VIDAS MINÚSCULAS de Pierre Michon

Probablemente la prosa atemporal de Pierre Michon no llegue a demasiados lectores en estos tiempos de lecturas rápidas en el metro, de libros de autoayuda que, precisamente, ayudan sobre todo a quien los escribe, de novelas de entretenimiento y evasión que, aunque magníficas en ocasiones, se olvidan en cuanto se gira la última página. Y es que la escritura de Michon necesita paciencia y tranquilidad, pide un lector al que no le importe volver a la página anterior, que disfrute leyendo de nuevo el último fragmento, que se deje mecer por un ritmo y una musicalidad que son fruto de una labor de orfebrería.

        Vidas minúsculas (Vies minuscules, 1984), la primera piedra de una obra narrativa excepcional, es una suerte de autobiografía a caballo entre la memoria recuperada y la memoria inventada, una recreación de la propia vida a partir de las vidas de otros personajes que tuvieron relación, más o menos cercana, con el autor. El fragmento que aquí os dejo pertenece al último capítulo, titulado Vida de la pequeña muerta, y es suficiente por sí solo, como lo serían muchos otros, para apreciar un estilo inconfundible.

        “Desde entonces dijeron “la pobre pequeña”, como decían: “tu pobre hermanita”. Y es que en Mourioux, como quizás más generalmente entre la gente humilde a la que traicionan estas páginas complacientes, les repugna decir muerto, difunto, desaparecido; hasta “el difunto Fulano” es raro; no, todos los muertos son “pobres”, tiritando quién sabe dónde de frío, de hambre indecisa  y de gran soledad, “los muertos, los pobres muertos”, más empobrecidos que los vagabundos y más perplejos que los idiotas, todos desconcertados, enredados sin una palabra en unos líos de pesadilla, y que parecen tan terribles en las viejas estampas cuando son tan dulces, bonachones, y están perdidos en la oscuridad como pulgarcitos, los últimos entre los últimos, por siempre jamás, los más pequeños entre la gente pequeña. Eso lo concebía fácilmente: cuando íbamos al cementerio de Chatelus, bien veía, por el aire consternado de las mujeres, por la pesada reprobación de Félix que se quitaba la gorra, que alguien, allá abajo, debía de estar muy triste; alguien que hubiera querido estar presente y no podía, a quien algo retenía duramente, como esos primos lejanos que cada año escriben que tienen muchísimas ganas de volver a verte, pero el viaje es tan largo, el poco dinero los detiene, la rueda de su vida los mantiene ahí cada vez más y los aplasta, por fin se avergüenzan y se callan, su rastro se pierde. Encontraba qué hacer; iba a buscar agua para las flores, llenaba de tierra buena las macetas, hundía taimadamente la cara en el polvo de eternidad de los crisantemos; muchas veces era en invierno; la iglesia era alta sobre la alta colina del cementerio, el campanario y el cielo del mismo gris saltaban en mi corazón, y como los valles eran ricos a la vista, qué viva viva era mi carrera imaginada hacia ellos, y poderoso el grito seco de una rama pisoteada, la carcajada de lo visible multiplicada en los charcos; me hubiera gustado vivir. Lo vivido, lo desvanecido, me recibían cuando regresaba llevando mi jarra de agua con el brazo extendido para no salpicar mi pantalón de los domingos, y me llamaban al orden la extensión de grava que unas manos lentas llenaban de flores, la sal echada a puñados como sobre una ciudad muerta, y en el vuelo de un cuervo el llamado desolador allá abajo, más abajo que la sal y las flores de las que tenebrosamente se alimentaba, de la pequeña muda, la oscura, la sepultada, mi hermana. ¿Pero qué? ¿Ella también era un ángel? Sí, la vida del ángel era esa desgracia. El milagro era la desgracia.”

                Traducción de Flora Botton-Burlá.

                Publicada por Anagrama.

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