Archive for 28 diciembre 2011|Monthly archive page

EDUARDO MANOSTIJERAS (1990) de Tim Burton

Para terminar el año, una maravilla que nos regalaron Tim Burton, Johnny Depp y Winona Ryder hace ya -parece mentira- más de veinte años. Entre el gótico y los cuentos de hadas, entre el monstruo de Frankenstein y La Bella y La Bestia, una historia de amor y aceptación a los que son diferentes en un lugar en el que nunca nieva, hasta que Eduardo extrae la nieve de sus esculturas de hielo. Uno de los más hermosos cuentos navideños de la historia del cine.

 

                              Editada en DVD por Fox.

                             ¡FELIZ 2012 PARA TODOS!

CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN de Paul Auster

El día de Navidad de 1990, el cineasta Wayne Wang leyó en el New York Times un relato de Paul Auster titulado Cuento de Navidad de Auggie Wren, y enseguida pensó que, a partir de él, podría hacerse una buena película. Al año siguiente conoció a Auster y le convenció para que escribiera el guión. El resultado no fue una película sino dos: Smoke y Blue in the Face, codirigidas por ambos y estrenadas en 1995. De lo mejorcito del cine norteamericano de la década de los 90.  

 

         El cuento que originó dicha colaboración se lo cuenta Auggie (Harvey Keitel) a su amigo escritor Paul (William Hurt) al final de Smoke. En él, Auggie finge ser el nieto de una anciana ciega y pasa con ella el día de Navidad, a la postre el último de la anciana, que morirá al poco tiempo.

        “-¿Eres tú, Robert? -dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

        Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

        -Sabía que vendrías, Robert -dice-. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

        Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

        Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

        -Está bien, abuela Ethel -dije-. He vuelto para verte el día de Navidad.

        No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así, y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

        No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.”

                  Traducción de Maribel De Juan.

                  Publicado por Anagrama.

                 ¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!

THE ARTIST (2011) de Michel Hazanavicius

Escena primera: el público asiste a la última película protagonizada por la gran estrella del cine mudo George Valentin. En la pantalla vemos al héroe gritando mientras sus enemigos le torturan, y en el rótulo de turno leemos: “¡No hablaré!”. Al otro lado de la pantalla, donde el equipo que ha rodado la película espera la reacción del público, un letrero nos avisa de que guardemos silencio. Son sólo dos guiños, apenas dos detalles, pero que consiguen que nos pongamos cómodos y nos frotemos las manos. Y The Artist, con los excepcionales Jean Dujardin y Bérénice Bejo como protagonistas, no defrauda. Apúntenla ya para estar entre las mejores de la década.

        Lo que sigue tras ese magnífico inicio, la historia del declive de George al aparecer el cine sonoro y del auge de la figurante Peppy Miller (otro detalle: la actriz que interpreta a la esposa de George es Penepole Ann Miller) hasta convertirse en estrella, es una sucesión de momentos rebosantes de talento, casi un empacho de maestría narrativa. Unos pocos ejemplos entre mil: la primera vez que ambos coinciden en un plató, en la que, tras el baile en el que George sólo puede ver las piernas de Peppy, ruedan su primera escena juntos y, tras varias tomas, comienzan a enamorarse; la escena en que Peppy imagina que el frac de George, colgado de un perchero, la abraza como si fuera él mismo, puro Chaplin o Keaton, o incluso Harpo Marx; el premonitorio final de la última película muda que George interpreta y que también dirige, intentando demostrar que el público aún le quiere aunque no hable, en el que el héroe al que da vida se hunde en arenas movedizas mientras aparece sobreimpresionado el THE END; el momento en que Peppy descubre que la única película que George ha salvado al incendiarse su casa es aquella primera que rodaron juntos, y que por tanto él también la ama; la última escena en que ambos bailan ante la cámara, que supone el inicio del cine musical, etcétera, etcétera y muchos más etcéteras.

