Archive for 30 octubre 2011|Monthly archive page

LOS ADIOSES de Juan Carlos Onetti

Onetti ya estuvo por aquí con sus relatos, pero a un escritor de su envergadura es obligado volver una y otra vez. Los adioses (1954), que no pertenece al más conocido Ciclo de Santa María, me parece, sencillamente, una de las mejores novelas en nuestro idioma, apenas sesenta páginas a las que la etiqueta de imprescindibles se les queda pequeña.

21154133Dedicada a uno de los grandes amores de su vida, la poetisa uruguaya Idea Vilariño, es una obra maestra de la ambigüedad narrativa y de lo que supone la técnica del punto de vista en la novela. La historia de los tres personajes principales, el enfermo que llega al sanatorio y las dos mujeres que le visitan, lo que ocurre entre ellos o lo que quizá ocurre, lo conocemos sólo a través de la mirada de un observador, de un testigo que no sabe pero imagina, supone y chismorrea, obligando al lector a ponerse en su piel, a convertirse en otro personaje asomado a la ventana indiscreta. Onetti nos manipula a su antojo, nos hace partícipes de la culpabilidad moral del narrador, y ni siquiera se apiada de nosotros ofreciéndonos la resolución completa del enigma.

El inicio de esta novela portentosa es suficiente para atraparnos definitivamente y para recordarnos, por si hacía falta, que nadie ha escrito como Onetti.

“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara -sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años- hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.

Quisiera no haberle visto nada más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.”

Publicada por Barral, Bruguera y otras.

LA COSA (1982) de John Carpenter

No es nada habitual que un remake supere a la película original, y menos cuando ésta ya era tan buena como El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, 1951), dirigida por Christian Niby y producida por Howard Hawks, quien al parecer también colaboró en la dirección. John Carpenter lo consiguió con La cosa (The Thing), su mejor película junto a Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13, 1976), que también actualizaba otro clásico de Hawks, Río Bravo (1959). Y es que el universo hawksiano ha estado muy a menudo presente en el cine de Carpenter, y La cosa no es una excepción. 

        La primera parte del film es un prodigio narrativo y de elipsis cinematográfica, una obra maestra por sí sola. Cada una de las escenas protagonizadas por ese perro que huye por la nieve de un helicóptero desde el que le disparan, que observa a través de una ventana a los humanos, que entra en una habitación en la que sólo vemos la sombra de una persona y un fundido en negro, y que, finalmente, es encerrado con los demás perros para mostrarse realmente tal y como es, produce mucho más desasosiego que los sangrientos fragmentos en los que aparece el monstruo alienígena.

        Aún así, el resto de la película sigue siendo un magnífico ejemplo de narrativa clásica al servicio del terror comercial, sin una sola concesión al susto palomitero y que encima se permite un final absolutamente singular. La alternancia de música y silencios claustrofóbicos, la impresionante utilización de la pantalla ancha (aspecto en el que Carpenter ha sido siempre un maestro), los pequeños homenajes al western, la dosificada tensión que va aumentando entre los componentes de la expedición (¿el montruo como metáfora?), nos muestran a un cineasta heredero de los grandes, que sabe sacar el mismo partido a cuatro paredes que a los grandes exteriores. A pesar de los muchos altibajos de su filmografía y de haberse dedicado casi por completo a un género no siempre bien visto por buena parte de la élite cinéfila, Carpenter me parece, junto a Eastwood, Erice, Aristarain o Shyamalan, uno de los últimos clásicos del cine.

        Editada en DVD de manera lamentable por Universal.

EL DESENCANTO (1976) de Jaime Chávarri

A pesar de que, al parecer, la censura aún tuvo tiempo de actuar sobre algunos fragmentos en los que aparece Leopoldo María, Jaime Chávarri consiguió con El desencanto el documento más descarnado de nuestro cine, un álbum de fotos al desnudo en el que Juan Luis, Leopoldo María y José Moisés (apodado “Michi” por sus hermanos) Panero, junto a su madre Felicidad Blanc, pasan revista a los años negros de la época franquista que pasaron conviviendo con su autoritario padre Leopoldo, poeta cercano al Régimen y fallecido en 1962, con quien saldan cuentas alejándose de las falsas apariencias y la hipocresía, con una terrible sinceridad y una total ausencia de pudor que muestran sin tapujos sus particulares y enfrentadas personalidades.

