Archive for 15 junio 2011|Monthly archive page

En recuerdo de Gunnar Fischer

El pasado sábado día 11 falleció, a los cien años de edad, el director de fotografía Gunnar Fischer, uno de los dos grandes colaboradores -el otro fue Sven Nykvist- de Ingmar Bergman, a partir de la quinta película del realizador sueco, Ciudad portuaria (Hamnstad, 1948). Aunque trabajó también con otros grandes como Dreyer –Dos seres (Tva människor, 1945)- o Jacques Tati –Zafarrancho en el circo (Parade, 1974)- fue a las órdenes de Bergman donde realizó las grandes obras a las que debe su prestigio.

        Para recordarlo, cuatro de las mejores películas que filmaron juntos: Un verano con Mónica (Sommaren med Monika, 1952), El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1956), Fresas salvajes (Smultronstället, 1957) y El rostro (Ansiktet, 1958).

 

 

 

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ELOGIO DE LA SOMBRA. 25 años sin Borges

Hoy se cumplen 25 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges, uno de los habituales, como no podía ser menos, de este blog. Para recordarlo, esta vez, un poema, incluído en el libro de 1969 al que da título, uno de los muchos que demuestran que también fue uno de los grandes poetas de nuestra lengua. La vejez y la ceguera, y la memoria, en unos pocos versos que ponen la piel de gallina.

ELOGIO DE LA SOMBRA

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)

puede ser el tiempo de nuestra dicha.

El animal ha muerto o casi ha muerto.

Quedan el hombre y su alma.

Vivo entre sombras luminosas y vagas

que no son aún la tiniebla.

Buenos Aires,

que antes se desgarraba en arrabales

hacia la llanura incesante,

ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,

las borrosas calles del Once

y las precarias casas viejas

que aún llamamos el Sur.

Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;

Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;

el tiempo ha sido mi Demócrito.

Esta penumbra es lenta y no duele;

fluye por un manso declive

y se parece a la eternidad.

Mis amigos no tienen cara,

las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,

las esquinas pueden ser otras,

no hay letras en las páginas de los libros.

Todo esto debería atemorizarme,

pero es una dulzura, un regreso.

De las generaciones de los textos que hay en la tierra

sólo habré leído unos pocos,

los que sigo leyendo en la memoria,

leyendo y transformando.

Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,

convergen los caminos que me han traído

a mi secreto centro.

Esos caminos fueron ecos y pasos,

mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,

días y noches,

entresueños y sueños,

cada ínfimo instante del ayer

y de los ayeres del mundo,

la firme espada del danés y la luna del persa,

los actos de los muertos,

el compartido amor, las palabras,

Emerson y la nieve y tantas cosas.

Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,

a mi álgebra y mi clave,

a mi espejo.

Pronto sabré quién soy.

EL ÚLTIMO VALS (1978) de Martin Scorsese

La afición de Martin Scorsese a la música popular ha sido puesta de manifiesto en varios documentales a lo largo de toda su filmografía, especialmente durante la última década: Nostalgia del hogar (Feel Like Going Home, 2003), dentro de la serie Martin Scorsese Presents The Blues, producida por él mismo; No Direction Home (2005), sobre la trayectoria de Bob Dylan; o Shine a Light (2008), sobre The Rolling Stones.

        Muchos años antes ya había realizado El último vals (The Last Waltz), la filmación de uno de los grandes conciertos de la historia, la despedida de los escenarios, el 25 de noviembre de 1976 en San Francisco, del mítico grupo The Band, liderado por Robbie Robertson, quien a raíz del encuentro hizo amistad con Scorsese y compuso la música de El rey de la comedia (The King of Comedy, 1982) y El color del dinero (The Color of Money, 1986).

        Al evento acudieron músicos de la talla de Van Morrison, Eric Clapton, Bob Dylan, Neil Young, Neil diamond, Muddy Waters y un largo etcétera, lo mejorcito de la música popular de la época. Junto a un par de actuaciones de The Band filmadas en estudio, que no desentonan en absoluto, y las entrevistas intercaladas a los miembros del grupo, la cámara de Scorsese es capaz de captar tanto la espectacularidad del momento como la emoción de la despedida, logrando un documento histórico que va mucho más allá de la mera filmación de un concierto. En mi opinión, una de sus mejores películas.

