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AL FINAL DE LA ESCALERA (1980) de Peter Medak

Tras volver a comprobar el buen estado de salud de Al final de la escalera (The Changeling) y repasar la filmografía de su director, no es extraño que uno se pregunte si a Peter Medak se le apareció la Virgen o si su talento ha sido desaprovechado en proyectos que no le interesaban demasiado y en los que se limitaba a tirar de oficio y a pasar la minuta. Sea cual sea la respuesta, el caso es que este estupendo film es posiblemente la obra maestra del terrorífico subgénero de las casas encantadas.

        Medak se beneficia de un magnífico guión que nos ofrece una vuelta de tuerca distinta a lo que solemos ver en este tipo de historias, de la presencia de un actorazo como George C. Scott y de una banda sonora que contribuye a la ambientación sin estridencias ni burdos subrayados. Pero además su dirección está repleta de elegancia y sobriedad, sin acumular sustos y efectos facilones que habitualmente enmascaran la pobreza de la historia que nos cuentan o directamente hacen de ella una excusa. Aquí es el desarrollo de la propia historia y los estupendos actores (junto a Scott, Trish Van Devere y el veteranísimo Melvin Douglas) los que se encargan de mantener la tensión y el creciente interés, junto a una cámara que a menudo toma el punto de vista de la casa, ocultándose y observando desde lejos a los personajes y convirtiéndose en uno más, dispuesto a actuar.

        Entre sus puntos débiles, algunos escasos momentos en los que la cámara lenta me parece gratuita y una fotografía con pocos matices, casi más propia de un telefilm. Poco que tenerle en cuenta a una película de culto que poco a poco ha ido abriéndose paso entre las preferencias de los aficionados al género y que afortunadamente aún no ha conocido la típica actualización palomitera.

              Editada en DVD por Universal.

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NO TOQUÉIS LA PASTA (1954) de Jacques Becker

No toquéis la pasta (Touchez pas au grisbi) es un film negro, de gánsters, de atracadores, pero no hay en él apenas acción ni escenas violentas, ni siquiera el típico tenaz policía que ejerza de contrapunto asomando las narices. De hecho, Becker ni se molesta en mostrarnos el atraco que desencadena la historia que nos cuenta. Lo que a él le importa, ante todo, es el retrato de Max (Jean Gabin), un delincuente ya maduro, de los de la vieja escuela, amante de las mujeres, de la buena música, del buen comer y del mejor beber, a quien ya no atrae la vida nocturna y que sólo piensa en retirarse tras cambiar el oro obtenido en el atraco por dinero en metálico. Un personaje que tiene varios puntos en común con el que interpretaría poco después Roger Duchesne en Bob el jugador (Bob le fambleur, 1956) de Jean-Pierre Melville.

        Pero al pobre Max, como no podía ser menos, se le complican las cosas. Su compinche en el atraco, su gran amigo Ritón, le cuenta el asunto a su novia (una jovencísima Jeanne Moreau), propiciando la entrada en escena del amante, un nuevo gánster con el careto de, quién si no, Lino Ventura, el cual secuestra a Ritón y ofrece su vida a cambio del oro. Para Max, la amistad está por encima de todo. Esa amistad que hemos visto tantas veces en las películas de Howard Hawks, la que no necesita de gestos o palabras, sólo de hechos. Así, con la colaboración de otro par de amigos, accede al intercambio, pero es traicionado. Es entonces cuando Becker abre un paréntesis en la tranquila vida de Max y nos regala una trepidante persecución nocturna a tiro limpio impresionantemente filmada.

        Son sólo unos pocos minutos dentro de una película austera y pausada, sin detalles de cara a la galería, cuya huella creo que está presente en posteriores films franceses del género -sobre todo en las grandes obras de Melville- y que nos ofrece uno de los grandes personajes creados por el enorme Jean Gabin. Raymond Chandler dijo de Bogart que todo lo que tenía que hacer para dominar una escena era entrar en ella. Gabin no necesitaba más.

UNA ADORABLE CRIATURA de Truman Capote

Marilyn Monroe, nacida Norma Jean Baker, posiblemente el mayor icono cinematográfico y erótico de la historia, falleció el 5 de agosto de 1962. Ayer, por tanto, se cumplió el 50 aniversario de su muerte. Para recordarla no se me ocurre nada mejor que recurrir al relato, a la semblanza, al diálogo escrito por su amigo, y a menudo confesor, Truman Capote, perteneciente al libro Música para camaleones (Music for Chameleons, 1980). Capote fecha el encuentro el 28 de abril de 1955. Aquí os dejo su maravilloso final.

        “(Así llegamos a South Street, y efectivamente la visión de un transbordador anclado allí, con la silueta de Brooklyn al otro lado del agua y las blancas gaviotas que describían piruetas contra un horizonte marino salpicado de leves y algodonosas nubes como encajes delicados, ese cuadro, tranquilizó pronto su espíritu.

        Al bajarnos del taxi vimos a un hombre que llevaba a un chow-chow de la correa, un posible pasajero en dirección al transbordador, y, cuando nos cruzamos con ellos, mi acompañante se agachó para acariciar la cabeza del perro.)

EL HOMBRE (con tono firme, pero no hostil): No debería tocar a perros que no conozca. Especialmente a los chow. Podrían morderla.