        Poesía y autodestrucción como formas de vida, pornografía de los sentimientos, antecesora en cierta forma, y salvando las abismales distanciales, de las innumerables paradas de montruos que circulan por televisión, El desencanto es una película de culto con todas las letras, una rara avis de nuestro cine que tuvo su continuación, ya fallecida Felicidad Blanc, en Después de tantos años (1994), dirigida por Ricardo Franco.

              Editada en DVD por Manga Films.

DEDICATORIA de Leopoldo María Panero

Dedicatoria

Más allá de donde

aún se esconde la vida, queda

un reino, queda cultivar

como un rey su agonía,

hacer florecer como un reino

la sucia flor de la agonía:

yo que todo lo prostituí, aún puedo

prostituir mi muerte y hacer

de mi cadáver el último poema.

         Del libro Last River Together (1980)

Y DE PRONTO ANOCHECE de Juan Luis Panero

Y de pronto anochece

Vivir es ver morir, envejecer es eso,

empalagoso, terco olor de muerte,

mientras repites, inútilmente, unas palabras,

cáscaras secas, cristal quebrado.

Ver morir a los otros, a aquellos,

pocos, que de verdad quisiste,

derrumbados, deshechos, como el final de este cigarrillo,

rostros y gestos, imágenes quemadas, arrugado papel.

Y verte morir a ti también,

removiendo frías cenizas, borrados perfiles,

disformes sueños, turbia memoria.

Vivir es ver morir y es frágil la materia

y todo se sabía y no había engaño,

pero carne y sangre, misterioso fluir,

quieren perseverar, afirmar lo imposible.

Copa vacía, tembloroso pulso, cenicero sucio,

en la luz nublada del atardecer.

Vivir es ver morir, nada se aprende,

todo es un despiadado sentimiento,

años, palabras, pieles, desgarrada ternura,

calor helado de la muerte.

Vivir es ver morir, nada nos protege,

nada tuvo su ayer, nada su mañana,

y de pronto anochece.

             Del libro Antes de que llegue la noche (1985)

LA ESCAPADA (1962) de Dino Risi

La colaboración entre el cineasta Dino Risi y el actor Vittorio Gassman nos dejó un buen puñado de películas que, con mayor o menor fortuna, radiografiaban la sociedad italiana satirizando muchos de sus estereotipos, algo que, por otro lado, han tenido a menudo en común la comedia italiana y la española. La escapada (Il sorpasso) es probablemente la mejor de todas, porque es divertidísima (sobre todo en su primera parte) y porque esa crítica está perfectamente integrada en la historia, sin un solo trazo grueso que la coloque por delante de los personajes y la convierta en panfletaria.

        Durante el par de días en que transcurre esta road movie a la italiana, Risi nos va mostrando la Roma de la época, sus guateques y la música que estaba de moda, las playas y los restaurantes, los turistas, los currantes y los vividores, e incluso el cine del momento, dándole tiempo, como quien no quiere la cosa, a gastar una broma sobre El eclipse (L´eclisse, 1962) que quizá a Antonioni no le hizo demasiada gracia pero a mí sí: “…eso que está de moda, la alienación. ¿Has visto El eclipse? Yo me dormí. Una buena siesta. Un buen director, Antonioni.” Y lo hace pasando paulatinamente y con una facilidad pasmosa de la comedia más delirante al drama más crudo, de la astracanada a la realidad en que la carcajada se transforma en mueca.

