Archive for 29 febrero 2012|Monthly archive page

EL DÍA DEL JUICIO de Salvatore Satta

Después de tantas lecturas “imprescindibles” que a menudo resultan no serlo, de tantos autores prestigiosos a los que cualquier buen lector debe conocer, de tantos suplementos literarios y tantas campañas publicitarias que intentan o consiguen convencernos de que la última novela de Fulanito es la hostia en vinagre, de repente encontramos al azar, por pura suerte, porque ese día nos fijamos en ella como podíamos no haberlo hecho, una novela completamente desconocida, de un autor del que nunca habíamos oído hablar, y tras leerla y considerarla inmediatamente una de las lecturas de nuestra vida comenzamos a preguntarnos cuántos escritores permanecen en el olvido sin merecerlo, o incluso cuántas grandes novelas, por una u otra razón, ni siquiera llegan a ver la luz.  

        A Salvatore Satta, jurista de profesión, le dio un buen día por echar la vista atrás, pasar cuentas con su Nuoro natal y llenar de recuerdos una novela titulada El día del juicio (Il giorno del giudizio, 1979). Por sus páginas desfilan los poderosos y los humildes, las prostitutas y las beatas, los maestros, los curas, los políticos y los que emigran en busca de una vida mejor para volver poco después a enclaustrarse en esa Nuoro testigo impasible del paso de los años, personajes tratados por el Satta narrador con dureza no exenta de ternura y humor, igualados en el momento del juicio y de la muerte, reunidos para siempre en el omnipresente cementerio.   

        Comparada con El gatopardo (Il gattopardo, 1958) de Lampedusa (a mí me recuerda también a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y a Cien años de soledad (1967) de García Márquez, y la sitúo sin rubor a su misma altura), El día del juicio es una obra maestra de la literatura sobre el discurrir inexorable del tiempo, que parece levantar polvo al pasar sus páginas pobladas por pobres difuntos a la espera de que el narrador los resucite por un instante. Cada una de sus frases, cada uno de sus portentosos fragmentos, merece la lectura más atenta y pausada, incluso volver de vez en cuando sobre nuestros pasos a medida que vamos avanzando, a fin de poder apreciar por completo la maestría de este novelista ocasional, que ni siquiera pudo ver publicada su novela, ya que falleció en 1975. 

        Aquí os dejo un fragmento, uno de los innumerables que podría haber escogido. Probablemente no venga a cuento, pero sus últimas líneas me recuerdan a la escena final de otra obra maestra, esta vez del cine, titulada Ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) de Federico Fellini. Cosas mías. En cualquier caso, si alguien emplea unos minutos en leerlo quizá se decida a descubrir una de las más grandes novelas (esta vez sí) de la literatura del siglo xx.

“En un radio de cien metros podría señalar desde aquí los límites de los viejos y húmedos muros. Basta seguir todo lo que aparece ennegrecido por el tiempo, descascarillado, olvidado, lo que ha muerto por segunda vez. Y más allá de estas pobres tumbas se extiende todavía un breve pedazo de tierra, breve e infinito, con algún resto de cruces inclinadas, alguna cruz derribada, como si hubiera agotado su función. Me pregunto si hay más esperanza en todas aquellas tumbas donde los muertos están solos o en esta tierra bajo la cual los huesos de infinitas generaciones se acumulan y se confunden, se han hecho tierra también ellos. En este remotísimo rincón del mundo, ignorado por todos salvo por mí, siento que la paz de los muertos no existe, que los muertos están libres de todos los problemas, menos de uno, del de haber estado vivos. En las tumbas etruscas rumian los bueyes, las mayores se han convertido en establos. Sobre los lechos de piedra dejan las ollas y los cestos, los humildes instrumentos de la vida pastoril. Nadie recuerda que sean tumbas, ni siquiera el ocioso turista que se encarama por el sendero excavado en la roca, y se aventura en la profunda oscuridad donde resuena su voz. No obstante, ellos siguen estando allí, desde hace dos mil, tres mil años, porque la vida no puede vencer a la muerte, ni la muerte puede vencer a la vida. La resurrección de la carne comienza el mismo día en que se muere. No es una esperanza, no es una promesa, no es una condena. Pietro Catte, el que se colgó de un árbol la noche de Navidad, en la tanca de Biscollai, creía que podía morir.Y ahora también él está aquí (porque los curas, haciéndole pasar por loco, lo sepultaron en la tierra consagrada) con don Pasqualino y Fileddu, don Sebastiano y el ziu Poddanzu, el canónigo Fele y el maestro Ferdinando, los campesinos de Sèuna y los pastores de San Pietro, los curas, los ladrones, los santos, los ociosos del Corso; todos en una mezcla inextricable, aquí debajo.

