LA COMEDIA HUMANA de William Saroyan

A quien recuerde una antigua y edulcorada película titulada La comedia humana (The human comedy, 1943), dirigida por Clarence Brown a mayor gloria del temible Mickey Rooney, probablemente no le queden muchas ganas de conocer la novela de William Saroyan en que se basó, lo cual no deja de ser comprensible pero también una pena.

        Publicada también en 1943, narra el día a día de una pequeña población californiana llamada Ithaca, donde vive el joven Homer Macauley junto a su madre, su hermana Bess y su hermano pequeño Ulysses, esperando el regreso del frente del hermano mayor, Marcus. Homer, de 14 años, trabaja como mensajero para la compañía de telégrafos, y entre sus obligaciones está la de llevar a sus vecinos los telegramas en los que se notifica la muerte en la guerra de sus hijos.

        La comedia humana, como toda la literatura de Saroyan, hace gala de una sencillez y una depuración extraordinarias, alejadas de cualquier exhibicionismo retórico. El dolor, la compasión y la calidez de los personajes, magníficamente descritos en sus pequeños detalles cotidianos, nunca pasan a un primer plano, sino que quedan reflejados a media voz entre sus líneas. Lo que queda en la superficie son los silencios, las preguntas de difícil respuesta del pequeño Ulysses, los juegos de la panda de amigos, las pequeñas y simpáticas anécdotas que hacen más llevadera la espera, las palabras que insinúan más de lo que dicen, los gestos que dicen lo que las palabras no pueden, la magia literaria de un grandísimo autor.

        “Su madre estaba en el jardín, echando pienso a los pollos. Vio que el niño tropezaba y se caía, luego se levantaba y volvía a dar brincos. Ulysses llegó enseguida y sin decir nada se plantó a su lado, después fue al nido de la gallina en busca de huevos. Encontró uno. Se lo quedó mirando un momento, se lo llevó a su madre y se lo entregó con mucho cuidado, con lo cual quería decir lo que ningún hombre puede adivinar y ningún niño recuerda para contarlo.”

        “En la esquina que tenía delante, a treinta metros, había una chica de dieciocho o diecinueve años, de aspecto solitario y tímido, cansada, silenciosa y por tanto preciosa. Estaba esperando a que pasara un autobús para llevarla a su casa después del trabajo. Aunque estaba corriendo, a Spangler le resultó imposible no percibir la soledad de la chica. Y aunque tenía mucha prisa, le dio la impresión de que aquella soledad era como la soledad de todas las cosas, que se encuentran aisladas entre sí. Sin hacer el payaso y sin premeditación, con ágil naturalidad, fue a donde estaba la chica, se paró un momento y la besó en la mejilla. Antes de continuar su camino, le dijo la única cosa que era posible decirle:

        -¡Eres la mujer más encantadora del mundo!”

        Y como curiosidad, sobre todo para los más cinéfilos, la canción que, en el capítulo 32, canta Marcus junto al resto de soldados en el tren, un himno eclesiástico titulado Leaning on the Everlasting Arms. Es la misma que cantaba el predicador Harry Powell en La noche del cazador, en la novela de Davis Grubb y en las incomparables imágenes creadas por Charles Laughton a mayor gloria (esta vez sin ironía) de Robert Mitchum:

        What a fellowship, what a joy divine,

        Leaning on the everlasting arms;

        What a blessedness, what a peace is mine,

        Leaning on the everlasting arms.

                                     Traducción de Javier Calvo.

                                     Publicada por Acantilado.

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