        Como no podía ser de otro modo en una película así, las referencias y los homenajes aparecen por todas partes, y curiosamente muchos de ellos aluden al cine sonoro norteamericano:

La caracterización de George y Peppy como Gene Kelly y Debbie Reynolds, la desaparición del cine mudo y los comienzos del sonoro de Cantando bajo la lluvia (Singin´ in the Rain, 1952) de Stanley Donen y Gene Kelly.

-El gran actor que pierde el favor del público mientras la mujer a la que ama alcanza la fama de las muchas versiones de Ha nacido una estrella (A Star is Born).

-Los planos en que George comparte mesa con su mujer, en los que se muestra cómo la relación se va deteriorando, así como aquellos en los que George descubre, en una enorme habitación de la mansión de Peppy, todos los objetos que le pertenecieron tapados con sábanas, que remiten a los que filmó Orson Welles para Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). 

-La estrella del cine mudo que recuerda sus momentos de gloria viendo sus propias películas de, entre otras muchas, El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) de Billy Wider.

-La borrachera de George en el bar, filmada de manera similar a una de las que agarraba Ray Milland en Días sin huella (The Lost Weekend, 1945), también de Wilder. Mientras bebe, George cree ver salvajes diminutos que le atacan, como aquellos Muñecos infernales (The Devil Doll, 1936) que creó Tod Browning.  

-El gran hombre de cine que se cree capaz de dirigir sus propias películas, fracasando estrepitosamente, de Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) de Vincente Minnelli.

-La recuperación, para la escena en que George se dispone a suicidarse y la llegada de Peppy lo evita, del tema de amor que escribió Bernard Herrmann para Hitchcock en De entre los muertos (Vertigo, 1958).  

-ETC, ETC.

        Quizá sea precisamente el hecho de que muchos de sus logros remiten a otras grandes películas lo único que le podamos reprochar al film de Hazanavicius, pero para qué liarnos la manta a la cabeza cuando nos lo hemos pasado como enanos, y más sabiendo que la historia del cine está plagada de homenajes y/o plagios tan maravillosos como los que aquí aparecen. The Artist es una carta de amor al cine, un soplo de aire fresco que nos devuelve lo mejor del séptimo arte, y lo seguiría siendo aunque fuese una película sonora, o aunque hubiese sido parida a finales de los años veinte junto a Amanecer (Sunrise, 1927) de Murnau o Y el mundo marcha (The Crowd, 1928) de King Vidor, junto a aquellas películas que le dieron al cine su mayoría de edad y que aún hoy, después de casi un siglo, nos siguen emocionando.

PRIMAVERA TARDÍA (1949) de Yasujiro Ozu

En los últimos minutos de Primavera tardía (Banshun), la cámara espera al anciano profesor, que regresa a casa solo tras la boda de su hija. Nos muestra las habitaciones ahora casi a oscuras, el silencio que recuerda la ausencia, y cómo el profesor se sienta y comienza a pelar lentamente una fruta. Y entonces la mirada de Ozu obra el milagro: las manos dejan caer al suelo la piel de la fruta y se quedan quietas, y ese breve plano, sostenido apenas un instante, es capaz de hacernos sentir toda la soledad del protagonista. Ozu nos emociona desdramatizando el drama, mostrándonos las manos en lugar de un primer plano del rostro.

        Es en ese mágico momento cuando la cámara se atreve a acercarse más a lo que desea mostrarnos. Hasta entonces ha asistido a la historia como un espectador más, en silencio y como sin querer interrumpir. Ha acompañado la feliz monotonía del profesor viudo y de su hija Noriko, los paseos en bicicleta, las visitas de los amigos, el trabajo diario. Se ha parado a enseñarnos los objetos de la casa y los lugares de una ciudad en paz tras la reciente guerra, anclada aún en la tradición pero que comienza a occidentalizarse. Ha sido capaz de leer los celos en la mente de Noriko al ver a la mujer que, supuestamente, va a casarse con su padre y a ocupar su lugar, y la ha visto enfadada cruzar la acera para no acompañarle, en una separación momentánea que anticipa magistralmente la que será definitiva. Y ha mirado a Noriko cuando ha aceptado abandonar a su padre, casándose con un hombre al que no ama, por la sencilla razón de que le ha llegado el momento de casarse: la felicidad en el matrimonio es algo que llega con el tiempo…La cámara, desnuda de artificios, como testigo de las alegrías y las tristezas que comparten la vida de dos personas.

