LA BUENA GENTE DEL CAMPO de Flannery O´Connor

A pesar de fallecer a los 39 años, tras padecer una larga enfermedad en la sangre, a Flannery O´Connor le dio tiempo a escribir uno de los capítulos más extraordinarios y singulares de la literatura del siglo XX. Comparada a menudo, por la temática sureña de sus obras, con William Faulkner, Carson McCullers o Erskine Caldwell -tres grandes autores a los que, para mi gusto, supera con creces-, escribió sus relatos y novelas con un estilo inconfundible que difícilmente podría haber creado escuela, y que la convierte en la escritora más inclasificable y perturbadora que conozco.

        Ambientados generalmente en lugares en los que predomina la pobreza y una exacerbada religiosidad, los relatos de Flannery O´Connor suelen estar dominados por la representación de la maldad, personificada a menudo en asesinos desequilibrados o demasiado lúcidos, según se mire, y en falsos profetas y santurrones, pero también en niños, mujeres y ancianos en los que esa maldad se mezcla con la inocencia y hasta con la estupidez, transformándolos en personajes de una complejidad inabarcable que sólo se nos hacen soportables gracias al humor escéptico y distanciador de su creadora. Quienes hayan visto la película Sangre sabia (Wise Blood, 1979), adaptación de la novela homónima de O´Connor publicada en 1952 y uno de los films, como no podía ser menos, más extraños e incomprendidos de la filmografía de John huston, sabrán por dónde van los tiros.

        De título irónico donde los haya, La buena gente del campo es, entre tanta obra maestra, una de las incontestables joyas de la corona, imprescindible en cualquier antología del relato norteamericano que se precie. Una casa en el campo, un granero y cuatro personajes: la chismosa señora Freeman, la confiada señora Hopewell, su hija Joy, una treintañera universitaria con una pierna artificial y que ha renunciado definitivamente a la felicidad, y el joven vendedor de biblias que se hace llamar Manley Pointer, en apariencia un alma cándida que lleva su desgraciada historia a quien quiera escucharla. Desde su superioridad intelectual, Joy intenta seducir al muchacho, en el que cree descubrir la inocencia más absoluta, descubriendo demasiado tarde que el tal Manley no es en realidad “buena gente del campo”. Un cuento demoledor y malsano, cuya lectura nos deja perplejos y desarmados, y que muestra cómo la mejor literatura puede, o quizá debe, ser también la más terrible.

“Pensó que por primera vez en su vida tenía frente a sí la verdadera inocencia. El muchacho, con un instinto que nacía más allá de la experiencia, había descubierto la verdad sobre ella. Cuando, después de un momento, ella dijo en voz alta y ronca: “Muy bien”, fue como rendirse a él por completo. Fue como perder su propia vida y encontrarla de nuevo, de manera milagrosa, en la de él.

        Poco a poco él empezó a subirle la pernera del pantalón. La pierna artificial, con un calcetín blanco y un zapato plano marrón, estaba envuelta en una tela gruesa como lona y terminaba en una juntura desagradable que estaba atada al muñón. La voz y el rostro del muchacho eran totalmente reverentes cuando la dejó al descubierto y dijo:

        -Ahora enséñame cómo se quita y se pone.

        Ella se la quitó y se la puso nuevamente y luego él mismo la quitó, manipulándola con tanta ternura como si fuera una pierna de verdad.

        -¡Mira! -dijo con la expresión de deleite de un niño-. ¡Ahora lo puedo hacer yo mismo!

        -Colócala de nuevo -le pidió ella. Estaba pensando que se escaparía con él y que todas las noches él le sacaría la pierna y todas las mañanas se la volvería a poner-. Colócala de nuevo -repitió.

        -Todavía no -murmuró él, y la puso de pie lejos de su alcance-. Estate sin ella un rato. Me tienes a mí.

        Ella dejó escapar un grito de alarma, pero él la empujó y comenzó a besarla una vez más. Sin la pierna, se sentía completamente dependiente de él. Parecía que su mente había dejado de pensar y que se ocupaba de otras funciones que no se le daban muy bien. Expresiones diferentes recorrieron su rostro. De tanto en tanto, el muchacho, cuyos ojos parecían dos pernos de acero, volvía la cabeza para mirar la pierna. Finalmente ella lo apartó de un empujón y dijo:

        -Ahora colócala de nuevo.

        -Espera -dijo él.”

                            Traducción de Marcelo Covián.

                            Publicado por Mondadori DeBols!llo.

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