        Como en una de aquellas absurdas procesiones del paraíso dantesco desfilan en hileras interminables, pero sin coros ni candelabros, los hombres de mi estirpe. Todos se dirigen a mí, todos quieren dejar en mis manos el hatillo de su vida, la historia sin historia de su haber existido. Palabras de oración o de ira susurran con el viento entre los matorrales de tomillo. Una corona de hierro se balancea sobre una cruz desprendida. Y tal vez mientras pienso su vida, porque escribo su vida, me ven como un dios ridículo que les ha llamado a congregarse en el día del juicio, para liberarles para siempre de su memoria.” 

             Traducción de Joaquín Jordá.

             Publicada por Anagrama (colección Otra vuelta de tuerca).

Adiós a Erland Josephson

El pasado día 25 nos dejó, a los 88 años, el gran actor sueco Erland Josephson. Fue, junto a Max Von Sydow y Gunnar Björnstrand, uno de los actores más habituales en la filmografía de Ingmar Bergman, aunque también pudimos verle en, entre otras, Sacrificio (Offret, 1986) de Tarkovsky, La insoportable levedad del ser (The Unbearable Lightness of Being, 1987) de Philip Kaufman, o La mirada de Ulises (To Vlemma tou Odyssea, 1995) de Angelopoulos.

        Aquí lo recordamos en cuatro de las grandes películas de Bergman: Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972), Secretos de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap, 1973), Fanny y Alexander (Fanny och Alexander, 1982) y Saraband (2003). La última foto es de un descanso del rodaje de Secretos de un matrimonio. De izquierda a derecha aparecen Ingmar Bergman, el director de fotografía Sven Nykvist y Erland Josephson abrazando a la actriz Liv Ullman.

LOS SOBORNADOS (1953) de Fritz Lang

El cine policiaco clásico norteamericano no suele mostrarnos la rutina doméstica de los agentes de la ley, las cenas y las bromas compartidas con la esposa hasta que una llamada urgente las interrumpe o el momento en que hay que darle las buenas noches a los niños. Si Fritz Lang lo hace en Los sobornados (The Big Heat) es para que el público se identifique en mayor medida con el policía Dave Bannion (Glenn Ford) tras el asesinato de su esposa y para justificar la transformación del personaje. A partir de ese suceso, el hasta entonces honesto defensor de la justicia, que se ocupaba profesionalmente del extraño suicidio de un ex policía, hará la guerra por su cuenta sin detenerse ante nada para llevar a cabo su venganza, sin tener en cuenta el peligro que puedan correr los personajes que se prestan a ayudarle, en una espiral de violencia que le convierte en anticipo de los muchos policías de métodos expeditivos y moral ambigua que poblarán el cine de las décadas siguientes.

        Su camino se cruza con el de Debby (maravillosa, como siempre, Gloria Grahame), la chica florero del gánster Vince (Lee Marvin). Al conocer a Bannion, Debby se siente atraída por él y se ilusiona con la posibilidad de una vida decente, pero Vince, tras enteresarse de su encuentro con el policía, le desfigura el rostro arrojándole café hirviendo (ni siquiera James Cagney tuvo tan pocos miramientos cuando estrelló un pomelo en la cara de su amante en una de las grandes escenas de El enemigo público (The Public Enemy, 1931) de William A. Wellman). Desde ese momento, Debby y Bannion, ayudados circunstancialmente por otra mujer (la secretaria del garaje controlado porVince, quien no por casualidad ha de ayudarse de una muleta para caminar, lo que nos hace pensar en alguna otra represalia pasada, aunque no se nos confirme), unen sus respectivas cicatrices físicas y morales para llevarse por delante a Vince y a su jefe, un capo que tiene dominadas a las autoridades locales, y se identifican hasta convertirse en un vengador de dos cabezas (en algunos planos no compartidos son incluso encuadrados desde la misma perspectiva), en personajes, como muchos otros de los que habitan el cine de su autor, llevados a una situación límite en que a la violencia responden con más violencia, aunque en mi opinión la mirada de Lang se muestra mucho más comprensiva y afectuosa con Debbie, personaje que recupera su dignidad hasta el final.