        Primavera tardía es mi película preferida de Ozu, por encima incluso de esa otra maravilla que es Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953), generalmente considerada la cima de su cine. ¿Será necesario añadir que es también una de las mejores películas de la historia?

                    Editada en DVD por DeAPlaneta.

DOCTOR GLAS de Hjalmar Söderberg

A los amantes del cine de Dreyer probablemente les suene el nombre de Hjalmar Söderberg por ser el autor de la obra teatral, publicada en 1906, en que se basó Gertrud, la última obra maestra del cineasta danés. Escritor polémico donde los haya, considerado, junto a Strindberg, como uno de los grandes de la literatura sueca de finales del XIX y principios del XX, es también el autor de la novela Doctor Glas (1905), una maravilla que fue llevada al cine por el director Per Oscarsson en 1968. Desconozco el film de Oscarsson, pero mientras leía la novela la imaginaba adaptada por Dreyer recordando las imágenes de Gertrud. Sus personajes, de una tremenda modernidad para la época, presentan varios rasgos en común, y la contención formal con que ambas se nos presentan acentúa, aún más si cabe, la absoluta desolación que guardan sus historias.  

“Ahora estoy junto a la ventana abierta y escribo esto. ¿Para quién? No para ningún amigo ni ninguna amiga, y apenas para mí mismo, ya que no leo hoy lo que escribí ayer, ni voy a leer esto mañana. Escribo simplemente para mover la mano, porque el pensamiento ya se mueve por su cuenta; escribo para matar unas horas de insomnio. ¿Por qué no consigo dormir? Después de todo, no he cometido ningún crimen.

        Lo que escribo en estas páginas no es una confesión. ¿A quién iba a confesarme? Tampoco cuento todo lo mio. Solo cuento lo que me gusta contar, pero no digo nada que no sea verdad. Con mentiras no voy a auyentar la infelicidad de mi alma, suponiendo que sea infeliz.

        Fuera, la inmensa noche azul se cierne sobre los árboles del cementerio. Ahora la ciudad está silenciosa, tan silenciosa que los suspiros y los murmullos de abajo suben hasta aquí, y ocasionalmente brota una risa canalla. Me parece que en este momento nadie en el mundo está tan solo como yo. Yo, el licenciado en medicina Tyko Gabriel Glas, que a veces ayudo a otros pero no he podido nunca ayudarme a mí mismo, y que, a los treinta años cumplidos, nunca he estado junto a una mujer.”

        Este Doctor Glas que se dispone a contarnos su historia es un personaje solitario y complejo, un médico de posición acomodada que guarda las apariencias mientras reniega en el fondo de la moral que impera en la sociedad y acepta el aborto, la eutanasia e incluso el crimen si cree que están justificados. Enamorado de una de sus pacientes, se propone asesinar al marido (un tipo mucho mayor que ella, que se nos presenta como despreciable, pero sólo desde el punto de vista del médico y de la esposa, sin que se nos presenten pruebas de ello) para que ésta pueda casarse con su joven amante y encontrar la felicidad. Tras el crimen el amante la abandona, casándose con otra, y el Doctor Glas será incapaz, en su complejidad, de confesarle su amor, de ayudarse a sí mismo. Ambos, como Gertrud en el film de Dreyer, acabarán refugiándose en su soledad, descrita por Söderberg con una sencillez que nos desarma y que supone un broche de oro para esta extraordinaria novela.

