EL ORIGEN DEL MUNDO de Jorge Edwards

Tras el suicidio de su amigo Felipe Díaz, un intelectual vividor que presumía de sus numerosas conquistas femeninas, el anciano doctor Patricio Illanes comienza a sospechar que su mujer, Silvia, mucho más joven que él, estaba enamorada de Felipe y era una de sus amantes. Sus sospechas se verán fortalecidas tras ver el cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, y descubrir una fotografía realizada por Díaz muy similar al cuadro y en la que cree identificar a su esposa.

        Escrita por el chileno Jorge Edwards, Premio Nacional de Literatura 1994 y Premio Cervantes 1999, El origen del mundo (1996) es una breve y estupenda novela sobre el desconocimiento de los demás y de uno mismo, sobre la inseguridad y los celos transformados en obsesión, y sobre cómo esa obsesión enfermiza nos alimenta y nos hace sentirnos vivos de nuevo, de una manera que creíamos ya perdida. De tintes policiacos, favorecida definitivamente por una construcción en la que varían la voz narrativa y el punto de vista, su lectura es una de las mejores formas de descubrir a uno de los grandes narradores de la literatura chilena.

“Porque él no ignoraba, desde luego, no ignoraba del todo, y desde hacía mucho tiempo, la debilidad de Silvia, y más de alguna vez había tenido sospechas, sentimientos insidiosos, incómodos, que se renovaban cada vez que observaba en el terreno, en acción, la capacidad de seducción y la perfecta falta de escrúpulos de Felipe Díaz, pero nunca, jamás en su vida, se habría imaginado que Silvia, la serena, sonriente, burlona Silvia, pudiera perder los estribos de aquella manera tan evidente. No era, sin duda, que estuviera impresionada, al borde de un ataque de nervios, por el espectáculo de un cadáver, del cadáver de un suicida. No tenía, Silvia, ese tipo de fragilidad. Su llanto, ajeno a la cercanía de Alfredo Arias, y ajeno a él mismo, a toda noción de cautela, y hasta de qué dirán, de pudor, era un lamento inédito, diferente, profundo: salía de las entrañas de una mujer que él creía conocer al revés y al derecho, y que en realidad no conocía, o que había comenzado a conocer sólo ahora, tarde, y sin remedio. ¿Quedaba confirmado, entonces, oleado y sacramentado, que Silvia y Felipe habían sido amantes? ¿Y por cuánto tiempo, y en qué circunstancias, y cómo se las habían ingeniado para engañarlo, para traicionarlo bajo sus propias barbas, porque si la palabra traición no se aplicaba en ese caso preciso, traición con alevosía, jugando con la amistad, con la comedia de la sinceridad, con la mentirosa verdad, cuándo diablos se aplicaba?”

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