EL DÍA DE LOS FORAJIDOS (1959) de André de Toth

Conflicto entre ganaderos y agricultores. Alambradas que limitan los pastos. El duro Blaise Starrett (Robert Ryan) dispuesto a resolver las cosas por la fuerza y a eliminar al líder de los agricultores, aunque la lucha por las tierras no sea la principal razón: en un temprano diálogo entre Starrett y la esposa de su adversario, separados por una mesa y por tantas cosas, resuelto magníficamente por de Toth con un plano fijo, se nos informa de que ambos habían sido amantes y de que Starrett sigue enamorado de ella. A los pocos minutos el duelo en el salón está servido, y de Toth lo filma de manera poco creíble pero impecable cinematográficamente. Starrett ordena a su ayudante que haga girar una botella a lo largo de la barra para que al caer al otro lado sirva como señal para empezar a disparar. De Toth realiza entonces un fantástico travelling encuadrando a los duelistas y a la botella girando a lo largo de la barra. Justo antes de caer ésta al suelo, la puerta se abre y entra como un vendaval la banda del capitán Bruhn (tremendo Burl Ives, portentoso sobre todo en la escena en que el veterinario del pueblo ha de sacarle una bala del cuerpo), y lo que era un argumento tantas veces visto en el género se transforma en El día de los forajidos (Day of the Outlaw), uno de los westerns más singulares, fantasmal, psicológico, casi abstracto.

        La lucha de Starrett por los pastos y por la mujer deja paso entonces a la defensa del pueblo contra la violencia del grupo de Bruhn o, lo que es lo mismo, contra su propia violencia. Los forajidos aparecen de la nada, en el momento justo para evitar que Starrett asesine a su enemigo, sin que se nos hubiese avisado de su llegada, perseguidos, tras cometer un atraco, por una caballería de la que en ningún momento tendremos noticia, porque no existe, porque, en realidad, los malos de la película, como personajes con entidad narrativa, no existen. Al igual que ocurría en la obra maestra de Anthony Mann Hombre del Oeste (Man of the West, 1958), son sólo una representación de la parte violenta del protagonista: eliminándolos a ellos, se deshace del aspecto de sí mismo que rechaza (justo antes del duelo con el granjero su rostro se refleja en un espejo, y no le gusta lo que ve), y puede vivir en paz. Para ello, Starrett ni siquiera se servirá de su revólver. Con la connivencia de Bruhn, que se sabe con las horas contadas a causa de la herida de bala y que prefiere que los tipejos de los que se sirve mueran a que arrasen el pueblo, guiará a la banda a través de la nieve y del viento, por una ruta inexistente, con el fin de burlar a la caballería. Durante esa secuencia extraordinaria, a la vez un viaje físico y de redención, la ambición por el oro y el frío acabarán con ellos (otra referencia: el cadáver congelado en la nieve con el rifle en la mano, que recuerda al del malvado Robert Taylor en aquel terrible plano final de La última cacería (The Last Hunt, 1956) de Richard Brooks. Curiosamente, en ambas películas el director de fotografía fue Russell Harlan).

        Estupendo guión del gran Philip Yordan y gélida y deslumbrante fotografía en blanco y negro para un film portentoso en su planificación, quizá de ritmo algo teatral a raíz de su carga simbólica, con una gran violencia más aún moral que física (extraordinario también el baile entre los forajidos y las mujeres del pueblo, rodado por de Toth de tal manera que sugiere una brutalidad mucho mayor que la que nos muestra), y que en una fantasía cinéfila podría parecerse al western que Ingmar Bergman nunca filmó. Quizá su singularidad haya hecho de El día de los forajidos un western casi desconocido, que ni siquiera aparece citado en la mayoría de estudios sobre el género, pero precisamente su alejamiento de los parámetros clásicos es una buen razón, y no la única, para recuperarlo.

            Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

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