        “El otoño devasta mis árboles. El castaño frente a la ventana está ya desnudo y negro. Por encima de los tejados corren nubes en apiñados rebaños, y nunca veo el sol.

        He comprado cortinas nuevas para el despacho: enteramente blancas. Al levantarme esta mañana pensé un momento que había nevado: la luz tenía exactamente la misma calidad de después de la primera nevada. Y me ha parecido oler el aroma de la nieve recién caída.

        Pronto llegará, la nieve. La sentimos en el aire.

        Será la bienvenida. Que llegue. Que caiga.”

                     Traducción de Gabriel Ferrater.

                     Publicada por Ediciones Alfabia.

En recuerdo de Harry Morgan

El pasado martes día 7 se nos fue, a los 96 años, Harry Morgan, uno de los últimos grandes secundarios del Hollywood clásico. Habitual en producciones para televisión, recibió un Emmy en 1980 por su interpretación del coronel Potter en la serie M*A*S*H, posiblemente el papel por el que más se le recuerda, pero su inconfundible físico estuvo antes presente en un montón de grandes películas, entre las que destacan westerns como Cielo amarillo (Yellow Sky, 1948) de William A. Wellman, Solo ante el peligro (High Noon, 1952) de Fred Zinnemann, Horizontes lejanos (Bend of the River, 1952) y Tierras lejanas (The Far Country, 1955), ambas de Anthony Mann. Aquí lo recuerdo junto a Henry Fonda en Incidente en Ox-Bow (The Ox-Bow Incident, 1943), obra maestra de Wellman, y junto a John Wayne en el magnífico fragmento que dirigió John Ford para La conquista del Oeste (How the West Was Won, 1962). Descanse en paz.

 

 

25 años sin Cary Grant

El pasado 29 de noviembre se cumplieron 25 años desde que nos dejó el actor inglés Cary Grant, nacido Archibald Alexander Leach, para muchos y muchas el más grande que se haya puesto ante una cámara. Aquí lo recuerdo en las que para mí son sus mejores películas: La pícara puritana (The Awful Truth, 1937) y Tú y yo (An Affair to Remember, 1957) de Leo McCarey, Sólo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings, 1939) y Luna nueva (His Girl Friday, 1940) de Howard Hawks, Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, 1940) de George Cukor, Encadenados (Notorious, 1946), Atrapa a un ladrón (To Catch a Thief, 1955) y Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock, y por último Charada (Charade, 1963) de Stanley Donen, mi preferida de todas ellas.

 

 

 

 

 

                                               Cary Grant

   (Bristol, 18 de enero de 1904 – Davenport, Iowa, 29 de noviembre de 1986)

¡FRAUDE! de Clifford Irving / FRAUDE (1973) de Orson Welles

Clifford Irving, novelista nacido en New York, famoso en los años 70 por escribir una biografía falsa del magnate Howard Hugues. Tras reconocer su delito, pasó 17 meses en prisión. El caso fue llevado al cine por Lasse Hallström en La gran estafa (The Hoax, 2006), con Richard Gere en el papel de Irving.

        Elmyr de Hory, alias von Houry, alias Herzog, alias Dory-Boutin, alias etc, probablemente de origen húngaro, pintor, considerado como el mayor falsificador de obras de arte del siglo XX, perseguido durante buena parte de su vida por la policía de medio mundo, se jactaba de que las paredes de las más importantes pinacotecas están decoradas con sus falsificaciones. Al parecer se suicidó en 1976, cuando estaba a punto de ser detenido, pero ni siquiera su muerte, como otros muchos sucesos de su biografía, quedó del todo clara.Varios testigos que lo conocían afirmaron haberlo visto vivito y coleando en diversas partes del mundo durante los años posteriores. Irving escribió al respecto:

        “¿Murió Elmyr en 1976, o practicó su último y magnífico acto de falsificación? ¿Llegaron él, Robert y tal vez Ken Talbot, el corredor de apuestas de Londres, a algún acuerdo? ¿Permaneció el escurridizo húngaro durante diez o veinte años confortablemente sentado en una casa en Double Bay contemplando los botes del puerto de Sidney? ¿Temblaban sus dedos a causa de la edad cuando firmaba en el caballete sus nuevos cuadros?