        Guión del propio Risi, Ruggero Maccari y Ettore Scola (que no tardaría en debutar como director con la película de episodios Con su permiso hablamos de mujeres (Se permettete parliamo di donne, 1964), otra divertida sátira en la que Gassman interpreta varios personajes) al servicio de dos actorazos como Jean-Louis Trintignat, que da vida al estudiante Roberto aunque ya había pasado de los treinta, y Vittorio Gassman. El Bruno al que interpreta (apostaría a que está detrás del taxista con el careto de Roberto Benigni que protagoniza uno de los episodios de Noche en la tierra (Night on Earth, 1991), de Jim Jarmusch) es una de sus más grandes creaciones, un divertido calavera encantado de haberse conocido, un seductor al que parece que la vida le ha sonreído pero que se nos irá revelando como un pobre bufón a la deriva, una máscara tras la que esconder el fracaso. Gassman dispara líneas de diálogo con una vitalidad y una espontaneidad apabullantes, demostrando por enésima vez que era un animal de la interpretación, uno de los más grandes. 

                 Editada en DVD por Regia Films.

LA BALADA DEL SOLDADO (1959) de Grigori Tchujrai

La balada del soldado (Ballada o soldate) cuenta el regreso del joven soldado Aliosha a casa para pasar unos días de permiso, tras haber abatido un par de tanques enemigos en una acción heroica. Durante el viaje, tras el cual podrá ver finalmente a su madre sólo por unos minutos, se cruzará con pequeñas historias anónimas que retrasarán su regreso y se enamorará de Shura, una joven que se oculta en los trenes del ejército para intentar volver a casa.

         A partir de una pequeña anécdota dentro de la gran historia de la guerra, Grigori Tchujrai filma un espectáculo visual en el que la música, la fotografía, las interpretaciones y la planificación componen un mosaico de una belleza extraordinaria. Desde las escenas en que la madre espera en el camino el regreso de su hijo, que abren y cierran la película en una estructura de flash-back circular, pasando por los suaves y casi imperceptibles travellings que muestran la rutina de la guerra en las caras de soldados y campesinos, hasta los primeros planos en los que se refleja la alegría del reencuentro, el horror por la pérdida o el amor entre los dos jóvenes (la iluminación de sus rostros mirándose durante la última noche que pasan juntos en el tren es de las que dejan con la boca abierta), La balada del soldado es una de las grandes obras humanísticas del cine, a la altura de las que filmaron, en el mismo terreno, Ford, Ozu o De Sica.

        Ni siquiera el ligero aroma patriotero que desprende la película, mostrado de manera nada estridente y personificado en la figura heroica y sin mácula de Aliosha, consigue distraernos y entorpecer la visita a esta maravilla. No cuesta nada pasar por alto algún que otro mensaje si a cambio nos regalan a la pequeña Shura alejándose por el andén, tras decir adiós a un joven soldado del que se ha enamorado y al que nunca volverá a ver.

                Editada en DVD por Divisa.

EL SEÑOR DE LA GUERRA (1965) de Franklin J. Schaffner / BRONWYN de Juan Eduardo Cirlot

Antes de realizar El planeta de los simios (The Planet of the Apes, 1968) y Patton (1970), sus dos obras maestras más populares, Franklin James Schaffner ya nos había dejado otra joya para la historia del cine titulada El señor de la guerra (The War Lord), casi más conocida por historiadores que por cinéfilos, ya que según dicen es la película que muestra con mayor fidelidad lo que fue la Edad Media, algo a lo que supongo que no es ajena la extraordinaria fotografía de Russell Metty, colaborador en varias de las mejores películas de Douglas Sirk, entre otras maravillas.

        Basada en la obra de teatro de Leslie Stevens The Lovers -título que ya da una idea de por dónde van los tiros-, cuenta la historia de Chrysagón de la Cruz (Charlton Heston), un caballero normando que es enviado por su Señor a proteger a unos vasallos suyos de los ataques de los frisios. Al llegar ve lo que acabará siendo su perdición, a la hermosa campesina Bronwyn (Rosemary Forsyth) bañándose en las aguas del pantano. Perdidamente enamorado, ejercerá su derecho de pernada tras la boda de Bronwyn con uno de los campesinos, ganándose el odio de los vasallos. Pero Chrysagón no renunciará a ella, lo cual le costará el favor de su Señor, su honor y su vida.

