mejores actores de siempre y, entre ellos, dos que nos dejaron recientemente: Vicente Alexandre y José Luis López Vázquez. Mientras el primero fue uno de los grandes secundarios del cine y hacía mejor cada película en la que participaba (en Atraco a las tres su personaje tiene algunos de los momentos más divertidos, sobre todo los que protagoniza junto a Gracita Morales), el segundo llegó a ser el intérprete principal e insustituible de algunos films magistrales de nuestro cine. De él dijo el cineasta George Cukor, tras trabajar juntos en Viajes con mi tía ( Travels with my aunt, 1973), que era el mejor actor del mundo. En mi opinión fue, por lo menos, el mejor que ha habido en nuestro país. Que un actor habituado a papeles cómicos sea capaz de conmover como él lo hizo en, por ejemplo, El bosque del lobo (1970) de Pedro Olea, Mi querida señorita (1971) de Jaime de Armiñán, o La prima Angélica (1973) de Carlos Saura, es algo al alcance de muy pocos.

                                                      Sobran las palabras

             Editada en DVD por Divisa.

25 años sin Orson Welles

Ayer se cumplió el 25 aniversario del fallecimiento de Orson Welles, una de las más grandes figuras que haya dado el cine, y el arte en general, en el siglo xx. Como además es uno de los favoritos de este blog, cuyo título es una línea de diálogo de Campanadas a medianoche, aquí le dejo un pequeño homenaje. Nos acompañan generosamente en el acto Charles Foster Kane, Michael O´Hara y Elsa Bannister, Harry Lime, Hank Quinlan y John Falstaff.

 

                                         Citizen Kane (1941)

                       The lady from Shanghai (1948)

                                         The third man (1949)

                                         Touch of evil (1958)

                                   Chimes at midnight (1966)

Orson Welles

(Kenosha, Wisconsin, 6 de mayo de 1915 – Los Angeles, 10 de octubre de 1985)

Gracias por todo

EL ESTRANGULADOR DE BOSTON (1968) de Richard Fleischer

Si hay una película que demuestra que Tony Curtis no sólo servía para hacer de galán en comedias románticas, sino que podía bordar cualquier papel por difícil que fuera, esa es El estrangulador de Boston (The Boston strangler), la gran obra maestra, junto con Los vikingos (The vikings, 1958), de la filmografía de Richard Fleischer. En ella interpreta a Albert De Salvo, un fontanero de vida aparentemente normal y corriente que en realidad es un asesino en serie de mujeres. El film es una joya que no ha hecho sino ganar con el tiempo, de una austeridad y un realismo que la hacen aún más impactante, pero valdría la pena simplemente por la escalofriante interpretación de Curtis, alejada de los peligrosos exhibicionismos a que se suelen prestar estos personajes. Si en la mayoría de sus grandes películas solía estar a la sombra de Jack Lemmon, Kirk Douglas o Burt Lancaster, aquí no sólo está a la altura del mismísimo Henry Fonda, sino que es capaz de eclipsarle en el antológico mano a mano que cierra la película. Una gozada, una interpretación de las que no se olvidan.

   

                     Editada en DVD por Fox.

LAS GARZAS de Miguel Ángel Velasco

La semana pasada fallecía a los 47 años el poeta mallorquín Miguel Ángel Velasco, una de las voces más precoces y brillantes de la última poesía española. El poema Las garzas pertenece a su libro La miel salvaje (2003), posiblemente su obra más celebrada.

Las vi cruzar el puente, en un rasguño

de la noche cerrada: transcurrían

en formación precisa,

un sereno triángulo

como flecha segura que apuntara

al corazón del sol adivinado

más allá de la niebla,

tatuaje rojo inscrito en el calor

del territorio propio entre las alas.

Batían en la fe de un solo pulso

el plomo de los cielos, sacudiéndose

las bajas nubes tardas.

Volaban de memoria aquellos pájaros,

fantasmas de pureza con la mirada fija

en la línea de acero de una ancha tierra santa.

Quedé como imantado

en toda mi estatura a la alta aguja

de su navegación, mientras seguía

con los ojos errantes el vector de su rumbo.

Al cabo, la bandada

fue mullendo su esquema en una mecha

de bruma, hasta perderse

en la tinta del cielo.

¿A dónde irán

las garzas? Sólo sé

que algo de mí partió

como saeta fiel aquella noche

desde el arco del puente;

algo de mí se fue y boga dichoso

hacia algún sur de luz en la flecha del vuelo.