        Con guión rotundo y frenético de gloriosos diálogos, a partir de la novela de William P. McGivers, gracias al cual Sydney Boehm ganó el premio Edgar Allan Poe de 1954, Los sobornados muestra en sus imágenes una violencia que únicamente solían permitirse sus hermanas pequeñas de la serie B, y supone, para quien esto escribe, el más apasionante y perfecto capítulo de los filmados por Lang durante su extraordinaria etapa norteamericana.  

                      Editada en DVD (sin subtítulos en español) por Columbia.

CANCIÓN PARA BILLIE HOLIDAY de Langston Hughes

Langston Hughes (1902-1967) fue, en palabras del gurú de la crítica literaria Harold Bloom, “la figura más representativa de la cultura de la América negra”. Dramaturgo, narrador, ensayista y, sobre todo, poeta, sus versos fueron traducidos por Borges y por Nicolás Guillén en los años treinta. Durante la Guerra Civil trabajó de corresponsal en nuestro país, al que dedicó varios poemas, y aquí conoció a nuestros mejores poetas del momento y se enamoró del flamenco. Su poesía, de verso libre y sencillo, se inspiró tanto en la obra de Walt Whitman como en la música popular negra.

 

        El poema Canción para Billie Holiday (Song for Billie Holiday), dedicado a su amiga y gran dama del jazz, cuya vida estuvo trágicamente marcada por su adicción al alcohol y las drogas, pertenece al libro Billete de ida (One Way Ticket, 1949). En España se incluyó en la antología titulada Blues (2004), publicada por Pre-Textos, en edición a cargo de Maribel Cruzado.

CANCIÓN PARA BILLIE HOLIDAY          

¿CÓMO aliviar a mi corazón                                 

     De la canción                                                                

     Y de la tristeza?                                                           

¿Cómo aliviar a mi corazón                                    

     Sino con la canción                                                 

     De la tristeza?                                                              

¿Cómo aliviar a mi corazón                                    

     De la tristeza                                                                 

     De la canción?                                                          

No me habléis de la pena                                       

Empolvada en su pelo,                                            

O el polvillo en los ojos                                           

Que al azar sopló el viento.                                    

La pena de la que hablo                                          

La empolva el desconsuelo.                                  

Trompeta con sordina,                                          

Aire caliente y frío cobre.                                     

Amarga televisión enturbiada                              

Por un sonido que oscila…                                     

      ¿Dónde?       

                                                                    

SONG FOR BILLIE HOLIDAY

WHAT can purge my heart

    Of the song

    And the sadness?

What can purge my heart

    But the song

    Of the sadness?

What can purge my heart

    Of the sadness

    Of the song?

Do not speak of sorrow

With dust in her hair,

Or bits of dust in eyes

A chance wind blows there.

The sorrow that I speak of

Is dusted with despair.

Voice of muted trumpet,

Cold brass in warm air.

Bitter television blurred

By sound that simmers-

    Where?

LOS CAMARADAS (1963) de Mario Monicelli

Unos pocos años después de que Berlanga hiciera aparecer en Fontecilla, perseguido por la guardia civil, a un San Dimas con el careto de Richard Basehart en Los jueves , milagro (1957), Monicelli, cuyo cine me parece emparentado con el del director valenciano, enviaba a una pequeña población turinesa, en la que los trabajadores de una fábrica textil comienzan a estar hartos de sus condiciones laborales y de la pobreza en la que viven, al mismísimo Jesucristo, a un mesías disfrazado de profesor acosado por la justicia y con los rasgos de Marcello Mastroianni. El hambriento y desharrapado maestro, acostumbrado a las luchas sociales contra los poderosos, consigue unir a los indecisos lugareños y llevarlos a la huelga, y entre sus arengas y sus escarceos con la policía aún tiene tiempo de meterse en la cama de la María Magdalena local, una prostituta de lujo y de buen corazón encarnada por la maravillosa Annie Girardot.