        Película histórica, bélica, de aventuras o de lo que se quiera, El señor de la guerra es en realidad una de las más apasionadas historias de amor que nos haya dado el cine, y también de las más contenidas, sin una palabra ni un gesto de más, a la que asistimos en parte a través de las miradas y los silencios de Bors (enorme, como siempre, Richard Boone), el hombre de confianza de Chrysagón. Como muestra de esa contención, el momento en que Bors cura una herida a Chrysagón mientras Bronwyn intenta sujetarle por los brazos, hasta que sus rostros quedan casi unidos: una antológica escena de amor sin palabras que ni siquiera lo parece.

                  Editada en DVD, con el formato alterado, por Filmax.

El caso del poeta barcelonés Juan Eduardo Cirlot (su hija Victoria, por cierto, fue mi profesora de Literaturas Románicas en la Universidad de Barcelona, y tuvo el detalle de aprobarme) es el mayor ejemplo que conozco de cómo el cine, o una película, o sencillamente un personaje, puede influir en nuestra vida o incluso alterarla completamente. Tras ver El señor de la guerra, Cirlot debió de sentir el mismo embrujo que sintió Chrysagón al ver a Bronwyn emerger de las aguas, ya que comenzó a dedicarle lo que acabarían siendo 16 libros de poemas, escritos entre 1967 y 1971, reunidos finalmente bajo el título Bronwyn. El breve poema que aquí os dejo, uno de mis preferidos, creo que resume perfectamente la esencia de ese ciclo poético.

Ahora sí que ya sé por qué te vi

sobre las grises aguas del pantano,

loto de las entrañas de la luz,

sin pétalos ni rayas de relámpago.

Te vi para saber que soy eterno.

No importa que esté muerto junto al mar.

                     Publicado por Siruela.

EL ALTAR DE LOS MUERTOS de Henry James / LA HABITACIÓN VERDE (1978) de François Truffaut

El altar de los muertos (The Altar of the Dead, 1895) es uno de los más singulares relatos escritos por Henry James. Su protagonista, George Stransom, levanta un santuario, al que dedicará su vida, para recordar a sus difuntos, en especial a su prometida, fallecida poco antes de la boda. Es un cuento tristísimo sobre el amor eterno, la lealtad y la soledad, y también, en cierto modo, una historia de fantasmas de las que tanto gustaba el autor. Un fragmento:

        “Es posible que él no hubiese padecido más pérdidas que la mayoría de los hombres, pero había recontado más sus pérdidas; no había visto más de cerca a la muerte, pero la había sentido, en cierto modo, más hondamente. Poco a poco había adquirido el hábito de enumerar sus Muertos: desde muy temprano en su vida se le había ocurrido que uno tiene que hacer algo por ellos. Estaban presentes en su esencia intensificada y simplificada, en su ausencia perceptible y en su paciencia expresiva, estaban presentes de un modo tan palpable como si lo único que les hubiese sucedido fuese que se hubiesen quedado mudos. Cuando se disipaba toda impresión de sentirlos y cesaba todo ruido de ellos, no parecía sino que realmente su purgatorio se encontrase en la tierra; era tan poco lo que ellos pedían, que obtenían, pobrecillos, aún menos, y volvían a morirse -se morían todos los días- por el duro trato que la vida les dispensaba. No les tenían organizado un servicio, no tenían lugar reservado, ningún honor, cobijo ni seguridad. Hasta las gentes menos generosas proveían para los vivos, pero ni tan siquiera aquéllos que eran considerados generosísimos hacían nada por los Otros. Por eso, pues, en George Stransom había ido fortaleciéndose con los años la premeditación de que por lo menos él mismo sí haría algo, vale decir, lo haría por los suyos, llevando a cabo esta gran caridad irreprochablemente. Cada hombre tenía los suyos, y cada hombre disponía, para cumplir con esta caridad, de los amplios recursos del alma.”

              Traducción de Fernando Jadraque.

              Publicado por Valdemar.

        Con la inestimable ayuda de la impresionante fotografía de Néstor Almendros, François Truffaut dirigió y protagonizó la adaptación del relato, titulada La habitación verde (La chambre verte), uno de sus trabajos menos conocidos, con menos éxito y más personales, lírico y, por qué no, romántico, pero también malsano y enfermizo; un poema arrancado de entre los muertos sin tramas hitchcockianas que nos lo hagan más llevadero; una película en carne viva que apesta a muerte por los cuatro costados.

             Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

PÁNICO AL AMANECER de Kenneth Cook

John Grant es un maestro rural que se dirige a Sidney, donde le espera su novia, a pasar las vacaciones de verano. De camino, se detiene a pasar una noche en Bundanyabba, una localidad minera en pleno outback australiano, donde poco más hay que hacer que jugar y emborracharse, sudar y tragar polvo. Tras dejar su equipaje en el hotel, se dirige a tomar unas cervezas y acaba jugándose y perdiendo todos sus ahorros. Acogido por los habitantes del pueblo, pasará los siguientes días de borrachera en borrachera, participará en una sangrienta cacería de canguros y se irá hundiendo, sin que nada ni nadie realmente lo obligue, en una pesadilla creada por él mismo.

        Pánico al amanecer (Wake in Fright, 1961), considerada una de las grandes novelas de la literatura australiana, acaba de publicarse hace unos meses traducida por primera vez al español, aunque la historia ya podíamos conocerla gracias a su magnífica adaptación cinematográfica, titulada en nuestro país Despertar en el infierno (Wake in Fright / Outback, 1971), un proyecto destinado al parecer para Joseph Losey y que acabó en las manos del mucho menos prestigioso Ted Kotcheff. A juzgar por los pestiños que Losey realizó por esa época, creo que salimos ganando con el cambio.

        Las apenas ciento ochenta febriles y salvajes páginas (pienso, sobre todo, en la atroz cacería de canguros) escritas por Kenneth Cook, de una fuerza visual que hacía poco menos que inevitable su adaptación al cine, consiguen sin ningún esfuerzo y del tirón (es recomendable leerla de una sola vez) que nos dejemos llevar de la mano del protagonista, en esta particular travesía hacia su propio infierno, hasta meternos, peligrosamente, en su propia piel. Nada es inevitable, ningún mal gira alrededor de John Grant que él no haya propiciado, pero la prosa de Cook logra el milagro de que nos parezca lógico el camino de nuestro protagonista, guiado por el desprecio que siente por sí mismo, hacia la autodestrucción. Una extraordinaria novela que nadie debería perderse, a no ser que se disponga a viajar a Australia próximamente. En ese caso, ni se te ocurra leerla.

        “El canguro no se movía.

        Sólo cuando lo tuvo cerca se dio cuenta de que era un animal muy pequeño, de algo más de un metro de altura. Además, estaba malherido y se limitaba a mantenerse en pie, mirando hacia la oscuridad que se prolongaba por detrás de la luz del reflector. De no haber sido porque los hombres estaban pendientes en el coche, habría ido a buscar el rifle. Se paró entonces detrás del canguro, deseando que se moviese, y le echó una mano al hombro. Era suave y tibio al tacto. El pecho del animal palpitaba. Debido a la proximidad le veía dos cabezas, tal como la otra noche había visto doble el rostro de Janette.

        Grant tomó impulso y arremetió contra el animal con el cuchillo. La hoja le produjo un profundo corte en la espalda y la sangre comenzó a brotar, formando una línea oscura sobre el pelaje. Sin embargo, el canguro seguía inmóvil.

        ¡Santo Dios! ¿Qué hacía él allí, John Grant, profesor de escuela y hombre enamorado, despedazando a esa pequeña bestia mullida bajo la fría luz de las estrellas?

        Se echó hacia adelante y guió el cuchillo hacia el pelaje blanco del pecho. El arma penetró con facilidad y abrió una hendidura profunda, pero el canguro seguía con vida. La carne se cerró con fuerza alrededor de la hoja y Grant tuvo que forcejear para extraerla.

        Sollozando volvió a blandir el puñal y lo clavó en el pecho y en la espalda del animal una y otra vez. Pero el marsupial aguantaba en su sitio, mudo, sin protestar y sin morir tampoco.

        Grant se echó hacia atrás un instante, se llevó la mano a los ojos y oyó los gritos de aliento provenientes del coche.”

                    Traducción de Pedro Donoso.

                    Publicada por Seix Barral.