Archive for 30 mayo 2012|Monthly archive page

SERENATA de James M. Cain

Un cantante de ópera de oscuro pasado que, tras perder la voz, malvive en Méjico; una prostituta mejicana de la que se enamora y que le hace recobrar el interés por la vida; un capitán de barco amante de la ópera y la música clásica que les ayudará a llegar a Estados Unidos, donde espera de nuevo la gloria y el éxito en el cine; un famoso y manipulador director de orquesta que en el pasado mantuvo una relación homosexual con el cantante y que vuelve para recuperarle…Amor fou, tragedia, ópera, el Hollywood de los años 30, la homosexualidad reprimida, la religión, la belleza y la muerte con toda la carga simbólica que estos temas tienen en la cultura mejicana para una novela de culto e inclasificable titulada Serenata (Serenade, 1937), en la que el gran James Mallahan Cain, gran aficionado a la ópera, se desvía del género negro más clásico para otorgarle otra dimensión y las que hagan falta. De argumento imposible y delirante, casi como una pesadilla en primera persona, que podría hacer babear durante horas a quienes gustan de las telenovelas, gracias a la prosa de Cain Serenata se convierte en una de las más insólitas, singulares y apasionadas obras maestras de la literatura norteamericana, y cuyo equivalente en el cine podríamos encontrarlo sobre todo en las filmografías de Nicholas Ray o Douglas Sirk.

        De hecho, durante años circuló el malentendido, por la similitud entre algunas de sus escenas, de que la película de Sirk titulada Interludio de amor (Interlude, 1956) –remake del film de John M. Stahl When Tomorrow Comes (1939)- era una adaptación de Serenata, cuando en realidad lo era, y también la película de Stahl, de otra obra de Cain titulada Una cenicienta moderna (A Modern Cinderella). Curiosamente, en el mismo año 1956 se estrenaba Dos pasiones y un amor (Serenade), protagonizada por Mario Lanza y Sara Montiel, que sí está basada, aunque con importantes variaciones, en Serenata, pero que, lamentablemente, supone uno de los escasos puntos negros en la formidable filmografía de Anthony Mann.

        “-Por la noche, cuando estoy solo, escuchando mi radio, pienso mucho en la belleza. Trato de descubrir la razón, por qué un hombre como Strauss pudo poner en la superficie los peores sonidos que jamás profanaron la noche y a la vez darme algo tangible. Hay una cosa que sé: la verdadera belleza tiene terror. Ahora responderé a tus juicios despectivos sobre Beethoven. Hay terror en él, no así en los compositores de oberturas. Escribieron buena música, después de lo que has dicho los escucharé con respeto. Pero si arrojas una piedra sobre Beethoven, jamás la oirás llegar al fondo. Transmite la eternidad y el infinito, que llegan al alma como la muerte. Recuerda lo que te digo. En esa pequeña hay terror, espero que no lo olvides en tus relaciones con ella.

        No tenía nada que responder. Dios sabe que yo había percibido ese terror en ella. Encendimos las pipas y contemplamos Ensenada, bajo la luz gris que por momentos se volvía azul y violeta. No me quedaban cigarrillos, fumaba el tabaco del capitán, en una pipa que él me había prestado después de limpiarla con un chorro de vapor en la caldera. A menos de treinta metros del barco surgió del agua una aleta negra, horrible. Debía de medir unos veinte centímetros y no zigzagueó ni hendió el agua ni hizo ninguna de esas cosas que dicen los libros. Permaneció allí un par de segundos, hasta que se produjo un fuerte coletazo y desapareció bajo el agua.

        -¿Lo viste, muchacho?

        -¿Qué cosa tan horrible, no?

        -Es la demostración de lo que estoy tratando de decirte. Mira bien. Mira el agua, la espuma, los colores de la orilla. ¿Crees que ahí está la belleza del mar del Trópico? No está ahí. Está en el conocimiento de lo que acecha bajo la superficie, esa cosa horrible, como la llamas tú, que lleva la muerte en cada uno de sus movimientos. Así es la belleza. Así es México. No lo olvides.”

                  Traducción de Daniel Zadunaisky.

                  Publicada por Emecé Editores.