        En Los camaradas (I compagni), Monicelli nos muestra la lucha de los trabajadores italianos por unas condiciones de trabajo dignas en medio de un ambiente de analfabetismo y pobreza, las dificultades que conllevaba en la época la organización de una huelga, la lucha contra los piquetes desesperados por encontrar un empleo aunque sea temporal, la miseria en la que viven los inmigrantes dispuestos a enfrentarse a sus compañeros e ir al trabajo para poder comer (no me extrañaría que algunas escenas hubieran servido de punto de partida, exageradas hasta la caricatura, para la negrísima y salvaje Brutos, sucios y malos (Brutti, sporchi e cattivi, 1976) de Ettore Scola)…Las cosas, afortunadamente, han ido a mejor, pero el film sigue estando absolutamente de actualidad.

        Con Mastroianni, Girardot y Renato Salvatori a la cabeza de un reparto que incluye a una jovencísima y casi irreconocible Raffaella Carrá y a un impresionante elenco de secundarios de esos que el cine italiano parecía poder fabricar en serie, Los camaradas es una de las películas más dramáticas de Monicelli, aunque la comedia, claro, no podía faltar, pero en esta ocasión pidiéndonos más una sonrisa cómplice que una carcajada. Me parece además una de las obras técnicamente más conseguidas de su autor. Apoyándose en la preciosa fotografía en blanco y negro de Giuseppe Rotunno, Monicelli rueda de manera portentosa las siempre complejas escenas de masas, cuida la planificación de las escenas interiores hasta el mínimo detalle, y consigue algunos de los movimientos de cámara más sutiles y hermosos de una filmografía de la que, injustamente, pocas veces destacamos su brillantez visual.

NUBES FLOTANTES (1955) de Mikio Naruse

Las grandes filmografías de Ozu, Mizoguchi y Kurosawa han conseguido que el cine japonés goce de un merecidísimo prestigio internacional, pero también han logrado sin pretenderlo eclipsar la obra de otros grandes cineastas nipones clásicos, decisiva para que algunos aficionados al cine consideremos a la cinematografía japonesa entre las más importantes.

        Mikio Naruse suele ser considerado el cuarto en discordia, e incluso los que no acaban de comulgar con el cine occidentalizado de Kurosawa opinan que Naruse debería ocupar su lugar en el triunvirato. Dejando de lado los gustos de cada cual y las controversias a menudo apasionantes pero que no suelen llevar a nada (algún día aparecerá por aquí Masaki Kobayashi, y entonces a ver en qué lugar colocamos a esa otra bestia cinematográfica), las películas que conozco de Naruse me lo sitúan más cercano a Ozu que a los otros dos grandes, tanto en la manera de filmar, sin grandes movimientos de cámara y otorgando todo el protagonismo a los actores y sus personajes, como al contar de manera realista historias del Japón de su época, aunque con un mayor pesimismo y sin el humor y la inocencia que a menudo aparecen en el cine de Ozu.

        Nubes flotantes (Ukigumo), una de sus obras maestras y una manera inmejorable de adentrarse en la filmografía de Naruse, cuenta la relación a lo largo de los años de la joven Yukiko (Hideo Takamine) con el maduro hombre casado Tomioka (el gran actor Masayuki Mori, impresionante su duelo interpretativo con Toshiro Mifune en Rashomon (1950) de Kurosawa) desde que se conocen durante la guerra. Naruse nos muestra sus encuentros y separaciones, sus relaciones paralelas, la pobreza y la riqueza que ambos conocen, el odio y el desprecio que a menudo siente Yukiko por Tomioka, y la invencible convicción de que ambos se aman y se necesitan por encima de todo. De manera siempre serena, sin recurrir a estridencias melodramáticas ni a fáciles sentimentalismos, sin ni siquiera buscar esos dos o tres momentos álgidos que destaquen del conjunto, Nubes flotantes me parece una de las historias trágicas de amor más hermosas, enfermizas y apasionadas que nos haya dejado el cine.

                Editada en DVD por Filmax.

OPENING NIGHT (1977) de John Cassavetes

El día tres nos dejó Ben Gazzara, uno de esos grandes actores a los que no suelen llegar los focos pero que mejoraba con su presencia y su sonrisa socarrona cada película en la que participaba. Su primer gran papel fue a las órdenes de Otto Preminger en su obra maestra Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, 1959) y más adelante destacó sobre todo en sus trabajos para Peter Bogdanovich y para su amigo y compañero de juergas John Cassavetes.