“Creo que tenemos algo muy especial, porque todo se ha centrado en la música, en la interacción entre los músicos. No he rodado secuencias del público enloquecido y exaltado con la música. Eso ya lo hemos visto en la película de Woodstock, que trataba, sobre todo, del público y del acontecimiento. Esto ha sido música pura.” (Martin Scorsese)

                Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

MATAR UN RUISEÑOR de Harper Lee

Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960), la única novela que escribió Nelle Harper Lee y que le valió el Pulitzer de 1961, sigue siendo hoy en día, a los cincuenta años de su aparición, una de las novelas norteamericanas más populares y apreciadas. Basada, al parecer, en recuerdos de infancia de la propia autora, puestos en la voz de la narradora y protagonista Jean Louise Finch, alias Scout, su historia de aprendizaje, educación y comprensión hacia los demás, hacia los que no son como nosotros, dentro de una comunidad donde aún imperan los prejuicios raciales y el miedo a lo diferente, ha sido siempre puesta como modelo de lectura a compartir entre grandes y pequeños, como ejemplo de una literatura que puede entretener a los más jóvenes y, a la vez, mostrarles ciertos valores.

         Pero además de eso, y sobre todo, Matar un ruiseñor es una de las grandes obras sobre los miedos de la infancia y el paso a la edad adulta, teñida de ternura y de nostalgia, que mezcla la aventura, el terror, el humor, el drama social y la novela judicial para convertirse en un texto atemporal que habla sobre las personas y sus sentimientos. Una obra maestra, en fin, que se lee de una sentada, que no ha perdido ni una pizca de su fuerza narrativa gracias, como siempre, a su claridad y sencillez, y que, según cuenta la leyenda, puso celoso al mismísimo Truman Capote, amigo íntimo de la autora.

 

 

 

 

 

 

 

 

          Al adaptarla al cine en 1962, Robert Mulligan realizó la película más representativa de su filmografía, otra obra maestra a la altura de la novela y que apenas necesita ya presentación. Gregory Peck ganó el Oscar por su interpretación del padre y abogado Atticus Finch (posiblemente su personaje más recordado), y en un papel secundario pero crucial encontramos a un jovencísimo Robert Duvall. 

        “Atticus fue a replicar, pero pero se abstuvo. Quitó el pulgar de la páginas, hacia la mitad del libro, y retrocedió al principio. Me acerqué y apoyé la cabeza en su rodilla.

        -Ummm -dijo-. El fantasma gris, por Seckatary Hawkins. Capítulo primero…

        Yo me esforcé en continuar despierta, pero la lluvia era tan suave, el cuarto estaba tan templado, la voz de mi padre era tan profunda y su rodilla tan cómoda, que me dormí.

        Poco después, Atticus me ayudó a incorporarme y me llevó a su cuarto.

        -He oído todolo que has leído -murmuré-. No creas que estaba dormida; la historia habla de un barco y de Fred Tres-Dedos y de Kid Pedradas…

        Atticus me desató el mono, me apoyó contra sí y me lo quitó. Luego me sostuvo con una mano, mientras con la otra cogía el pijama.

        -Sí, y todos creían que Kid Pedradas ponía patas arriba el local de su club y lo ensuciaba todo y…

        Me guió hasta la cama y me hizo sentar en el borde. Me levantó las piernas y las colocó debajo de la sábana.

        -Y lo persiguieron, pero no podían atraparlo porque no sabían qué aspecto tenía, y cuando por fin lo encontraron, resultó que no había hecho nada de todo aquello… Atticus, era un chico bueno de veras…

        Las manos de mi padre estaban debajo de mi barbilla, subiendo la manta y arropándome bien.

        -La mayoría de las personas lo son, Scout, cuando por fin las ves.

        Atticus apagó la luz y regresó al cuarto de Jem. Allí estaría toda la noche, y allí seguiría cuando Jem despertase por la mañana.”

                        Traducción de Baldomero Porta.

                        Publicada por Ediciones B.

