EL SEÑOR DE LA GUERRA (1965) de Franklin J. Schaffner / BRONWYN de Juan Eduardo Cirlot

Antes de realizar El planeta de los simios (The Planet of the Apes, 1968) y Patton (1970), sus dos obras maestras más populares, Franklin James Schaffner ya nos había dejado otra joya para la historia del cine titulada El señor de la guerra (The War Lord), casi más conocida por historiadores que por cinéfilos, ya que según dicen es la película que muestra con mayor fidelidad lo que fue la Edad Media, algo a lo que supongo que no es ajena la extraordinaria fotografía de Russell Metty, colaborador en varias de las mejores películas de Douglas Sirk, entre otras maravillas.

        Basada en la obra de teatro de Leslie Stevens The Lovers -título que ya da una idea de por dónde van los tiros-, cuenta la historia de Chrysagón de la Cruz (Charlton Heston), un caballero normando que es enviado por su Señor a proteger a unos vasallos suyos de los ataques de los frisios. Al llegar ve lo que acabará siendo su perdición, a la hermosa campesina Bronwyn (Rosemary Forsyth) bañándose en las aguas del pantano. Perdidamente enamorado, ejercerá su derecho de pernada tras la boda de Bronwyn con uno de los campesinos, ganándose el odio de los vasallos. Pero Chrysagón no renunciará a ella, lo cual le costará el favor de su Señor, su honor y su vida.

        Película histórica, bélica, de aventuras o de lo que se quiera, El señor de la guerra es en realidad una de las más apasionadas historias de amor que nos haya dado el cine, y también de las más contenidas, sin una palabra ni un gesto de más, a la que asistimos en parte a través de las miradas y los silencios de Bors (enorme, como siempre, Richard Boone), el hombre de confianza de Chrysagón. Como muestra de esa contención, el momento en que Bors cura una herida a Chrysagón mientras Bronwyn intenta sujetarle por los brazos, hasta que sus rostros quedan casi unidos: una antológica escena de amor sin palabras que ni siquiera lo parece.

                  Editada en DVD, con el formato alterado, por Filmax.

El caso del poeta barcelonés Juan Eduardo Cirlot (su hija Victoria, por cierto, fue mi profesora de Literaturas Románicas en la Universidad de Barcelona, y tuvo el detalle de aprobarme) es el mayor ejemplo que conozco de cómo el cine, o una película, o sencillamente un personaje, puede influir en nuestra vida o incluso alterarla completamente. Tras ver El señor de la guerra, Cirlot debió de sentir el mismo embrujo que sintió Chrysagón al ver a Bronwyn emerger de las aguas, ya que comenzó a dedicarle lo que acabarían siendo 16 libros de poemas, escritos entre 1967 y 1971, reunidos finalmente bajo el título Bronwyn. El breve poema que aquí os dejo, uno de mis preferidos, creo que resume perfectamente la esencia de ese ciclo poético.

Ahora sí que ya sé por qué te vi

sobre las grises aguas del pantano,

loto de las entrañas de la luz,

sin pétalos ni rayas de relámpago.

Te vi para saber que soy eterno.

No importa que esté muerto junto al mar.

                     Publicado por Siruela.

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6 comments so far

  1. Emilio on

    Recuerdo cuando la emitieron en televisión (entonces sólo había la pública, TVE) por primera vez, en el verano de 1.974.
    Coincidiendo, más o menos, con el día de su emisión, me habían llevado a visitar las Torres do Oeste, una antigua fortaleza medieval construida para hacer frente, entre otros enemigos, a los vikingos, se trataba de la antigua “Castellun Honesti”, en Catoira, de la que sólo quedaban algunos restos, entre ellos sus torres, una de las cuales a cuyo pie discurre el río Ulla que en esta parte se empieza a ensanchar hasta confundirse con la Ría de Arousa, me recordaba enormemente a la torre-fortaleza de la película.
    Para mí aquel lugar era mágico, situado en un paraje agreste de gran belleza, por entonces de tortuoso acceso lo que ayudaba a su aislamiento, no existía el actual viaducto que por encima de las torres rompe aquel paisaje conservado hasta entonces casi como debía de ser en sus mejores tiempos, por lo que no resultaba difícil evocar las escenas de las batallas y de las naves piratas, muy similares a las que navegaron por esas aguas y coetáneas a las que se recreaban en la cinta, y ya fueran las de ésta o las imaginadas por mí todo el lugar se llenaba de refriegas e incursiones a lo que ayudaba la buena ambientación cinematográfica, sobre todo de un Charlton Heston con un tonsurado como en los tapices o retablos medievales.
    La segunda vez que la vi, ya en mi adolescencia, pude admirar mejor el angelical rostro y escultural cuerpo de una joven Rosemary Forsyth, con unas breves secuencias de un sensual e inocente erotismo. Ahora añado a todas mis experiencias anteriores la de un mayor conocimiento; los rituales de los pueblos indoeuropeos de adoración a la naturaleza, las ofrendas en los árboles, los bailes rituales tan parecidos en la película a los que se representan, por ejemplo, en la cerámica numantina o de los que sabemos a través de obras como “De correctione rusticorum”, de Martin de Dumio, testimonio vivo de las creencias de nuestros antepasados a los que por aquel entonces se intentaba convencer, que no imponer (al contrario de lo que habría de ocurrir en el futuro), de las ideas de la doctrina cristiana y la conveniencia del abandono de las consideradas paganas. También se puede observar las fiestas orgiásticas en las que el pueblo se disfrazaba de animales, también denunciadas por la Iglesia, de los que quedan algunos testimonios, como los de San Paciano (a través de las citas de San Jerónimo), Isidoro de Sevilla, o el cuarto Concilio de Toledo, aquí en España; en otros países europeos: las tradiciones de los “animal pageants” del ámbito anglosajón, Teodoro arzobispo de Canterbury, Cesario de Arles, el Concilium Autissiodorense, el Concilio de Auxerre, etc…
    La misma película para tres visiones diferentes en el transcurso de una vida.

  2. orsonwelles on

    Gracias, Emilio, por tu visita y tu valioso comentario que me confirma que a los historiadores, o a los que os interesa la historia y la antropología, os encanta esta película. Un saludo.

  3. Merrilee Seratti on

    Gracias por la informacion me es de mucha ayuda, es muy buena

  4. orsonwelles on

    Gracias a ti por tu visita y tu comentario.

  5. jjcr on

    Me ha sorprendido agradablemente descubrir este blog, al que a partir de ahora visitare asiduamente, y concretamente esta pelicula, de la que tengo grabada en mi memoria la escena de la curacion de la herida de CHrysagon. Despues la he visto varias veces mas , Os aconsejo ver el coloquio sobre la pelicula del programa ¨Que grande es el cine ¨en Youtube.

    Gracias de nuevo tambien por el comentario del libro de poesia que intentare encontrar.

    Saludos: JJ

  6. orsonwelles on

    Precisamente fue en ¡Qué grande es el cine! donde vi por primera vez la película. Una lástima que se cargaran el programa.
    Gracias por pasarte por aquí y por tu comentario. Un saludo.


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