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TODO ES VERDE de David Foster Wallace

Aprovechando que es bastante breve, aquí os dejo íntegramente un relato que me gusta mucho del escritor estadounidense David Foster Wallace. Se titula Todo es verde, y pertenece al libro La niña del pelo raro (Girl with Curious Hair, 1989).

TODO ES VERDE

Ella dice me da igual que me creas o no, es la verdad, puedes creer lo que quieras. Por tanto está claro que está mintiendo. Cuando dice la verdad se vuelve loca intentando que la creas. Por tanto creo que la he pillado.

        Enciende un cigarrillo y aparta su mirada de mí, tiene un aspecto perverso con el cigarrillo encendido y mirando por la ventana mojada, y no sé muy bien qué decir.

        Le digo Mayfly, no sé muy bien qué hacer ni qué decir y ya no me creo nada de ti. Pero hay cosas que sí sé. Sé que soy mayor y tú no. Y te doy todo lo que tengo que darte, con las manos y con el corazón. Todo lo que tengo dentro te lo he dado. He estado aguantando y trabajando duro todos los días. Te he convertido en la razón por la cual hago todo lo que hago. He intentado construir una casa para dártela, para que vivas en ella, y he intentado que sea un sitio agradable.

        Enciendo otro cigarrillo y tiro la cerilla en el fregadero junto con otras cerillas, platos sucios, una esponja y cosas de esas.

        Le digo Mayfly, mi corazón las ha pasado canutas por ti, pero ya tengo cuarenta y ocho años. Ya es hora de que no me deje arrastrar por las cosas. Tengo que tomarme una parte del tiempo que me queda para intentar sentirme bien conmigo mismo. Tengo que intentar sentirme como debería. Dentro de mí tengo necesidades que tú ya ni siquiera puedes ver, porque tú tienes demasiadas necesidades que te las tapan.

        Ella no dice nada y yo miro por su ventana y noto que ella sabe que yo sé la verdad, y cambia de postura en mi sofá de jardín. Lleva unos pantalones cortos y se sienta encima de las piernas.

        Le digo no importa en realidad lo que he visto o lo que he creído ver. Esa ya no es la cuestión. Sé que soy mayor y tú no. Pero ahora me siento como si yo te lo diera todo y tú ya no me dieras nada.

         Tiene el pelo recogido con un pasador y varias horquillas y la barbilla apoyada en la mano, es muy temprano, parece que ella está fantaseando con salir afuera a la luz brillante que hay al otro lado de la ventana mojada junto a mi sofá de jardín.

         Todo es verde dice ella. Mira qué verde es todo Mitch. Cómo puedes decir que sientes todo eso cuando fuera todo es tan verde.

        La ventana que hay junto a mi cocinilla se ha limpiado gracias a las lluvias torrenciales de anoche y muestra una mañana soleada, todavía es temprano y fuera todo está muy verde. Los árboles son verdes y la hierba más allá de los badenes es verde y está empapada. Pero no todo es verde. Las demás caravanas no son verdes, y mi mesa de cámping que está ahí fuera toda llena de agua y de latas de cerveza y de colillas flotando en los ceniceros no es verde, ni tampoco mi camión, ni la gravilla del aparcamiento, ni ese juguete de ruedas enormes tirado de lado bajo una cuerda de tender vacía de ropa junto a la caravana de al lado, en donde vive un tipo con unos críos.

        Todo es verde dice ella. Lo dice en un susurro y yo sé que ese susurro ya no es para mí.

        Tiro mi cigarrillo y le doy la espalda a la mañana con el regusto en la boca de algo que es del todo cierto. Me giro y la miro sentada bajo la luz en mi sofá de jardín.

        Ella está mirando fuera, sentada en el sofá, y yo la miro a ella, y hay algo en mí que no consigue cicatrizar cuando la miro. Mayfly tiene un cuerpo hermoso. Y ella es mi mañana. Digo su nombre.

                          Publicado por Mondadori.

                          Traducción de Javier Calvo.

ÁNGELES SIN BRILLO (1957) de Douglas Sirk / LOS TEMERARIOS DEL AIRE (1969) de John Frankenheimer

El propio William Faulkner opinaba que Ángeles sin brillo (The Tarnished Angels) era la mejor adaptación al cine de su literatura. Basada en la novela Pylon (1935), posiblemente sea la película de Douglas Sirk en la que tiene más peso el original literario, en la que los diálogos cobran la misma importancia que la extraordinaria, como de costumbre, puesta en escena del cineasta.