        Opening Night me parece la mejor película que rodaron juntos y, ante todo, la gran obra maestra que nos ha dejado el cine sobre el mundo del teatro junto a Eva al desnudo (All About Eve, 1950) de Mankiewicz. Pedro Almodóvar, a quien le encantan ambas películas, las homenajeó en Todo sobre mi madre (1999), llegando a recrear por completo una de las mejores escenas del film de Cassavetes, aquella en que una joven, tras conocer a la gran actriz a la que admira, es atropellada bajo la lluvia. Uno de esos fragmentos que dejan con la boca abierta y que, por sí solo, debería animar a conocer la filmografía de su autor. 

        Junto a Gazzara y Cassavetes, que interpretan, respectivamente, al director y a uno de los actores de una obra de teatro titulada significativamente The Second Woman, la gran estrella de la función es Gena Rowlands, esposa de Cassavetes en la vida real y una de mis actrices preferidas. Ella es en la ficción Myrtle Gordon, una famosa actriz alcoholizada y que no puede aceptar la pérdida de la juventud, incapaz de separar su propia vida de la del personaje al que interpreta, y menos aún tras la muerte de su admiradora. La cámara de Cassavetes la persigue, la abraza, se pega a su mirada y a su piel consciente de lo que la actriz puede darle, como si quisiera unir para siempre a Myrtle con Gena, haciéndolas inseparables, un solo personaje y una sola actriz, mientras nos muestra los entresijos del teatro, la otra cara oculta tras el telón.

        Deudora, claro, de Eva al desnudo, pero también, me parece, de buena parte del cine de Bergman, Opening Night, como casi toda la filmografía de Cassavetes, en su homenaje al teatro y al oficio de actuar destila sinceridad, pasión y verdad como pocas veces hemos visto en una pantalla.

                 Editada en DVD por Avalon-Filmoteca FNAC.

A SANGRE FRÍA (1967) de Richard Brooks

El asesinato de la familia Clutter a manos de Perry Smith y Dick Hickock se convirtió, en manos de Truman Capote, en una de las cimas de la narrativa norteamericana y en una novela que abrió nuevos caminos a seguir por el cine, la televisión y, por supuesto, la literatura. Por citar sólo otra novela policiaca basada en un caso real, inspirada claramente en A sangre fría (In Cold Blood, 1966) y elogiada por el mismo Capote, ahí está la magnífica Campo de cebollas (The Onion Field, 1973) de Joseph Wambaugh, llevada al cine por Harold Becker en 1979.

La adaptación homónima realizada por Richard Brooks -uno de los grandes a la hora de llevar al cine la mejor literatura- es una tremenda película que deja de lado la melancolía y el tono elegíaco que acaba cobrando la novela de Capote para centrarse en las razones que acaban llevando a Perry y Dick al crimen y en la crítica, sin obviar los aspectos más horrorosos del múltiple asesinato (imposible olvidar el flash-back que recrea la matanza, casi de película de terror), a una sociedad que contribuye a crear monstruos para acabar luego con ellos. Así, mientras Capote termina emocionándonos al pensar cómo podría ser la joven Nancy Clutter de seguir con vida, Brooks opta por impactarnos y hacernos reflexionar, poniendo el punto final con el cadáver de Perry colgando de la soga y un fundido sobre el que vuelve a aparecer el título del film, equiparando claramente la sangre fría con la que fueron asesinados los Clutter a la que muestran las instituciones a la hora de aplicar la pena de muerte.

Con un reparto sin grandes nombres pero en el que estan espléndidos Robert Blake, Scott Wilson, John Forsythe y dos de los más grandes secundarios de siempre como Paul Stewart y Charles McGraw -quien no se acuerde de él puede recurrir, entre otras muchas, a su interpretación del instructor de gladiadores Marcellus en Espartaco (Spartacus, 1960) de Stanley Kubrick-, quien da vida al padre de Perry, y una sobrecogedora fotografía en blanco y negro de Conrad Hall, A sangre fría me parece no sólo una de las mayores joyas de la filmografía de Brooks sino también, y sobre todo, uno de los primeros films norteamericanos que trataron la violencia de la forma más cruda, directa y real, alejándose de la imagen que de ella dieron los géneros clásicos y anticipando el cine moderno que revolucionó Hollywood pocos años después, con los Coppola, Scorsese o Schrader a la cabeza. No hay más que compararlo con la otra gran adaptación de Capote al cine, Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany´s, 1961) de Blake Edwards, maravillosa e inolvidable pero que edulcoraba al gusto de la época los aspectos más sórdidos del texto original, para darse cuenta de que los tiempos estaban cambiando.

Editada en DVD por Columbia.