PAISAJE EN LA NIEBLA (1988) de Theo Angelopoulos

El pasado martes día 24 fallecía, atropellado por una moto mientras buscaba localizaciones para su última película, Theo Angelopoulos, el cineasta más prestigioso del cine griego. Sus películas, habitualmente larguísimas, con eternos planos secuencia, contemplativas hasta decir basta y cargadas de simbología, encontraron una gran acogida en los festivales cinematográficos y en parte de la crítica, pero no tanto, creo, entre el público. 

        En mi historia particular del cine, Angelopoulos ocupa un lugar junto a Antonioni, Fassbinder, Tarkovski, Bela Tarr y tantos otros. Casi todas sus películas, a cambio de un par de instantes de belleza para recordar, me proporcionan más de dos horas del mayor de los aburrimientos. Si uno sabe que un film le ha gustado porque al cabo de un tiempo desea volver a verlo, definitivamente los de estos reconocidos cineastas ni me gustan ni atraen mi simpatía, porque, en mi opinión, pertenecen a ese tipo de cine que se preocupa más de su propio ombligo que de la paciencia del espectador.

        Pero como para todo hay una excepción, en la filmografía de Angelopoulos hay una película que me encanta, una obra maestra titulada Paisaje en la niebla (Topio stin omichli), la historia de dos hermanos que emprenden un viaje en busca de su padre durante el cual descubren toda la crudeza del mundo que les rodea. No es que suponga un paréntesis ni en el modo de hacer ni en los temas del cineasta griego (esa dualidad entre el viaje exterior y el interior es habitual en su cine), pero sí me parece la más poética y sensible, la más cercana al espectador, y en la que ese par de instantes extraordinarios a los que antes me refería se multiplican hasta ocupar casi toda la película. Dos ejemplos entre muchos:

-La escena de la violación de la niña, que Angelopoulos no nos muestra, manteniendo el plano de la parte trasera del camión tapada por una lona para que imaginemos lo que está ocurriendo dentro y nos resulte aún más dramático. Curiosamente, siempre me ha recordado a otra escena filmada por un cineasta en las antípodas del director griego: uno de los asesinatos que vemos (que no vemos) en Frenesí (Frenzy, 1972) de Hitchcock, en el que la cámara no entra en el lugar del crimen y va retrocediendo por unas escaleras hasta llegar a la calle. En ambos momentos sentimos que, mientras la vida sigue su curso, en cualquier lugar puede estar sucediendo el episodio más horrible.

-El fragmento final, en el que la niebla se va abriendo ante los dos niños hasta mostrar un árbol, hasta mostrar un rayo de esperanza y optimismo. La innegable belleza del cine de Angelopoulos consigue como nunca que hagamos nuestra su historia y nos conmueve de igual modo que cuando Truffaut llevó a Antoine Doinel a orillas del mar.

             Editada en DVD por Intermedio.

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2 comments so far

  1. Labiano Nathalie on

    No me molesta en ninguna película de Angelopoulos el tiempo, me parece que sustituye la acción por imágenes llenas de significado y emoción. Es una coreografía perfecta. Inolvidable. La música de Eleni Karaindrou una delicia.
    Gracias Angelopoulos, siento mucho no poder ver más peliculas tuyas.

  2. orsonwelles on

    Gracias, Nathalie, por pasarte por aquí y dejar un comentario.
    Un saludo.


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