        El film cuenta una de esas historias de perdedores tan queridas por la literatura y el cine norteamericanos, de desterrados del sueño dorado, de inadaptados que no encuentran su lugar en el mundo. En esta ocasión son Roger (Robert Stack), un veterano de la I Guerra Mundial que se siente frustrado en su regreso a la sociedad (otro tema bastante presente en el cine de Hollywood) y que se va ganando la vida participando en peligrosas competiciones aéreas, y su esposa LaVerne (Dorothy Malone), que ha de sufrir las constantes humillaciones de su marido y que es capaz de cualquier cosa para mantener unido a este grupo de nómadas completado por su hijo Jack y el mecánico Jiggs. Atraído por su modo de vida y conocedor de sus problemas económicos, el periodista Burke Devlin, alcohólico, solitario y tan desarraigado como ellos, y en el que posiblemente Faulkner volcara parte de su personalidad, se ofrece a ayudarles y a contar su historia en un artículo. Rock Hudson realiza aquí la que para mí es su mejor interpretación, sobre todo en el portentoso monólogo final en la redacción del periódico, al parecer inspirado en el poema de T.S.Eliot titulado Death by Water.

        Obra maestra sobre el fracaso, tan oscura, fatalista y claustrofóbica como el mejor cine negro y con una portentosa ambientación del carnaval de Nueva Orleans utilizada de manera simbólica, creo que Ángeles sin brillo ni siquiera deja un lugar al que agarrarse a los habituales detractores del cine de Sirk.

               Editada en DVD por Suevia.

Es más que probable que James Drought leyera Pylon antes de escribir la novela en que se basa Los temerarios de aire (The Gypsy Moths). En cualquier caso, muchos son los puntos en común entre la película de Sirk y la de Frankenheimer, otra crónica de la derrota igual de humana y de trágica. Aquí los protagonistas son Mike, Joe y Malcolm (Burt Lancaster, Gene Hackman y Scott Wilson, respectivamente), tres paracaidistas que pasean su espectáculo de pueblo en pueblo, jugando continuamente con la muerte (el personaje que interpreta Lancaster define su trabajo, en una de las mejores líneas de un magnífico guión, como el único que conoce que le permite a la vez vivir y morir), encontrando en el cielo el hogar que no tienen en la tierra. Una sola escena, al comienzo del film, aparentemente intrascendente, le basta a Frankenheimer para mostrarnos, de manera magistral, cómo es cada uno de ellos.

        Con su carpa a cuestas, llegan al pueblo en el que viven los tíos de Malcolm, el joven del grupo, el único que al final intentará conseguir otro modo de vida. Su tía Elizabeth (Deborah Kerr), una mujer acomodada, que guarda las apariencias, pero frustrada porque su marido, al que engaña a menudo con otros hombres, no ha podido darle hijos, se siente enseguida atraída por Mike y por su libertad, por su forma de vivir tan opuesta a la suya. Convertidos en amantes (su relación nos depara los mejores momentos del film: el regreso de Elizabeth a casa tras haberse visto con Mike, en el que Frankenheimer nos muestra al marido esperando en la cama, con los ojos abiertos, vencido y aceptando; y, sobre todo, el plano en el que el cuerpo desnudo de ella yace de espaldas sobre el sofá y la cámara nos muestra la mirada perdida de Mike, como si su vida pasada y su inmediato y trágico futuro se le aparecieran en un breve instante, en un breve fragmento de puro cine que brilla con luz propia en la filmografía de Frankenheimer y en la de un Burt Lancaster en la cima de su talento), Mike le propone a Elizabeth continuar juntos, pero la negativa de ella, incapaz de abandonar una vida segura, supondrá la desaparición de su última vía de escape, de su última oportunidad de poner los pies en la tierra.

        A años luz en su factura técnica de otros films anteriores y más prestigiosos del cineasta, con un montaje que, en ocasiones, parece hecho con un cuchillo de carnicero y una utilización de la profundidad de campo en algunos planos que no aporta nada, a pesar de todo eso Los temerarios del aire nos regala, junto a Yo vigilo el camino (I Walk the Line, 1970), los mejores momentos filmados por Frankenheimer, aquellos en que su cine estuvo a la altura del de los más grandes.

            Editada en DVD por Cinecom.