        ¿Y con qué nombre, o nombres, los firmaba?

        Aún no conozco la respuesta, pero espero encontrarla algún día.”

        Irving y de Hory se conocieron en Ibiza en la década de los 60, y al parecer fue la influencia del pintor húngaro la que llevó al escritor a planear la estafa sobre la biografía de Hughes. De su amistad y de las largas veladas que compartieron en la isla surgió un libro maravilloso titulado ¡Fraude! (Fake! The Story of Helmyr de Hory, the Greatest Art Forger of Our Time, 1969), novela de aventuras repleta de humor y de anécdotas extraordinarias y también de desprecio hacia la gran mentira del arte, biografía de uno de los personajes más fascinantes del siglo pasado, un pícaro moderno que soñaba con llegar a ser un gran pintor y que sólo logró el reconocimiento copiando el estilo y la firma de otros.

        “Es absolutamente desproporcionado -dijo- el dinero que se paga en relación con el valor real de los cuadros. Ciertos sellos viejos o desfigurados tienen un valor inmenso, no por su belleza o valor artístico, sino por su escasez. Pero la pintura moderna, quiero decir las llamadas obras maestras del siglo XX francés, como Matisse, Dufy, etc., o los fauvistas no escasean en absoluto. Estos hombres eran pintores prolíficos. Sus obras están en todas las grandes galerías o museos del mundo. Y no alcanzan ese gran valor por ser obras maestras, en absoluto. Si pensamos en artistas muertos hace tiempo, fabulosos y maravillosos, como Franz Hals o Rembrandt, y los otros grandes pintores del Prerrenacimiento, y nos damos cuenta de que algunos de sus cuadros se cotizan bastante menos que algunos de Miró, Renoir o Picasso, por ejemplo, se le ponen a uno los pelos de punta como si se hubiera electrocutado. Realmente es increíble que alguien como Picasso, aún en vida, entre dos cigarrillos, hace un pequeño dibujo y eso se transforma inmediatamente en dinero, en oro. Se supone que John Paul Gemí es el hombre más rico del mundo, pero en un año, si quisiera, Picasso podría hacer más dinero que Gemí. Puede trazar una línea, firmarla y cobrar por ella en cinco segundos sólo con llamar por teléfono. ¡Fantástico! Es algo que nunca ha tenido comparación en el mundo del arte o el comercio. He oído una historia de Fernand Legros, que había enviado uno de mis Picassos a Picasso para que certificara su autenticidad, y Picasso, que no estaba totalmente seguro, preguntó al que lo llevó:

        -¿Cuánto pagó el marchante por él? -le dieron una cifra fabulosa, unos 100.000 dólares, y Picasso dijo:

        -Bueno, si han pagado tanto, debe de ser auténtico.”

        Orson Welles conoció a ambos personajes en Ibiza y estuvo presente en algunas de las veladas que organizaron. Fascinado por sus historias y aprovechando el material que el director francés François Reichenbach había filmado sobre Elmyr para un documental de la BBC, rodó Fraude (F for fake), una coproducción franco-alemana en la que, a partir de las estafas de Irving y de Hory y recreando incluso un episodio inventado de la vida de Picasso, el propio Welles, como maestro de ceremonias disfrazado de mago, reflexiona sobre lo real y lo ficticio, sobre los artistas reconocidos y los anónimos, sobre la maravillosa mentira que es el arte en todas sus variantes y lo maravilloso que es creérsela. Fraude fue, a la postre, su testamento cinematográfico, su última obra maestra, fruto del encuentro de tres grandes ilusionistas.

           ¡Fraude! está publicada por Norma Editorial.

           Traducción de Paulino Posada y Manel Domínguez.

           Fraude está editada en DVD por Manga Films y por Avalon.