 

DETECTIVE SIN LICENCIA (1971) de Stephen Frears

Las películas que son un claro homenaje al cine negro clásico, al universo de Hammett y Chandler, suelen deparar, aunque no sean ninguna maravilla, suficientes elementos (un personaje secundario, una línea de diálogo, una buena canción en el momento oportuno) como para que el aficionado al género dé por bueno el tiempo empleado en la visita y quede agradecido. Detective sin licencia (Gumshoe), el primer largometraje de Stephen Frears, sin ser una cima del género ni pretenderlo, nos ofrece mucho más que eso.

        El gran Albert Finney interpreta a Eddie Ginley, animador de un club nocturno y aficionado a las novelas policiacas que un buen día decide darle un giro a su vida, emular a sus héroes de ficción y anunciarse en la prensa como detective privado. Al poco tiempo recibe una llamada de su primer cliente para ocuparse de un caso que, como siempre, no es lo que parece y acaba complicándose. ¿De qué va el asunto? Eso es lo de menos. Aquí lo que importa es tener delante, durante hora y media, a un tipo soñador, romántico y socarrón, a un vivalavirgen que ha de habérselas con unos magníficos secundarios (incluidos un tipo gordo que podría haber sido, treinta años antes, Sidney Greenstreet y un pistolero a sueldo, bastante inútil por cierto, que es la viva imagen del mismísimo Dashiell Hammett) mientras suena la magnífica música de Andrew Lloyd Webber y no nos dan tregua los rotundos y divertidísimos diálogos (más que dichos, disparados) escritos por Neville Smith. 

        Y para que quede claro que estamos de homenaje y nos sintamos como en casa, nos regalan la escena en la libreria, Eddie coqueteando con la dependienta. Los aficionados recordarán enseguida la escena de El sueño eterno (The Big Sleep, 1946) de Howard Hawks, aquella en la que saltaban chispas entre Bogart y una jovencísima Dorothy Malone. Vive le noir!

              Editada en DVD por Columbia.

SERIE NEGRA (1979) de Alain Corneau

Antes de aventurarse a ver Serie negra (Série noire) creo que es más que conveniente conocer la novela en que está basada, Una mujer endemoniada (A Hell of a Woman, 1954), o por lo menos estar al tanto de lo que se cuece en el muy particular universo de Jim Thompson a través de alguna otra de sus obras. Tampoco estaría de más saber que el guionista del film, Georges Pérec, es otro prestigioso escritor cuyas novelas (si pueden denominarse así) son también únicas e intransferibles, y que un guión de su mano difícilmente podía dejar de ser, digamos, diferente. Y por último, ayudaría bastante haber visto Coup de torchon (1981), la adaptación que realizó Bertrand Tavernier, con Philippe Noiret e Isabelle Huppert, de 1280 almas (Pop 1280, 1964), que, sin ser tan extrema como la de Corneau, también se las trae. Si alguien, por el contrario, se mete en Serie negra con el único referente de las adaptaciones norteamericanas de Thompson o, peor aún, completamente virgen, corre el comprensible riesgo de, a los diez minutos, mandar la película al carajo pensando que le están tomando el pelo. Y no sería justo.

Un vendedor a domicilio que está como un cencerro (Patrick Dewaere, en una de esas interpretaciones histriónicas que no dejan indiferente), su pintoresca esposa, el cabrón de su jefe, un amigo boxeador aún más zumbado que él, una adolescente que apenas habla (una femme fatale distinta al personaje clásico del género) y la tía de ésta, que la obliga a prostituirse y que guarda una fortuna bajo el colchón, son los inconfundibles protagonistas de un universo completamente degradado y enfermo, de una historia negra negrísima de perdedores que se aferran a un clavo ardiendo.

        Al ritmo del jazz de Duke Ellington, con una fotografía deliberadamente sucia y unos diálogos delirantes, con espacio para el humor absurdo y sorprendente y para la excelencia (tremenda la escena del robo en casa de la niña y de su tía, que acaba como el rosario de la aurora), Serie negra resulta ser ante todo y como tantas veces -y ahí está el precioso plano final para comprobarlo- una historia de amor diferente, d´amour fou entre un peculiar vendedor maduro y una niña prostituta, pero de amor al fin y al cabo.

Leonard Cohen, el príncipe