MARILYN: Los perros no me muerden. Sólo los seres humanos. ¿Cómo se llama?

EL HOMBRE: Fu Manchú.

MARILYN (riendo): ¡Oh! Como en la película. Tiene gracia.

EL HOMBRE: ¿Cuál es el suyo?

MARILYN: ¿Mi nombre? Marilyn.

EL HOMBRE: Lo que me figuraba. Mi mujer nunca me creerá. ¿Podría darme su autógrafo?

        (Sacó una tarjeta y una pluma; utilizando el bolso como apoyo, escribió: “Dios le bendiga, Marilyn Monroe.”)

MARILYN: Gracias.

EL HOMBRE: Gracias a usted. Ya verá cuando lo enseñe en la oficina.

        (Llegamos a la orilla del muelle y escuchamos el chapoteo del agua.)

MARILYN: Yo solía pedir autógrafos. A veces lo hago todavía. El año pasado, Clark Gable estaba sentado junto a mí en Chasen´s y le pedí que me firmara la servilleta.

        (Apoyada en un poste de amarre, me daba el perfil: Galatea contemplando lejanías inexploradas. La brisa le acariciaba el pelo, y su cabeza se volvió hacia mí con etérea suavidad, como movida por el aire.)

TC: Pero ¿cuándo damos de comer a los pájaros? Yo también tengo hambre. Es tarde y no hemos almorzado.

MARILYN: Recuerdas que te dije que si alguien te preguntaba cómo era verdaderamente Marilyn Monroe…, bueno, ¿qué le contestarías? (Su tono era inoportuno, burlón, pero también grave: quería una respuesta sincera.) Apuesto a que dirías que soy una estúpida. Una sentimental.

TC: Por supuesto. Pero también diría…

        (La luz se iba. Marilyn parecía esfumarse con ella, mezclarse con el cielo y las nubes, disolverse a lo lejos. Quería elevar mi voz sobre los chillidos de las gaviotas y llamarla para que volviese: ¡Marilyn! ¿Por qué todo tuvo que acabar así, Marilyn? ¿Por qué la vida tiene que ser tan terrible?) 

TC: Diría…

MARILYN: No te oigo.

TC: Diría que eres una adorable criatura.”

                         Traducción de Benito Gómez Ibáñez.

                         Publicado por Editorial Anagrama.

EL TERROR de Arthur Machen

En varias poblaciones de la campiña galesa comienzan a producirse hechos misteriosos e inexplicables: algunos vecinos son asesinados y otros parecen haberse suicidado; animales hasta ese momento pacíficos se rebelan contra sus dueños; aparecen extraños cuerpos luminosos que se mueven y parecen crecer; se oyen lamentos nocturnos…La situación, unida al conflicto bélico ante Alemania que vive el país y en el que algunos buscan la razón a lo que está ocurriendo, comienza a extender el terror entre los habitantes.

         Arthur Machen, uno de los más influyentes escritores del género fantástico, admirado por otros grandes como Lovecraft o Borges, se apartó bastante en El terror (The Terror: A Fantasy, 1917) de las características predominantes en sus más populares obras. Aun siendo una novela de corte fantástico, su estructura está cercana a la crónica personal de sucesos e incluso a la parábola moralizante, relacionada con la situación de guerra que vivía Europa. Un Machen algo distinto pero en plena forma para un estupendo relato que no me extrañaría que hubiese influido en el Orwell de Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945) y en el que, como curiosidad, aparece el término Aleph más de treinta años antes de que Borges publicara su famoso cuento (Página 115: “Y luego una voz cantó la palabra Aleph, que pareció prolongarse durante siglos…”).

“Poco después de la muerte de Cradock, la gente empezó a repetir extrañas historias de un ruido que se oía por las noches en los montes y valles al norte de Porth. El primero en escucharlo fue alguien que perdió el último tren de Meiros y tuvo que venirse a pie hasta Porth, que está a unas diez millas. Al pasar sobre una colina cerca de Tredonoc, a eso de las diez y media o las once, lo detuvo un ruido muy raro que no consiguió identificar: un grito prolongado y tristísimo, un lamento desmayado que venía de lejos. Pensó primero que serían lo búhos ululando en el bosque, pero no era eso: se oía un grito prolongado, seguido por un silencio, y luego el ruido volvía a empezar. No tenía idea de lo que pudiese ser, sintió miedo sin saber por qué y apretó el paso. Esa noche se alegró al ver las luces de la estación de Porth.

        Le habló a su mujer del ruido lúgubre que había oído y su mujer lo repitió a los vecinos, quienes, en su mayoría, lo atribuyeron a “pura imaginación”, cuando no a unos tragos de más o, después de todo, a los búhos. Pero la noche siguiente dos o tres personas que volvían de una pequeña fiesta en una casa de la carretera a Meiros, oyeron el mismo ruido, poco después de las diez. Contaron, casi con idénticas palabras, que era un grito largo, quejumbroso, increíblemente triste en la quietud de la noche de otoño. “Como el fantasma de una voz”, contó una; “como si viniera del fondo de la tierra”, agregó otra.”

                     Traducción de Luis Loayza.

                     Publicada por Alianza Editorial.