STONER de John Williams

Stoner (1970) no fue precisamente un exitazo en el momento de su publicación, quizá porque la literatura norteamericana de aquella convulsa época circulaba por otros derroteros a los que es completamente ajena, o quizá, más sencillamente, porque siempre hay extraordinarias novelas, de argumentos en principio poco atractivos, escritas en voz baja, que se van quedando injustamente por el camino. Afortunadamente, ahora podemos descubrirla en su traducción al español.

         La novela de John Williams cuenta la historia de William Stoner, un profesor universitario no demasiado popular que entrega toda su vida a la enseñanza, mientras ésta transcurre entre el tedio, la derrota, la mediocridad y, en el fondo, el deseo de sentirse querido, de saberse vivo, con apenas un par de soplos de aire que alteran su monotonía. Williams le acompaña desde su juventud como estudiante hasta sus últimos días, postrado en su cama y rodeado de libros, y lo hace como narrador distante, con un estilo que se corresponde extraordinariamente con el carácter del personaje y con los hechos que nos cuenta. No es Stoner una novela de grandes personajes ni de sucesos para el recuerdo. Williams acepta el reto de servirse tan sólo de su maestría como escritor para que una vida como la de millones de personas consiga engancharnos, conmovernos y, al terminar el libro, parecernos única. Y lo consigue. 

        El siguiente fragmento pertenece a la parte final del libro. En él, un anciano Stoner recuerda a Katherine Driscoll, una antigua alumna con la que vivió un intenso romance al que renunció para conservar su matrimonio y su puesto en la universidad. A esa relación le dedica Williams varios de los momentos más hermosos de la novela.      

“Sólo en una ocasión recibió noticias de Katherine Driscoll. A comienzos de primavera en 1949 le llegó una circular de prensa de una gran universidad del Este, anunciando la publicación del libro de Katherine y recogiendo algunas palabras sobre la autora. Daba clase en una buena facultad de humanidades en Massachusetts, no estaba casada. Consiguió una copia del libro tan pronto como pudo. Cuando lo tuvo entre las manos pareció que sus dedos cobraban vida, temblaban tanto que apenas podía abrirlo. Pasó las primeras páginas y vio la dedicatoria: “Para W.S.”

        Se le nublaron los ojos y durante largo rato se quedó sentado inmóvil. Después movió la cabeza, regresó al libro y no lo dejó hasta haberlo leído entero.

        Era tan bueno como había pensado que sería. La prosa era ágil y su pasión estaba enmascarada por la serenidad y la claridad de su inteligencia. Era ella misma lo que se traslucía en lo que leía, se percató, y se maravillaba de la certeza con la que podía contemplarla incluso ahora. De repente fue como si ella estuviese en la habitación de al lado y la acabase de ver hacía sólo un instante. Sentía un hormigueo en las manos como si la hubiera tocado. Y el sentimiento de haberla perdido, que llevaba tanto tiempo guardado dentro, afluyó, le absorbió y se dejó llevar por la corriente, más allá del control de su voluntad, no queriendo salvarse. Luego sonrió con ternura, como recordando algo, le vino a la mente que tenía casi sesenta años y que debía estar por encima de la fuerza de aquella pasión, de aquel amor.

        Pero no lo había superado, lo sabía, y nunca podría hacerlo. Bajo la confusión, la indiferencia, el olvido, ahí estaba. El amor, intenso y fijo, siempre había estado ahí. En su juventud lo había dado sin pensar, lo había dado al conocimiento que le había revelado -¿hace cuántos años?- Archer Sloane; se lo había dado a Edith, en aquellos primeros días tontos y ciegos de cortejo y matrimonio, y se lo había dado a Katherine, como si nunca antes lo hubiera hecho. Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo. No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne; era más bien una fuerza que comprendía a ambas, como si fuese, más que un asunto de amor, su sustancia específica. A una mujer o a un poema, simplemente decía: ¡Mira! Estoy vivo.”

                  Traducción de Antonio Díez Fernández.

                  Publicada por Ediciones Baile del Sol.

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2 comments so far

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